CONTRA LOS PERIODISTAS

No sé quién dijo que el periodismo era ese oficio donde la verdad era la materia prima. Quizá nadie lo dijo y me lo acabo de inventar. Lo haya dicho o no algún periodista decente, lo importante es que si de algo adolece el periodismo contemporáneo es de verdad. Y no estoy hablando de ese discurso manido que tanto ha llenado columnas de opinión en los últimos años y que, paradójicamente, el periodismo ha llamado: Posverdad. Dejemos eso para columnas de opinión indignadísimas e histéricas, ojalá escritas por alguna periodista de abolengo.

Tampoco estoy hablando de ese otro topic que parece regla general para ser periodista: no tener idea de cómo redactar —porque escribir es otra cosa y de eso sólo saben un puñado de periodistas que nunca estudiaron periodismo—; menos hablo de esa insignificancia de no conocer las más mínimas reglas gramaticales. Eso ya no importa. Igual, quienes leen periódicos tampoco es que sepan mucho de leer siguiendo signos de puntuación, así que a la mierda los signos de puntuación y hagamos noticias sin prestar atención a simplezas. ¡La chiva!

Me refiero más a eso que de verdad tiene una implicación sobre el mundo y la realidad. Eso que en épocas actuales (electorales) tanto daño le hizo, le hace y le seguirá haciendo al país: el problema de los servilismos. Los periodistas actúan como oteando el horizonte para ver si se acerca el enemigo y por dónde. A menudo les falta magnanimidad, respeto, autocrítica, capacidad para pensar y oponerse a los intereses propios y los de sus aportantes de turno; también objetividad y verdad.

Los periodistas se apresuran a dar crédito a profetas frívolos y a políticos falsarios, caóticos y mixtificadores, que no pueden comprender y, por eso mismo, rechazar. Así, optan por el camino más simple: el de una defensa pálida o el de un ataque pacato. Entelequia Vs. Inquina. La miseria del periodismo está justamente ahí: en un confianza rampante puesta en los políticos y poderosos de turno. En una confianza utilitarista vacía de todo juicio, responsabilidad y talento.

¿Por qué cada uno de ellos se ha puesto al servicio de un corrupto, de un empresario, del robo y del descaro? ¿Por qué unos siguen callando ante Peñalosa pero destruyeron a Petro por un hecho igual? ¿Por qué hay tantísimos periodistas mediocres cuya vulgaridad resulta asqueante?

Simple, porque los periodistas se conforman con la tibieza, con el facilismo, con ser sainetes nimios y hacer alarde de una conveniencia elegante, casi simpática y ofensiva con la inteligencia y la verdad. Me irritan los periodistas por homúnculos y pusilánimes; por obtusos y rastreros; por atender servicialmente a lo trendy y darle estatus de necesario. Por ser portavoces del burócrata desidioso que apenas logra revolotear incapaz y que ellos (los periodistas), con sus textuchos mal escritos, sus moderaciones malintencionadas y sus publirreportajes, elevan de la tierra envueltos en una nube de polvo que enturbia y esconde la verdad. Esa verdad que, se supone, es su objeto.

Me irritan por acomodados, tibios, mentirosos y soberbios. Por irrespetuosos con la inteligencia de quienes gozan del infortunio de tener que verlos actuar de simios ante una cámara creyendo que actúan de adalides. Porque se solazan en el autoengaño de sentirse los únicos que gozan del privilegio de cuestionar al poderoso. Un privilegio que consideran justo y, cómo no, lógico; coherente con su pose y su vicio de mirar siempre como quien dicta una ley que no ha de cumplir, como quien pasa su mano y da la sal de la salud y el oro de la abundancia.

Y es en ese teatro donde los periodistas se convierten en bufoncitos tristes y ridículos. Tristes, por agrandados; ridículos, por ineptos. No dan risa ni hacen crítica. Se parecen al cimarrón del cuento Los fugitivos, de Carpentier: gozan de una libertad inútil y optan, mejor, por treparse a los árboles y ver desde allí el mundo vasto que nunca podrán recorrer. [Es metáfora].

La “intelectualidad” nacional no es más que otra forma de la corrupción. El periodista es un pusilánime que se empeña en convencer a los otros de que su rol es sacro y necesario. Aunque siempre, y sin excepción, haga “preguntas chimbas”, escriba columnas de opinión chimbas, gane premios nacionales chimbos. Sea, en definitiva, un humúnculo chimbo. O, lance comentarios chimbos ante un candidato presidencial. Todo eso bajo el ropaje de un apellido, de un abolengo sin honor y de una estrechez mental que escandaliza a los justos.

PD: Habrá, quizá, uno o dos que no. Pero, como diría Schopenhaer: esos no refutan la regla, la confirman.

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TIERRA DE MUERTO

Hoy vino Marina y no sé quién la dejó entrar. Vino así, como es ella: chiquitita y encorvada; arrebujada en un chal negro que le lucía como si fueran tres y le tapaba desde la cabeza hasta más abajo del ruedo de la falda. Tenía los ojos lagañosos, yo pensé que de las cataratas, pero cuando me dijo que Álvaro se había muerto supe que no era por la enfermedad, sino por la tristeza. Traía los ojos nublados casi como si hubiesen llovido por una año entero, o como si fueran a desgajarse de repente en un aguacero frondoso.

Quería darte la noticia, Delfina, a ti que también lo quisiste. Eso nunca fue un secreto para ninguna.

Me dijo y fue sentándose despacito, quejándose en voz baja como si el tiempo se le hubiese hecho tierra en las coyunturas y, al doblarlas, se regara graneada sobre el suelo. Soltó un suspiro hondo cuando consiguió poner por completo sus nalgas escasas sobre el sillón.

¡Ay, mija, qué trotes!

La voz le sonó hastiada de vivir. Se limpió los ojos con la punta del chal. Le vi las manos salpicadas de pecas grandes sobre el dorso. Sus manos estaban marchitas: marchitas y apretadas de arrugas. Miré mis manos. Toda la vida he sido más joven que ella, pero a estas alturas ya viene siendo como lo mismo. La agitación de estar vivas nos pega igual, deja sin aliento, sin ganas de volver a respirar; los suspiros son de fastidio y ya no se parecen en nada a esos que compartíamos agarradas del brazo, cuando Álvaro pasaba y se quitaba el sombrero saludándonos y mostrándonos su pelo negro abundante y revuelto que le caía en mechoncitos crespos por la frente.

¡Qué trotes!

Yo sabía a qué trotes se refería.

Me quedé viéndola fijo, esperando que se le sosegara el resuello de haber venido hasta mi casa. Me sorprendí mucho cuando hice el recorrido con la imaginación. Vivía lejos de mí y a pie era diez veces más lejos. Marina hace años no sube a un carro o a un bus. Desde el accidente, que ella cree que yo no sé, le agarró miedo a los motores. Va a todas partes caminando. Admiré que se hubiera tomado el trabajo de venirse hasta mi casa a pasos lentos como si los contara. Aún no pensaba en Álvaro ni en su muerte.

Estuvimos lejos el último año, tan lejos que poco, o nada, importaba que no estuviera para siempre. Pensaba más en cuánto esfuerzo le habría costado a Marina atravesar el jardín frente a mi casa. Hace años nadie motila las matas y la yerbamala ha ido adueñándose de todo: se trepó por las paredes, rompió las ventanas de arriba y sembró de abrojos el sendero de piedra que lleva a mi puerta. Me fijé en los bajos de su falda: la media velada lucía rasgada pero, como no había arañazos en sus piernas, supuse que no fueron los abrojos sino la pobreza.

Se murió, entonces. Dije, como por decir, sin estar segura de si preguntaba o afirmaba.

Puse el tejido sobre la mesita en medio de las dos. Las agujas hicieron un ruido de campanita al chocar contra el vidrio. Marina movió sus ojos lechosos al lugar de ruido.

Se va a caer.

