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EL PERFORMANCE DEL ADIÓS

24 diciembre 2014

El debacle comenzó a las cuatro escuchando La Luciérnaga. Era la despedida de Peláez, quien dirigió el programa de radio por veintipico de años. Me senté en el computador. Oí el programa con una nostalgia incoherente con la ausencia de una persona a la que nunca vi, pero sí oí de manera regular. Los años van haciéndote un llorón. La cercanía de la muerte hipersensibiliza. Tal vez sea la confirmación diaria de la precariedad que somos. Vulnerables. Minúsculos. Incapaces de soportar la más leve brisa que precede a una tormenta. Muertos siempre, en vida. Cuando Peláez leyó su discurso de despedida, me vi llorando. Un llanto quieto. Las lágrimas corriendo sin aspavientos. Me sentí tonto. Aunque eso me pasa con frecuencia. Soy una herida que no sana. Una película tonta. Un libro. La imagen de alguien diciendo adiós. Todo me agua los ojos. Tarda uno años en entender cuánto pesa la ausencia de los que parten. Los jóvenes no saben de eso. Para ellos la vida es un llegar, no un despedirse.

Peláez dijo:

«No es lo que se va, sino lo que vendrá.»

Es sorprendente cómo, al parecer, también la vejez nos hace los abandonos bellos y felices. A eso llegaré un día: la aceptación del vacío, del lugar donde soy yo sin mirar alrededor, porque ahí no queda nada. Cuando acabó el programa, me fui. Las calles estaban llenas de taxistas que pitaban siguiendo la indicación del programa de radio de pitar para que Peláez supiera cuán importante era. Barullo. Trancón. Taxistas llorando. Me sentí menos tonto. Caminé hacia el norte. Los adornos navideños encendidos daban a la séptima la apariencia de un sendero de árboles de luz, quietos bajo un aguacero de luces tornasoladas. Belleza navideña. La ciudad estaba vacía. Algunas personas se apeñuscaban en los paraderos con paquetes. Sonreían con niños de la mano. Me sentí solo. Tuve ganas de llorar. Respiré profundo. Abrí grandes los ojos. Fingí que no veía a nadie. Caminé con las manos en los bolsillos y el cigarrillo en la boca. Indiferente a los carros, a las luces, a los niños, al frío, a la ciudad disfrazada de felicidad y celebración.

En el café de siempre me tomé un tinto y fumé. Quería escribir pero había olvidado mi cuaderno. Tomé unas servilletas y garrapateé palabras con esfero que llevo siempre en el bolsillo del saco. Palabras explicando el adiós, las partidas, los vacíos irremediables que dejan los otros. La imposibilidad de la suplencia, al menos para mí. Admiro con fervor de feligrés a quienes saben llenar su vaso de alguien más, a quienes nadie les falta. Ahí está el secreto de la felicidad: el abandono y la suplencia. Las palabras de Peláez: «lo que vendrá». Guardé las servilletas en mi bolsillo. Fumé mirando a la avenida donde días atrás por poco termino en el lugar del atropellado. Pensé en él, en su adiós que ya nunca dará a quienes lo querían. Todos deberían, a su modo, escribir una carta de adiós. Llevarla en el bolsillo de su saco, en el bolso, para que la muerte no los condene al silencio. Una carta como una forma de reconfigurarle la ausencia a quienes se quedan. Todos deberíamos tener la oportunidad de la despedida; un privilegio que parece exclusividad de los pacientes terminales. Voy a escribir una carta. Escribirme a mí mismo, mirándome con desprecio por encima del hombro. Regresé a mi apartamento. Eran las nueve. Me senté en la cocina a fumar, pensando en nada como cada noche.

Me senté en el computador. Las noticias eran sobre la despedida de Peláez. Uno que otro asalto, guerrilla, proceso de paz, Santos, Uribe… Uribe. Leí:

«La noche del 22 de diciembre en la estación Avenida 39, un estudiante del Sena fue apuñalado por robarle su teléfono celular. El hombre recibió una cortada en la cara y dos puñaladas en el pecho y una en la mano. El estudiante, según informó su amigo, recibió cirugía reconstructiva y se encuentra fuera de peligro. Las directivas de Transmilenio, aún no se pronuncian frente al hecho.»

Lo noche anterior yo había estado en esa estación. La noticia no informaba la hora del ataque. Escribí un comentario a la noticia:

«Morirse a medias es estar vivo completo. Bien por estar en el lugar equivocado, en el momento injusto. A las personas les faltan esos golpes de vitalidad. Un ataque, al que se sobrevive, es una oportunidad para decir adiós, antes del adiós definitivo.»

Sentí un poco de asco por mi tono esperanzado y positivo. No soy así. Lo justifiqué en el debacle generalizado. Escribí en Youtube: Monica Zetterlund, Bill Evans Trio. La canción sonó. La voz triste de Monica, el piano triste de Evans, El todo triste de mi apartamento sin nadie. Me recosté en la silla. Fumé mirando al techo con los ojos aguados. Era punzante la voz. Cuando terminó la canción, me puse a escribir la reseña de un libro hediondo del que debía hablar bien. No es que tenga peso para que mi opinión cuente, es que en Internet no importa el quién sino el qué dice. Creo que lo último tampoco. Da igual, que paguen es lo importante. La zalamería salió rápido. Hay demasiadas frases armadas como para que tome tiempo escribir una tontería. Las reseñas están llenas de plantillas donde solo hay que cambiar el nombre del autor, título de la obra y sumar un par de adjetivos inasibles, casi metafísicos. Eso es suficiente para el solazo del autor, para convencer de la compra.

Releí la reseña. Cambié unas comas, una palabra ofensiva que se me fue. Puse un título idiota. Lo envié por correo a la revista. El periodismo es una babosada, íntegra.

Lucky to be me, Monica Zetterlund… una lista completa del trío de Evans, la dejé sonar mientras fumaba. El gato vino, se recostó en el suelo entre mis pies. Fui a la cocina. Él me siguió maullando. Le di comida. Me senté en el suelo a mirarlo comer. Le acaricié el lomo. Me miró con curiosidad y siguió comiendo. Es un animal hermoso. Tranquilo. Solo importa él para él y yo como su esclavo. Una enseñanza más: yo para mí. Vivo leyendo fábulas en la realidad. Buscando la moraleja en cualquier trivialidad. Una estupidez, soy un estúpido.

Volví. Me recosté a leer a Kawabata. Sonaba Monica Vals, del mismo trío, una canción un tanto más alegre. Me aburrió Kawabata. No me gusta dejar libros a la mitad. Hice el esfuerzo por seguir a pesar de lo empalagos y descriptivo que se tornaba. Cerré el libro al terminarlo. De bello y triste lo tiene todo. Solo que es una belleza que para mí hace años no es bella. Una tristeza que no se ajusta a lo que no es, sino a la deseo de que siga siendo. Nostalgia y muerte en Japón, en Kioto. El final es bello y triste. No tenía hambre. Hace días que no tengo hambre. Me cepillé los dientes. Me lavé las manos frotando fuerte mi dedo índice. Apagué el computador y me metí a la cama. Pasé canales. Nada. Vi caricaturas. El sueño fue esquivo.

A eso de las tres de la mañana, mientras veía Samurai Jack en Cartoon Network, se oyeron golpes y gritos en el apartamento contiguo. Ahí vive una pareja de artistas. Ella hace pendejadas con materiales reciclables. Unos adefesios que llama arte contemporáneo, a los que pone nombres rimbombantes y anodinos como: Angustia de libertad en Schopenhauer. No describiré «la obra». No sabría por qué parte del arbitrio de desorden comenzar. Su esposo, o novio, no sé; es pintor. Lo hace bien. Es anacrónico y anquilosado. Admira a Rubens, según me dijo una mañana en el ascensor. No vende nada. No expone. Las galerías están en busca de la novedad y del arte que no dice nada por sí, sino que necesita una teorización de 65 páginas. Ella lo mantiene, le compra pinturas y lienzos. Ella que sí vende su arte. Se llaman Juan Francisco y María Cristina, así… con los dos nombres como me dijeron que les dijera.

Me era indiferente si se mataban o destruían las promesas artísticas de este país. Un genio más, uno menos, qué importa. Llanto. Gritos. Recriminaciones.

—Eres un inútil, Juan Francisco. Un inútil y un pedazo de mierda, un parásito. Un pintor de mierda —golpe bajo.

Era imposible no oírlos. Una cachetada, por el sonido supuse que fue de él para ella.

—María Cristina, eres una hijueputa —parecía llorar.

La sutileza de la ofensa que no pierde la tuteada. Decente.

—Puedo ser una hijueputa, pero antes soy una hijueputa artista. ¡Una artista!, usted no es más que un barroco, un claroscurero. Un pendejo que cree que el arte es del siglo XV. El arte avanza, le informo, mi amor. Fracasado, ni para la pintura tiene. Todo se lo doy yo. Poco hombre —lloraba.

—¿Qué el arte avanza?, qué pendeja —otro desorden de ruidos. ¿Rodaban por el suelo?

Luego silencio. Algo que no alcancé a oír. Un traquetear de puños. Un plato, vaso, jarra… que se rompe. Jadeos de cansancio. Lágrimas y grititos ahogados, entrecortados.

—¡Pégueme más, cobarde! ¡Más para que pueda hacerlo que se pudra en la cárcel —las palabras le salían con odio y enredadas en la respiración—. Aquí, venga. ¿No que es tan machito? ¡Lo veo!, a ver, bobito. ¡Lo veo! Fra-ca-sa-do —una cachetada que escuchó hasta el celador. La mesa rompiéndose—. Eso. ¡Más, hijueputa!

Más golpes. Cosas rotas. Gritos. Etcétera.

Las luces rojas y azules de la patrulla iluminaron la ventana que da a la calle. Dos policías grandes y de mala cara entraron al edificio. La campanilla del ascensor sonó en mi piso. Tocaron a la puerta contigua. Los ruidos de lucha no habían cesado. Imaginé a Juan Francisco a horcajadas sobre María Cristina, amasando a puños la cara contra el piso de pino canadiense. Embadurnados de colores y sangre; un performance del amor real, un aleteo de mariposa.

—¡Policía, abran! —gritó uno de ellos con voz cansada y fastidio.

Salí a mi puerta.

—Señor, quédese adentro. Aquí no hay nada que ver —pensaba que eso solo lo decían en las películas. Qué mundo callejero me falta.

Los vecinos estaban en sus puertas, era difícil que nos entraran a todos. Me quedé mirando. La unión hace la fuerza. Más cuando es para chisme y morbo. No dije nada al policía, lo miré como supuse un sordo miraría a quien le habla. Me quedé ahí, en chancletas y pantaloneta, fumándome un cigarrillo.

—Rompan la puerta, la va a matar —dijo la del 406, Marina: profesora, soltera, de más de 40, fea, muy fea y mal vestida. Su pijama era una afrenta a la sensualidad femenina.

Don Jesús, un pensionado del ejército y miembro de la junta de propietarios, dijo:

—Coronel Sandino, les doy autorización de que rompan esa puerta —avanzó hacia ellos con la mano en señal de saludo.

—Señor, quédese dentro de su apartamento, por favor. Mi coronel, colabore —el policía lo tomó de la mano y lo regresó al apartamento.

—Yo me hago responsable —insistió don Jesús con su voz de autoridad trasnochada.

María Cristina abrió la puerta. Tambaleaba. Traía la cara llena de sangre. Se abrazó al policía.

—Me va a matar, señor agente. Ayúdeme.

El policía la recibió. Puso manos en tetas y culo. Ella no lo notó, o quién sabe. Atrás venía Juan Francisco. Tenía las manos y la camisa manchadas de sangre. La cara lucía más desastrada que la de su esposa. Venía con los brazos arriba en señal de culpable pacífico. Su camisa sin botones dejaba ver arañazos en el pecho, los brazos, la cara llena de líneas rojizas. Ardía con mirarlo. Un ojo azulado y entrecerrado coronaba la obra de miseria que de él había hecho María Cristina.

María Cristina le sembró otra cachetada que sonó fuerte y húmeda. Él vibró con el golpe y unos mechones de pelo le cayeron en la cara. Ella regresó con miedo al abrazo del policía.

Sonreí.

Juan Francisco quiso responder. El policía libre se abalanzó con la macana en la mano. Le dio un golpe firme en la boca del estómago. Juan se desplomó asfixiado. En el suelo, el policía le dio dos palazos más, en cualquier parte.

—¡No le pegué! —gritó María Cristina.

Encendí otro cigarrillo.

Desde el suelo, Juan lanzaba patadas débiles. El policía al sentir el roce de su pie, le dio tres palazos más y de bonus, dos patadas en los muslos.

—¡Que no le pegue, hijueputa! ¡Abusivo! Claro, como son dos. ¡Tombos hijueputas!

María Cristina se agachó. Lo abrazó interponiendo su cuerpo entre el palazo que caía y que el policía pudo detener a tiempo. Acarició la cara de su esposo con ternura. Lo recostó sobre sus muslos. Lo beso en los labios. Limpió su cara ensangrentada con los faldones de su bata, dejando ver unas bonitas piernas blancas y torneadas. De la cabeza de Juan manaba sangre, mucha sangre. Un palazo se la había roto adelante, a la izquierda. Ella gritaba que los iba a demandar. Los policías la miraban desinteresados, casi podría decirse que eran una risa completa debajo de la cara de desprecio. La costumbre, supuse.

—Te amo, Juan Francisco. Eres un gran artista, el amor de mi vida. Es este mundo idiota que no entiende tu genio. Perdóname por todo —lo besó en la frente—. ¡Una ambulancia! —gritó histérica.

Un policía llamó por radio a la ambulancia.

—¿Va a presentar cargos, señora? Ese trámite dura hasta las seis de la tarde de mañana. Sean contra él o contra nosotros. Eso es largo y aburrido… —dijo más cosas, mostrándole lo tedioso que era presentar una demanda.

—¡Cállese imbécil! Voy a demandarlos a ustedes por hijueputas, así me toque irme a vivir a la estación o donde se pongan esa mierda de denuncias. ¡La ambulancia! ¿¡Dónde está?! —gritó, repitió ambulancia como seis veces sosteniendo a Juan entre los brazos.

Juan Francisco se levantó: inhaló profundo. Se recompuso. La abrazó. Se besaron en medio de la sangre que seguía corriendo desde la cabeza por toda la cara. Los labios se hicieron un pegote escarlata, viscoso; las lenguas lamían la sangre de los labios del otro. Sangre caliente. Él la apretó con fuerza contra su cuerpo. Sus caras estaban rojas, por partes más oscuras que en otras. La besó en los ojos, en la frente. Le palmeó las nalgas. Le agarró las tetas por encima de la bata, dejando una marca roja de su mano en cada parte que tocaba.

