EL DESAYUNO DE LOS CAMPEONES

DESAYUNOHace unos días me encontré con un amigo cuyo criterio en cuestiones de libros respeto mucho. Él me dijo, mostrándome los dedos de su mano, que había tres escritores de ciencia ficción que idolatraba: el primero era Philip K. Dick; el segundo, Cornell Woolrich, más conocido como William Irish; y el último, Kurt Vonnegut. He leído a Dick y comparto la admiración. De Woolrich, hasta ese momento oí hablar. De Vonnegut he leído dos novelas y, aunque ahí no se lo dije porque no había terminado esta novela, no creo que esté a la altura de un Dick, por ejemplo, o al menos yo no lo metería en mi top tres de nada.

La novela es divertida, hace sonreír y de vez en vez hasta puede uno caer en una carcajada corta. Más allá de que por partes la haya sentido un tanto inconsecuente y tediosa, más por la forma en la que están construidos los párrafos y por el exceso de polisíndenton que me exasperaba, disfruté mucho los argumentos de las novelas escritas (y no escritas) por Kilgore Trout, personaje que usa Philboyd Studge, para contar la historia.

Hay que sumarle que se torna interesante el modo en que Vonnegut parece hilar un montón de gags, más propios de un cine actualmente en desuso, para contar una historia con tintes de fábula para niños extraterrestres. La tierra, su funcionamiento y sus trivialidades, explicados con dibujos cada tantas párrafos para el deleite de unos niños de un mundo distante que, quizá un día cuando ya todo esto no sea más que ruina, encontrarán en El desayuno de los campeones un modo de entender muy bien qué clase de cosas pasaban con las personas que vivieron aquí.

Eso sí, es probable que se encuentren con una novela llena de digresiones, irrupciones y microrrelatos que a la vez que trastocan la línea argumental también nutren el relato central. Una novela genial y divertida que a mí, personalmente, no me gustó lo suficiente para poner en mi top tres de nada.

Y es que tengo un método de medir cuánto me gustó un libro: el número de subrayados que le haga… y en este, no tengo uno solo.

Vonnegut, Kurt. El desayuno de los campeones. Anagrama. 1999.

SUICIDIOS EJEMPLARES

Voy a intentar hacer un comentario a todo libro que vaya leyendo. Será algo corto, sin pretensiones teóricas ni de ningún tipo. Solo un comentario, para que ustedes, si quieren y les anima, le echen también una leída al libro y me compartan sus impresiones en los comentarios. Hoy, para empezar: Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

vilaHe tenido una relación amor-odio con Vila-Matas. Muchos de sus libros me exasperan por lentos y por estar llenos de alusiones a otros autores (en algunas oportunidades con párrafos enteros, textuales y carentes de cita). Sin embargo, este libro es una gran compilación de cuentos. Aún me cuesta ver al español como cuentista, más cuando cada una de las historias que aparece en Suicidios ejemplares son solo eso: una historia, un cuento en el sentido más esencial de la palabra. Hay en el primer relato, Muerte por Saudade, una referencia a un poeta portugués al que dedica gran parte de su libro Extrañas notas de laboratorio; alusión que, no obstante, no adopta ese mismo tono distante y parafraseador que tanto me incomoda en sus novelas.

Un gran libro. Un libro para gente que le gusta escribir, como (desde mi perspectiva) es casi todo lo que escribe Vila-Matas. La diferencia con sus novelas: en este libro hay cierta libertad representada en historias sólidas que no se difuminan para dar prelación a esa espiral de envanecimiento a la que parecen condenados todos los personajes de sus novelas. Espiral que no está ni siquiera en un cuento que, por el título, su presencia parecería obligatoria: El arte de desaparecer.

«(…) De pronto, una noche, muertos ya todos, Anatol comprendió que estaba solo, completamente solo en el mundo, y notó esa sensación de extravío que se siente cuando, en el camino, nos volvemos atrás y vemos el trecho recorrido, la vía indiferente que se pierde en el horizonte que ya no es nuestro. (…) que era cierto eso de que cada hombre lleva escrita en la propia sangre la fidelidad de una voz y no hace más que obedecerla.»

De El arte de desaparecer.

Enrique Vila-Matas, Suicidos ejemplares. Editorial Anagrama. 2000

De viaje (I)

Genrus

DSC_0260.JPG_1Nombras la distancia que saliva y que te salva; eres este viaje.

No digo que no esté padre hacerlo a través de los libros, pero creo que siempre es mejor si los echas en una mochila y te los llevas de viaje. Creo que una de las mejores cosas que he aprendido los últimos veinte años de mi vida, es que para viajar lo único que se necesita es una mochila.

