THE OA, de indies para indies

Sé poco de televisión y casi lo mismo de lenguaje a audiovisual, fotografía, encuadres, luces y todas esas cosas que los eruditos del cine tienen tan en cuenta a la hora de posar meditabundos frente a la pantalla. Hasta hace poco me enteré de que la fotografía digital no era un artilugio de fotógrafos mediocres y de que hay gente que considera al cine un arte superior, por ejemplo, a la pintura o a la literatura. Esa es la razón de que vea series —y películas— como quien ve un partido de fútbol de dos equipos cuyos jugadores pagaron sus propios uniformes. Debo aclarar que el fútbol, como deporte, me parece bello; pero el fútbol, como plan de domingo, como plan de amigos, como método de mnemotecnia o pasión inútil, me es más bien indiferente y un poco estúpido. Habiendo tantas cosas inútiles a las cuales abocar los intereses, el fútbol —y el análisis profundo de los símbolos del cine «arte» y, ahora, las series «arte»— se me hace un desgaste fundamental del ocio, ese bien escaso en la posmodernidá. Sé con suficiencia el funcionamiento del fútbol para saber quién gana y qué es un fuera de lugar. Así como sé con suficiencia el funcionamiento de una estructura narrativa televisiva para entender quién es el protagonista y de qué va la historia. Dicho lo anterior, cabe arriesgar entonces que The OA es un partido de fútbol donde los jugadores pagaron sus propios uniformes, sus guayos (tacos o como sea que le llamen en su país) y fueron en bus a la cancha, pero ejercen la soberbia, la pretensión vacua y el narcisismo de quirófano de un CR7 que juega un fin de semana en el Real y el otro en el Barcelona.

The OA es, para eliminar el símil, una serie llena de discursos pretenciosos que apelan a un público pretencioso, bajo la lógica pretenciosa tan en boga en la sociedad actual de la posmodernidá y su fascinación por mercantilizar toda subjetividad. Si de algo carecemos, los contemporáneos, es de un artificio lo bastante simple para sentirnos en comunión con un ser superior; más desde que Dios murió y la iglesia cada vez pierde más fanáticos que gana el fútbol… y CR7 y Messi y sus feligreses que, domingo a domingo, siguen sus milagros en la cancha.

En The OA, Prairie (o The Original Angel, como ella misma se autodenomina), luego de regresar de un secuestro en donde, por un azar más milagroso que coherente con la historia, recuperó la vista, reúne a un grupo de marginados —a un grupo de clichés que nunca llegan a ser personajes sólidos— en torno a una narración llena de flashbacks y voces afectadas para dar sustento a la idea de que esa chica rubia, un tanto simple, mala actriz, es en realidad un ángel que ha descubierto el modo de moverse entre dimensiones. ¡Pero atención!, no es la teoría manida de la física cuántica sobre los universos paralelos, The OA (como se hace llamar Prairie) se ocupa de explicarnos en un capítulo que no es eso, sino «algo» mucho más profundo y no la simpleza de un mundo que se bifurca a la más nimia decisión.

¡Pero atención!, sin embargo, en otra capítulo nos dice que tal vez sí es así, pues porque ella, en esencia, no sabe qué eso de las dimensiones porque nunca ha podido ir. Aunque (¿y quiénes somos nosotros para cuestionarlo?, si el truco es ser crípticos, misteriosos, simbólicos, darle al televidente la posibilidad posmoderna de que entienda el final como se le venga en gana porque los finales cerrados son muy de discursos opresores y épocas monárquicas y cosas concretas y no de la maravillosa dilusión relativista del hoy en día) al final de la temporada podamos ver, o quizá no, a The OA viajando en una ambulancia como la barca de un Caronte interdimensional que la lleva, al fin, a la otra dimensión donde podrá encontrarse con su amor, Homer. Homero, en referencia estúpida por parte de los guionista al rapsoda griego, cuya aparición del libro de la Iliada se hace una excusa para hacerle creer al televidente eso que nadie había pensado desde el primer capítulo: que Prairie está loca.