—Te amo, María Cristina. Te amo —repitió jadeando—, pero estás loca y eres una hijueputa. Hasta aquí llegamos tú y yo. Terminamos. Adiós.

Juan se apoyó en el policía que lo había molido a palos. Él lo sostuvo cumpliendo su deber: ayudar y servir, o no sé cómo sea. Entraron los tres al ascensor. Al parecer, la ambulancia ya había llegado. María Cristina cayó al suelo de rodillas. Lanzó alaridos de dolor. Se arañó la cara dejando líneas rojas, un zarpazo de Wolverine.

—No me dejes, hijueputa. No me dejes —sollozaba—. Yo te amo, Juan Francisco, perdóname. Eres un gran artista, la mierda es el mundo no tú —se recostó de medio lado en el suelo y siguió llorando.

Él, seguramente, no la oyó. Nadie regresó en el ascensor. A mí se me aguaron los ojos ante la escena. Al fin y al cabo, un adiós en vísperas de navidad es una cosa muy triste. Regresé a mi cama. Samurai Jack hacía rato que había terminado. Ese capítulo no lo había visto.

UN DÍA CUALQUIERA

20 diciembre 2014

La otra noche estuve muy triste. Me senté en la mesa de la cocina. Me fumé un cigarrillo. Quería hacerlo despacio, saboreando el humo para soltarlo despacio. Lo fumé en tres minutos, creo. Eso me pareció. Encendí otro, y después uno más y otro hasta que me ardió la lengua. La sentía sucia, cubierta por una lama blanca, reseca. Fumé doce o catorce cigarrillos, uno seguido del otro. Miraba un punto indefinido en el patio, viendo sin ver al gato que jugueteaba llamando mi atención. El gato se aburrió. Yo igual. Tomé un vaso de agua de un solo sorbo. En el baño me cepillé los dientes y la lengua con furia. No el olor ni la lama se fueron. Lavé mis manos con un cubo de espuma que tiene una lima en cada cara. Me esforzaba por quitar de mi dedo índice la mancha amarilla de la nicotina. Fumando cuarenta o cincuenta cigarrillos diarios es inútil. Valía intentarlo. Todas mis noches están repletas de esfuerzos vacuos, uno más le es indiferente al fracaso.

Me metí a la cama con el televisor encendido. Pasé canales sin encontrar un programa entretenido. Quinientos, o no sé cuántos, canales y nada para ver. Creo que no quería ver nada. No es la televisión, soy yo. Junto al televisor está el radio despertador. Sus números rojos decían que eran las cuatro y doce. Está adelantado una hora por recomendación de mi psiquiatra. Él aseguró que eso me iba a ayudar a llegar temprano. Siempre llego tarde a cualquier lugar. No importa la hora, si la cita es en la tarde o muy temprano. No es el reloj, soy yo. Desde muy pequeño sufro de insomnio. Me he ido acostumbrando a dormir un par de horas solamente. Pasan meses enteros en los que duermo dos o tres horas diarias. He seguido un montón de consejos que busco en internet. Nada sirve. Doy vueltas, me acaloro, me da frío, estoy incómodo. Pienso mucho, dijo el médico. Amanece y estoy despierto. En lugar de cansancio por falta de sueño, viene la tristeza. La vida pierde sentido. Todo se me hace irrelevante: trabajar, escribir, leer, ver personas. El mundo es insuficiente. Ahí es cuando me siento en la cocina y fumo pensando. Una aglomeración de circunstancias se confunden en mi cabeza, luchan por ser la más importante y después ya no hay nada. Es imposible aislar una de ellas para resolverla. Vienen en manada, entremezclándose, y se convierten en un mazacote blanco al que le doy vueltas buscándole una arista. Me voy. Los mecanismos en mi interior se apagan, estoy en el automático suficiente para fumar. Solo eso. Apagué el televisor. Busqué una posición cómoda para ver si podía dormir. Me moví. Me acaloré y me dio frío. Amaneció.

Dormí tres horas. Eran las once cuando desperté. Me dolía la espalda y el cuello. Me levanté. Me senté en la taza con un cigarrillo en la mano. Miré mi celular pero no había mensajes ni llamadas. Un día mi teléfono se va a lanzar por la ventana. Su vida es tan anodina. Si más allá de smart, mi teléfono fuera consciente de su forma y sus procesos, estoy seguro de que se cuestionaría a diario la irrelevancia de estar encendido. En el futuro, quizás los teléfonos precedan en el suicidio a sus dueños. Iphone 6 salta de un décimo piso, dirían los diarios. Revisé el historial de llamadas. La última había sido seis días atrás, un número equivocado. La anterior, hace casi un mes. Fue de Jaime, un amigo. Él es el único que llama para corroborar que sigo vivo. Nos vemos una vez cada mes. Tiene cosas por hacer, está bien.

Salí del baño. Me senté en la mesa de la cocina. Pensé en desayunar, pero no tenía hambre. Fumé otro cigarrillo y bebí agua. Lentamente caí en el letargo propio de la pensadera. Busqué fuerza, un optimismo del que carezco, boté el cigarrillo y me metí a la ducha. Puse música en el teléfono. La más alegre y en el idioma más extraño que mis incipientes conocimientos musicales me permitieron. Canté. Es mejor decir que balbuceé notas y pronuncié palabras por similitud fonética.

No sirvió de mucho cantar. La tristeza seguía ahí, agarrada con fuerza del interior de mi pecho. Me habían sacado todo lo de adentro: estómago, corazón, pulmones y lo habían lanzado por la ventana, bajo las ruedas de los carros. Era solo el armazón de mí. Luché. Me puse un pantalón negro bien planchado. Una camisa vinotinto. Rocié perfume sobre mi pecho antes de abotonarla. Calcé mis zapatos negros de gamuza. Encima, un saco gris de paño y pasé las manos peinando mi pelo mojado. Pensé usar una corbata, pero desistí. No quería exagerar la máscara. Agrandar la mentira que me hacía hasta que adquiriera proporciones ridículas. La mesura, cuando mientes, es lo único que asegura el sostenimiento. Tomé el libro que leía, mi cuaderno, el bolígrafo, los cigarrillos, las llaves y el encendedor. Salí sonriendo mucho. Un hombre extraño se apoderó de mí. Era otro en la farsa de una felicidad opuesta al rugir de realidad que empujaba hacia afuera. Eso me habitaba, mientras mi cara era un abandono.

Tomé un taxi. Charlé con el conductor.

—Terrible la ciudad —dije mirando por la ventana.

El hombre me miró por el espejo retrovisor.

—Sí, terrible —respondió indiferente.

Hay meses enteros en los que no pronuncio una sola palabra. Me siento frente al computador y escribo. Hago artículos, novelas, cuentos, fábulas, comento en foros de internet o en noticias. Mi pasatiempo es corregir noticias de periódicos reconocidos. Esas que los periodistas traducen mal de APA o EFE. Redactadas con las patas. Un grupo de simios tecleando infinitamente y a al azar en máquinas de escribir, tarde o temprano conseguirían escribir Hamlet, no recuerdo quién dijo eso. Faltan aún años para que un simio-periodista, como lo son todos, consiga al menos con su tecleo azaroso redactar una noticia de manera decente. El internet es aún muy reciente, los simios con ínfulas de que escriben, no.

—Bajemos por la 50, señor.

El conductor bajó la velocidad, frenó, giró y aceleró.

—Anoche en esa esquina mataron a un tipo a golpes —señaló al frente.

—¿En cuál? —pregunté mirando por las ventanas.

—En esa.

Pero ya estábamos muy adelante, era seguro que la esquina ya había pasado.

—¿Sí? ¿Y eso? —pregunté.

Me faltaba hablar con alguien.

—Eso, lo mataron. Tres tipos lo tenían en el suelo dándole pata. Llegamos con unos compañeros. Uno de los tipos nos amenazó con un arma. Luego corrieron y se subieron a un carro sin placas. Eso.

El conductor era viejo. El pelo cano. Los ojos hundidos en el cráneo. Su gesto era de hastío, de un desdén parecido al aburrimiento, pero más violento. Un aburrimiento violento. Un hombre de familia que atropella personas en su carro nuevo todas las noches.

—¿El tipo se murió?

—Sí. Cuando llegó la ambulancia estaba muerto. Pataleó un rato. Decía algo pero no le entendimos. Un compañero se puso a llorar viéndolo. Más marica, llorar por un hijueputa que quién sabe qué había hecho. Porque no lo robaron. Eso lo sé porque Alirio, el del móvil 2567, aprovechando el desorden le sacó la plata, el reloj y un computador que llevaba en la maleta. Quiso darnos ahí, que compartir, pero nosotros le dijimos que era un ratero, un cascarero. El tipo, el muerto, tenía dos millones en billetes de cincuenta en el bolsillo. ¿Qué persona de bien lleva dos millones entre el bolsillo? Ese era un ladrón, o algo así. Igualito a Alirio, que solo fue sacar plata y todo y se subió a su taxi y paticas pa’qué las quiero… o rueditas, mejor.

Intenté reírme pero su seriedad me cortó el entusiasmo.

—El hombre es un lobo para sí mismo —dije sentencioso.

—¿Un lobo? —preguntó extrañado—. Es un buitre, un chulo negro y apestoso. Robar al muerto, mucho marica. ¿Usted cree en Dios? —me miró por el espejo, acuciante.

—Es una pregunta complicada, pues…

—No, es fácil. Uno dice sí o no, no más. El resto es tibieza y miedo.

La avenida estaba extrañamente vacía y avanzábamos rápido.

—Si lo plantea de ese modo, diré entonces que no.

—¡Eso, sin miedo! Le pregunto porque los güevones creen que todo se devuelve, que esta vida es como un juego idiota donde todos ganan y todos pierden, ¿me entiende?

—Sí, claro.

—A todos les llega su turno en esa tómbola pendeja, ya sea de ganar o de perder. Pero eso es mierda, compa, pura mierda. Los malos ganan porque destruyen lo que les estorba. Los buenos pierden porque se llenan de conmiseración, de esa piedad cristiana y maricona. Dicen que el cielo es de pobres y todos quieren ser miserables. Los buenos se quedan viendo cómo el hijueputa les pisa la cara. Lo aguantan porque un día la justicia divina también pisará la cara del malo. Ahí se quedan, quietos como piedras.

—¿Entonces toca ser como Alirio?

—Técnicamente, sí. Pero el malo, el malo de verdad, no se hubiera llevado esas pendejadas. El malo le da otra patada en la cara, le hace mierda la cabeza. Ser malo es más que aprovecharse de una circunstancia. El malo se las busca y las hace grandiosas. ¿Usted cree que en el cielo a Alirio le van a cobrar esos dos millones que se robó? No, papá, Dios está muy ocupado olvidándonos. Así como uno cuando de joven se ponía a olvidar a alguna malparida que lo dejó por otro. Dios no quiere saber nada de nosotros porque nos ama tanto que le dolemos. Lo decepcionamos, lo traicionamos yéndonos tras un culo más rico.

—Interesante. ¿Usted cree en Dios?

—Claro. Como creo en una novia que cuando tenía veinticinco años, la encontré culeando con otro en mi cama. Existió, pero me vale mierda si tiene sífilis o le cortaron una pata, ¿me entiende? ¿Lo dejo en la 72 o sobre la 11?

—Sobre la 72.

—¿Usted cuántos años tiene?

—Veintiocho.

—Le falta vida para entenderme. Yo cumplí 75 y la vida me ha dado muy duro como para andar esperando recompensas. Si todo aquí ha sido una mierda, en esta que es la única vida que tenemos, ¿de qué hijueputas sirve una eternidad perfecta? Pura maricadas de pendejos. Listo, mijo, son —presionó el botón del taxímetro— doce mil pesos.

La carrera siempre vale ocho. Pero yo soy de los que se deja pisar la cara y peor, de los que sabe, como el taxista, que nada va a pasar. Recompuse mi máscara. El diálogo con el anciano había emborronado la felicidad falsa. Me maquillé de nuevo, con cuidado de no dejar trozos de miseria a la vista. Sonreí. Pagué los doce mil. El taxista me pidió prima navideña, le di dos mil más.

Bajé del taxi. Miré a lado y lado de la avenida. Un carro cruzó a toda velocidad y por poco me atropella. Media cuadra más adelante, al fin logró lo que parecía su propósito al levantar a un hombre de corbata. Sus papeles volaron, su zapato cayó muy cerca de mí. Me estremecí primero. Luego sentí un poco de envidia. Pude haber sido yo y era triste no serlo. Las ideas suicidas no son lo mío. Pero una muerte repentina por mano de otro, se me hacía un gesto bien poético de parte de la vida. La poética de la farsa. La poética de mi ropa perfecta y mi perfecta máscara bien pintada. Morir así no daría pie a intuir mi cobardía. Mi cobardía para matarme, para seguir vivo. Hay mucho miedo en vivir una vida carente de significado. Si nadie te extraña vivo, morir tiene el mismo sentido vacío.

Imaginé a Jaime solo frente a mi ataúd. Llorando, seguramente. Un mes después de mi entierro, por inercia, marcaba mi número y sonreía por su descuido. Verdad que está muerto, diría moviendo la cabeza como cuando uno pregunta por la gafas que lleva puestas. Y tan feliz que se veía, tan bien que le iba, dirían los que nunca me veían ni sabían cómo me iba. Y Jaime, ante ellos, me recordaría sentado frente a él con el cigarrillo en la mano, hablando mucho para que no fuera evidente que ya no tenía estómago ni corazón ni nada. Hablando fuerte de cosas trascendentales para apaciguar el eco que mi voz hace en mi cascarón vacío. Jaime sí sabrá, porque sé que lo intuye. Guardando mi secreto, responderá que sí, que estaba muy feliz y me iba muy bien. Todo será mentira. Quizás también mi recuerdo. Todos los recuerdos son mentira.

Bueno, eso lo pensé mientras las personas se lanzaban ávidas al morbo del muerto. Buitres. No sé si alguien robó al tipo. Lo que sí vi fue a una mujer tomando fotografías con su teléfono. Para el Facebook, seguramente. Los carros se trancaron. Los conductores se asomaban a las ventanas, pitaban ensordecedores y apurados. Era la una de la tarde y en esta ciudad todos tienen afán de llegar a alguna parte. Crucé en medio de los carros quietos. Una motocicleta policíaca pasó veloz por la acera, sin preocuparse de no atropellar a los transeúntes. Yo, ya en la otra acera, vi a los policías asomarse al lugar del cuerpo y hablar por sus radios. El conductor del carro estaba sentado en el capó abollado, preocupado hablaba por teléfono. Se le notaba triste. Un buen hombre, incapaz de patear al muerto. Un buen hombre al que le pasan cosas malas, como a cualquier hombre bueno. La ambulancia estaba atascada en el trancón que producía su paciente. Se oían por el parlante palabras que no se entendían. ¡Córranse, hijueputas!, tal vez. Pero los hijueputas no se movían, no tenían cómo. La ambulancia trepó dos ruedas al andén. Avanzó despacio, inclinada a la izquierda. Las personas la llamaban con las manos, como si la aglomeración no fuera suficiente para ubicar el cuerpo.