Lo moví más al centro de la mesa y entrelacé mis dedos sobre mi regazo. Se oía su respiración aún agitada; lo único que sonaba en toda la casa. Carmina vino a frotarse contra mi canilla. Seguido venía Justo y atrás Polón. Maullaron al mismo tiempo y miré la hora en el reloj de pie que me regaló, hace años, Álvaro a escondidas de Marina. ¡Un reloj!, no sé qué tipo de regalos daba a ella, pero sé que eso del romanticismo no era lo suyo.

Son las cinco pasadas, ¿me esperas o vienes conmigo?

¡Ay, mija!

Me levanté calculando cuánto esfuerzo me costaba hacerlo, mirando al suelo a ver si yo también dejaba un reguero de tierra a mi paso. Los niños me siguieron enredándose entre mis piernas. Por poco me voy de bruces antes de entrar a la cocina. Una a esta edad, ante los tropiezos, solo le queda proyectar la caída. Rezar a Dios para que dé fuerzas de levantarse; o cuando no, al menos paciencia para resignarse, más bien, y quedarse ahí tirada mientras se le escapa la vida a gotitas por una herida insignificante.

Si hubiese caído, me habría dado en la cabeza contra el marco de la puerta: todo el filo en la ceja. Si hubiera caído, los niños habrían venido a lamerme la sangre, a frotarse de hambre, a verme morir con la impasibilidad ausente que sólo pueden los gatos. Y luego, por los retortijones de hambre, ya muerta de puro no poder levantarme, arrancarían a masticarme las partes tiernas, si es que me queda alguna, y día a día iría siendo menos Delfina y más una pila de huesos roídos, blanquísimos de lo limpios que los dejarían los niños. Espanté la imagen horrible con un gesto de la mano, como si ya me altearan cerca las moscas y quisiera alejarlas de mí.

Les llené los platos y regresé sola a mi sitio en el sofá, frente a Marina. Ella ya no
resollaba. Tenía los ojos cerrados y la cabeza tumbada sobre su hombro.

¿Te moriste, Marina?

Ya quisiera, pero nada. O quién sabe, ¡qué tal! Abrió los ojos tardando mucho. Por un momento, quizá, no vio nada porque miraba así como miraba Federico cuando me lo entregó la enfermera y me dijo que venía cieguito. Marina nunca lo dijo, pero yo sé que le alegró que Fede viniera malo de los ojos. Sé que cuando murió de cieguito, cuando no vio el carro que lo dejó regadito como una babaza rosada contra la avenida, ella le agradeció a Dios. Le agradeció su muerte, y también agradeció lo otro, eso que ella no sabe que yo sé y que con los años a veces se me olvida.

Al fin y al cabo, una la entiende, ella nunca pudo embarazarse de Álvaro y ese hombre todos los días le gritaba que lo que tenía de mujer, se le pudría en ese vientre árido y malo; y le cantaba el vallenato de la tierra mala dándole a entender que había escogido a la dañada, siendo que la buena también se moría por él. Una entiende. Una que es mujer sabe qué tan triste es no darle un hijo al hombre que se ama, así ese hombre haya sido Álvaro. Una parte de que me hiciera la olvidadiza fue por entenderla; la parte más grande, la amistad de tantos años.
No digas pendejadas, Marina. Si la vida es el regalo más grande de Dios.

Y Marina, quitándose la telaraña de los ojos con la punta del chal, mugió igualito a
una vaca. Miró igualito a una vaca mansa y ciega y no dijo más. Se quedó callada como pensando en qué de regalo tenía una vida así como la suya. Se echó para atrás en la silla, apoyando las manos levantó apenas las nalgas del acolchado que soltó un ruido de aire que se escapa.

¡Ay, mija!

Y fue como si le doliera, no las coyunturas; el corazón o la vida, yo no sé.

Álvaro me pidió que te avisara. Dijo que tenías derecho a saberlo, Delfina. Me lo
pidió hace mucho tiempo, el mismito día que le dijeron que iba a morirse y ya no pudo, o no quiso, levantarse más de la cama. ¡Ay, mija!

Marina tampoco sabía eso, nunca lo supo. No lo supo porque Álvaro no quiso. Yo estuve con él en la clínica cuando comenzó a ponerse malo. Lo acompañaba porque al pobre le temblaban las manos del susto por los achaques de viejo. El día en que recibimos los resultados le cloqueaban los huesos, los mismos huesos con los que ponía en cintura a Marina. Así le decía a las puñeteras que le daba solo porque borracho se le calentaba el odio de haberse quedado con ella y no conmigo. Álvaro siempre fue así, como con los gallos: como no perdía una, le cortaba el gaznate al animal antes de que se muriera en la arena. Yo le decía que si era tanto el bulto de su decisión que la dejara.

Me daba lástima la vida que le daba a Marina. Álvaro respondía igual: ni pendejo que fuera. Además, esa me debe. Me tomó tiempo entender, y ¿qué podía yo esperar de él? Era más bueno tenernos a ambas, calmar la calentura con una cuando la otra no podía o no se le daba la gana. Los hombres son así.

Yo estuve ahí sentada en la sala de espera de la clínica con su mano temblorosa entre mis manos. Intentando bajarle la preocupación con palabras bobas mientras salían los resultados. Entonces lo llamaron. Lo vi pararse tambaleando de miedo, tomar el sobre y volver para entregármelo. Quería que le contara solo las buenas noticias.

Pero no hubo buenas noticias. Al terminar de leer me quedé muda, sintiendo cómo una tristeza hecha de lágrimas crecía llenándome toda para escapárseme por los ojos.

Álvaro no tuvo necesidad de preguntarme. Se echó a llorar a coro. Metió su cabeza
entre mis senos. Lloraba tan profundo que tuve la sensación de que se iba encogiendo por lo mucho que se hundía en la tristeza, por la aquiescencia de mis manos acariciando su cabeza de pura impotencia de no saber decir nada reconfortante. De pura sorpresa al percibir a ese hombrón achicarse entre mis brazos. Nunca lo había visto así, ni cuando se le murió la mamá y, en vez de llanto, hizo una fiesta con la muerta acostada aún en la cama, gastándose la plata que la vieja guardaba en el seno. Tampoco cuando lo de Federico, mi Fede, y en vez de lágrimas me dijo que igual podía darle más hijos y que, si lo veía por el lado amable, menos mal porque ese niño venía malhecho. Dios sabe cómo hace sus cosas, mi cielo, dijo, y me dio una nalgada.

Álvaro, recostado en mí, lloraba tan sentido que el corazón se me desleía dentro del pecho, y lo quise ahí tanto; tanto que no me importó la certeza de que no fuera sólo mío. Te agradezco la noticia y haberte tomado el trabajo de venirte hasta aquí, así como andas de mala, Marina, pero…

… no valía decirlo. No valía nada. Ya estaba muerto. ¿Para qué decirle que yo sabía
que iba a morirse antes de que ella siquiera se diera por enterada? Ya había tenido bastante con haber tenido que compartirlo, y no sólo conmigo. Bastante con nunca sentirlo suyo y haber vivido creyendo que, aunque me lo ganó en los años en que aún tenía cuerpo para engañifas de puta, Álvaro siempre fue más mío de lo que fue de ella; aún ni cuando mío fue. Más bien nosotras éramos de él, de puritas pendejas, y él era de todas, o de nadie, quizá sólo de sí mismo…

¡Ay, mija!, quise decirle, ¡ay, mija!, me dan ganas de que te vengas para acá ahora que te quedaste más sola que antes… Y no dije, no porque no quisiera que viniera y cuidarle los últimos años. Fue más bien que tenía suficiente con mi propio olor a vieja, con mi propio resentimiento, con esa confusión de odio y amor que se me despertaba viéndola. Su presencia hacía que eso que se me olvidó, o que fingía olvidar, asomara la cabeza para que lo viera y me dificultaba decir que sí, que la perdoné por la amistad de años, por el pasado juntas y porque, yo que soy mujer, sé qué tan duro debió ser vernos a Álvaro y a mí llevando de cada mano a Fede.