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UNA HISTORIA DE AMOR (Fragmento)

Esta historia empieza cuando Abel se dio cuenta de que estaba completamente solo. Cuando entendió que Dios solo acompaña como un amor lejano. Cuando sus ojos se encontraron con los míos alumbrados por el rayo de sol que se colaba por entre las sombrillas una tarde de septiembre en una plaza de café al norte de la ciudad. Cuando no pudo dejar de mirarme y recordó qué significaba mirar al cielo desde el fondo del mar.

Esta historia empieza cuando Santiago, quien nunca había buceado, balo la luz intensa de otro día de septiempre, me miró a los ojos y dijo que ya no más. Cuando me rompí con su golpe agudo. Cuando creí imposible para un ser humano, tan cualquiera como yo, soportar el dolor de su ausencia y el latir insistente del recuerdo hecho desamor, promesa rota, mano vacío, cama sin nadie y pies fríos.

Esta historia empieza cuando Isabel, que sí había buceado con Abel, un día que no me contó, le dijo que ya no más sin mirarlo a los ojos. Cuando Abel creyó que las cosas del mundo al mundo vuelven, pero las cosas de Dios son una pulsión constante, cálida y eterna. Cuando Dios fue absorbido por su dolor hasta desaparecer y le dejó en su lugar la certeza de que las cosas del mundo hace milenios no importan a Dios. Cuando, con la mano desmayada y triste sobre su pecho, entendió que el resguardo de la ilusión deífica no protegía contra los embates de la memoria, menos contra la nostalgia y su color de daguerrotipo.

Esta historia, en definitiva, comienza como cualquier otra historia de amor: rota.

APLASTADO POR LA MIERDA

Entonces yo era un tipo perseguido por las nostalgias. Siempre lo había sido y no sabía cómo desprenderme de las nostalgias para vivir tranquilamente.

Aún no he aprendido. Y sospecho que nunca aprenderé. Pero al menos ya sé algo valioso: es imposible desprenderme de las nostalgias porque es imposible desprenderse de la memoria. Es imposible desprenderse de lo que se ha amado.

Todo eso irá siempre con uno. Uno siempre anhelará tanto rehacer lo bueno de la vida como olvidar y destruir la memoria de lo malo. Borrar las perversidades que hemos cometido, deshacer el recuerdo de las personas que nos han dañado, quitar las tristezas y las épocas de infelicidad.

Es totalmente humano, entonces, ser un nostálgico y la única solución es aprender a convivir con la nostalgia. Tal vez, para suerte nuestra, la nostalgia puede transformarse de algo depresivo y triste, en una pequeña chispa que nos dispare a lo nuevo, a entregarnos a otro amor, a otra ciudad, a otro tiempo, que tal vez sea mejor o peor, no importa, pero será distinto. Y eso es lo que todos buscamos cada día: no desperdiciar en soledad nuestra vida, encontrar a alguien, entregarnos un poco, evitar la rutina, disfrutar de nuestro pedacito de vida.

Yo estaba así todavía. La locura merodeaba y yo la eludía con conclusiones vacías.

EL REGIONALISMO ES PARA PROVINCIANOS

Acaba de arrancar El Desafío y me fue inevitable no recordar esa efigie al odio mutuo que fue El Desafío, la lucha de las regiones. Y es que si algo sabemos los colombianos es odiarnos unos a otros, también decir que los costeños no se bañan y que los bogotanos no se bañan y que los santandereanos no se bañan y que somos un país de gente que no se baña aunque, creo, todos nos bañemos todos los días. Quizá por eso dice Fernando Vallejo que somos un país de gente con la sangre sucia y como gente sucia que somos, nos paseamos orgullosos de nuestro hedor mientras nos tapamos la nariz por el hedor de esos que se pasean orgullosos de su hedor junto a nosotros.

Lee uno en Twitter, bastión de la opinión sensata y coherente, que en Ibagué todos son maricas, que en Antioquia todos son ladrones y putas, que en Cali todos son niches y guisas, que en Santander planchan con la mano y la gente es color rodilla, que en Pasto todos son idiotas, que en Pereira todas son putas y reguetoneros, que en la costa la pereza es la bandera y que si uno viaja a la Guajira con una novia buena,  le toca ir alistando unas cuantas cabras para pagar el rescate a un guajiro atravesado que se encapriche con lo de uno. Y lee uno decir de los bogotanos… los bogotanos merecen párrafo aparte.