No sé por qué seguí mirando. No me importaba saber si había muerto o no. Un muerto más, uno menos, parece indiferente ante los muchos que nacen. La importancia está en quienes lo extrañen. Si nadie te extraña, tu muerte es solo un dato en la planilla del hombre de la morgue. Tu muerte es un cuerpo extraño sobre un montón de nadies en la fosa común donde se entierra a la gente cuando están muy solos. Eres un cascarón vacío, sin corazón ni hígado, sin pulmones ni estómago, porque algún hombre sagaz ya los tendrá en oferta en Ebay.

«Corazón con poco uso. Sin amores conocidos o tristezas evidentes. Buen precio. Negociables».

Un gran número de comentarios a pie de la foto del corazón rojizo.

¿Incluye envío? ¿Era una buena persona el anterior dueño? ¿Cuántos abandonos tiene de uso? ¿Sabe si amó con fiereza ese corazón? Me interesa, ¿no tendrá un riñón a buen precio, para pedir descuento si compro ambos? Tu muerte moverá al mundo, aunque tú hayas creído, convenientemente, que todo se detenía con tu ausencia. Ahí está una trampa más de la vida: hacerte creer que como protagonista de tus días, no hay historia si faltas. La historia sigue. Estarás ahí como un recuerdo cada vez más difuso; solo si tienes la suerte de no hacer parte de la fosa común de los abandonados.

Caminé hasta el café de todos los días. Compré un café grande. Le sonreí a la cajera, le pregunté por su vida, por si estaba bien. Ella, cumpliendo su mandato de cortesía, me dijo que todo estaba muy bien. No esperaba que dijera lo contrario. Si hubiera dicho que no, que su vida era una mierda, que la plata no le rendía, que sus hijos estaban sin zapatos y ya era navidad y tenía ganas de prostituirse para ser feliz, me habría sido difícil mantener la máscara. Es posible que hasta terminara pagándole por sexo, dándole una bonificación de buen desempeño para los zapatos de sus hijos. Todo es tan quieto, tan acorde. Me senté en una silla, afuera del café, en la plaza. Abrí mi cuaderno. Leí lo que había escrito el día anterior. Arranqué las hojas. Sorbí del vaso. Encendí un cigarrillo. Conté seis renglones y escribí:

«Han muerto dos hombres: el primero a patadas, el segundo atropellado. Eran hombres solos. Nadie reclamó sus cuerpos o lloró su sufrimiento. Dos hombres solos han muerto hoy, y nada. Hace sol, es un bonito día y tomó café.»

Saqué mi teléfono del bolsillo del saco. No tenía mensajes ni llamadas. Si el carro me hubiese atropellado o Alirio me hubiese robado después de recibir un centenar de patadas, tardarían mucho en encontrar a alguien que fuera a decir: ese es mi muerto y lo conozco. Para entonces, quizás, ya estaría cómodo sobre el hombro huesudo de un indigente. Acunado para siempre en su abrazo. Ciertamente, no tan solo.

Miré a la avenida, los carros volvían a avanzar luego de que la ambulancia se llevara al muerto. El mundo seguía su paso. Escribí toda la tarde. Antes de irme, releí. Arranqué las hojas y las eché a la basura. Tomé otro taxi. Viajé en silencio, el taxista tampoco se interesó en hablar. Entré a mi casa. Di una vuelta por la cocina, no tenía hambre. Me senté en la mesa. Encendí un cigarrillo. El gato vino, maulló, se frotó. Le di comida. Satisfecho se recostó explayado en el suelo. Feliz.

Aquí, por favor, regrese al principio de este texto. Mañana, ni siquiera los muertos habrán cambiado, estoy seguro. Esa noche, tampoco conseguí dormir.

Los abandonos

18 diciembre 2014

Martín vio desde la ventana de su casa la caravana de los que se iban. Coches viejos tirados por caballos o por bueyes. Reconoció al boticario, al médico, a doña Lucidia con sus telas e hilos arrumbados en una esquina, tapando apenas un baúl ocre y ajado; más adelante a don Carmelo, el dueño del billar; a Eduviges con sus seis gallinas montadas sobre un maletín escarlata, viejo y tan grande como un clóset actual. Se fijó especialmente en Mariana, su primer amor, quien iba sola, sin esposo o hijos. Ella giró para mirarlo. Le dijo adiós, otra vez, con los ojos. Ana María, parada junto a Martín, no notó la despedida, tampoco la nostalgia con la que él la devolvió con una mirada fija y larga conteniendo las lágrimas.

—¿Adónde van todos? —preguntó Ana.

Martín se quedó en silencio unos momentos. Si hubiera respondido de inmediato, le habría costado mucho disimular la tristeza y contener el llanto. Esperó hasta que la figura de Mariana, metida entre un vestido de flores rojas sobre fondo beige, fuera ocultada por la nube de polvo y la distancia para responder.

—Lejos. Van lejos, mi amor. Deberíamos hacer igual —dijo sin despegar la vista de la calle. Todas las personas con las que un día compartió, estaban ahí.

Los recuerdos vinieron en tumulto, él los disipó con un movimiento de la mano fingiendo indiferencia.

—Yo no me voy para ninguna parte. No voy a abandonar a mi mamá ni a mi papá. ¿Quién les pondrá flores en la tumba? —Ana María se alejó de la ventana.

La caravana era larga. Allí iban todos: ancianos y niños. A paso lento abandonaban el pueblo seguidos por la polvareda del camino, tan viejo como las casas de la plaza y la iglesia. La gente callada. Los pasos lentos de quien no quiere partir. Las miradas insistentes hacia atrás. Alguna mano en alto que le decía adiós, solo a él, porque nadie más se quedaba. Oyó el ruido de trastos golpeados en la cocina. Conocía ese ruido de frustraciones anteriores.

—Vamos a comer pasta y arroz —gritó Ana María desde la cocina. La voz quebrada de tristeza, pero simulando rabia.

Cuando la caravana fue una mancha que se difuminaba en la curva del camino, Martín se retiró de la ventana. Fue a la cocina. Abrazó a Ana María por la espalda. La besó en la mejilla.

—La tendremos difícil, aquí solos —pegó su cuerpo al de ella, más pequeño y suave. —Podremos, yo sé.

Por un instante Martín se convenció de sus palabras. Suspiró con resignación. Cerró los ojos, la abrazó fuerte y la beso quedándose con la boca pegada a su mejilla con fuerza.

—Te amo —la acarició las manos sobre su vientre. —Gracias.

—Yo a ti, mi amor.

Martín fue a su mesa. Se asomó otra vez al camino: una mancha más difusa. Agarró el cuchillo. Encendió un cigarrillo. Comenzó a sacar tajadas de madera empujando la hoja hacia adelante. Daba vueltas a la pieza en su mano. Cortaba un poco aquí, otro más allá. Sacudía el cigarrillo en un cenicero que él mismo talló. Media hora después miró a contraluz la figura. Ahí estaba La Virgen de San Clemente, aún rústica, áspera a los dedos. La movió en varias direcciones buscando pedazos que pudieran aún sacarse con el cuchillo. Cuando estuvo seguro de que ya no había qué sacar con la hoja, tomó la lija y la pasó por la madera. Soplaba. Miraba en alto la figura de nuevo. Lijo hasta que la virgen estuvo tan lisa como una porcelana. Sopló. El cigarrillo se había consumido solo sobre el cenicero. Encendió otro. Puso la figura junto a otras once iguales.

Hizo cuentas. Si acaso pudiera venderlas todas, tendría 120 mil pesos. Había que restarle lo del pasaje de ida y vuelta hasta Santa María, si es que encontraba cómo llegar. Estaba seguro de que a San Clemente, ahora que era un pueblo sin nadie, lo habrían sacado de las rutas de los buses. Iba a ser difícil, pero no sería la primera vez que fuera difícil. Ana María lo llamó a la mesa. Puso el plato: arroz, pasta con trozos grandes de cebolla y tomate, un pedazo minúsculo de carne y una limonada en un vaso sudoroso. Enredó la pasta en el tenedor. El primer bocado tenía un intenso sabor a cebolla. Tuvo arcadas. Tragó.

—Está muy rico —mintió.

Dieron algunos bocados en silencio.

—Creo que buscaré trabajo.

Martín no respondió.

—Con el pueblo vacío, va a ser más difícil que vendas tus tallas…

—¿En qué trabajarás? —interrumpió Martín.

—Puedo arreglar las casas de la gente… —convencida.

—… no hay gente, amor. No hay nadie.

—Allá por los lados de La Morena, arriba en la vereda, están las casas de los ricos. Ellos no se fueron, ellos no tienen miedo.

—¿Por qué lo tendrían? —negó con la cabeza. —Ellos son el miedo.

—Da igual. Sé que allá encontraré trabajo. Eso es grandísimo, hay mucho para hacer. Pagan bien. Puedo lavar, planchar, ordeñar las vacas, cocinar.

Martín miró la pasta y la revolcó con el tenedor. No sabía cómo iba a hacer para comérsela toda sin vomitar. Dio un trago a la limonada y rápido se echó un bocado que bajó con más limonada.

—Cocinar… sí —dijo Martín.

Ana revolvía la comida, mirando el plato sin comer.

—Guárdalo para la noche o para mañana al desayuno.

Luego de levantar los platos, ambos se sentaron frente a la casa. Martín simulaba leer un libro. Ana María con la aguja de tejer inmóvil en su mano, mirando las casas cerradas con cadenas. El camino vacío, distorsionado por el calor.

—Van a volver, yo sé —dijo de repente Ana María.

Martín levantó los ojos del libro.

—Sí, volverán —las cadenas parecían garantía de eso.

—Por eso no podemos irnos, ¿ves? Aquí está todo lo que somos. Allí, en esa esquina, murió papá… lo mataron. ¿Recuerdas?

—Sí —mintió. Él no estaba con ella. Aún no se conocían.

—Mamá se mató en esa casa. —se calló. —¡Qué triste! ¡Qué egoísta!

—A veces solo debes importar tú. Solo tú. Tu mamá, imagino, ya no podía más con la tristeza de lo de tu papá. Está en paz —lo recordaba; no la muerte sino las recriminaciones a doña Carmenza.

—No Martín, uno vive por los otros y para los otros. Sin los demás no existimos, no somos nada.

Cerró el libro. Pasó los ojos por el pueblo vacío. Los pájaros cantaban anunciando la tarde. Sólo eso se oía.

—No somos nada, tienes razón —le dijo seguro de que no entendería.

—Mamá  fue egoísta. Yo la necesitaba y me dejó sola. No tenía a nadie. De no ser por ti, me hubiera muerto de hambre. Por los otros existimos, ¿entiendes? Sin ti yo hubiera desaparecido. Mira, allá, al lado de la ceiba, fue donde el cura este Manolo o Manuelo, no me acuerdo cómo se llamaba, se le declaró a Carmelita. Eso fue un escándalo; igual se casaron y se fueron a vivir a la ciudad. ¿Recuerdas?

—Sí, recuerdo —mintió, otra vez. El único cura que había conocido fue a Samuel, un viejo que amaba la cerveza y despotricar del gobierno.

Martín imaginó a las personas. Esa, la calle principal, en sus mejores épocas. Los novillos corriendo bajo los adornos multicolores de las ferias. Los niños jugando a retarlos para correr despavoridos cuando el animal los miraba. Las mujeres temerosas escondidas en los marcos de las puertas, viendo cómo los hombres se envalentonaban con las bestias y las lazaban entre jadeos y sudores. Todo lo vivo que ahora sólo era una quietud de nadie.

—Los otros… —suspiró Martín —no existimos sin los otros. ¿Vamos o te quedas más?

—Ya voy. Quiero ver el atardecer.

Ana María se quedó sentada en el pórtico esperando a que se encendieran los faroles. Le gustaba contarlos. Decía uno en cuanto se iluminaba el primero y así hasta que se encendían los trece que alcanzaba a ver desde su casa. Esperó y esperó, pero sólo vio las siluetas de las cosas en la oscuridad. Entró. Martín tallaba a la luz de una vela.

—¿Cortaron la electricidad? —preguntó Ana María acercándose luego de ajustar la puerta.

—Marco también se fue. Era él quien prendía la planta eléctrica. Vamos a estar sin corriente al menos esta noche. Mañana voy a ver si puedo encenderla. Ya es muy tarde —habló sin mirarla, concentrado en la pieza de madera.

—¿Qué haces? —Ana María llevaba tantos años viéndolo hacer vírgenes, que reconocía cuando la figura era otra cosa.

—Una figura para mí.

—¿Qué es?

—Un novillo —se lo enseñó acercándolo a la vela. —Bueno, hasta ahora es la idea de un novillo, pero ya le sacaré al palo el novillo. Ya lo será.

Ana María se paró a su espalda a verlo trabajar, movida por la curiosidad de una figura distinta. Le miró las manos blancas adornadas de vellos negros sobre los dedos y el dorso; vellos finos que les daban un aspecto más fuerte y masculino. Recordó la primera vez que él le acarició la cara y sus palmas eran ásperas, con pellejos endurecidos por el trabajo. Con los años esa dureza desapareció. Solo de vez en vez alguna herida producida por el cuchillo se endurecía en sus palmas, pero sus manos casi siempre eran suaves, delicadas, con una fuerza medida en la rutina de la sutileza necesaria para la talla. Aspiró el humo del cigarrillo que Martín sostenía entre los labios con la cabeza inclinada y un ojo entrecerrado. Tuvo deseos de fumar. Desde que quedó embarazada no lo había vuelto a hacer, ni siquiera cuando perdió el bebé y la tristeza casi la mata. Se dijo que ya no había tiempo para desperdiciar en vicios.

Martín seguía sacando hojuelas de madera. La forma del novillo se hizo clara luego de un corte profundo y un golpe sutil con el que se desprendió un pedazo grande que rodó por el suelo.

—Amo cómo haces todo sólo con la imaginación —dijo Ana María desde atrás.

—Así somos los artistas —respondió fingiendo soberbia.