Viéndola ahí se me confundía el perdón y me hervía la rabia. Me decía que en verdad eso que yo llamaba perdón, no era perdón sino hacerse la que no, la que no sabía, la pendeja… Porque quería írmele encima, sacarle esas babas que tenía por ojos y untarlas en las paredes de la habitación de Fede, para que viera qué se siente. Quería gritarle hasta que se me reventara la boca, decirle que yo sabía y que aunque la entendía, le faltó ser mamá para sentir que eso no se le hacía a nadie, menos a mí, que era su amiga.

Una sabe. Eso se huele como un vaho en el aire. Sabía que de habérselo pedido, de
seguro Marina se hubiera traído sus chales y su canario para instalarse feliz, sin remordimientos, en la habitación que fue del niño. Al fin y al cabo fue, y seguía siendo, mi única amiga. La única persona que siempre tuve en el mundo. Fuimos amigas desde que éramos niñas allá en Santa Rita. Lo éramos desde chiquititas; y luego nos salieron los senos como limoncitos y lo seguimos siendo; luego a ella se le hincharon como melones y los míos quedaron lánguidos, para siempre como acabaditos de nacer; y vinieron los hombres tras las dos, unos para ella y otros para mí, y aún lo fuimos. No dejamos de serlo ni porque nos gustó el mismo. Ese por el que suspirábamos juntas, y al mismo tiempo, cuando Álvaro se topaba con nosotras y se quitaba el sombrero desde arriba del Alazán que le regaló su papá y que era todo él quiso de verdad en este mundo.

No importó que yo oliera el cuerpo de él en el cuerpo de ella, o que ella lo oliera también en el mío. Seguimos de amigas, contándonos los despropósitos de amor sin sentir celos. Compartíamos orgullosas al hombre que querían todas de no conocer qué tipo de hombre era. Y sí, es cierto, tal vez la única que en verdad lo supo completico fue Marina, quien lo tenía noche a noche roncándole en la oreja, tomándola a las malas cuando ella le decía que no falsamente digna, rompiéndole la cara y las costillas y mandándola donde el médico a decirle que se había caído accidentalmente por las escaleras. Lo tuvo cobrándole a golpes algo que no era su culpa: no haber parido.

Aunque quién sabe, yo tengo mis sospechas de que Álvaro sabía que lo del carro no fue un perro, como ella le dijo a él que había sido. Yo sospecho que él sabía lo mismo que sé yo y que me hago la que se me olvida. Y de eso, supongo, es que a Álvaro le venía el odio y la rabia. Yo sospecho, porque él tampoco me dijo nada.

Me puse a mirar a Marina a ver si le encontraba una lucecita de querer decirme algo.

Buscándole en los gestos una pizquita de culpa. Nada. Ella tenía la cara hacia la ventana a mi espalda. Por ahí se veía el atardecer en el cielo. No había estrellas. Sólo un cielo gris, aún no del todo oscuro por el sol ausente. Una luz parda, como si no fuera a morirse el día, sino como si estuviera llegando el principio del amanecer. Veía viendo poco, pero veía… o pensaba, tal vez.

¿Te acuerdas, Delfina? ¿Te acuerdas de esa vez en que nos le entregamos juntas y
Álvaro nos dijo que nos amaba?

Marina suspiró como si lo estuviera oyendo otra vez, vivito y no muerto para siempre como estaba. Y sí, yo me acordaba. Me acordaba de la boca que tenía antes Marina y de la que ya sólo quedaba una raya desteñida y como hecha de mala gana. Me acordaba, ¡cómo no!, de esas manos… de cuatro manos escarbándome como para encontrar algo que yo no tenía. Me acordaba de sus senos grandes que sabían al durazno de sus pezones. De la boca de ambos pegada a la mía. También de Álvaro hecho una sola ansia. Refundido de no saber para dónde echar mano, con el desespero de quien va sediento pero no mete mano al agua y no agarra nada con el cuenco de sus palmas de puro miedo a que se le escape por entre los dedos. Vencido de ambas se dejó caer de espaldas en la cama, me acuerdo: una a cada lado, sobre cada brazo. Ido de felicidad dijo: te amo. Y como no supimos para quién lo dijo, decidimos que era para las dos. Sé que ella, por su parte, creyó que solo fue para ella. Lo sé porque yo también, por mi parte, creí que era para mí.

Sí, me acuerdo. ¡Qué vergüenza ya tan viejas, Marina!

Me dio risita nerviosa. ¡A mi edad! Las imágenes venían en el recuerdo y eran otras las mujeres ahí dentro: bellas, lozanas, todo donde era que iba y no donde estaba ahora. Marina me miró con sus ojos de nata entrecerrándolos para ver mejor y corroborar si era cierto que me reía. Despacio también se echó a reír con una risita hecha de un silbido, cortada por la tos, ahogada de jadeos. Reímos juntas. Nos vi de menos años. Riéndonos igual a cuando Marina me contó que Álvaro había pedido su mano en matrimonio y yo sentí que no sentí nada: ni decepción, ni tristeza, ni tranquilidad ni nada.

Era la misma risa, la tan conocida, la de tantas veces en que ella venía a decirme de las amantes contándolas con los dedos de las manos, guardando el dedo pulgar para contarme a mí; y yo, para que no se sintiera tan sola en el engaño, le preguntaba que entonces yo qué venía siendo. Que quién era la amante, quién la esposa y quién la moza. Una frente a la otra, antes y ahí. Dos viejas pendejas riéndose de no poder hacer más con lo que ya fue. Riéndonos no de los recuerdos y sus vergüenzas, eso lo sabíamos, sino de que al fin estaba muerto y seguíamos siendo amigas.

Álvaro era un hijueputa.

Pero lo amábamos, ¿no es cierto?

Lo amábamos.

Pudo ser ella quien dijo, y yo la que respondí para que ella respondiera, o a la inversa, o ambas al mismo tiempo. No recuerdo quién ni importa. Iba tranquila pensando que nos reíamos de lo mismo, que estábamos juntas en la risa por la muerte de Álvaro, pero la risa fue parando. Marina se secó los ojos con la punta del chal y soltó un suspiro.

¡Ay, mija!

Yo también me sequé los ojos con el dorso de la mano, la oí carraspear y aspirar hondo para amainar la agitación y airar su ahogo. El silencio. Los gatos dormidos por todas partes. Marina con la cabeza agachada, los ojos clavados en el suelo. Yo,
mirándola a ella.

¡Ay, Delfina, si tan solo estuviera vivo Fede! Si estuviera vivo sería un pedacito de
Álvaro para querer. Un pedacito de él para querer… de él.

Marina lloró. Un llanto chiquito como ella, que fue creciendo hasta hacerse más alaridos y ahogo que lágrimas. Los gatos despertaron asustados, la miraron impasibles con una atención desinteresada, parecida a la que yo usaba para mirarla. Ya no la escarbaba con los ojos. Era evidente que no había culpa, nada más había tristeza de que Álvaro ya no estuviera.

Tomé mi tejido. Encendí la lámpara sobre la mesita que estaba al costado del sofá porque ya estaba oscuro. Tejí callada. Marina aún estuvo llorando desesperada un rato más. Después, sin calmarse del todo, se levantó de la silla con esfuerzo duplicado por la lloradera y se fue como vino: minúscula y encorvada; dejando un reguero de tierra negra tras de sí.

UN HOMBRE SOLO SUEÑA CON EL MAR

Dios era entonces una máscara vacía. Nosotros solo queríamos un rincón seco para pasar la noche, Dios nunca nos sirvió de trapeador de rincones. Por eso, los que valían de algo, asentían y recibían en su corazón al dios que se les mencionara. Luego se volvían y apuñalaban al recién llegado, quien aún no sabía qué suelo no podían pisar.