Bogotá es la ciudad de nadie pero a la que todos atacan y a la que se vienen todos. Los bogotanos son esa gente que no hace nada bien. Las bogotanas no tienen culo ni saben bailar salsa, son más insípidas que un beso de boba, aunque nadie haya besado una boba. Los bogotanos son feos, simples, la tienen pequeña y se mueven menos que una loca coja. El nacido en Bogotá es frío, aristócrata de vereda, distante, mala gente, odioso y nunca da una sonrisa a la gente amable y amorosa de las otras regiones que llegan a la capital a despotricar de cosas que no conoce y a escupir a la cara de la ciudad en la que trabajan y estudian y de la que opinan sin saber qué ha pasado, solo porque en sus ciudades todo estaba más cerca, se podían ir sentados a las siete de la mañana y la gente siempre estaba dispuesta a darte un abrazo cuando te sentías solo y no como aquí, que la única opción de contacto fraterno es la hora pico en Transmilenio. El bogotano, para resumir, es todo lo que está mal en el país.

La gente nacida en Bogotá cada vez es más aunque queden pocos bogotanos verdaderos, y con verdaderos me refiero a eso que los paisas llaman paisas, es decir, hijos, nietos y bisnientos de paisas. Bogotá es una ciudad de nadie y por la que nadie aboga. Los paisas defienden su terruño haciéndose los pendejos con haber parido al doctorcito Uribe, lo defienden porque lo sienten suyo. Pero qué se puede pedir de una ciudad donde la mayor parte de sus habitantes está extrañando las distancias familiares de la tienda de don Pacho con la casa de la abuela, o cómo en el pueblo todos conocían a todos y si lo veían a uno triste en el Jeep Willis, de una le iban zampando su trago de aguardiente, o también cómo en la cuadra se armaban las fiestas y la gente sacaba sus picós y la champeta se acompañaba con ron. Esos que llegaron aquí buscando trabajo, mejores oportunidades, se apretujan en Transmilenio por algo más de una hora —en Bogotá todo queda a algo más de una hora— soñando con sus tierras llenas de matas y de solo matas, mientras desdeñan de una ciudad que no es suya y en la que habitan siempre con desprecio y queja. Y entonces ahí aparece el bogotano como el hijueputa del paseo.

Y es que el bogotano, como habitante de la capital, se adjudica el derecho de llamar provinciano a todo aquel que no sea de Bogotá en al menos dos generaciones. Todo lo que no es Bogotá es provincia y pueblo. Milan Kundera dice que el provincianismo podría definirse como la incapacidad de (o el rechazo a) considerar la propia cultura en el contexto general. ¿Es provinciano quien no se reconoce como parte de un contexto más amplio y vive añorando la plaza de mercado y a su tía cuya casa quedaba a diez minutos caminando entre grandes y frondosos árboles? El problema no es añorar, sino suponer que porque el lugar que habita no es como en su fantasía, ese lugar está mal y por lo tanto es válido atacar desde su frustración de no tener en sus terruños las mismas oportunidades que se tienen aquí.

Hace poco una mujer que sé estudia aquí y que es oriunda de un pueblo del Tolima donde su familia tiene mucho dinero, me explicaba por qué debemos votar por Peñalosa y también por qué Petro es un alcalde inepto y tiene a la ciudad hecha una mierda. Estudia derecho, esa carrera de gente que cree saber más de lo que en verdad sabe y que fingen más de lo que en verdad pueden. Cuando le pregunté por cuánto tiempo llevaba viviendo aquí y me respondió que tres años, no pude más que levantarme y escupirle a la cara. Ese tipo de gente es el tipo de gente al que el bogotano llama provinciano. Y no es porque vengan de la ciudad de los narcos y de las putas, o del Tolima donde todos tienen cara de cerdos, o de Cali donde todas son guisas, no… es por la misma razón que lleva a Kundera a asegurar que un país como la República Checa cae en provincianismos frente al resto de Europa: la imposibilidad de amalgamar lo que son con la totalidad que los rodea para crecer y buscar su lugar en la cultura que, ellos mismos y solos, asumen como superior. ¿Por qué buscar el daño de sí mismo en el desprestigio de su propio espacio? Es como cagarse en la esquina de mi apartamento y luego acusar al conductor del bus que me lleva al trabajo por el hedor insoportable que acosa mi hogar.

Esa actitud de mi amiga (bueno, ya no creo que me quiera de amigo), abogada ya casi formada y cretina en potencia, no es solo idiosincrasia de ella y de la gente fea del Tolima. Ella, con todo lo pretenciosa y con toda el atrevimiento que le da la ignorancia, representa el talante del colombiano que habla de los otros colombianos por trivialidades como el color de su piel o por el bañarse o no bañarse, o por el tamaño del pene y del culo. Así mismo, representa al provinciano promedio que caga en donde come y desdeña de un alcalde a favor de otro sin conocer qué ha pasado en la cuidad en los últimos veinte años. Todos, de una u otra manera, somos provincianos. Seamos o no color rodilla, bailemos o no salsa, tengan o no padres, abuelos y bisabuelos bogotanos, como yo.