Pero claro, no es una loca cualquiera. Es un loca que tiene sueños premonitorios y, vaya sorpresa —eso nunca se lo había inventado nadie en la historia del cine—, le sangra la nariz cuando tiene uno y eso, la sangre, es la marca distintiva entre un sueño cualquiera y un sueño que sí anticipa el futuro… un futuro, no se lo van a creer, que tampoco es claro porque a The OA, más por un recurso simple del guion, solo le son claras las premoniciones cuando ya es tarde para hacer algo. Ha de ser la condena de los ángeles, algo parecida a la de la Kasandra griega, de no entender nada sino cuando ya vale mierda.

Uno podría decir que hasta ahí The OA podría parecer hasta una serie interesante, mal escrita, pero interesante. No obstante, es evidente su necesidad de posar de muy compleja y simbólica. Su intención básica de confundir con un guion que se sostiene demasiado en el truco mágico de la revelación final. Es seguro que sin ese «enigma» a descubrir, la mayoría de sus televidentes no pasarían de veinte minutos del primer capítulo. The OA es una serie lenta que se toma demasiado tiempo en mostrar un montón de personajes como figuritas de cartón: planos, insípidos, clichesudos, comunes. Para ejemplificar esto, cabe describir al grupo de marginados que «salva» Prairie (The OA) en unas reuniones que más parecen un grupo de apoyo cristianobudista para alcohólicos. Está el abusón escolar al que odian sus papás y llevaran a una academia militar, la niña travesti que ahora es un niño rechazado por su condición novedosísima a los 12 años, el latino esforzado que quiere llegar lejos pero que, tararán, también es un drogo pacato con una mamá desalmada y borracha, la gorda triste, vieja, frustrada, solitaria, romántica y, por último, pero no menos cliché, el gordito bonachón cuya mamá se suicidó y vive solo con una hermana conflictiva. Cada uno de ellos, además de ser soso, es usado por los guionistas (la misma actriz) para poner en boca de los televidentes la opinión polémica y los discursos polémicos, que transmitan un mensaje social, que salven a alguien… solo faltó un adoptador de perros, o que Prairie fuera una vegana comprometida con la salvación de las anguilas abisales del pacífico sur, para hacer más desastroso el abuso de discursos relativizadores cuya pretensión es la de dar a quienes ven, la ilusión de que la muerte de Dios, los vacíos metafísicos, la soledad infinita de los contemporáneos, se colma fácilmente si solo crees en ángeles, en mundos más allá de la muerte donde maestros ancestrales (en la serie están bien estereotipados como nativos americanos) te regalan la sabiduría sanadora para que vuelvas al mundo y armes un ballet Tai Chi con tus amiwis los secuestrados.

Para acabar, porque ya me aburrí y creo que ustedes también, The OA es una serie hecha para tener éxito en esta época rebosante de Crossfiteros de ropa deportiva, veganos de evangelización, budistas de supermercado, expertos en ángeles, en el horóscopo y en el tarot, o de reguladores hidráulicos de las energías Reiki, o de coreógrafos del alma con sus pasitos de danza contemporánea que, además, tienen la ventaja de rejuvenecerte. The OA es una serie plagada de tonterías que quieren parecer fundamentales para descifrar la condición humana; pero que solo se quedan en un teatro de sombras y en erigir una estatua audiovisual a toda esa gente que cree que la respuesta a lo malo y a lo bueno está en un lugar encima de nosotros donde solo llegamos con estupideces «milenarias» y «ancestrales»… Y, lo más importante, con bailes de Tai chi que reviven muertos siempre y cuando se hagan en una prisión de cristal, luego de decepcionarnos de la novedad de que los seres humanos actuamos como seres humanos.

¿Si es una cuestión de género?