Marco era un hombre grande, pasaba el día con el torso desnudo. Bajo su piel podían verse perfectos cada uno de los músculos bullendo como quistes dejados allí por una animal alienígena. Verlo era pensar en esas láminas de los libros en las que aparece un hombre despellejado y en el que se pueden seguir las junturas y las escisiones de los montículos fibrosos. En Marco, todo parecía a punto reventar. Trabajaba en la construcción de un ala de la cárcel que, en los 12 años que pasé allá, nunca se terminó. Se decía que se construía en el día y en la noche se destruía a golpes de maceta, para dar esperanza y la ilusión de movimiento a los presos. La idea de guardias como Penélopes era romántica, como de un mundo en el que aún pasaban cosas bellas, no de ese.

Pero estábamos muy cansados para ver si era cierto.

Muy nostálgicos para mirar alrededor; era más fácil mirar más allá del mar, donde estaba lo que recodábamos como importante: una mujer que ya no pensaba en nosotros, un hijo que seguía el camino de migas que le dejamos con la ausencia, un mamá que se moría de tristeza porque no podía vernos e imaginaba que estábamos muertos pero la mataba la zozobra. Estábamos tan lejos, que por eso Marco era casi la forma de la esperanza. Una esperanza vuelta al revés, con lo sanguinolento para afuera y lo suave para adentro. A marco no le importaba nada. Hablaba un idioma que nadie conocía y parecía muy tonto como para aprender retazos de los balbuceos con los que intentábamos comunicarnos. Éramos de tantos sitios, que la cárcel era el lugar del no-lugar, del no-ser, del NO. Y esa bestia musculosa comía por tres sin tener diarrea, frecuente entre los demás, no se enfermaba nunca. Picaba piedras, armaba ladrillos con estiércol y barro, sin soltar un jadeo, sin sudar una gota a pesar del calor sofocante. Cuando bajaba el sol, se echaba en cualquier parte como una mula exhausta. Ninguno se atrevía decirle nada; primero porque no hubiera entendido, también porque le temían sin saber si alguna vez habría herido a alguien. Él era el miedo. Él era el fuerte, el alfa que no le interesaba serlo.

A veces cantaba con su voz profunda de bajo. Cantaba canciones que recordaban una cuna puesta junto al fuego, pero no para calentarla sino para emocionarse en la esperanza de que se incendiara. Disfrutaba hacer de payaso para los guardias, más parecía un mono capuchino de esos que visten de portero de hotel y bailan entre gruñidos y chillidos al son de una caja. Un capuchino con máscara de niño. Una máscara por la que sí cabían los dedos, que se podía tomar y hacerla propia. Bailaba al son de sus propios golpes sobre el suelo, al son de su pecho que soltaba un retumbe acompasado de tambor milenario al choque con sus manos. Y los guardias reían, algunos presos le seguían con las palmas y el mar sonaba cerca, sin que ninguno pudiera corroborar que, efectivamente, era el mar.

Marco era todo el olvido que no podíamos ser. Solo aprendemos de qué tamaño es la memoria cuando nos vamos quedando sin nada que almacenar.

Después de un año en ese sitio, bien podía uno quedarse ciego y aún así no tropezar nunca con nada. Era posible describir con total detalle las caras de los que había allá, sin conseguir describir la cara propia. Teníamos prohibidos los espejos, el agua que bebíamos era tan oscura que no daba reflejo y nos la daban en tubos plásticos sellados en la boca. Nunca había sido consciente de lo dañino que es no poder verse nunca, de lo angustiante que es la certeza de que te estás olvidando de ti mismo; que ya no puedes decir siquiera de qué color tenías los ojos, porque decir marrón era como decir manzana, perro o ballena, cosas de las que tampoco teníamos certeza y de las que cada uno se aferraba a su recuerdo para explicar cómo es que era todo antes de la cárcel. Y entonces, los perros sólo eran negros, sabían hablar y caminaban rengos porque les estorbaba una quinta pata… y los que podíamos, decíamos que sí, porque quizás sí, así eran los perros o los rasgos de nuestras caras. Era improbable, cuando la desesperación aumentaba, encontrar alguien que te dibujar las facciones; el idioma era tan único que daba igual oír un finas, o un Soktozyza o un riagniam.  Somos tan frágiles, tan nada sin el otro, tan cobardes, que nos era común enfrascarnos en conversaciones hechas de ruidos, asentimientos y atenciones dedicadas a palabras que no significaban nada para ninguno de los hablantes.

—Ritayhan, sotinaj prejtian.

—Âxin propordie iniamgian, ¿azurra lia juantiam

—Nirtiäns, nien.

—Bobbiean, töenthia.

Quisiera poder transcribirles un idioma verdadero, para jugar con la posibilidad de que de verdad se decía algo, pero algo me dice que en verdad nadie decía nada y se iban inventando las palabras por la entonación y las mímicas del otro, creando el mundo que no se parecía a nada, y que no importaba que fuera así. Todos, como ya dije, estábamos tan tristes para algo, que las palabras eran meros remedos de la necesidad de no estar tan solos. No teníamos siquiera la gracia de Marco para actuar una burla de sí mismos, no teníamos las ganas para divertirnos en medio de esa cárcel que no tenía qué envidiarle a la imagen de la muerte, que tendría alguien demasiado comprometido con su culpa y su absurdo.

Sabíamos que nunca saldríamos de ahí. La abulia era tal para con la libertad, que recordar era la manera más digna de esperar el porvenir. Perderse en el pasado, en el recuerdo cada vez más confuso de lo de antes, recorrer unas calles que no tenían nada de similar a estas calles, porque la imaginación las enredaba con sitios en los que lo más seguro es que nunca hubiéramos estado, o que se confundían con sitios por donde ambulaban minotauros, ángeles, quimeras, sin que nos extrañara un sátiro repiqueteando sus cascos sobre un suelo de oro y mármol.

Y allá llegamos solos, cada uno de nosotros palpó el asiento junto al suyo, para descubrir que nadie más viajaba en el avión turbulento en el que  nos trajeron con los ojos vendados y en completo silencio… como debe ser para monstruos como nosotros. No importa, ya no recuerdo, qué fue lo que hice para merecer haber pasado tanto tiempo encerrado. Ha de haber sido algo terrible, pero no importa, dejó de importar un día cualquiera, de repente, como una vela que se apaga.  Estoy seguro de que así mismo fue para todos, era más importante buscarse en lo bueno, en lo que fue la felicidad, que en lo atroz y la culpa. Nos bastaba con lo inane de los días, con lo impalpable del entorno, con esa nada que existía consumiéndonos con voracidad, para soñar con una feliz que nos ayudara a no ser solo vértigo. El vértigo que también son las ganas de  saltar, la necesidad de lanzarse y dejarse destrozar por el remolino de tedio, para no ser ni pensar y no estar solo y no recordar. Aún así, para algunos, lo imaginado en la añoranza era más fuerte; así como, para muchos, quizás porque atrás no había nada, fue más fácil irse, estar locos. Y allí, estar locos no era más que otra forma de estar, tan válida como la de nosotros: los soñadores.  

Marco también hacía parte de ese sueño construido a fuerza de nostalgia. También él sabía hacernos de ancla, una que se podía toca, que no era mera ensoñación. Desde afuera, se podría aseverar que estaba loco y por más que pienso, no me es posible imaginarlo de sentado a este lado del mundo, en la iglesia junto a mí, llevando sus hijos al colegio o viendo una película en el cine. De este lado del mundo, Marco no sería más que un hombre al que es necesario recluir por el bien de todos, de la sociedad que excluye lo diferente para poder construir la fantasmagoría de que todos somos iguales. Y sí, tal vez lo somos, pero solo en la imposibilidad social de ser otra cosa. Allí Marco era el único cuerdo, el tuerto en tierra de ciegos, el hombre que todos queríamos ser solo para ser algo y oponernos con dignidad a la desaparición en la nostalgia. Las circunstancias no hacen al hombre, Marco nació para ser el mejor de todos en la prisión. Un demonio cuya ausencia enfriaría el infierno.