Ana fue a la ventana a mirar a la calle. Abrió los faldones de su saco. Y a contraluz, Martín la miró y pensó en un murciélago bajo la luna. Siguió tallando. Ella acercó una silla y se sentó a su lado. Cruzó las piernas. El rostro de Martín se veía extraño. Las sombras que proyectaba la vela hendían sus facciones dándole un aspecto de muerto de días.

—Hay que arreglar la luz pronto. No me gusta estar así, me da miedo.

—¿Miedo de qué? Ya no hay nadie.

—No sé, sólo me da miedo —miró sus ojos hundidos en una sombra negra.

Estuvieron un rato en silencio. Ella alternando los ojos entre su cara, sus manos, el novillo y las siluetas de las edificaciones afuera. La luna estaba llena, plena en el cielo atiborrado de estrellas titilantes. Martín tallando.

Al terminar, la levantó para verla mejor a la luz de la vela. La lijó. Le pasó los dedos y le pidió a Ana que hiciera igual.

—Está muy suave. Está lista.

—Sí, está lista. La idea es que quede lisa y suave.

Ella la tomó. La acercó a sus ojos para ver mejor los detalles de la cabeza: los ojos, los hoyos del hocico.

—Quedó muy bien. La venderás a buen precio. A la gente le gustan los toros.

Sin responder Martín tomó otro pedazo de madera y comenzó de nuevo. Ana esperó. Luego cabeceó en la silla.

—¿Vas a tardar mucho? —le preguntó.

—Una media hora. Tengo que aprovechar que tengo la mano caliente. Voy a hacer algunas cositas más, vírgenes o no sé, algo, unas dos más y voy a la cama. Necesitamos surtido, las vírgenes, ahora que no hay nadie, se complican.

—¿Mañana salimos juntos? Yo voy a La Morena y tú  a vender, ¿sí?

—Mejor dame dos días. Para ir a la fija y no perder tiempo ni plata.

—Bueno. ¿Qué hora es?

—Ocho y veinte —dijo Martín sin mirar los relojes. —A esta hora ladran los perros. ¿Los oyes?

Ana aguzó el oído. Se concentró cerrando los ojos, pero no oyó más que las hojas de los árboles movidas por el viento y un tintineo lejano y corto como de un badajo que roza levemente una campana.

—No. No escucho nada.

—Es que hasta los perros se fueron —le sonrió sin mirarla. —Hasta ellos, Ana María.

—Voy a dormir, no tardes.

Se levantó. En la cocina encendió otra vela que llevó a la habitación. Martín detuvo su cuchillo para ver la pared donde la sombra de Ana desnudándose se proyectaba. Reconoció la delgadez de su cuerpo, las puntas de sus pezones cuando ella alzó los brazos para atarse el pelo. Y todo lo que de perfecto había en el movimiento del camisón cayendo sobre su cuerpo desnudo. La deseó, pero siguió tallando a Mariana, tal y como la recordaba.

Fue por Mariana que llegó a ese pueblo. La conoció cuando trabajaba en la mina. Ella llevaba el almuerzo a su papá y a su hermano que trabajaban allí con él. Ambos murieron cuando un túnel se desplomó por una lluvia de dos días y los sepultó. Nunca se pudieron sacar los cuerpos de ninguno de los 15 mineros que murieron. En esa muerte se acercó a ella. Primero para un pésame cortés que con los meses se convirtió en un consuelo de besos y sexo a escondidas de su mamá. Mariana tenía 16 años, él iba a cumplir treinta.

Se enamoró. La quería tener siempre cerca, su boca en su boca. La añoraba como si estuviera muerta, aún cuando ella estuviera recostada a su lado. No hallaba forma de que al tocarla pudiera sentirla real. Toda ella parecía un sueño, una alucinación que no soportaba la edificación de nada real a su alrededor.

Un día, recostados en su cama, Mariana le dijo que se iba. Su mamá quería comenzar de cero, en otro lugar, lejos del recuerdo persistente de sus muertos. Se estaba yendo con ellos al hueco. A Martín se le abrió la tierra a la espalda y cayó solo por la oscuridad. Una caída de la que tardó en reponerse. Cuando pudo levantar cabeza, Mariana ya estaba lejos. La quietud de la tristeza lo detuvo en conmiseraciones inútiles. No quería perderla.

Indagó con vecinos. Trabajó turnos extras por tres años. Años en los que cuando no trabajaba, dormía; así no pensaba. Se hizo un animal. Puso en automático su vida para reunir el dinero necesario para hacerse cargo de Mariana y su mamá. La conocía bien. Sabía que estar con ella, era estar con su mamá. Fue a donde le dijeron, a San Clemente. Preguntó en la terminal de buses. Un hombre de un camión le dijo dónde vivía, según él, les había llevado las cosas desde el otro pueblo.

Cuando tocó a su puerta, toda su ilusión se desvaneció. Mariana lo miró con gesto interrogativo, no lo reconoció. ¿Sí?, preguntó. Martín se dio la vuelta sin decir nada. Caminó por donde había venido esperando sentir su mano agarrándolo, oír sus pasos apurados a su espalda, pero nada de eso pasó. Volvió a la terminal de buses. Se sentó en una banca con las manos entrelazadas sobre sus muslos, la mirada puesta en unas hormigas grandes y rojas en fila sobre la tierra, puso su bota cortando la fila y matando unas cuantas y lloró en silencio.

Pensó en irse. En viajar a la ciudad donde no sabría nada de ella. De repente se sintió muy cansado. Muy triste. Decidió quedarse esa noche y viajar al día siguiente. Frente a la banca había un hotel. El dueño, quien también atendía, le preguntó si venía a trabajar en la construcción del puente. Martín dijo que sí para no hablar más. A su lado, un hombre gordo y bien vestido se presentó. Era el ingeniero a cargo de la construcción, quien viendo su cuerpo fuerte, sus manos grandes y curtidas, lo contrató de inmediato. Lo invitó, también, a una botella de ron. Hablaron de la casualidad, del amor, de Mariana y de la mina. Se hicieron buenos amigos.

Martín trabajó en la construcción por varios meses. Dormía en un container adaptado como vivienda con tres camas y un baño, que compartía con dos compañeros obreros. Al terminar la jornada, solía ir a comer a la tienda-restaurante de don Carlos, frente a la plaza. A diario veía a Mariana pasar de camino a la iglesia a misa de seis, llevando de la mano a un niño de pequeño, dos años cuando mucho, y agarrada del brazo de un hombre joven y bien vestido. Martín miraba sus manos sucias y callosas, su ropa vieja y nada a la moda y se decía que así estaba bien, que era lo mejor. Extendía involuntariamente su mano para acariciar a la distancia la figura diminuta de Mariana. Pasaba sus dedos siguiendo los contornos de su silueta, tocándola sin tocarla como cuando sí la tocaba y sentía que no la asía.

Sin darse cuenta, sin entrenamiento previo, una tarde en que de casualidad tenía un pedazo de madera —traída por descuido seguramente desde la construcción—, agarró el cuchillo con el que almorzaba y comenzó a tallar esa silueta. Cada que la veía levantaba la figura ante su cara, cerraba un ojo e intentaba acoplarla lo más exacto a ella. Tajaba, limaba, pulía hasta que un día embonó perfecta con la Mariana real y lejana.

Talló tantas figuras de Mariana como veces la vio pasar por la plaza. Le quedaron tan bien: el velo sobre la cabeza, el cuerpo lánguido, que una mujer le preguntó que si era la virge. Martín miró la figura, la comparó con la estatua puesta frente a la iglesia y dijo que sí, más para que no preguntara más, que porque encontrara parecido verdadero. La señora le ofreció diez mil pesos por una figura. Después aparecieron más señoras que querían comprar. Cada vez la figura se parecía más a la virgen y menos a Mariana. Renunció a la obra. Se sentó en una butaca frente a la tienda y extendió un pedazo de lona en el suelo, sobre él acomodó sus figuras con un letrero que decía «Hecho a mano»

Ahí se quedó, solo, viendo a su amor ser feliz sin él. Invisible. Mirándola a la distancia, soñando con su olor y con el recuerdo de su cuerpo. Mariana cargada de bolsas, vestida a la moda con ropa cara. Se había convertido en una de esas mujeres que nunca miran más debajo de su hombro. Altiva, elegante, fría y extraña.

Desde la butaca vio por primera vez a Ana María. Iba a la cabeza del cortejo fúnebre de su mamá, sostenida por los codos por vecinos y amigos. Lloraba perdida, ausente de su entorno.

—¿Quién es? —preguntó a don Carlos. Solo tenía curiosidad.

—La hija de doña Carmenza. La vieja se mató anoche. Dicen que fue por su esposo. Desde que lo mataron no levantaba cabeza.

Los dolientes estaban entrando a la iglesia. El sonido del órgano llegaba hasta la tienda. Eran las dos de la tarde. El calor insoportable y bochornoso por el cielo cubierto de nubes, lo hizo quedarse dentro de la tienda, recostado contra el marco pensando en Ana María.

Al día siguiente la volvió a ver aún vestida de luto. Iba a la tienda para que don Carlos le fiara algunas cosas mientras encontraba trabajo. La muerte de su mamá la había dejado sola y sin plata. Martín la oyó desde la calle. Oyó la negativa culposa de don Carlos y la inmediata retractación por lástima. Le entregó lo que pidió. Regresó cada semana por dos meses. Don Carlos dijo que no, que no podía fiarle más hasta que no le abonara algo a la cuenta. Martín entró, sacó una cerveza de la nevera, le dio un sorbo. Ana María tenía las mejillas rojas y jugueteaba con las cintas sueltas de su vestido mirando al suelo.

—Dele lo que pide, don Carlos. Yo pago. —dijo Martín.

Ella se volvió y lo miró con los ojos enrojecidos. Se intuía en su gesto que rechazaría el ofrecimiento, pero el hambre no le dio para la dignidad.

—Pide suficiente para un par de meses. No te preocupes por lo que cueste —quería no darle tiempo para hablar y que así, no rechazara el mercado. —Luego me pagas, cuando te acomodes.

—Es que no consigo nada —suspiró Ana —y estoy sola.

—No hay problema, cuando puedas. De verdad, cuando puedas —la tranquilizó Martín. —¿Una cerveza? ¿Jugo? ¿Algo?

Ana recibió un jugo y lo tomó de pie mientras pedía arroz, leche, pan, etc. Martín no le habló más ni la invitó a sentarse. Su acto no tenía segundas intenciones como sugirió con su comentario don Carlos luego de que ella se fuera.

—Esa es presa fácil. Ya tiene la mitad adentro.

Martín lo ignoró. Salió a tomar su cerveza en la banca esperando clientes.

Esa misma noche, antes de que terminara de recoger su atado de figuras, Ana llegó con un plato tapado con otro.

—Quería darte las gracias —le dijo con timidez —te preparé una bobadita.

En el plato había comida caliente. Martín comió con placer. Ella lo miraba en silencio.

Las cosas no mejoraron para ella. Era evidente que cocinar no era lo suyo, así que trabajo como sirvienta le iba a costar trabajo. Poco a poco, Martín comenzó a hacerse cargo de comprar mes a mes comida para ambos. La condición era que ella cocinara para él y le llevara almuerzo y cena hasta la plaza. En general, cuando no se le iba a la mano en la cebolla, la comida de Ana era mala, pero no incomible y a Martín no le importaba.

—Me gustas, Ana —le soltó de sopetón una noche. Era cierto.

Martín puso el plato en el suelo. La acercó tomándola de la cintura. La abrazó poniendo su cabeza sobre sus senos. Ella le acarició con falso descuido el pelo. Martín usó el latido de su corazón, que escuchaba desbocado, como aval para un beso. Se levantó. Ana se sorprendió de lo alto que era, de lo grande. Su cuerpo era una piedra de músculos. La espalda amplia y el cuello grueso. Le pareció que sus brazos tenían el grosor de su cintura. Su mano, aún áspera por la mina y la construcción, le raspó en la mejilla. Ana se estremeció, le temblaron las piernas y se puso roja con la cara caliente. Martín la besó suave, dejó caer su boca en sus labios con una sutileza incoherente con la fuerza bruta que reflejaba toda su anatomía.

—Tú a mí, Martín —le dijo luego de que él alejara su boca. Lo besó.

El amor creció rápido. Ana se enteró de que Martín tenía mucho dinero cuando le propuso comprar una casa. Tenía suficiente para pagar más de la mitad del valor de contado. Podían pedir prestado el resto. La plata que ahorró para hacer feliz a Mariana, se convirtió en una casa sobre la calle principal. Una casa con pórtico, sala, dos habitaciones y un patio atrás con espacio suficiente para dos árboles de mango y una huerta pequeña. Compraron también unos muebles baratos y de segunda. Unos pocos que con el éxito de la talla, se fueron multiplicando y llenaron la casa completa. No sólo hacía vírgenes, sino que los vecinos trajeron sus fotos y pidieron tallas por encargo de familiares muertos. Los encargos los cobraba al triple. De Mariana no supo más. Ella sí de él. Pero ninguno se buscó, se extrañó más de lo que pudieron extrañarse. Siguieron sus vidas, ajenos a la felicidad del otro.

Con los años Martín dejó de pensar en Mariana. Se sorprendió a sí mismo una mañana en la que recordó que llevaba años sin que se le cruzara por la cabeza. Sin reparar en sus presencia en la plaza, sin notarla cuando iba a misa. Frunció los hombros, ella tenía su esposo y él la suya. Sin embargo, esa primera noche como fantasmas en el pueblo vacío, no podía sacarse su imagen de sus ojos diciendo adiós, sola en la caravana del éxodo. Su estómago le insistía con el recuerdo de su primera partida, de que quizás fue su culpa que todo se diera como se dio, al final, había sido él quien se tomó demasiado tiempo para buscarla. Todo dentro de él no existía; su hígado, sus pulmones, su corazón habían sido arrancados y lanzados sobre la tierra del camino. Un vacío completo que no rellenó ni el deseo que le provocó, minutos antes, la silueta desnuda de su Ana María. Tan perfecta.

Talló una Mariana de dieciséis años. Una Mariana inventada con el tacto anacrónico que de su cuerpo guardaba en las manos. Talló a don Carlos, a Lucidia, a Eduviges. Talló al cura borracho y gordo; a Marcos en su uniforme de compañía eléctrica, que él mismo cosió con ayuda de su esposa, y con su maletín para recoger el cobro semanal por el mantenimiento de la planta en la mano. Talló a un perro que lo acompañó por años en su butaca. El amanecer llegó iluminando un montón de figuras sin pulir sobre la mesa.