I

Hay mujeres que cumplen su rol de amas de casa, que lavan baños, trapean, cepillan los gatos y sirven la comida a su esposo cuando regresa del trabajo sin ver en eso un detrimento a su dignidad uterina sino, más bien, una forma de mantener la díada mística que significa compartir una casa y unos gatos lindos con un hombre quien, a su vez,  sale a las seis de la mañana para un trabajo que,  seguramente, detesta sólo para tener cómo pagar un domicilio el fin de semana y ofrecer para ambos un día de descanso en la agitada vida laboral mutua. Ese hombre no se va pensando que en su casa se queda una zángana babeando a pierna suelta mientras él se apretuja en un bus y se agobia en la búsqueda de una entr extra para llevar a su chica de vacaciones a  Holanda y echarse unos porros en un café de esos, solo por el placer de sentir la emoción de la ilegalidad legitimada. Él se va pensando que la quiere, que la escogió a ella entre otras muchas, mejores o peores, da igual. Que trabajar no es un rol a jugar en el teatro de la vida en pareja, sino sólo algo que toca hacer si se quiere pagar un arriendo y tener muebles y tres gatos y un helado de chocolate y nuez de macadamia el domingo antes de entrar a cine. Su compañera tampoco cree que lavar los baños o servir la comida a su esposo esté mediado por una obligación impuesta por un sistema que, sabrán los historiadores por qué, ha dicho que las labores del hogar son la escala más baja del mercado laboral, allí donde el narcisismo humano, porque la mujeres son seres humanos antes que mujeres, susurra la miseria y la disminución que es fregar un piso o meter la ropa en el armario. Esa pareja de la que les hablo es, lejos de lo que dice la publicidad victimizadora de la mujer, el modelo más típico; aún hoy, en días de millenials e ideologías truncas y anacrónicas, las relaciones heteronormadas siguen la lógica ancestral y natural de la supervivencia de la especie.

¿Se aman los personajes de mi historia? Es posible, quizá no, no importa. Lo que sí es claro es que saben estar uno con el otro, en el otro. Lo consiguen porque ninguno busca ejercer una supremacía sobre su compañero. Él no dice: es hora de trabajar porque yo no quiero vagas y mantenidas en esta casa, ni la manda a dormir al sofá porque le está costando encontrar un trabajo ni le dice que es poca mujer por no proveer de dinero el hogar. Del mismo modo, ella no le siembra la sartén en la frente cada vez que él se demora diez minutos hablando en el pasillo de su oficina, tampoco le grita pareces un prostituto con esa camiseta de fútbol pegada y la pantaloneta que te abulta las nalgas, menos le dice que está gordo y que el señor de la tienda tiene el paquete más grande para luego ir a comerse al de la tienda y culparlo a él por su apariencia física.

Ella no quiere someterlo ni él que ella sea su sirvienta. Ella no dice que él estacosa y él no dice que ella talotracosa. No lo dicen en esencia porque cada uno sabe que su función no es un yugo impuesto por el otro sino parte constitutiva de esa relación fundada, en principio, en el amor. Si llegara el caso de que él debiera ocuparse de la casa y ella de proveer de dinero para el hogar, se presupondría que él estaría en condiciones de responder por los baños, la trapeada, los gatos y la comida de una manera igual a cómo ella lo hacía. Asimismo, ella estaría en condiciones de generar un ingreso igual o superior al de su compañero que permitiera el buen funcionamiento de la economía casera.

Es en este punto donde una feminista podría encontrar el vacío en mi discurso. Si yo fuera feminista refutaría lo anterior con dos argumentos simples: la idea (fantasmagórica) de la inequidad salarial y la educación machista que reciben los hombres de sus mamis y que los convierte en completos inútiles para labores. Respecto a la primera habría que entender que los salarios no dependen del sexo sino de un arbitrio de quien los tasa en una compañía. Hay hombres a quienes les pagan menos que a otros hombres con estudios “iguales” (dos vidas académicas y laborales nunca serán iguales).