Marco era toda la esperanza que nos quedaba, toda la certeza de que sí seguíamos vivos.

Desconozco qué habrá sido de él. Lo más seguro es que siga allá. De allá nadie se va. A excepción de mí, que me fui para contar que existe un lugar donde decir que viven fantasmas, es dotar de mucha materia a los seres que despiertan y mueren allá. Me fui para poder hablar de Marco, de mí que no sé bien quién soy ni recuerdo cómo me llamo o qué hago aquí ni por qué, para contarle al único que querría escucharme, en una iglesia siempre a las seis hasta que me quedara sin palabras o hablara en un idioma que solo Él y yo entenderíamos.

Me sirvieron muchas cosas para el escape, la más importante fue Marco, obviamente. No porque hiciera algo por mí: porque me haya alzado sobre sus hombros anchos para que franqueara los muros, que eran tan altos que lamían el cielo y el sol amanecía en ellos antes que en el resto del mundo. O porque haya, de algún modo mágico, logrado entenderlo para inventar una estrategia en la que él se iba sobre los guardias, contra los muros, para romperlos  y yo poder lanzarme al mar al fin: nadar, nadar, nadar y soñar con una orilla en medio de la fatiga y sus brazadas desesperadas. No. Marco nunca me dirigió siquiera sus monerías. Marco nunca me pidió parte de mi ración pestilente de cualquiercosa que comíamos, ni se acostó a mi lado buscando mi calor. Marco solo fue él, con su indiferencia de siempre, con su alegría de siempre, con su esperanza y felicidad  de siempre que yo necesitaba abstraerme en él.

¡Ah, el mar!, el mar que sigue sonando sin que lo veamos.

Este rincón que olvidó Dios y en el que ya sobra.

La textura ambigua de la libertad.

Marco tan feliz y yo que soy él. El silencio de los días.

Esta cárcel sola.

El mar que sabe cómo luzco y me lo niega, que suena como sueño que suena; el mar que es como me cuento que es todo siguiendo sus murmullos, porque aquí ya nada es nada y así está bien.

Marco y la desmesura de la esperanza.

Sigue amaneciendo en mí antes que en el resto del mundo y así está bien, muy bien.

Muy bien.

CRÓNICA DE UNA HAMBURGUESA PARA SALVAR EL MUNDO

Hoy, cansado de ese sol infernal que consume nuestro páramo, decidí cambiar mi chip y emprender la maravillosa tarea de salvar el planeta. Comencé yendo al Parque nacional, donde un grupo de personas se reunían en torno a una nevera de icopor para comprar las tan saludables, y redentoras, hamburguesas hechas con pan de trigo tratado espiritualmente por maestros budistas y psiquiatras new age antes de ser segado; con proteína elaborada a partir de brotes de lentejas orgánicas, cultivadas en el sótano de alguien que se baña poco y, para evitar el olor del pelo, se hace “dreads” y viste ropa colorida de linos teñidos con pétalos de amapolas y lanas vírgenes esquiladas en un ambiente controlado de incienso, cantos vedas, tambores quéchuas y un taita que, de vez en vez, le da sorbos de yagé a la oveja para que cague y vomite más feliz porque siente que está expulsando todo lo malo que tiene en el alma. ¡Qué hermana oveja no daría así su lana con agrado! ¡Qué oveja no aguantaría frío complacida de deshacerse del ego implícito en sus ropajes para ascender desnuda hacia Nirvana!

Me dijeron (porque como ya han de sospechar, mi conocimiento de la comida saludable es ninguno) que las hamburguesas también estaban bañadas en aceite extraído de semillas de girasoles a los cuales una meditación continuada les había permitido encontrar su sol interior,. Así que eran girasoles que solo miraban hacía sí mismos, hacia adentro, en una introspección sostenida que daba a su aceite el sabor dulce de las angustias resueltas y la felicidad oligofrénica de quienes han entendido que la luz está en ellos mismos y no en las pantallas de los celulares. No es hamburguesa si no tiene cebolla, tomate y lechuga, estas sí, me explicó la chica de voz adormilada,vocales largas y somnolientas, que decía “Sí pilla” cada dos segundos, eran orgánicas pero compradas en el Carulla. No por un recaer capitalista, siguió la chica, sino por una cuestión más práctica e inmediata, ¿sí pilla? Me dio pena recriminar el abandono en el que tenían a los tomates, cebollas y lechugas de terapias Reiki y acupuntura para dotarlos, como a los girasoles, del sabor deífico derivado de explotar los chakras y los centros de salud emocional que, supongo yo en mi ignorancia, son los caminos verdaderos para salvar el planeta.

Luego de pedir mi hamburguesa y de recibir mi agua de áloe, hecha por ellos mismos, con un pitillo elaborado a partir de fibras de la vaina de la mazorca (los pelitos, me imagino); pitillos que, además, salvan a un niño con hambre de La Guajira al destinar el 0.2% del valor de cada pitillo usado en beber agua de aloe, exclusivamente, di un mordisco al pan, a las lentejas y etcétera. Lo primero que sentí fue el sabor seco de la proteína, que me recordó épocas infantiles cuando se me quemaban las lentejas y me comía el raspadito de la olla. La alegría infinita del aceite de semillas de girasol me supo más bien a nada. Seguro me tocó el aceite extraído de unos girasoles que habían entrado en duda de si ese sol, dentro de ellos, era en realidad el sol o solo un engaño de sus soledades desesperadas. No lo sé; pero es probable, ¿no? Y así con cada mordisco, con cada sorbo al agua de aloe y sus partículas gelatinosas flotando incómodamente en la textura de lo que yo, en mi ignorancia, conozco como agua, me iba sintiendo mejor persona, más bueno, más cercano lo inferior. Toda una experiencia mística y un paliativo para mis ganas de no ser un ser humano insignificante, mortal e intrascendente.

A la hora de pagar… mejor no les cuento porque no quiero karma negativo en mi nueva vida. Sin embargo, de ahora en adelante sé que parte del compromiso para salvar el planeta incluye trabajar el doble, montar un negocio particular y vender unas cuantas posesiones para poder, al menos, pagar una hamburguesa iluminada una vez por semana. Para el resto de los días estoy intentado hablar con la chica de las hamburguesas para que me dé unas clases para, como hicieron los girasoles, encontrar mi sol interior que, para el caso humano, espero sea un babybeef y una cocacola fría bebida con un pitillo plástico. Deséenme suerte en mi nuevo cambio de chip jesucrístico, es decir, de salvador de lo insalvable.

THE OA, de indies para indies

Sé poco de televisión y casi lo mismo de lenguaje a audiovisual, fotografía, encuadres, luces y todas esas cosas que los eruditos del cine tienen tan en cuenta a la hora de posar meditabundos frente a la pantalla. Hasta hace poco me enteré de que la fotografía digital no era un artilugio de fotógrafos mediocres y de que hay gente que considera al cine un arte superior, por ejemplo, a la pintura o a la literatura. Esa es la razón de que vea series —y películas— como quien ve un partido de fútbol de dos equipos cuyos jugadores pagaron sus propios uniformes. Debo aclarar que el fútbol, como deporte, me parece bello; pero el fútbol, como plan de domingo, como plan de amigos, como método de mnemotecnia o pasión inútil, me es más bien indiferente y un poco estúpido. Habiendo tantas cosas inútiles a las cuales abocar los intereses, el fútbol —y el análisis profundo de los símbolos del cine «arte» y, ahora, las series «arte»— se me hace un desgaste fundamental del ocio, ese bien escaso en la posmodernidá. Sé con suficiencia el funcionamiento del fútbol para saber quién gana y qué es un fuera de lugar. Así como sé con suficiencia el funcionamiento de una estructura narrativa televisiva para entender quién es el protagonista y de qué va la historia. Dicho lo anterior, cabe arriesgar entonces que The OA es un partido de fútbol donde los jugadores pagaron sus propios uniformes, sus guayos (tacos o como sea que le llamen en su país) y fueron en bus a la cancha, pero ejercen la soberbia, la pretensión vacua y el narcisismo de quirófano de un CR7 que juega un fin de semana en el Real y el otro en el Barcelona.