Ana María despertó. Preparó el desayuno mientras Martín seguía sacando figuras como una máquina china. Ana lo dejó trabajar, creía que se preparaba para los tiempos duros que se avecinaban. Ponía personas de madera, unas junto a las otras, sobre la mesa. Vino la noche. El amanecer. Al tercer día, Martín había tallado, con asombrosa fidelidad y parecido, a todos aquellos con quienes compartió, a quienes consideró cercanos de alguna manera; amigos o conocidos, estaban en la mesa; una versión a escala de un pueblo sin casas.

Fue hasta la habitación. Se paró junto a la cama y se inclinó para besar a su esposa en la frente. Le acarició las mejillas. Ella abrió los ojos y los cerró de inmediato, tranquila de saber que era él.

—Siento mucho nunca haber conocido a tus papás. Ahora, mi amor, más que nunca hubiera querido haberlos conocido, pude hacer algo si los hubiera visto —le susurró y la besó en los labios.

Fue a la sala. Metió su cuchillo, las tallas de la virgen y los pocos trozos de madera que le sobraron en un trapo que ató por las esquinas. Salió de la casa dejando las figuras, hasta la de Mariana, organizadas de tal modo que miraran todas por la ventana hacia el lugar por donde la caravana había desaparecido. Afuera, Martín tomó el camino de tierra siguiendo la misma dirección por donde se habían ido todos. El vacío en su estómago amainaba cuanto más se alejaba de su casa. Aún estaba oscuro, pero ya el día comenzaba a clarear con un tinte naranja rojizo en medio del gris sucio de las nubes cargadas. No miró atrás, nunca supo si por no ver los ojos —que él mismo había dado a sus personas talladas— atentos a su desaparición en la curva del camino o simplemente, para no arrepentirse y regresar.

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UN GRILLO-HEMBRA Y LAS ESTRELLAS

30 noviembre 2014

Para S., a quien se lo conté antes de dormir.

Un grillo violinista parece un cliché completo. En los lugares comunes, tan bien conocidos por todos, los grillos melancolizan el silencio con sus violines de dos patas. Las personas los oyen bajo los cielos encapotados de tristeza, en medio de las lluvias torrenciales que azotan las ventanas o los usan para hacer más tristes las tristezas profundas como un pozo, en las que caen por un amor desesperado que los llevará al suicidio. Esta, también es la historia de un grillo violinista. Mejor, y para menos cliché, la historia de un grillo-hembra violinista. Una grillo que tocaba el violín con un poco de frustración, de aburrimiento, apenas para ganarse la vida, pues lo que siempre quiso fue ser cantante de boleros sobre las tapas de los pianos. Le era sensual imaginarse sobre la madera lisa, su reflejo en el negro y los grillos gritándole que era hermosa. Ese, sin embargo, era el problema: no podía ser cantante-de-boleros-sobre-piano porque no era hermosa. Y todos, sin excepción, saben que las cantantes de boleros deben, por ley, ser hermosas y usar un vestido rojo.

Nuestra grillo-hembra violinista toca su violín, atrás, un poco a la izquierda del reflector cuya luz cae completa en la cara, bien maquillada, de la rana vestida de rojo. Ella toca, el arco en la mano y el violín sobre su hombro. Ve a la rana rodear sensual con sus manos largas como espigas verdes el micrófono. Aunque también usa tacones —es la exigencia del dueño del bar—, la grillo violinista sabe que nunca podrá tener tanto garbo en sus paticas chuecas como sí lo tiene la rana, esbelta como una modelo de pasarela.

La rana comienza el show: se mueve sinuosa, taconea ruidosa hasta el pianista, un viejo búho, ciego de tanta luz, vestido de levita negra y corbata de moño, quien la recibe mirándola con ojos de hambre. Cualquiera, en una situación distinta, diría que el búho la quiere engullir, pero no, solo la admira; quizás hasta esté enamorado de ella. Todos están enamorados de ella, no sería ninguna novedad. La rana pone la punta de zapato de tacón en la banquita junto a las plumas de la cola del búho, se cuida de no pisarlas. Se sienta sobre la tapa del piano. Cruza las piernas y canta desenredando el cable, mirando sonriente al público de sombras tras el fulgor del reflector. Canta. Mueve los labios rojos. Cruza y descruza las piernas.

La grillo, atrás, muy atrás, suelta notas dulces, afelpadas como si su violín fuera de terciopelo. Mira a la rana e impreca a Dios por haberla hecho un insecto lleno de patas y de ojos y de antenas y de oídos en el abdomen, en vez de un reptil liso y perfecto como la rana cantante-de-boleros-sobre-el-piano. La grillo también canta, en voz baja, apenas un susurro para ella misma. Y sonríe orgullosa al saberse mejor cantante que la rana. Ella sería mejor, no tiene duda.

Pero rápido se calla cuando el búho, con oído de ciego, gira 180 grados la cabeza y le lanza, con sus ojotes amarillos, una mirada que la hace sentir chiquitita como una hormiga obrera. Se calla y toca solamente.

La grilla toca el violín. La voz de  la rana exacerba a los asistentes al bar, se oyen aplausos, silbidos, alguien grita:

—¡Por ti cavo una laguna con mis propias alas!

Otro, más emocionado, promete dar su propia vida para que la rana nunca muera; es una mosca que dice:

—Come de mí, come de mi carne.

(Años después, la rana se hará famosa como compositora cuando venda una canción a un músico argentino, cuyo estribillo incluye esa frase; pero esa es otra historia.)
Todo el bar rompe en un sonoro batir de alas, de entrechocar de exoesqueletos, de zumbidos y aplausos justo en el momento en que la rana suelta sus últimas, jadeantes y sensuales notas de voz. Unos segundos antes de que termine la rana, la grillo ha parado también su interpretación con tres notas altas y tres golpes violentos del arco contra las cuerdas. Pero nadie lo notó, ni le aplaudió ni le prometió una noche estrellada para cantar juntos o un bosque frondoso y húmedo de rocío donde vivir para siempre. Nadie vio su brío de artista para cerrar el bolero.

La grillo espera, sin molestia, acostumbrada, el aplauso final que sabe sólo es para la rana. No importa la certeza de que sin su violín ese bolero estaría cojo. O que nadie la mire cuando los halagos llueven. O que ninguna de las flores que caen tenga su nombre en ella. No le incomoda, ya está acostumbrada.

Los reflectores se mueven persiguiendo a la rana, radiante en su vestido rojo, de boca fulgurante por el labial, que se escapa tras bambalinas dejando a su público como un amasijo de excitaciones confusas.

EL búho viejo hace su venía, se acerca a la grillo.

—¡Atrevida! —le dice tropezando con la pulga que tocaba los bongós. —Perdón —dice a la pulga y sigue para su camerino, dejando con sus ojos una culpa terrible en la grillo que sostiene caído el violín en una pata y el arco en la otra.

La grillo va al camerino, el mismo de la rana. Al sentarse ve sobre la mesa de ella, reflejado en el espejo junto al vestido rojo, un ramo grande de nenúfares en sus aguas. Un regalo de un admirador, seguramente, que como todos los regalos, la rana botará a la caneca tan pronto salga vestida de jeans.

Su mesa está vacía. No recuerda una sola vez que alguien le haya regalado flores ni nada. Y sabe que sí alguien lo hiciera, ella las llevaría a su hueco en la tierra y las pondría en agua hasta que mueran de muerte natural y no en las canecas entre basura.

La rana, lista de jeans, va de salida.

—Tocaste muy bien, Salomé. Sólo podía cantar porque me guiabas con el violín —le dice amable y agradecida antes de cerrar la puerta, antes de lanzarle un beso de diva con su mano larga. La grillo le sonríe de cortesía.

La grillo sale también unos minutos después. La calle está vacía. En su pata derecha lleva el estuche negro del violín, la otra metida en el bolsillo de su chaqueta. Canta queriendo ser rana vestida de rojo con los labios como una herida abierta. Canta y la luna es su reflector, las estrellas sus admiradores tenues tras la luz blanca. Canta aunque las estrellas no aplaudan. Canta; pero, lo sabe, le hace falta un violín que le guíe la voz, alguien a quién agradecerle hacerla mejor.

¿Y SU HIJA, DOCTOR?

23 noviembre 2014

Pensaba que todo era su culpa. No tenía duda. Pudo, es cierto, haber modificado el pasado para no padecer en el presente el destino trágico de haberse enamorado de su esposa, cuando aún no era su esposa. Escoger a María Marín —¿por qué no?—, ella que lo buscó con insistencia de fea, que le ofreció su amor incondicional desde el mismo día en que bajó del avión que lo trajo de vuelta desde México, hecho un médico respetable y erudito. María no estaba tan mal. Ese bigotito incipiente se quitaba con una Gillette recién comprada. Sus carnes abundantes pudieron hacérsele excitantes, a todo se le agarra gusto al final. En medio del embeleco por Rosario, su esposa, antes de ser su esposa, no se le ocurrió pensar en la descendencia. Una mujer hermosa, ¡qué estúpido!, como si las feas no sirvieran para lo mismo. Como si María no supiera cocinar. Como si no hubiera tenido un útero sino una monstruosidad mecánica e infértil metida en las entrañas. Vagina dentata. Qué estúpido, repitió sentado al borde de la cama, en calzoncillos, envuelto en el dulce efluvio de su Rosario, siempre, todavía, tan bella.

Era la quinta noche en vela después de dos semanas de haber recibido las enigmáticas —pesadas como una lápida— palabras del excelentísimo, sempiterno, presidente de la nación mientras le estrechaba la mano en la tercera fiesta que ofrecía por su cumpleaños.

—¿Y su hija, doctor?, años sin verla.

La primera semana consiguió, más por inercia que por despreocupación, conciliar un sueño incómodo y repleto de sueños premonitorios con tintes de pesadillas paranoicas. Dejó de ir a la clínica que, él mismo y su Rosario, fundaron en la isla gracias a las ganancias de una mina de diamantes en África heredada de su papá al morir. Se pasaba el día entero sentado en el pórtico, el mar sonando, la sal royéndolo todo, mirando a su hija leer sus novelas en francés en la mesa del jardín. Sara tan alta, con esa explosión de caderas, de tetas redondas y de piernas largas. Su pelo negro y lacio ondeando al viento que le desordenaba la lectura. Era tan hermosa, aún para él que no podía verla como una mujer, pero sí imaginar cuán mujer la verían los otros.

Cuando Rosario le preguntó que por qué no iba a trabajar, él solo movió la mano en su cara con ese gesto histórico de no jodas, mujer. Y Rosario, siempre tan hermosa, no jodió y fue a hacerse cargo de pacientes anegados de malaria y de niños barrigones de lombrices. Clientes generosos, quienes tenían una gallina o un racimo de plátanos en retribución al milagro de las fiebres congeladas y de los escorbutos resecos. No le contó de su reciente función de guardia permanente de la dignidad virginal de Sara. Tampoco del miedo paralizante que le provocaba la imagen del dictador rechoncho desflorando a su hija en medio de un océano de babas y gemidos delgaditos, con esa voz de señorita disfónica de la que nadie, por orden divina de su plenipotencia, se atrevía a reírse. Él sí, ahí en su silla frente al pórtico, una risa segura en la bóveda de su cráneo. Aún así, uno nunca sabe si la policía secreta alcanzara a oírla, con todo eso de que el presidente tenía poderes sobrenaturales, ni en la intimidad hermética de sus pensamientos podía estarse tan confiado. Menos le dijo lo que dijo el dictador, presidente, o de la cara sabrosona que hizo al decirlo estrechándole la mano. No quería verla caer en histerias de señora, pero más que eso, que abriera la boca en imprudencias de señora. En esa época eran machistas, qué le vamos a hacer.

Debía pensar en un plan, aunque si se le miraba bien, tan quieto, era obvio que no tenía ninguno. Su inteligencia era admirada entre las gentes de la isla. Era uno de los pocos a quienes llamaban doctor, maestro, excelencia, por honor a lo su vasto conocimiento y no por orden del dictador-presidente. Pero eso no servía de nada cuando los alcances del dictador lindaban con lo metafísico, decían. Sus planes, los que pudiera elaborar, eran tan inútiles como los rezos de negros para curar la blenorragia. Así que para qué mentirse, solo le quedaba el arrepentimiento, la tristeza rabiosa e inabarcable de sus Hubieras.

Si bien se había abocado a la tarea extenuante, e inservible, de esconder a Sara; excusando la ausencia de su esposa y de su hija de las fiestas con las manidas latencias femeninas, todo como pasaba siempre con el dictador, era en vano. Frustrado maldecía a la biología, a la genética, al tiempo que se encarga de transformar lo bello en sublime; en angustiante y triste. Maldecía el momento en que bailó con Rosario y rechazó a María, quien estuvo sentada a su lado con los ojitos expectantes al próximo bolero. Maldecía que con Rosario entre sus brazos, hubiera comprendido que estaba irremediablemente, para toda la vida, enamorado. Debió correr como hacen los valientes. Huir de ese abrazo, de sus ojos glaucos, de ese olor violento y cálido que se le metió completo en el corazón para no irse nunca.

Luego, cuando ya fue suya, minutos antes de que lo fuera, pudo también renunciar. Decirle: no, Rosario, no te quites el vestido. En vez de eso, estúpidamente, le ayudó con la hilera interminable de botones. Le bajó la cremallera y oyó el frufrú del tafetán, del algodón y de muselina rusa, armónicos, cayendo pesados al suelo, como era moda en esa época. Se lanzó sobre ella con el cerebro en automático instintivo. Tomó ese cuerpo, sus pezones entre los labios como un niño; la redondez voluptuosa de sus senos entre las dos manos, con la furia del recién llegado y el afán de un hombre solitario, complicado para el amor, que era y siempre fue.

¡Ah, qué tonto el corazón caliente; qué simple la hinchazón de la entrepierna!

Se puso de pie, la cama chirrió al levantarse, pero Rosario no despertó. Se paró bajo el dintel de la habitación y detuvo su respiración para cerciorarse del runrún del sueño de Sara. Presto a enfrentar a cualquier matón de la policía, no tan secreta, del ubicuo presidente de la nación León Martín Márquez que se atreviera a franquear los límites endebles de su casa de familia. ¿Por qué no compró la escopeta que le ofreció el general Agüero a tan buen precio? Así hubiera tenido algo más que su puño desnudo, apretado con desespero, pegado a su cuerpo gordo y nada atlético.

¡Qué impotencia ante la omnipotencia de miedo en la que se regodeaba Márquez!