Un novio que tuve hace algunos años, para su primer trabajo como profesor de un colegio, recibió el salario más bajo que pagaba la institución. Sus compañeros,  del mismo departamento de matemáticas, tenían asignaciones salariales dispares. Tasadas, y pactadas, al momento de la contratación a través de una negociación con el gerente del colegio. Según me contó él, el único que contaba con estudios de maestría dentro del departamento era un compañero que desempeñaba una función similar: profesor de grados cuarto, quinto y sexto; los mismos a los cuales daba mi (ex) novio  (R., de aquí en adelante) quien solo había cursado el pregrado. El profesor con maestría no ganaba más que R. No porque R. fuera mejor o peor trabajador, sino sólo porque supo venderse mejor al momento de la entrevista y negoció un salario acorde con su capacidad para mostrarse indispensable para el cargo. El colegio, perteneciente a una comunidad religiosa, vedaba el ingreso de mujeres a los cargos de profesoras. Se regía por una filosofía decimonónica: los hombres son educados por hombres y las mujeres por mujeres. Toda mujer que enviara una hoja de vida al colegio era remitida a su gemelo femenino donde, de igual modo, solo trabajaban mujeres educando a mujeres. No entraré a cuestionar la condición anacrónica del modelo educativo, no es importante para lo que nos interesa aquí. El jefe del departamento, cuyos estudios sólo llegaban al pregrado, ganaba cinco veces más que los profesores que tenía a cargo. La razón de que el colegio pagara más a él, que por ejemplo a su subalterno con estudios de posgrado, era el tiempo que llevaba como empleado del colegio: más mas de 30 años. La discusión de los salarios, su disparidad, no se daba nunca; por más que R. creyera merecer más que algunos sus compañeros, a quienes consideraba menos capaces, más perezosos, malos profesores. Había entre el grupo profesores que ganaban mucho más que R. (sean cuales sean sus capacidades), pero no tanto como el jefe que era el profesor mejor pago en toda la institución. La discusión no existía porque nadie entraba el condición paranoide de la discriminación,tan común entre minorías y feministas. A ninguno de los profesores, de ningún departamento, se le ocurría suponer que la inequidad salarial fuera motivada por la estatura: enanos ganaban menos, altos el doble; por el vehículo para transportarse: las motos menos en relación a carros y los carros de acuerdo a la gama; por la universidad donde cursaron sus estudios: públicas menos que privadas; en fin, las paranoías pueden adjudicarse a múltiples variables. Teniendo en cuenta que sólo trabajaban hombres, era poco probable que los salarios fueran designados en proporción inversa al número de agujeros. La homogeneidad masculina anulaba por completo la posibilidad de que R. fuera tasado a lo mínimo por su útero, el cual, doy fe, no tenía. El ejemplo sirve, de modo somero, para ilustrar qué implicaciones hay en la llamada inequidad salarial. Las mujeres (quizá solo valga hablar de quienes evangelizan sobre feminismo) elaboran una discriminación sustentada en una paranoia dictada, no solo por una tradición que excluía a la mujer del sistema laboral (al menos así fue hasta II guerra mundial), sino también por el sinnúmero de discursos autoflagelantes, autovictimazantes, que llenan las universidades con banderas de lucha por derechos, entre los que se incluyen el aborto sin consecuencias punibles(?), la libertad sexual(?) y, obviamente, la inequidad salarial.

En la segunda parte, tocaré el tema de los hombres educados por sus mamis en la idea de la mujer como sirivienta y de las patas en el sofá viendo fútbol. La mujer-mamá, la mujer mamá-erótica y el sustento machista (evidente) en los discursos normalizados de género y roles de obligación y no de amor. En esa parte, cerraré la idea general del texto. Gracias.

Texto enviado a mi cuenta de Twitter para ser publicado de manera anónima. La escritora es una mujer que leerá sus comentarios en mi cuenta de Twitter. @Bruno_kaz

Los reencuentros

Anoche llamó Silvana. Ya sabes quién es. Me dijo que aún me quería. Aún, qué curiosa palabra. Ya sabes, nuestro amor no fue más que una promesa. Un amor como un coito sin orgasmo, como un beso sin memoria, como una verdad a medias. Me quedé en silencio en el teléfono. Miraba afuera, a través de la ventana, una noche muy clara. En el cielo había muchas estrellas y las luces de las casas ya estaban todas apagadas. El ladrido de un perro. Un grito de mujer. ¿Placer? ¿Dolor? No había cómo saberlo. Pensaba en ti, en los últimos días. Tu mano jugueteando con la mía esa noche en el bar. Tocándonos para que nadie viera que nos tocábamos y tuviéramos que oír las preguntas, los asombros, las dudas de tocarse cuando el desamor, antes, ya nos había cortado las manos. Nadie cree en los recomienzos. Es normal, lo muerto no debe regresar. Lo muerto, cuando reaparece, solo desordena la vida. Culpar a los otros del miedo que tú y yo buscamos no aceptar no hace menos tortuosos los dolores del pasado.  El autoengaño sirve, es cierto, pero el miedo pesa más.

¿Sigues ahí?

Sí, mentí.