The OA es, para eliminar el símil, una serie llena de discursos pretenciosos que apelan a un público pretencioso, bajo la lógica pretenciosa tan en boga en la sociedad actual de la posmodernidá y su fascinación por mercantilizar toda subjetividad. Si de algo carecemos, los contemporáneos, es de un artificio lo bastante simple para sentirnos en comunión con un ser superior; más desde que Dios murió y la iglesia cada vez pierde más fanáticos que gana el fútbol… y CR7 y Messi y sus feligreses que, domingo a domingo, siguen sus milagros en la cancha.

En The OA, Prairie (o The Original Angel, como ella misma se autodenomina), luego de regresar de un secuestro en donde, por un azar más milagroso que coherente con la historia, recuperó la vista, reúne a un grupo de marginados —a un grupo de clichés que nunca llegan a ser personajes sólidos— en torno a una narración llena de flashbacks y voces afectadas para dar sustento a la idea de que esa chica rubia, un tanto simple, mala actriz, es en realidad un ángel que ha descubierto el modo de moverse entre dimensiones. ¡Pero atención!, no es la teoría manida de la física cuántica sobre los universos paralelos, The OA (como se hace llamar Prairie) se ocupa de explicarnos en un capítulo que no es eso, sino «algo» mucho más profundo y no la simpleza de un mundo que se bifurca a la más nimia decisión.

¡Pero atención!, sin embargo, en otra capítulo nos dice que tal vez sí es así, pues porque ella, en esencia, no sabe qué eso de las dimensiones porque nunca ha podido ir. Aunque (¿y quiénes somos nosotros para cuestionarlo?, si el truco es ser crípticos, misteriosos, simbólicos, darle al televidente la posibilidad posmoderna de que entienda el final como se le venga en gana porque los finales cerrados son muy de discursos opresores y épocas monárquicas y cosas concretas y no de la maravillosa dilusión relativista del hoy en día) al final de la temporada podamos ver, o quizá no, a The OA viajando en una ambulancia como la barca de un Caronte interdimensional que la lleva, al fin, a la otra dimensión donde podrá encontrarse con su amor, Homer. Homero, en referencia estúpida por parte de los guionista al rapsoda griego, cuya aparición del libro de la Iliada se hace una excusa para hacerle creer al televidente eso que nadie había pensado desde el primer capítulo: que Prairie está loca.

Pero claro, no es una loca cualquiera. Es un loca que tiene sueños premonitorios y, vaya sorpresa —eso nunca se lo había inventado nadie en la historia del cine—, le sangra la nariz cuando tiene uno y eso, la sangre, es la marca distintiva entre un sueño cualquiera y un sueño que sí anticipa el futuro… un futuro, no se lo van a creer, que tampoco es claro porque a The OA, más por un recurso simple del guion, solo le son claras las premoniciones cuando ya es tarde para hacer algo. Ha de ser la condena de los ángeles, algo parecida a la de la Kasandra griega, de no entender nada sino cuando ya vale mierda.

Uno podría decir que hasta ahí The OA podría parecer hasta una serie interesante, mal escrita, pero interesante. No obstante, es evidente su necesidad de posar de muy compleja y simbólica. Su intención básica de confundir con un guion que se sostiene demasiado en el truco mágico de la revelación final. Es seguro que sin ese «enigma» a descubrir, la mayoría de sus televidentes no pasarían de veinte minutos del primer capítulo. The OA es una serie lenta que se toma demasiado tiempo en mostrar un montón de personajes como figuritas de cartón: planos, insípidos, clichesudos, comunes. Para ejemplificar esto, cabe describir al grupo de marginados que «salva» Prairie (The OA) en unas reuniones que más parecen un grupo de apoyo cristianobudista para alcohólicos. Está el abusón escolar al que odian sus papás y llevaran a una academia militar, la niña travesti que ahora es un niño rechazado por su condición novedosísima a los 12 años, el latino esforzado que quiere llegar lejos pero que, tararán, también es un drogo pacato con una mamá desalmada y borracha, la gorda triste, vieja, frustrada, solitaria, romántica y, por último, pero no menos cliché, el gordito bonachón cuya mamá se suicidó y vive solo con una hermana conflictiva. Cada uno de ellos, además de ser soso, es usado por los guionistas (la misma actriz) para poner en boca de los televidentes la opinión polémica y los discursos polémicos, que transmitan un mensaje social, que salven a alguien… solo faltó un adoptador de perros, o que Prairie fuera una vegana comprometida con la salvación de las anguilas abisales del pacífico sur, para hacer más desastroso el abuso de discursos relativizadores cuya pretensión es la de dar a quienes ven, la ilusión de que la muerte de Dios, los vacíos metafísicos, la soledad infinita de los contemporáneos, se colma fácilmente si solo crees en ángeles, en mundos más allá de la muerte donde maestros ancestrales (en la serie están bien estereotipados como nativos americanos) te regalan la sabiduría sanadora para que vuelvas al mundo y armes un ballet Tai Chi con tus amiwis los secuestrados.

Para acabar, porque ya me aburrí y creo que ustedes también, The OA es una serie hecha para tener éxito en esta época rebosante de Crossfiteros de ropa deportiva, veganos de evangelización, budistas de supermercado, expertos en ángeles, en el horóscopo y en el tarot, o de reguladores hidráulicos de las energías Reiki, o de coreógrafos del alma con sus pasitos de danza contemporánea que, además, tienen la ventaja de rejuvenecerte. The OA es una serie plagada de tonterías que quieren parecer fundamentales para descifrar la condición humana; pero que solo se quedan en un teatro de sombras y en erigir una estatua audiovisual a toda esa gente que cree que la respuesta a lo malo y a lo bueno está en un lugar encima de nosotros donde solo llegamos con estupideces «milenarias» y «ancestrales»… Y, lo más importante, con bailes de Tai chi que reviven muertos siempre y cuando se hagan en una prisión de cristal, luego de decepcionarnos de la novedad de que los seres humanos actuamos como seres humanos.

¿Si es una cuestión de género?

I

Hay mujeres que cumplen su rol de amas de casa, que lavan baños, trapean, cepillan los gatos y sirven la comida a su esposo cuando regresa del trabajo sin ver en eso un detrimento a su dignidad uterina sino, más bien, una forma de mantener la díada mística que significa compartir una casa y unos gatos lindos con un hombre quien, a su vez,  sale a las seis de la mañana para un trabajo que,  seguramente, detesta sólo para tener cómo pagar un domicilio el fin de semana y ofrecer para ambos un día de descanso en la agitada vida laboral mutua. Ese hombre no se va pensando que en su casa se queda una zángana babeando a pierna suelta mientras él se apretuja en un bus y se agobia en la búsqueda de una entr extra para llevar a su chica de vacaciones a  Holanda y echarse unos porros en un café de esos, solo por el placer de sentir la emoción de la ilegalidad legitimada. Él se va pensando que la quiere, que la escogió a ella entre otras muchas, mejores o peores, da igual. Que trabajar no es un rol a jugar en el teatro de la vida en pareja, sino sólo algo que toca hacer si se quiere pagar un arriendo y tener muebles y tres gatos y un helado de chocolate y nuez de macadamia el domingo antes de entrar a cine. Su compañera tampoco cree que lavar los baños o servir la comida a su esposo esté mediado por una obligación impuesta por un sistema que, sabrán los historiadores por qué, ha dicho que las labores del hogar son la escala más baja del mercado laboral, allí donde el narcisismo humano, porque la mujeres son seres humanos antes que mujeres, susurra la miseria y la disminución que es fregar un piso o meter la ropa en el armario. Esa pareja de la que les hablo es, lejos de lo que dice la publicidad victimizadora de la mujer, el modelo más típico; aún hoy, en días de millenials e ideologías truncas y anacrónicas, las relaciones heteronormadas siguen la lógica ancestral y natural de la supervivencia de la especie.