YO OPINO PORQUE OPINAR ES IMPORTANTE

Algunos meses atrás, uno de esos portales donde publica gente importante y famosísima de la red social más inteligente de toda la interné me hizo una invitación para tener una «columna de opinión» en sus parcelita digital. Me sentí halagado. ¿Yo, ¡todo un opinador!?, me dije con admiración mientras me miraba asombrado en el reflejo de la pantalla del computador. Me embargó una felicidad desconocida para mí: la felicidad de creer que mis opiniones respecto a cualquier tema podrían ser interesantes para un montón de gente que no conozco, y cuyo desconocimiento y falta de interés es recíproca.

      En los breves segundos que duró la emoción de parecerme a Obdulio Gaviria o a la niña esta «depordios» (guardando la distancia de amor a los animales), se me ocurrieron cinco mil temas de importancia capital para el sostenimiento del mundo. Temas que serían la envidia de Hunter Thompson, del mismísimo Foster Wallace cuando escribe Hablemos de Langostas; obvio, seguramente los versados en el difícil e incomprendido oficio periodístico, me dirán que ellos no hacían columna de opinión sino crónica, de un modo tan genial que inventaron una ruta por donde se copiaron los demás. El periodismo, siempre a la vanguardia de la novedad.

    El caso fue que estaba yo ahí, asombrado de mí mismo, sintiéndome genial, ambulando los tortuosos caminos de los temas fundamentales para la humanidad y de los cuales escribiría para gente vital en mi existencia, cuando recordé que en esencia soy pobre. Y pensé: una vaina tan difícil como escribir, debe ser remunerada en proporción. Pregunté a los directores del portal y ellos, muy corteses, me respondieron que era un ejercicio comunitario, de apoyo mutuo por construir un lugar para la opinión libre, opinión crítica, al margen de la institucionalidad dominada por intereses políticos y censuras morales y económicas. En resumen, la utopía que soñó Tomás Moro pero en términos de opinadero digital. Algo así como una comunidad jipi sesentera pero sin tanto pipí bamboleante y más bien palabras de libertad, opiniones tozudas y profundas: Mayo del 68 pero con buen diseño. En definitiva, eufemismo más, eufemismo menos, iba a regalar mi tiempo, mis palabras, mis temas fundamentales para la humanidad, solo por el regodeo solaz de poder decirle a mis «amiwis» del Twitter que tenía una columna de opinión, mientras mi texto generaba visitas al portal y yo seguía vendiendo mis libros para comprar cigarrillos. Una oportunidad cuyo desaprovechamiento sería una estupidez tan grande y profunda como mis temas.

     Luego, por alguna extraña razón, recordé que tenía un blog. Un blog cuyo tráfico, si bien no inmenso, sí es fiel en visitantes. Recordé que cuando solía subir mis cuentos aquí (cuentos de 8-15 páginas), había un número fijo de visitas y pues que leyeran o no, eso no importa para el periodismo New Age. VISITAS, eso es todo. Y me dije: Don Bruno, haga contracultura, abajo el opinoterrorismo, viva la libertad de morirme de hambre y de perder el tiempo escribiendo columnas de opinión donde solo gana WordPress por el tráfico. ¿Y por qué que gane WordPress (grandes terratenientes de las parcelas digitales) y no un portal nuevo, nativo, prometedor? Por una razón simple: porque no se me da la gana. Respuesta irrebatible.

     Con esta entrada, inauguro una nueva etapa de este blog. Abierto durante muchos años sin ningún fin, ahora tiene un fin: hablar la mierda que quiero y sobre los temas fundamentales en mi columna de opinión semanal donde haré lo mismo que hace todo el mundo con su columna de opinión: hablar mierda de nada y para nada y luego decir que fue muy importante para el mundo lo que un don nadie tenía para decir y que ustedes no me entienden porque la genialidad de un periodista de opinión se mide por la incapacidad natural de no poner una coma donde se le requiere sino de exigir un lector inteligente y ávido de recibir la buena opinión de quien se atreve a perder media hora de su vida escribiendo sandeces desgastantes e intrascendentes para la gente.

    Perdonarán ustedes mi falta de experticia en la opinadera. ¿Por qué escribir una columna de opinión? Mejor, ¿por qué no escribirla? Si todos la escriben, ¿qué lo detiene a usted? ¿Son sus sandeces de autoregodeo onanista narciso menos importantes que las de cualquiera? Este es un espacio abierto, si quiere yo también le abro su espacio y le dejo opinar. Quería hablarles de la mandinga afrocubana, pero decidí opinar sobre las columnas de opinión. Gracias por perder el tiempo. Esto es periodismo, ¡de opinión!, no espere buena ortografía… ni opinión verdadera.