Un miércoles te vi en la acera de enfrente. Ibas con tus manos al aire, tu ajuar de hacer ejercicio y una maleta gris colgada del hombro. Sonreías bajo el sol del medio día con el gesto de los felices imbuidos en el recuerdo o en la expectativa. Viéndote con más atención, era fácil ver, para mí que te conocí mucho, que tu sonrisa era más mentira que las mentiras a la cuales acabé por acostumbrarme contigo. No quería llamar tu atención a gritos. Hice lo de otras veces: te vi pasar. Te seguí con la mirada hasta que doblaste en la esquina, camino a la estación, y despareciste con el pelo negro al viento, como seguida por anguilas echando chispazos eléctricos en el reflejo del sol. No, no creas que te perseguía. Nunca lo hice aunque tú asegures que sí solo porque una vez creíste ver a un tipo que se parecía a mí vigilándote desde atrás de un poste y no fuiste capaz de reconocer que no era yo, sino la culpa hecha espejismo, la culpa de ir con otro cuando decías estar conmigo.

Muchas veces te he visto pasar. Tenemos el infortunio de que la ciudad haya puesto las universidades en el mismo sector. Tenemos la trágica coincidencia de tú aprender en una y yo enseñar en otra. Las dos que más contiguas están. Te he visto parada bajo la sombrilla del café hablando con tus amigos: una niña flaca alta y un chico con una expansión en el lóbulo de la oreja izquierda. ¿Es la derecha o la izquierda la marca de gay? Te he visto comer de ese helado barato que comíamos juntos sentada en la banca de cemento frente al parque donde patinan los que no van a clases. Te he visto salir sudando del gimnasio de tu universidad soñando con lamerte en medio de las tetas, en medio de las piernas. Ya sabes cuánto me gustaba lamerte el cuerpo luego de lamerte el cuerpo y de hacerte el amor. Ninguna de esas veces te hablé o te llamé a gritos desde donde yo solo te veía pasar. A veces escondía el maletín porque creía que a la distancia podrías reconocerlo. Tú me lo regalaste, era lo más lógico. Pero no, no fue lógico. Hace unos días me dijiste que sí me habías visto. Que nunca me hablaste porque creías que te había mandado al séptimo círculo de mi infierno. Una referencia a Dante, aunque sé que nunca has leído a Dante. O quizá lo leíste cuando yo no tenía cómo darme cuenta de que lo leías y tampoco podía explicarte, como antes, cuando leías conmigo y yo te contaba y te explicaba y te enseñaba y sonreíamos y me mirabas con una lucecita azul en tus ojos negros y me decías, después de un beso, que amabas aprender tanto conmigo. Ha de ser puro vicio de profesor, te respondía yo. Un poco en serio, un poco en broma. Me gustaba, mucho, enseñarte. Más, supongo, verme en tus ojos, más grande de lo que soy.

Ese miércoles, hecha de nuevo un recuerdo en la otra acera, comencé a caminar hacia la misma estación. Pero por el lado opuesto, al final del túnel que conecta ambos vagones por debajo de la avenida principal. Iba pensando en tu sonrisa impostada y en a quién debías mentirle en una acera donde todos son menos que sombras. Iba pensando en que habían pasado ya dos años desde la última vez que oí tu voz; en que también yo era entonces otra sombra oculta en el tapiz de oscuridad de una ciudad grande y anónima. Iba pensando en ti, como siempre, como todos los días desde que te fuiste y tuve que aprender a meter la mano en los bolsillos para no sentirla tan inútil al final de un brazo que ya no tomabas y que no tomarías más. Iba, sin más, para cualquier parte; a la mentira de vivir sentado en el mismo lugar inventándome una vida feliz aunque estuviera solo, a diario tomando café y leyendo un libro y escribiendo en un cuaderno cartas como esta que nunca leerías porque no te las iba a dar, porque no las merecías, porque era más útil el soliloquio, las palabras como piedras en el agua. Y me viste. Tú antes que yo. Haciendo inevitable el intercambio fútil de palabras corteses, de frases estúpidas con las cuales apaciguamos la memoria de conocernos no solo los recovecos del cuerpo sino también los espacios dañinos, los ruidos blancos, las lágrimas y los miedos.