¿Se aman los personajes de mi historia? Es posible, quizá no, no importa. Lo que sí es claro es que saben estar uno con el otro, en el otro. Lo consiguen porque ninguno busca ejercer una supremacía sobre su compañero. Él no dice: es hora de trabajar porque yo no quiero vagas y mantenidas en esta casa, ni la manda a dormir al sofá porque le está costando encontrar un trabajo ni le dice que es poca mujer por no proveer de dinero el hogar. Del mismo modo, ella no le siembra la sartén en la frente cada vez que él se demora diez minutos hablando en el pasillo de su oficina, tampoco le grita pareces un prostituto con esa camiseta de fútbol pegada y la pantaloneta que te abulta las nalgas, menos le dice que está gordo y que el señor de la tienda tiene el paquete más grande para luego ir a comerse al de la tienda y culparlo a él por su apariencia física.

Ella no quiere someterlo ni él que ella sea su sirvienta. Ella no dice que él estacosa y él no dice que ella talotracosa. No lo dicen en esencia porque cada uno sabe que su función no es un yugo impuesto por el otro sino parte constitutiva de esa relación fundada, en principio, en el amor. Si llegara el caso de que él debiera ocuparse de la casa y ella de proveer de dinero para el hogar, se presupondría que él estaría en condiciones de responder por los baños, la trapeada, los gatos y la comida de una manera igual a cómo ella lo hacía. Asimismo, ella estaría en condiciones de generar un ingreso igual o superior al de su compañero que permitiera el buen funcionamiento de la economía casera.

Es en este punto donde una feminista podría encontrar el vacío en mi discurso. Si yo fuera feminista refutaría lo anterior con dos argumentos simples: la idea (fantasmagórica) de la inequidad salarial y la educación machista que reciben los hombres de sus mamis y que los convierte en completos inútiles para labores. Respecto a la primera habría que entender que los salarios no dependen del sexo sino de un arbitrio de quien los tasa en una compañía. Hay hombres a quienes les pagan menos que a otros hombres con estudios “iguales” (dos vidas académicas y laborales nunca serán iguales).

Un novio que tuve hace algunos años, para su primer trabajo como profesor de un colegio, recibió el salario más bajo que pagaba la institución. Sus compañeros,  del mismo departamento de matemáticas, tenían asignaciones salariales dispares. Tasadas, y pactadas, al momento de la contratación a través de una negociación con el gerente del colegio. Según me contó él, el único que contaba con estudios de maestría dentro del departamento era un compañero que desempeñaba una función similar: profesor de grados cuarto, quinto y sexto; los mismos a los cuales daba mi (ex) novio  (R., de aquí en adelante) quien solo había cursado el pregrado. El profesor con maestría no ganaba más que R. No porque R. fuera mejor o peor trabajador, sino sólo porque supo venderse mejor al momento de la entrevista y negoció un salario acorde con su capacidad para mostrarse indispensable para el cargo. El colegio, perteneciente a una comunidad religiosa, vedaba el ingreso de mujeres a los cargos de profesoras. Se regía por una filosofía decimonónica: los hombres son educados por hombres y las mujeres por mujeres. Toda mujer que enviara una hoja de vida al colegio era remitida a su gemelo femenino donde, de igual modo, solo trabajaban mujeres educando a mujeres. No entraré a cuestionar la condición anacrónica del modelo educativo, no es importante para lo que nos interesa aquí. El jefe del departamento, cuyos estudios sólo llegaban al pregrado, ganaba cinco veces más que los profesores que tenía a cargo. La razón de que el colegio pagara más a él, que por ejemplo a su subalterno con estudios de posgrado, era el tiempo que llevaba como empleado del colegio: más mas de 30 años. La discusión de los salarios, su disparidad, no se daba nunca; por más que R. creyera merecer más que algunos sus compañeros, a quienes consideraba menos capaces, más perezosos, malos profesores. Había entre el grupo profesores que ganaban mucho más que R. (sean cuales sean sus capacidades), pero no tanto como el jefe que era el profesor mejor pago en toda la institución. La discusión no existía porque nadie entraba el condición paranoide de la discriminación,tan común entre minorías y feministas. A ninguno de los profesores, de ningún departamento, se le ocurría suponer que la inequidad salarial fuera motivada por la estatura: enanos ganaban menos, altos el doble; por el vehículo para transportarse: las motos menos en relación a carros y los carros de acuerdo a la gama; por la universidad donde cursaron sus estudios: públicas menos que privadas; en fin, las paranoías pueden adjudicarse a múltiples variables. Teniendo en cuenta que sólo trabajaban hombres, era poco probable que los salarios fueran designados en proporción inversa al número de agujeros. La homogeneidad masculina anulaba por completo la posibilidad de que R. fuera tasado a lo mínimo por su útero, el cual, doy fe, no tenía. El ejemplo sirve, de modo somero, para ilustrar qué implicaciones hay en la llamada inequidad salarial. Las mujeres (quizá solo valga hablar de quienes evangelizan sobre feminismo) elaboran una discriminación sustentada en una paranoia dictada, no solo por una tradición que excluía a la mujer del sistema laboral (al menos así fue hasta II guerra mundial), sino también por el sinnúmero de discursos autoflagelantes, autovictimazantes, que llenan las universidades con banderas de lucha por derechos, entre los que se incluyen el aborto sin consecuencias punibles(?), la libertad sexual(?) y, obviamente, la inequidad salarial.

En la segunda parte, tocaré el tema de los hombres educados por sus mamis en la idea de la mujer como sirivienta y de las patas en el sofá viendo fútbol. La mujer-mamá, la mujer mamá-erótica y el sustento machista (evidente) en los discursos normalizados de género y roles de obligación y no de amor. En esa parte, cerraré la idea general del texto. Gracias.

Texto enviado a mi cuenta de Twitter para ser publicado de manera anónima. La escritora es una mujer que leerá sus comentarios en mi cuenta de Twitter. @Bruno_kaz

Los reencuentros

Anoche llamó Silvana. Ya sabes quién es. Me dijo que aún me quería. Aún, qué curiosa palabra. Ya sabes, nuestro amor no fue más que una promesa. Un amor como un coito sin orgasmo, como un beso sin memoria, como una verdad a medias. Me quedé en silencio en el teléfono. Miraba afuera, a través de la ventana, una noche muy clara. En el cielo había muchas estrellas y las luces de las casas ya estaban todas apagadas. El ladrido de un perro. Un grito de mujer. ¿Placer? ¿Dolor? No había cómo saberlo. Pensaba en ti, en los últimos días. Tu mano jugueteando con la mía esa noche en el bar. Tocándonos para que nadie viera que nos tocábamos y tuviéramos que oír las preguntas, los asombros, las dudas de tocarse cuando el desamor, antes, ya nos había cortado las manos. Nadie cree en los recomienzos. Es normal, lo muerto no debe regresar. Lo muerto, cuando reaparece, solo desordena la vida. Culpar a los otros del miedo que tú y yo buscamos no aceptar no hace menos tortuosos los dolores del pasado.  El autoengaño sirve, es cierto, pero el miedo pesa más.

¿Sigues ahí?

Sí, mentí.

Un miércoles te vi en la acera de enfrente. Ibas con tus manos al aire, tu ajuar de hacer ejercicio y una maleta gris colgada del hombro. Sonreías bajo el sol del medio día con el gesto de los felices imbuidos en el recuerdo o en la expectativa. Viéndote con más atención, era fácil ver, para mí que te conocí mucho, que tu sonrisa era más mentira que las mentiras a la cuales acabé por acostumbrarme contigo. No quería llamar tu atención a gritos. Hice lo de otras veces: te vi pasar. Te seguí con la mirada hasta que doblaste en la esquina, camino a la estación, y despareciste con el pelo negro al viento, como seguida por anguilas echando chispazos eléctricos en el reflejo del sol. No, no creas que te perseguía. Nunca lo hice aunque tú asegures que sí solo porque una vez creíste ver a un tipo que se parecía a mí vigilándote desde atrás de un poste y no fuiste capaz de reconocer que no era yo, sino la culpa hecha espejismo, la culpa de ir con otro cuando decías estar conmigo.