Las palabras seguían rondando su cabeza. Su vocecita mustia se repetía en el recuerdo. La cara porcina relamiéndose los labios con lascivia, lo arrojaba a una melaza de asco, rabia e impotencia, sobre todo impotencia. Cinco días sin sueño. Cinco noches enteras recorriendo los pasillos, asegurándose en cada ventana de que el pestillo estuviese bien cerrado. Un alma en pena, ojeroso y despeinado, deambulando aterrado, viendo el mar aparecer y desaparecer en cada ventana. Confundiendo sombras con esbirros, aleteos de pájaros lejanos con pasos furtivos y amenazadores. Cansado de seguir creyendo que María Marín hubiera evitado el acabose de la belleza heredada.

Espió la habitación de su hija. Entró pisando con cuidado y abrió y volvió a cerrar el pestillo de su ventana. Arropó su sueño dejando un beso vencido sobre su frente sudorosa. Hacía un calor inverosímil de cuatro de la mañana. La miró dormir unos minutos deseando proyectar desde su angustia de padre un halo tornasolado que envolviera a la casa entera. Una cúpula impenetrable dentro de la que Sara podría crecer y dar su cuerpo a un hombre que amara, como Rosario le había dado el suyo tanto tiempo atrás. Todo era su culpa; de Rosario no, ella qué podía hacer si también fue víctima de la genética de una abuela y de una mamá reinas de alguna cosa. Salió de la habitación. Caminó hasta la sala y se sirvió ron en un vaso de whisky. Se sentó junto a la ventana a mirar la negrura del mar. A imaginar cuántos barcos se tambalearían sobre el agua, muertos en la oscuridad absoluta. En para dónde irían y en por qué su Sara no iba ahí montada, huyendo rumbo a Cuba, a las Antillas, a cualquier parte de la lengua, de la verga y del poder metafísico del hijueputa de Márquez. Bebió medio del medio vaso que sirvió de un trago. ¿Irse? ¿Juntos? Si tan solo viviera en un país de verdad y no en ese burdel de negros armado por los gringos, de donde nadie salía sin que la omnisciencia de Márquez lo autorizara. Bebió el otro medio vaso y fue a servir más y terminó llevándose la botella para la silla. Servía y tomaba, uno en seguida del otro, sin emborracharse de tan ido que estaba ya en la contemplación de las posibilidades de escape, que más parecían sueños de pobre que opciones reales. Pronto el sol naranja despuntó en el horizonte. El calor se hizo más espeso, a la distancia podían verse ondulaciones sobre el azul verdoso del mar, gaviotas que caían en picada o pescadores que remaban sin prisa hacia altamar. Pero nada, a él no se le ocurrió nada para hacer, al menos no algo que tuviera buenos resultados.

El criado lo tocó en el hombro. Le preguntó si estaba bien. Y él dijo que sí. Le pidió un café bien negro y una esponja para limpiarse el sudor del cuerpo. El criado regresó con el café y la esponja. Preocupado por su amo, se paró a su lado sin saber qué decirle. No fue necesario que preguntara, porque el doctor, acosado por el secreto que lo devoraba de no saber qué hacer, le contó todo. El hombrecito, negro y minúsculo, lo escuchó en silencio, lo vio llorar, lo sintió tomarlo del codo y exigirle una respuesta, sin pronunciar palabra, solo asintiendo comprensivo.

—Está jodido, doctor… con todo respeto —le dijo.

—Estoy jodido, Colman, jodido… y sin nada de respeto —le respondió.

Esa misma mañana, cuando todos en la casa estaban despiertos y el doctor fingía bien su pose de hombre de familia despreocupado al desayuno, Colman trajo un sobre. Lo agarró mientras mordía el pan en el que acababa de poner mantequilla y vio en la esquina inferior derecha el escudo nacional en tinta roja. Sudando de miedo rasgó el sobre soltando el pan. Dentro encontró una hoja blanca, en papel grueso y ornado, donde se leía: Doctor Antonio Caballero, esposa e hija Sara, las palabras hija Sara venía subrayada tres veces. Era una invitación del benemérito señor presidente de la nación León Martín Márquez para celebrar, por cuarta vez ese año, su cumpleaños número 56.

Rosario quiso ver, pero Antonio le quitó importancia diciendo que era una invitación del presidente a una fiesta el próximo sábado. Sara, a quien no le interesaba saber por qué no podía salir a ninguna parte o por qué no la llevaban a las fiestas, leyó su nombre en la hoja y preguntó qué debía usar.

—Tú no vas —dijo Antonio.

—Ella sí va —dijo Rosario. —Antonio, no podemos seguir escondiéndola de por vida, Márquez te va a matar —tanto Colman como la cocinera, Rosario, Antonio y Sara, miraron involuntariamente alrededor luego de oír juntas las palabras Márquez y matar.

—Que me mate, que me mate entonces, pero Sara no va —susurró.

Márquez tenía poderes sobrenaturales.

—Sara va.

—Yo voy. ¿Por qué no puedo ir? —preguntó Sara inocentemente y a Antonio se le llenaron los ojos de lágrimas y le agarró la mano por encima de la mesa y dijo:

—Porque no… Debes estudiar para la academia francesa, no lo olvides.

—Ya sé todo.

—Antonio, es por el bien de todos. No seas terco, hombre —Rosario, tan bella… debió escoger a María, qué estúpido.

Las mujeres comenzaron los preparativos. Sara y Rosario compraron vestidos nuevos de cuellos altos, botones hasta la barbilla y faldones hasta los tobillos, a pesar del calor. Rosario compró dos sombreros de alas largas adornados con flores y que tapaban en gran parte la cara de Sara y la suya. El día de la fiesta, Rosario misma vistió a Sara abotonándole todos los botones, halando el vestido para abajo y enfundado sus pies en botines de cuero negro que cubrieran su tobillo.

—Parezco una mujer de páramo —dijo Sara sudando dentro del vestido.

—Cállate. ¿Te pusiste la enagua?

—Sí, pero ya me la quiero quitar.

—No te quitas nada, Sara. ¡Nada! Ni el sombrero, ni nada, ¿me entiendes?

No, Sara no entendía, pero dijo que sí. Era una muchacha muy inteligente como para no darse cuenta de que algo estaba pasando y de que la culpable era ella.

Vestidos, subieron al carro. Antonio sudaba. Planeaba excusas. Inventaba frases convincentemente respetuosas para no tener que presentar a la hija en la hilera que hacían los invitados formando un camino por el que cruzaba el presidente. Detuvo el carro en seco.

—¡Bájense! —ordenó a Sara y a Rosario con tanta vehemencia y violencia, que ellas obedecieron de miedo. No lo habían visto nunca así.

Las dejó vestidas, Sara agarrada del brazo de su madre, unos metros a la salida de la casa.

Antonio aceleró. Llegó solo a la fiesta. Cuando el presidente venía llegando a su lugar, posando su mano desmayada entre las manos de sus invitados y soltando comentarios que consideraba graciosos y de los que todos se reían de miedo y no de risa, le sudaba toda la espalda, le temblaban las rodillas y se le olvidaron todas las excusas que pensó de camino al palacio. Al fin, el presidente Márquez le tendió su mano enguantada de blanco. Antonio besó su anillo en un gesto cardenalicio que a Márquez le parecía digno de su grandeza.

—Su excelencia —dijo casi sin voz y se inclinó en una venia sumisa.

—¿Y su hija, doctor? ¿Otra vez desangrándose? —y rió con ganas mirando a sus escoltas que rieron con él y comentaron ofensas entre dientes.

—No pudieron venir, su excelencia. Pero le mandaron muchas felicitaciones. Ya sabe, señor presidente, las mujeres…

—No vaya a ser doctor Caballero que eso se le prenda. No queremos verlo pálido, desangrándose en la calle —pausa— de cosas de mujeres, digo —volvió a reír y sus escoltas también. Se alejó dando manos, comentarios, besos y risitas de puerco.

Antonio se creyó a salvo. Respiró profundo. Secó su frente con un pañuelo. Esperó a que terminara la solemnidad de la ceremonia y luego se bebió un trago de whisky frío.

De regreso a casa, casi llegando al lugar donde en la tarde hiciera bajar a Sara y a Rosario, un carro negro lo alcanzó. Antonio frenó, estacionó al borde del camino. Vio a dos hombres, grandes y macizos como simios, bajarse, cerrar las puertas con delicadeza y caminar hasta su ventana. Tocaron con dos golpecitos. Antonio bajó el vidrio.

—Doctor, El Jefe le manda un saludo, que mañana pasa por su casa a tomarse un tecito y desea, con muchas ganas, que Sara esté ahí. ¿Estará, cierto?

—Sí, claro —dijo Antonio intentando parecer tranquilo sin lograrlo, se lo confirmó la risa complacida de los dos simios volviendo a su auto.

No se sabe si fue el destino. Si Dios al final había recordado esa isla tomada por el mismo Satanás en carne de Márquez. Si fueron los rezos de Rosario o de todas las mujeres a quienes el dictador les había desflorado las hijas y odiaban, en silencio, al hombre que se ufanaba de sus noches candentes, con nombres propios, en alocuciones públicas. Pero esa noche, regresando de un burdel de su propiedad, el carro de Márquez fue alcanzado por ese grupo de resistencia clandestina que le había sido imposible erradicar, a pesar de los camionados de muertos comunistas y subversivos que salían de la ciudad con dirección al mar para no saberse de ellos más. Márquez fue interceptado por tres carros y dos motocicletas de donde bajaron catorce hombres armados con fusiles y dispararon sobre el carro primero, y después, cuando Márquez salió a devolverles el plomo, sobre su cuerpo gordo, pequeño y redondo. Dicen que Márquez cayó recitando una arenga, que mató a trece de los catorce, que su chofer también combatió como un héroe. La historia verdadera nunca se sabrá. Márquez no era adepto a la verdad y el mito se mantendría para siempre en la imposibilidad de seguir un rastro de documentos inexistentes, de periódicos verídicos o de personas dispuestas a hablar.

La noticia cayó como un haz de luz blanca y refrescante sobre la humanidad de Antonio Caballero. Respiró aliviado. Destapó una botella del mejor vino que tenía en su cava. Mandó a despertar a Sara y a Rosario y les sirvió una copa a cada una. Se dijo que sí, que lo mejor que había podido hacer era enamorarse de Rosario y no de esa gorda bigotona de la María. Ellas, somnolientas, bebieron un sorbito pequeño para no desairar al hombre de la casa, que parecía tan feliz como en los viejos tiempos. El entusiasmo las contagió y bebieron sorbos verdaderos hasta que acabaron la botella. Esa noche, después de tantas noches, Antonio por fin consiguió dormir. Un sueño largo, profundo y lleno de sueños donde las personas cantaban en las calles y los hombres besaban a las mujeres y un júbilo de esperanza inundaba los corazones de los habitantes, ricos y pobres, de la isla.

Pero… siempre hay un pero en toda historia que incluye un poder desmedido cuyos límites no son de este mundo. Ya lo saben, Márquez tenía poderes metafísicos, y a la mañana siguiente, muy temprano, Antonio lo comprobó. Los dos simios, agentes de la policía secreta que lo habían detenido la noche anterior, tocaron a su puerta estacionando el mismo carro negro frente a su casa. Colman abrió, llamó a su amo, quien palideció de asombro y casi rueda por las escaleras cuando los vio fumando sus cigarrillos y hablando animados en la sala de su casa.

—Doctor, El Jefe, dejó algunas recomendaciones para el momento de su muerte. Y, afortunadamente para usted y para honor de su familia, su hija hace parte de esas recomendaciones —dijeron con la tranquilidad con la que ofrecerían aspiradoras o enciclopedias

Antonio, confundido, pensó otra vez en María y lo estúpido que había sido al amar a una mujer hermosa. Un hubiera completo que ya, al fin, se había tornado trágico y redondo.

—¿Mi hija? —titubeó Antonio.

—Sí, su hija, doctor. Creo que sobra la advertencia de que cualquier resistencia será tomada como una afrenta, no solo a la memoria del excelentísimo señor presidente don León Martín Márquez, sino a la patria entera, a esta madre patria que tan bien nos recibe y nos quiere. ¿No es así, doctor?

—¿Mi hija? —preguntó otra vez Antonio con un hilito de voz.

El buen doctor, su hija y su esposa, fueron llevados todos juntos ese mismo día a las oficinas del gobierno. Allí, Antonio y Rosario fueron condenados a 25 años de prisión por ofensas y despropósitos contra la humanidad del excelentísimo prócer de la patria León Martín Márquez. Un juicio que duró media hora y al que no llegó ningún abogado.

Sara, la hermosa Sara, la inteligentísima Sara, fue enterrada viva junto al dictador y a otras dos jóvenes, hijas de hombres prestantes también encarcelados ese mismo día. Así rezaba en el documento que Márquez dejó con indicaciones para el momento de su muerte. Indicaciones que, según se supo después, reescribía cada tres o cuatro días, cambiando los nombres de las muchachas o los sucesores del poder. Algo atípico para un hombre al que todo un país consideraba inmortal, solo porque así lo mandaba el omnipotente dictador, padre y prócer de la patria.

De Antonio no se supo más. Su clínica, sus propiedades y su mina en África fueron expropiadas por el estado. Su nombre fue borrado, así como el de los padres de las otras niñas, de cualquier archivo o recuerdo de los habitantes de la isla, quienes seguros, ahora sí más que nunca, de los poderes metafísicos del dictador guardaron silencio para siempre.

EL CARPINTERO Y EL MÁRTIR

27 octubre 2014

El domingo, a medio día, Clemente regresó a casa de Humberto llevando una maleta roja vacía. Al abrir, el carpintero no se sorprendió de verlo aunque no lo esperaba.

—¿La casita es fija?

—Sí.

—¿Y la plata? —Clemente le entregó la maleta.

—No hay de qué preocuparse, Beto —lo llamaba así cuando le mentía— el patrón es serio.

—No es que desconfíe… pero ya sabe, es mejor asegurarse —Humberto recibió la maleta y la puso sobre la mesa de trabajo, encima de la puerta que estaba enmasillando.

—Este barrio me trae muchos recuerdos.

Unos niños jugaban al fútbol frente a la casa. Los arcos eran dos piedras y el balón tenía la marca de una empresa de cerveza en cada parche. Clemente se quedó mirando el juego. Se emocionó cuando uno de los niños, flaco y con los tenis rotos, amagó al arquero y anotó un gol.

—¡Bien, pelao! —gritó. El niño no lo escuchó por el barullo de la celebración.

Entró.

—De joven yo era muy bueno en eso. Una vez hasta me buscó un tipo para que jugara en su equipo. Me pagaba veinte mil por partido, en esa época eso aún era un platal —sacudió el aserrín de una silla de cuero sintético que no recordaba de quién era ni para qué se la habían entregado. —pero ya ve…

—¿Y entonces? —dijo Clemente sentándose en la silla.