Tu olor llegó primero que tu voz. Era el olor de la playa cuando yo era niño. Era un olor verde. Un olor como los viajes en la carretera cuando abres las ventanas del carro para que el viento te despeine y vas cantando una canción a gritos sin miedo al ridículo, al cobijo del ruido del motor y del que hace el viento cuando va rápido y es un silbido largo y sostenido que acaba por dejarte un poco sordo. Después llegó tu sonrisa con los ojos entrecerrados; tu mirada que parecía ser de alegría sincera. Me diste un beso en la mejilla dudando si debías abrazarme o no. En tu cara la duda parecía más profunda de la que provocaría la simpleza de dar un abrazo. Creí que, tal como me estaba pasando a mí, la memoria del tacto de nuestros cuerpos desnudos irrumpía para cohibirnos del deseo, en ese instante imposible de resolver. No sé si tú lo pensaste, no sé cuál era tu duda. Sé lo que vi. Si ahora te cuento esto, aunque estuvieras ahí conmigo, no es porque crea que tu memoria (selectiva según la conveniencia) esté fallando o porque te crea estúpida o porque yo esté loco, como solías decirme cuando mentías y yo intentaba, como un imbécil, explicarte cómo me había dado cuenta de tu engaño. Las versiones nunca son las mismas, es verdad; no lo son porque el corazón distorsiona la realidad y es factible, sin duda, que no olieras a lo que yo digo que olías. Que no sonrieras como creí que sonreíste. Que tu felicidad de encontrarnos después de tanto tiempo haya sido solo una fantasmagoría de la mía. O que la duda del abrazo, el deseo atrás de ella, haya sido solo mi miedo a no saber qué decir y preferir un artilugio táctil, útil para levantar una polvareda en medio de la cual las palabras no fueran necesarias porque antes de hablar yo ya habría hecho mi pase mágico y habría saltado por la puerta hacia la avenida y a la carrera ahí para abajo. Sí, lo sé, habría sido estúpido. Y no mentiré diciendo que fue la estupidez la razón de que te dijera, sin pensarlo mucho, que estabas hermosa y te había extrañado mucho.

¡¿En serio?!  También yo te he extrañado… te he extrañado muchísimo.

Eso bastó. El cuerpo se me partió a la mitad. Pude oír el ruido húmedo que hacían mis órganos cayendo uno a uno sobre el suelo metálico de la estación. Pude oír el silencio denso que llena los espacios cuando van vaciándose de objetos y no queda más que la nada para ocupar. Dentro de mí no había más que un oleaje, un ir y venir, un vaivén de un mar que no era mar sino mercurio. Trastabillé. Las palabras se me apretujaban en la garganta entrapándome la lengua. Una sensación que me recordó ese día, hacía varios años, cuando viéndote cantar con puras palabras incompletas una canción que no te sabías, entendí que te me habías hecho indispensable para ser feliz, que tu ausencia significaba la tristeza, que estaba desbocadamente enamorado de ti.

Podemos salir. Intentarlo de nuevo.

Ya estábamos tomando café. Sentados muy juntos en un sofá mientras sonaba una canción en inglés que tú cantabas, ahora sí con las palabras completas, en medio de tus peticiones por una segunda oportunidad para ver cómo era que era cuando los amores muertos volvían como zombis y te devoraban el cerebro.

No sé, dije yo. No sé porque te tengo miedo, no dije yo.

Sin embargo, el no sé fue insuficiente para autoconvencerme de que en realidad era un no sé que yo sabía de sobra era un Sí, a gritos, saltando de felicidad, anulando el raciocinio.

Una semana después te lamía el esternón y entre las piernas.

Un mes después mi bolsillo tuvo que superar la pérdida de su mano querida que lo había abandonado por tu mano.

Dos meses después llamó Silvana.

Sabes que te quiero, sé que lo sabes. También sé que entenderás, como entendí yo cuando tú me abandonaste por alguien más, que cuando llega la hora de romper el corazón no hacerlo es más doloroso. Silvana dijo que venía a la ciudad, esta vez para quedarse a vivir.

También te quiero, le respondí a Silvana. También quiero que estemos juntos, le afirmé.

No estés triste, quizá también un día, con buena suerte, nos encontremos en una estación y sea yo ahora quien te pida volverlo a intentar. Quizá también tú sientas cómo vas siendo solo un vacío de silencio. Intentaré no desordenarte la vida, si es que acaso vuelvo a buscarte.

 

Arturo.

Cuelga tú

Genrus

—¿Cómo es que pasabas horas al teléfono con ella, papá? ¿No que en los teléfonos antiguos no se podía escribir ni mandar fotos?