Muchas veces te he visto pasar. Tenemos el infortunio de que la ciudad haya puesto las universidades en el mismo sector. Tenemos la trágica coincidencia de tú aprender en una y yo enseñar en otra. Las dos que más contiguas están. Te he visto parada bajo la sombrilla del café hablando con tus amigos: una niña flaca alta y un chico con una expansión en el lóbulo de la oreja izquierda. ¿Es la derecha o la izquierda la marca de gay? Te he visto comer de ese helado barato que comíamos juntos sentada en la banca de cemento frente al parque donde patinan los que no van a clases. Te he visto salir sudando del gimnasio de tu universidad soñando con lamerte en medio de las tetas, en medio de las piernas. Ya sabes cuánto me gustaba lamerte el cuerpo luego de lamerte el cuerpo y de hacerte el amor. Ninguna de esas veces te hablé o te llamé a gritos desde donde yo solo te veía pasar. A veces escondía el maletín porque creía que a la distancia podrías reconocerlo. Tú me lo regalaste, era lo más lógico. Pero no, no fue lógico. Hace unos días me dijiste que sí me habías visto. Que nunca me hablaste porque creías que te había mandado al séptimo círculo de mi infierno. Una referencia a Dante, aunque sé que nunca has leído a Dante. O quizá lo leíste cuando yo no tenía cómo darme cuenta de que lo leías y tampoco podía explicarte, como antes, cuando leías conmigo y yo te contaba y te explicaba y te enseñaba y sonreíamos y me mirabas con una lucecita azul en tus ojos negros y me decías, después de un beso, que amabas aprender tanto conmigo. Ha de ser puro vicio de profesor, te respondía yo. Un poco en serio, un poco en broma. Me gustaba, mucho, enseñarte. Más, supongo, verme en tus ojos, más grande de lo que soy.

Ese miércoles, hecha de nuevo un recuerdo en la otra acera, comencé a caminar hacia la misma estación. Pero por el lado opuesto, al final del túnel que conecta ambos vagones por debajo de la avenida principal. Iba pensando en tu sonrisa impostada y en a quién debías mentirle en una acera donde todos son menos que sombras. Iba pensando en que habían pasado ya dos años desde la última vez que oí tu voz; en que también yo era entonces otra sombra oculta en el tapiz de oscuridad de una ciudad grande y anónima. Iba pensando en ti, como siempre, como todos los días desde que te fuiste y tuve que aprender a meter la mano en los bolsillos para no sentirla tan inútil al final de un brazo que ya no tomabas y que no tomarías más. Iba, sin más, para cualquier parte; a la mentira de vivir sentado en el mismo lugar inventándome una vida feliz aunque estuviera solo, a diario tomando café y leyendo un libro y escribiendo en un cuaderno cartas como esta que nunca leerías porque no te las iba a dar, porque no las merecías, porque era más útil el soliloquio, las palabras como piedras en el agua. Y me viste. Tú antes que yo. Haciendo inevitable el intercambio fútil de palabras corteses, de frases estúpidas con las cuales apaciguamos la memoria de conocernos no solo los recovecos del cuerpo sino también los espacios dañinos, los ruidos blancos, las lágrimas y los miedos.

Tu olor llegó primero que tu voz. Era el olor de la playa cuando yo era niño. Era un olor verde. Un olor como los viajes en la carretera cuando abres las ventanas del carro para que el viento te despeine y vas cantando una canción a gritos sin miedo al ridículo, al cobijo del ruido del motor y del que hace el viento cuando va rápido y es un silbido largo y sostenido que acaba por dejarte un poco sordo. Después llegó tu sonrisa con los ojos entrecerrados; tu mirada que parecía ser de alegría sincera. Me diste un beso en la mejilla dudando si debías abrazarme o no. En tu cara la duda parecía más profunda de la que provocaría la simpleza de dar un abrazo. Creí que, tal como me estaba pasando a mí, la memoria del tacto de nuestros cuerpos desnudos irrumpía para cohibirnos del deseo, en ese instante imposible de resolver. No sé si tú lo pensaste, no sé cuál era tu duda. Sé lo que vi. Si ahora te cuento esto, aunque estuvieras ahí conmigo, no es porque crea que tu memoria (selectiva según la conveniencia) esté fallando o porque te crea estúpida o porque yo esté loco, como solías decirme cuando mentías y yo intentaba, como un imbécil, explicarte cómo me había dado cuenta de tu engaño. Las versiones nunca son las mismas, es verdad; no lo son porque el corazón distorsiona la realidad y es factible, sin duda, que no olieras a lo que yo digo que olías. Que no sonrieras como creí que sonreíste. Que tu felicidad de encontrarnos después de tanto tiempo haya sido solo una fantasmagoría de la mía. O que la duda del abrazo, el deseo atrás de ella, haya sido solo mi miedo a no saber qué decir y preferir un artilugio táctil, útil para levantar una polvareda en medio de la cual las palabras no fueran necesarias porque antes de hablar yo ya habría hecho mi pase mágico y habría saltado por la puerta hacia la avenida y a la carrera ahí para abajo. Sí, lo sé, habría sido estúpido. Y no mentiré diciendo que fue la estupidez la razón de que te dijera, sin pensarlo mucho, que estabas hermosa y te había extrañado mucho.

¡¿En serio?!  También yo te he extrañado… te he extrañado muchísimo.

Eso bastó. El cuerpo se me partió a la mitad. Pude oír el ruido húmedo que hacían mis órganos cayendo uno a uno sobre el suelo metálico de la estación. Pude oír el silencio denso que llena los espacios cuando van vaciándose de objetos y no queda más que la nada para ocupar. Dentro de mí no había más que un oleaje, un ir y venir, un vaivén de un mar que no era mar sino mercurio. Trastabillé. Las palabras se me apretujaban en la garganta entrapándome la lengua. Una sensación que me recordó ese día, hacía varios años, cuando viéndote cantar con puras palabras incompletas una canción que no te sabías, entendí que te me habías hecho indispensable para ser feliz, que tu ausencia significaba la tristeza, que estaba desbocadamente enamorado de ti.

Podemos salir. Intentarlo de nuevo.

Ya estábamos tomando café. Sentados muy juntos en un sofá mientras sonaba una canción en inglés que tú cantabas, ahora sí con las palabras completas, en medio de tus peticiones por una segunda oportunidad para ver cómo era que era cuando los amores muertos volvían como zombis y te devoraban el cerebro.

No sé, dije yo. No sé porque te tengo miedo, no dije yo.

Sin embargo, el no sé fue insuficiente para autoconvencerme de que en realidad era un no sé que yo sabía de sobra era un Sí, a gritos, saltando de felicidad, anulando el raciocinio.

Una semana después te lamía el esternón y entre las piernas.

Un mes después mi bolsillo tuvo que superar la pérdida de su mano querida que lo había abandonado por tu mano.

Dos meses después llamó Silvana.

Sabes que te quiero, sé que lo sabes. También sé que entenderás, como entendí yo cuando tú me abandonaste por alguien más, que cuando llega la hora de romper el corazón no hacerlo es más doloroso. Silvana dijo que venía a la ciudad, esta vez para quedarse a vivir.

También te quiero, le respondí a Silvana. También quiero que estemos juntos, le afirmé.

No estés triste, quizá también un día, con buena suerte, nos encontremos en una estación y sea yo ahora quien te pida volverlo a intentar. Quizá también tú sientas cómo vas siendo solo un vacío de silencio. Intentaré no desordenarte la vida, si es que acaso vuelvo a buscarte.

 

Arturo.