—¿Un tintico? —fue a la cocina, un espacio minúsculo y estrecho que podía verse desde la silla.

—Bueno, gracias —Clemente oyó el chasquido del encendedor y luego el tintineo de la olleta sobre el fogón cuando el agua hirvió.

—Entonces nada, me apasioné por esto —señaló en desorden de palos, puntillas y herramientas regadas por todo el taller.

Clemente pasó la mirada por el taller.

El espacio, destinado originalmente a un garaje, era pequeño. Junto al portón estaba la mesa donde descansaba recostada una puerta remendada en partes con masilla y con la pintura blanca descascarada. Sobre ella se veía el recipiente, una botella de gaseosa cortada a la mitad, lleno de la pasta café hasta la mitad. La espátula plástica, metida en el tarro, sobresalía por arriba. Un taladro, dos martillos y un cepillo para pulir, descansaban en desorden sobre un banco a las patas de la mesa. Gran parte del garaje era ocupado por la sierra, arrinconada contra la pared. Clemente imaginó lo incómodo que sería cortar cualquier cosa ahí. El resto de herramientas: un berbiquí, una lijadora manual y varias cajas de puntillas, estorbaban los espacios reducidos para caminar.

—No sirve. Se me dañó hace unos meses —dijo Humberto al salir de la cocina y notar la mirada de Clemente. Llevaba dos pocillos en la mano. Le entregó uno a su amigo.

—La vez pasada no estaba —Clemente sorbió ruidoso. —Está caliente —se estremeció.

—La había llevado a que la revisaran. Sople. Pero ahora no tengo plata y el arreglo está caro. Eso me tiene quieto. Sin sierra no se hace nada y, lo que se puede hacer, toma mucho tiempo —bebió— y la gente quiere todo para ya. —el café estaba aguado y sin azúcar. Sintió vergüenza con Clemente.

—Bueno, con lo de ahorita, va a tener para comprarse tres sierras y otras máquinas.

—Lo que me preocupa, ya mismo, es el arriendo…. debo dos meses. Doña Ludivia me ha tenido paciencia, pero… yo la entiendo…

—¿Y cuánto es?

—Un millón —respondió Humberto sumándole trescientos, necesitaba mercar.

Clemente metió la mano al bolsillo de su jean y sacó un fajo de billetes. Los contó con los ojos.

—Aquí hay como seiscientos. Cuente. —le entregó los billetes.

Humberto dejó el pocillo sobre la sierra y contó.

—Seiscientos cincuenta —dijo.

—Deme cincuenta y quédese con los seiscientos. Eso le sirve para tramar a doña… ¿cómo es que se llama?

—Ludivia.

—Eso, a Ludivia. En un adelanto. Se lo descuento cuando haga el trabajo y le pague todo completo.

Humberto tomó el pocillo y metió los billetes en el bolsillo derecho de su overol. Miró a Clemente. Había cambiado mucho desde el tiempo en que trabajaron juntos en la obra de la 106; él como electricista y Humberto poniendo clósets. Vestía ropa cara, zapatos de cuero  y dos cadenas gruesas de oro en el cuello relucían por entre los botones abiertos de la camisa.

—¿Va bien en eso? —preguntó Humberto.

—¿En qué?

—En lo que usted hace.

—Sí, muy bien. Tiene sus cositas, sus gallos; pero si uno hace las cosas calladito y es fiel, todo va bien. Eso es lo importante: ser fiel. Fallar se pasa, a veces, pero voltearse no.

—Clemente, ¿quiere que sea sincero con usted? Yo nunca he disparado, ni siquiera una escopeta de esas de balines.

—Yo sé, Beto, yo sé. Aquí la vaina es que yo quiero ayudarlo a que mejore las cosas. Las oportunidades hay que agarrarlas. Eso, disparar, es menos complicado de lo que parece. Lo importante es la actitud y yo sé que usted la tiene. Como en la tienda, ¿recuerda?, ese día me di cuenta que usted sí tenía con qué.

—Estaba borracho y mal. Envenenado con la vida. Carolina se había ido y no me dejaba ver a Jessica. Eso fue como un desfogue, un escape… pobre tipo… luego supe que tenía hijos y todo; la policía dijo que había sido en defensa propia. No recuerdo mucho, pero estoy muy seguro de que yo estuve toreando hasta que el man se salió y se me vino encima a romperme —se quedó mirando el culo del pocillo por entre el agua teñida y se pasó la mano libre por la cabeza. —Estaba borracho y mal, eso no es tener actitud.

—Si quiere compramos una mediecita y unas cervezas, para que entré en calor, y llamamos a la Carolina a que lo puteé. Usted solo apunta y aprieta el gatillo, Beto, el resto pasa y ya.

—Estamos arreglando las cosas con Caro. Aunque sin plata da como lo mismo. Yo quiero darles buena vida, ser un papá para Jessica… usted sabe, yo sí sé qué es no tener un papá ahí al lado para que lo ajuicie. Uno crece jodido, dañado y la caga mucho porque nadie nunca supo ponerle mano dura. Uno crece como un guevón: la caga con viejas, con maricadas de amigos y el papá es necesario. Quiero que la niña me tenga siempre para lo que quiera, tanto para corregirla como para quererla. ¿Usted la conoce?

—No.

—Es muy linda. Le mostraría una foto pero Carolina me rompió la última que tenía. No he podido tomarle otra. Todos los sábados, sagradamente, me voy para allá y me las llevo a las dos así sea a caminar por ahí, a comprarles un paquete de papas, lo que alcance. Es que antes sí la cagaba y la cagaba y como un marica, a pesar de las oportunidades, la seguía cagando.

—No se dé palo. Vea que Dios siempre salva. Con este trabajito, va a tener para montar bien el taller en la nueva casa.

—Cómprese la media a ver… o una botella, eso media no da un brinco. ¿Ya terminó? Venga le recibo el pocillo.

—Camine vamos.

Humberto dudó, pero salieron juntos de la casa. Subieron por la calle polvorienta esquivando a los niños del partido.

—Pude ser millonario jugando fútbol y voy y me meto de carpintero. ¡Mucho marica! Era muy bueno, no se imagina. ¿Y sabe qué es lo peor?, que me hice carpintero de puro amor, como si el amor diera plata. Creo que lo traía en la sangre. Mi mamá me contó que dizque mi papá también le jalaba a los palos. Era ebanista.

—¿Eso es diferente a ser carpintero?

—Los ebanistas son mejores. Uno de carpintero se queda lijando tablas y clavando puntillas. Armamos rectos, es decir, muebles de línea recta. ¿Ha visto esas camas que tiene la cabecera adornada con arabescos y puntas redondas y bonitas?

—Sí, las camas viejas. Las de ahora no son así.

—Eso lo hace un ebanista. Talla con un formón y redondea los palos en el torno. Me doy mañas con el torno, pero tallar sí se me hace muy hijueputa. Esos son artistas, uno un mero clava puntillas.

La fatiga de ir caminando por la pendiente, y hablando al mismo tiempo, hizo que se callaran. Se sentaron, arriba, después de dos cuadras, en unas sillas plásticas frente a una mesa plástica amarilla, bajo el alero de la casa donde estaba la tienda.

—Dos Águilas, don Carlos —gritó Humberto. —Medio de cigarrillos y una empanada. ¿No hay problema? —preguntó a Clemente.

—Fresco, Beto…

—Ah, no… espere que yo tengo con qué pagar —se tocó el bolsillo.

—No, no, yo invito. Déjeme animarlo para el trabajo.

El tendero, un hombre alto que de joven debió ser guapo, dejó las cervezas sobre la mesa. Las botellas estaban húmedas.

—¡Salud! —Clemente levantó la botella —por el futuro.

—Por el futuro —repitió Humberto y dio un sorbo largo, casi un cuarto de botella. Encendió un cigarrillo.

—¿Qué tal todo don Humberto? —preguntó el tendero dejando el plato con la empanada en la mesa.

—Bien, Carlitos. Mire, un amigo —Carlos tendió la mano a Clemente luego de secarla con una toalla pequeña que siempre llevaba doblada en el hombro.

—Mucho gusto —dijo apretando con fuerza.

—Yo espero que no se olvide de mí —dijo Carlos a Humberto desafiante.

—No, no… ¿cómo se le ocurre? ¿Cuánto es que va la cuenta?

—Espéreme.

Carlos regresó con un cuaderno sucio, de esquinas arrugadas. Pasó las hojas, se detuvo y recorrió la lista con el dedo sumando en la cabeza.

—Ciento veinte —le sumó veinte a la cuenta, como solía hacer con todo al que le fiaba.

Humberto se levantó para sacar la plata.

—Don Carlos, meta esa cuenta en esta y ahorita arreglamos —dijo Clemente.

Humberto se sentó, no estaba para dignidades.

—Gracias, viejo.

—Déjese de maricadas, hombre. Ya le dije: la idea es ayudarlo, Beto.

La tarde vino sin que se dieran cuenta. Un montón de botellas vacías se veían apiladas en la mesa junto a una botella de aguardiente a la mitad. Una taza plástica con cascos exprimidos de limón, separaba las copas plásticas. Los amigos, ya borrachos, habían pasado seis horas hablando del pasado y soñando con el futuro.

—Creo que se nos fue la mano en lo de la motivación —Clemente se pasó la por la cara y sacudió la cabeza.

—¿A qué hora es que toca hacer eso?

—A las cinco.

—¿¡De la tarde?!

—No, de la mañana.

—¿Qué hora es?

Clemente sacó el celular y cerrando un ojo, miró la pantalla.

—Seis y ocho.

—¡Don Carlos, la cuenta!

—Doscientos —dijo Carlos desde el mostrador luego de sumar veinte a la cuenta, como hacía siempre con los clientes borrachos.

—Va incluida la deuda, ¿cierto?

—Sí, patrón.

Clemente pagó.

Descendieron caminando con cuidado. La calle tenía huecos y piedras con las que tropezaban, más por la oscuridad que por la borrachera.

—¿Se va a quedar? Ahí tengo un colchón.

—No, Humberto, tengo que ir a recoger la herramienta para mañana. No se le olvide llevar la maleta. ¿Aquí dónde se consigue un puto taxi?

—Toca bajar, aquí no suben porque los roban. Vamos, lo acompaño, son seis cuadras.

—Lleve la maleta y nos vemos a las tres y media en el puente de la 146. Allá le entrego lo necesario. Tenemos un taxi para que nos recoja después del trabajo. Está ahí esperando, frente a la casa del tipo.

El resto del camino lo hicieron en silencio. Clemente subió al taxi y desde adentro, con un gesto, le recordó a Humberto la hora. Él afirmó con la cabeza.

 ***

A las dos en punto, Humberto estaba saliendo de bañarse. Se tomó un café aguado esperando que eso le quitara la resaca. La cabeza le dolía en la parte de atrás; el mareo y las ganas de vomitar, le impedían pensar con claridad. Se vistió de jean, zapatos tenis blancos, una camisa a cuadros y una chaqueta gruesa de un material impermeable; se caló hasta debajo de las orejas un pasamontañas recogido en las puntas. Tomó la maleta y se la colgó a la espalda, le pareció extraño llevar una maleta vacía.

La madrugada era fría. La neblina acrecentaba el miedo que ya le tenía a las calles de ese barrio. Encendió un cigarrillo y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Inhalaba el humo y lo soltaba sin sacarlo de la boca. Llegó hasta la avenida. Esperó largo rato un taxi, fumó seis cigarrillos.

Al llegar al puente, Clemente ya estaba ahí. Y un taxi con las luces encendidas, se estacionaba a la orilla de la avenida vacía.

—¿Muy mal, Humberto?

—No, eso ahora se me pasa.

—Tiene una cara de mierda.

—No dormí bien… la pensadera. Tengo como susto, pero ya no es hora de devolverse —encendió otro cigarrillo con las manos temblorosas.

—Eso, así me gusta. Esa es la actitud —le palmeó la espalda.

Subieron al taxi. A las cuatro estuvieron frente al edificio del periodista. El conductor redujo la velocidad como si buscara una dirección. Aceleró.

—Ese es el edificio, el man sale a las cinco. Tenga —le entregó un revólver y seis balas.

Humberto abrió el tambor. Comenzó a meter las balas en sus compartimentos oyendo las indicaciones de Clemente, mientras el taxi avanzaba. —Jairo dejará el carro media cuadra adelante. Usted hace la vuelta y Jairo lo espera con el carro prendido. Yo me voy a bajar. Voy a estar ahí cerquita mirando cómo sale todo. Usted súbase y arranquen, yo me busco otro taxi. Nos vemos en el humedal, allá por la Suba con 95. ¿Listo?, Jairo ya sabe. Lleve la maleta, la necesitamos.

—Listo.

El arma le pareció muy pesada y fría. La sopesó con una mano e imaginó el golpe en reversa después del disparo. Tenía que sostenerla con las dos manos. Apuntó al frente agarrando la cacha con firmeza. Temblaba.

—¿Veinte millones y la casa? —preguntó a Clemente.

—Veinte y la casa, Beto —le respondió buscando tranquilizarlo.

La resaca se disipó por completo.

Se paró en la esquina norte del edificio esperando a que el periodista saliera. Era tan famoso que no necesitaba fotografías para reconocerlo, el nombre bastaba. Las razones de que alguien hubiese ordenado su muerte, no le interesaban. Y si Clemente se las hubiese querido decir, él se habría tapado las orejas para cantar una canción. Tenía la maleta vacía en la espalda y el arma pesaba halando su pantalón hacia abajo. Diez minutos antes de las cinco, empuñó el arma y se preparó para disparar.

Cruzó frente a la portería. Cruzó de regreso. Volvió a pasar. A las cinco y cinco, el carro de Juan Manuel Sarrena, periodista de ATP Radio, salió del parqueadero. Humberto se interpuso frente al él y caminó con el arma en las dos manos hasta la ventana del conductor. Disparó cuatro veces y corrió media calle, hasta donde Clemente le había dicho que estaría el taxi, pero no lo encontró.

Las luces de los apartamentos se encendieron con el ruido de los tiros. Los vigilantes con armas en las manos, los que tenían armas, salieron de las porterías y dispararon hacia el lugar por donde Humberto corría. Humberto bajó y subió por calles sin soltar el revólver. No sabía qué hacer, o para dónde correr. Escuchó una patrulla y vio las luces rojas y azules acercarse por todas las calles.

 ***

En el mismo momento en que Humberto escapaba. Clemente, parado sobre la autopista, cuatro calles al oriente de donde el periodista moría, llamó a Ramiro Sorín, capitán de la estación séptima de policía.