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Recuerdo la vez que mis hijas me preguntaron con extrañeza que qué quería decir eso de «cuelga» (el teléfono). Les tuve que explicar que yo viví en una época en la que no sólo los aparatos, sino todo el fenómeno de las telecomunicaciones era un poco diferente. Y que elegimos quedarnos con ciertos hábitos y ciertos verbos más por apego que por costumbre.

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LA SONATA A KREUTZER

Decía Hammett que solo por dos razones se comete homicidio: amor y dinero. Muchas veces por el segundo en función del primero o por el primero en ausencia del segundo.Y aunque la novela de Tolstói no es —bajo ningún precepto de la norma crítica— una novela policíaca, sí es la historia de un asesinato. En sentido estricto, la historia de un feminicidio.

La sonata Kreutzer.jpga Kreutzer sería un gran ejemplo de eso que el discurso feminista balbucea como piso epistemológico; a saber, que los hombres matan a sus esposas, a sus mujeres (y a las ajenas) cuando las aman tanto como Judas a Jesús.  En ella encontrarían páginas enteras para mover la cabeza indignadas y para lanzar el libro contra la pared mientras profieren arengas en contra de La Historia, de la maldad intrínseca de lo masculino, de la sumisión, del sometimiento y eso que desde los griegos ya era la regla para el funcionamiento de la polis: la mujer reducida a ser «perra de cría»… como tan dulcemente las llamaba Aristóteles.

La historia de un feminicidio contada por un misógino de la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX. Un misógino perteneciente a la nobleza y que, muy a pesar de Tólstoi, en su discurso trasluce más del fervor cristiano de su autor que un pensamiento suyo, propio, como personaje de ficción.

El narrador-personaje, en un monólogo de 170 páginas, nos cuenta los detalles que lo llevaron a asesinar a su esposa. Discurre por ellos atento a reproducir el discurso del cristianismo que, es por todos sabido, es el principio para un perfecto y bien llevado odio a la mujer. No en vano Eva destruyó el paraíso. No en vano, como cita Tólstoi en boca de su personaje: «Aquel que mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio. No solo a una mujer cualquiera, a su propia mujer.» (Pág. 166)

Pudo ser una gran novela de un misógino decepcionado de las mujeres y sus futilidades. Al contrario, es una novela sobre los vicios del amor cuando están distantes de la norma de Dios, es decir, cuando no se permite al amor «pervertirse» por el placer sensual que tanto preocupa a la religión, siempre ávida de negar el cuerpo en función del alma y de castrar el deseo a favor de la sumisión femenina.

Si quiere una novela llevada con la fluidez y la intriga de las novelas por entregas, La sonata a Kreutzer es su novela. No obstante, si es usted una feminista acérrima, católica, apostólica y romana puede encontrarse con un discurso enturbiado por un Tolstói muy preocupado de moralizar a sus lectores, y al amor de su tiempo, bajo la norma del  cristianismo ortodoxo.

Tolstói, L. La sonata Kreutzer. Editorial Bruguera. 1973.

EL SOBRINO DE WITTGENSTEIN

bernhardNo sé cuánta música de Bach sea necesario escuchar para decir lo que diré. No creo, siquiera, que yo mismo tenga la capacidad de escuchar a Bach con la experticia suficiente para aseverar que Bernhard me recordó a una de sus suites. No sé, en definitiva, cuáles fueron las razones de que mientras leía esta novela imaginara un chelo asmático y un piano escindido buscando bailar a la vista de gente importantísima. Puede ser, se me ocurre, una reminiscencia a esa otra gran novela del austriaco: El Malogrado; en la cual, Glenn Gloud reincide (si es que cabe esa palabra) con vehemencia autista en Las variaciones Goldberg, de Bach. Es probable, aunque también no.

La prosa de Bernhard es cortante, dura y reiterativa como una suite de Bach. Es inevitable ir pensando en Kafka, en Walser o en Cannetti cuanto más va uno adentrándose en una historia cuya historia es más un subterfugio, una excusa para la música y la indignidad de «ser alguien»: Thomas y Paul; uno escritor y el otro sobrino de un filósofo encumbrado y demente; el primero hastiado de «lo literario» y el otro heredero de la locura. Cada uno, en el otro —con el otro—, escapando del mundo a través del silencio consensuado o de largas conversaciones en torno a la sinfonía Haffner de Mozart, por ejemplo.

Si digo Kafka y Walser como evocaciones al leer a Bernhard es porque parece que hay algo en la literatura centroeuropea que trasciende la andanada de acontecimientos y cae, indefectible, en el alejamiento; en un mirar desde arriba —desde quién sabe dónde— a personajes condenados al soliloquio de la sinrazón razonada. En El sobrino de Wittgenstein los temas aparecen como una música que se alterna, se combina, se avallasa y se niega a (en) sí misma. Si lo leen, antes escuchen mucho a Bach… a Mozart, a Beethoven.

«En los últimos meses de su vida evité a mi amigo de una forma totalmente consciente, por un bajo instinto de conservación, lo que no me perdono. Lo veía desde el otro lado de la calle, como a alguien que hace ya tiempo ha sido borrado del mundo, pero que sin embargo se ve obligado todavía a estar en él, que no pertenecía ya a él pero tenía que estar aún en él. De sus brazos escuálidos colgaban grotesca, grotescamente, redes de la compra, en las que llevaba la verdura y la fruta que se había comprado y que arrastraba hasta casa, como es natural siempre con miedo de que alguien pudiera verlo en toda su miseria y pobreza y preocuparse por ello, pero quizá era también la razón igualmente penosa para mí de querer protegerlo la que hacía que no le hablase, no sé si era mi miedo de aquel que, en realidad, era ya la muerte misma o mi deseo de evitarle un encuentro conmigo, que todavía no tenía que pasar lo que él, probablemente las dos cosas. Lo observaba y me avergonzaba al mismo tiempo. 

»Porque sentía como una vergüenza no estar aún en las últimas, mientras que mi amigo lo estaba ya. No tengo buen carácter. Sencillamente, no soy buena persona. Me aparté de mi amigo lo mismo que sus otros amigos, porque, como ellos, quería apartarme de la muerte. Temía enfrentarme con la muerte. Porque todo en mi amigo era ya la muerte.»

Bernhard, Thomas. El sobrino de Wittgenstein. Anagrama. 2006.

EL DESAYUNO DE LOS CAMPEONES

DESAYUNOHace unos días me encontré con un amigo cuyo criterio en cuestiones de libros respeto mucho. Él me dijo, mostrándome los dedos de su mano, que había tres escritores de ciencia ficción que idolatraba: el primero era Philip K. Dick; el segundo, Cornell Woolrich, más conocido como William Irish; y el último, Kurt Vonnegut. He leído a Dick y comparto la admiración. De Woolrich, hasta ese momento oí hablar. De Vonnegut he leído dos novelas y, aunque ahí no se lo dije porque no había terminado esta novela, no creo que esté a la altura de un Dick, por ejemplo, o al menos yo no lo metería en mi top tres de nada.

La novela es divertida, hace sonreír y de vez en vez hasta puede uno caer en una carcajada corta. Más allá de que por partes la haya sentido un tanto inconsecuente y tediosa, más por la forma en la que están construidos los párrafos y por el exceso de polisíndenton que me exasperaba, disfruté mucho los argumentos de las novelas escritas (y no escritas) por Kilgore Trout, personaje que usa Philboyd Studge, para contar la historia.

Hay que sumarle que se torna interesante el modo en que Vonnegut parece hilar un montón de gags, más propios de un cine actualmente en desuso, para contar una historia con tintes de fábula para niños extraterrestres. La tierra, su funcionamiento y sus trivialidades, explicados con dibujos cada tantas párrafos para el deleite de unos niños de un mundo distante que, quizá un día cuando ya todo esto no sea más que ruina, encontrarán en El desayuno de los campeones un modo de entender muy bien qué clase de cosas pasaban con las personas que vivieron aquí.

Eso sí, es probable que se encuentren con una novela llena de digresiones, irrupciones y microrrelatos que a la vez que trastocan la línea argumental también nutren el relato central. Una novela genial y divertida que a mí, personalmente, no me gustó lo suficiente para poner en mi top tres de nada.

Y es que tengo un método de medir cuánto me gustó un libro: el número de subrayados que le haga… y en este, no tengo uno solo.

Vonnegut, Kurt. El desayuno de los campeones. Anagrama. 1999.