—Capitán, buen día. Está hecho. El tipo tiene una maleta roja y está, a lo mucho, unas cinco cuadras alrededor del edificio del periodista.

Escuchó.

—Claro que sé de su profesionalismo. No esperaba menos sino que usted ya estuviera ahí cerca. Le diré al patrón. Esto nos va a dejar a todos bien parados.

Colgó y llamó al patrón.

—Listo… patrón, ahora esperar que la justicia y los noticieros hagan lo suyo. Hemos inventado un mártir que lo pondrá a usted cuatro años más. País de mierda este. —se rió.

Colgó. Tomó un taxi. En su casa durmió toda la tarde.

LOS LIBERTADORES

17 octubre 2014

Mario y yo estudiábamos en el mismo curso, también vivíamos en casas contiguas y nuestras mamás solían tomar café e ir juntas a la iglesia los domingos. Éramos mejores amigos. El papá de Mario llevaba enfermo varios años, lo que hacía de él un niño triste y un tanto retraído, actitud que acoplaba perfecto con mi carácter taciturno y solitario. Doña Carmen, la mamá de Mario, me quería como un hijo. Si bien mi mamá no era afecta a las visitas, sé que también quería a Mario, al ser mi único amigo. Solíamos jugar en el parque, montar bicicleta e ir a la iglesia. Compartíamos la niñez, del mismo modo en que Carmen y mi mamá compartían una banca larga frente al altar.

Debido a la enfermedad del papá Mario, había domingos en los que mamá y yo íbamos solos a misa. Papá no era creyente, prefería quedarse leyendo o viendo fútbol en la televisión. La misa avanzaba común, estaba distraído en el nuevo ventanal multicolor con el que habían reemplazado uno viejo y descolorido. Como Mario y su mamá no fueron ese día, un hombre, sentado a mi lado, me susurró diciéndome que ahí dentro estaba Dios. Lo hizo tan suave, con tanto cuidado de no interrumpir con siseos el sermón del padre que, aún hoy, no estoy totalmente convencido de que haya dicho eso y no algo que se oía similar.

Recuerdo que arrugué los ojos intentado mirar mejor algo que no sabía qué era. Hacía unos segundos el padre se había acercado desde el altar a la cajita empotrada en la pared, guardando ahí lo que a me pareció una bandeja cubierta con un pañuelo beige. Por más que agucé la mirada, que me cambié de lugar a la primera fila, no pude ver más que la cajita cerrada con una llave. Dios, aunque despedía luz y era tan grande como el universo, cabía completo en ese hueco en la pared, opacado su brillo por el pañuelo, quizás, o por algo que bloqueaba las hendijas de la caja. Me reprendí por mi falta de atención. De no haber estado viendo al ventanal, pude haber visto a Dios en directo antes de que el cura lo escondiera. Vencido, al final de la misa, tomé la mano de mi mamá y regresamos a casa caminando despacio, al ritmo de mamá.

A mamá le costaba caminar. Era una mujer gorda de quien se burlaban los niños. Eso la ponía tan triste que nunca iba a reuniones de mi colegio. Rara vez salía de la cama, solo iba al templo los domingos y el resto de la semana la pasaba acostada con el computador sobre una mesita corrigiendo textos. Trabajaba arreglando la ortografía y la redacción de malos escritores para hacerlos pasar por buenos. Cuando volvía del colegio en las tardes, me recostaba a su lado. Como le molestaba el ruido del televisor encendido, decía que le recordaba a la muerte, la escuchaba explicarme las razones de tal o cual coma, lo que hacía una oración idiota, carente de sentido o incompleta; los usos correctos del punto cuando se pretende un ritmo cortado que transmita ansiedad o cuándo un párrafo está bien armado o cuándo está cojo.

—Orto-grafía, significa escribir correcto —repetía mamá como si no la hubiese oído las otras tres mil veces que me lo había dicho.

Me gustaba. No sé si la ortografía, o solo pasar el tiempo así con ella. Su actitud generalmente era irascible y ensimismada. Se sentía mal por su apariencia, sin duda. Solo era buena cuando corregía o estaba en la iglesia, donde conseguía olvidarse de la carne y soñar con el mundo perfecto de lo correcto y del espíritu puro.

Esa mañana, al salir de la iglesia, la gente nos miraba como era costumbre. Unos lo hacían con disimulo, los más abiertamente sorprendido por la forma de moverse de mamá: meciendo su cuerpo a los lados con cada paso, siempre dando la impresión de estar a punto de caer o de que las piernas van a quebrarse de repente bajo el tremendo peso.

—¿A Dios lo encierran, mamá? —pregunté con miedo.

—¿Lo encierran dónde?, no entiendo. —me respondió con el tono de la calle.

Me explico:

Mamá tenía distintos tonos, formas de expresarse ceñidas al espacio o a las circunstancias. En casa, bajo las cobijas corrigiendo, su voz era dulce y amorosa, era una mamá en todo el sentido de la palabra. Cuando me explicaba gramática, el tono era claro, con palabras precisas, fluido e inteligente. Si papá estaba cerca, solía hablar como una niña consentida en busca de mimos. Él, que la amaba más de lo que ella suponía, respondía con mimos y cariños. Si acaso mamá dejaba escapar un comentario respecto a su apariencia, cosa que se daba frecuentemente, papá la besaba profundo en la boca y le sonreía como se hace con un niño que causa ternura con sus boberías. Era evidente que la gordura era más trágica para ella que para él. El beso era suficiente para tranquilizarla, para que reafirmara la idea de que él no la dejaría nunca por una flaca. Dentro de la iglesia no era tanto un tono sino una actitud. Ahí casi no hablaba, y toda ella despedía un aura sosegada que transmitía la sensación de estar sentado frente a un mar tranquilo, cuyo murmullo de viento y oleaje reconfortaba. Todo lo contrario sucedía cuando íbamos por la calle. Las miradas hacían que frunciera el ceño, que la cara se le contrajera marcando más las líneas a los lados de la boca y el grosor de la papada. Hablarle mientras caminábamos era una afrenta directa a su coraza. Sólo me atrevía a hacerlo si era absolutamente necesario, como para recordarle comprar algo para el colegio, por ejemplo. Sus respuestas en la calle eran frías y cortantes, cuando no meros asentimientos o negaciones con la cabeza. Nada malo había en su voz, quizás algo de agitación y ahogo por el esfuerzo de caminar; su voz era bonita y femenina.

No hablar en la calle nada tenía que ver con la asfixia, sino con que hablar llamaba la atención más de lo que ya la llamaba su andar, que se parecía al de un elefante cansado de vivir. Ha de haber sido cómico, imagino, ver a una mujer de sus proporciones luchando en cada paso. Mi figura exigua de su mano debía generar todo tipo de comentarios graciosos, haría que los transeúntes, al llegar a casa, amenizaran la cena con chistes del tipo hoy vi a una gorda de la mano con un chamizo, de era tan gorda que la espalda hacía siglo no sabía a quién pertenecía… no soy bueno con chistes de gordas, por obvias razones.

—Solo eso, ¿lo encierran? —respondí.

—¿Dónde? ¿De qué hablas?

—En esa cajita. Un señor me dijo que ahí estaba Dios.

—¿En el sagrario?

—La cajita, no sé cómo se llama.

—Es una metáfora, Manuel, las hostias son Dios, por eso Dios está en el sagrario, porque Dios es la hostia. —dijo y me apretó la mano, un gesto de no preguntar más.

Aunque sabía en ese entonces qué era una metáfora: tu pelo de plata, todos llevamos un espejo de pared mal colgado adentro, etc., no conseguí entender cómo Dios podía ser una masa horneada y hecha hojuela. Una idea muy opuesta a lo que decía el padre, ella misma, de Dios: omnipotente, omnisciente, inmenso como el universo. Asumir a Dios reducido a una hostia era como pretender comprender la grandeza del cielo viéndolo reflejado en una gota de agua, una imagen que se desfigura y se enturbia con el más sutil temblor de los dedos. Todo en la religión era un misterio. Una extrapolación de desconocimientos a símbolos que quieren ayudar a la gente del común a que no cuestione, sino solo crea. La esencia de la fe: cerrar los ojos.

La idea de Dios como una metáfora hecha hostia rondó mi cabeza toda la semana. Entendí a qué se refería, pero eso no hizo que encontrara la concordancia entre lo que decía era Dios y lo que, al parecer, era realmente. Imaginaba a Dios, el hombre con barba blanca, recostado contra una de las tablas ornadas del sagrario. Preso de inmensidad constreñida, quizás marcando las horas en hendiduras en el tablado o tocando una armónica lastimera. Dios, en toda su grandeza, prisionera en una jaula que un mortal corriente destrozaría con un pequeño empellón de la mano. Ahí estaba Dios acicalando su barba con desdén; un león de circo a la espera del próximo espectáculo, para salir y ejercer su majestuosidad ante un público que le teme a su fiereza domeñada por las dinámicas del domador y su látigo. Dios apagaba su brillo celestial para no incomodar el sueño de los santos de yeso. Para no cegar a su público expectante, del mismo modo en que un león solo ruge cuando el látigo se lo indica, haciendo de su fiereza un peligro artificial. No entendía bien si esas imaginaciones de Dios entraban en los límites amplios de la blasfemia, pero sí sabía que entraban perfectas en la idea de Dios como una hostia metaforizada.

El domingo siguiente regresamos a misa. Fuimos con la señora Carmen y con Mario. Nos sentamos en la larga banca, Mario a mi izquierda y ellas dos a mi derecha, tal cual convenimos con Mario. Presté atención a cada cosa que pasaba, esperando el momento en que el cura abriera la caja y sacara la metáfora de Dios. En la semana se me había ocurrido que si ese era Dios, por más metáfora que fuera, no podía ser sordo a nuestras peticiones, las mías y las de Mario. Suponía que solo necesitábamos hablar con él en su prisión, para recibir una respuesta motivada por el tedio de la espera, en la que estaba seguro, se sumía Dios. Para Dios sería un alivio que dos niños le hablaran por las rendijas de la caja. Agradecido de no ser útil solo como metáfora que se partía a la mitad para ser tragada por el cura con un decoroso trago de vino, cumpliría nuestras peticiones, insignificantes para el tamaño de su poder. Luego pensé que le sería más difícil negarse si lo liberáramos de su prisión. Algo como un genio fuera de su botella de quien usaríamos solo dos deseos, porque no necesitábamos más.

En clase había hablado a Mario del Dios prisionero. Él no entendió mucho de metáforas y hostias. Se mostró entusiasmado con el plan que había armado para liberarlo, más con los beneficios que eso nos representaría. Éramos los libertadores de Dios, no era atrevimiento pedirle con humildad que nos ayudara en agradecimiento. Mi plan era complicado, requería valentía para asumir las consecuencias. Lo convencía, a Mario, explicándole que el beneficio sería mayor que el castigo. Seríamos tildados de vándalos, de ladronzuelos, pero la agitación de la acusación se disiparía rápido, en contraste con la permanencia del beneficio. En ese momento, explicando a Mario, aunque se me ocurrió, no eran importantes las medidas que tomara la iglesia para suplir al Dios fugitivo. Es obvio que una iglesia sin Dios es solo un montón de paredes, sillas y estatuas de yeso de gente cualquiera; eso no era nuestro problema. ¡Que la tumben!, le dije a Mario movido por la emoción. Si Dios está en todas partes, no les quedará difícil capturarlo de nuevo, dijo Mario siguiendo una lógica confusa entre mis razonamientos y su fe en lo que sabía de Dios.

Cuando vimos al padre sacar la bandeja con las hostias, codeé a Mario a mi lado. Él debía mantener la vista fija en la llave del sagrario, no perderla para poder abrir luego. Yo me centraba en las hostias, en la posible revelación de Dios y así saber bien qué debíamos sacar de la caja. Teníamos, según mi plan inicial, muy poco tiempo, no lo perderíamos en hostias que no fueran Dios, debíamos liberarlo, solo a él, velozmente. Mario vio que la llave fue puesta sobre la caja luego de que el cura regresara las hostias; yo vi al padre con la hostia en la mano, partirla, comerla, pero nada de un indicio de Dios. Me sentí decepcionado de mi incapacidad de ver a Dios, me faltaba fe, pensé. Eso no me desanimó. Recé con fervor reafirmando mi fe y mi pretensión de liberarlo, algo que creía era la muestra más grande de fe y que, llegado el momento, me abriría los ojos para verlo y salvarlo de su prisión.

Esperamos a que terminara la misa, dimos la paz y recibimos la bendición del Padre. Salimos. Pedimos a nuestras mamás permiso para ir al parque, que quedaba muy cerca de la iglesia y de donde vivíamos. Ellas dijeron que sí, una hora mientras se tomaban un café. Corrimos de regreso a la iglesia. Las puertas seguían abiertas a esas personas que necesitaran un rezo extra. Entramos pegados a la pared, en silencio para no llamar la atención de las tres personas que rezaban con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. En el altar no había nadie. Nos escondimos atrás de una columna, pensando cómo resolver el imprevisto de que la caja estaba más alta de lo que suponíamos desde las bancas. Podíamos mover la butaca de terciopelo que estaba cerca al altar, pero eso era arriesgado, inevitablemente seríamos vistos por los que rezaban. A Mario se le ocurrió tomar una estola púrpura de una mesa con copas, ponerla sobre sus antebrazos e ir solemnemente por la butaca. Si éramos vistos, las personas nos verían como monaguillos poniendo orden y no como los integrantes de un grupo por la liberación de Dios. Así lo hizo. Era buen actor. Caminó hasta el altar y regresó para poner la butaca bajo el sagrario. Nadie abrió los ojos ni levantó la cabeza. Corrí hasta él, quien ya había tomado la llave y abierto la caja cuando llegué.

Mario temblaba sosteniendo la estola, podría sentir su miedo parado junto a él en la butaca. Mantenía la cara de monaguillo aunque dábamos la espalda a las butacas. Saqué la bandeja, retiré el pañuelo beige y vimos las hostias apiladas. El resto de la caja estaba vacío. Mario y yo nos miramos, él con la estola doblada sobre su antebrazo, yo con la bandeja llena de metáforas en las dos manos. Dios no estaba por ninguna parte. Nos entristecimos, pensamos un momento e igual, más por no saber qué hacer, regresamos llevándonos la bandeja. Salimos de la iglesia sin ser notados. Corrimos al parque y sentados en una banca, hicimos nuestras peticiones a las hostias metáforas de Dios. Nada pasó. El papá de Mario murió dos semanas después y mamá, nunca, ni siquiera bajo las cobijas corrigiendo o con los mimos de papá, se sintió feliz por ser como era.

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