SUICIDIOS EJEMPLARES

Voy a intentar hacer un comentario a todo libro que vaya leyendo. Será algo corto, sin pretensiones teóricas ni de ningún tipo. Solo un comentario, para que ustedes, si quieren y les anima, le echen también una leída al libro y me compartan sus impresiones en los comentarios. Hoy, para empezar: Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

vilaHe tenido una relación amor-odio con Vila-Matas. Muchos de sus libros me exasperan por lentos y por estar llenos de alusiones a otros autores (en algunas oportunidades con párrafos enteros, textuales y carentes de cita). Sin embargo, este libro es una gran compilación de cuentos. Aún me cuesta ver al español como cuentista, más cuando cada una de las historias que aparece en Suicidios ejemplares son solo eso: una historia, un cuento en el sentido más esencial de la palabra. Hay en el primer relato, Muerte por Saudade, una referencia a un poeta portugués al que dedica gran parte de su libro Extrañas notas de laboratorio; alusión que, no obstante, no adopta ese mismo tono distante y parafraseador que tanto me incomoda en sus novelas.

Un gran libro. Un libro para gente que le gusta escribir, como (desde mi perspectiva) es casi todo lo que escribe Vila-Matas. La diferencia con sus novelas: en este libro hay cierta libertad representada en historias sólidas que no se difuminan para dar prelación a esa espiral de envanecimiento a la que parecen condenados todos los personajes de sus novelas. Espiral que no está ni siquiera en un cuento que, por el título, su presencia parecería obligatoria: El arte de desaparecer.

«(…) De pronto, una noche, muertos ya todos, Anatol comprendió que estaba solo, completamente solo en el mundo, y notó esa sensación de extravío que se siente cuando, en el camino, nos volvemos atrás y vemos el trecho recorrido, la vía indiferente que se pierde en el horizonte que ya no es nuestro. (…) que era cierto eso de que cada hombre lleva escrita en la propia sangre la fidelidad de una voz y no hace más que obedecerla.»

De El arte de desaparecer.

Enrique Vila-Matas, Suicidos ejemplares. Editorial Anagrama. 2000

Anuncios

Un perro y Una pistola

La primera vez que pisé Montreal tenía catorce años y no sabía una mierda de nada. Inexplicablemente me hice amigo de un vago que aguardaba afuera de una concurrida plaza del centro; nunca supe su nombre y apenas de él me acuerdo. Junto a él y a su perro me bebí mi primer cerveza, vi por primera vez como lucía la marihuana y otras cosas que ahora no vienen al caso. Entonces un día como hoy recuerdo cuando me dijo que todo lo que un hombre necesitaba era un arma y un perro. Y cuántos años pasaron para que yo por fin pudiera entenderlo.

Álvaro (@perroromantico)

Abusando de las letras de Álvaro, un mexicano radicado en Canadá, les copio esto que vale la pena leer. Si vienes por acá, es un homenaje de identificación.

Los Verdaderos Detectives Salvajes (Quién es quién)

Personalmente, no soy muy adepto al chileno, aunque sólo he leído el libro en mención para esta entrada. Como sé que ustedes sí son lectores asiduos de la obra de chileno, les dejo esto que me encontré por ahí. Espero le sirva para leer o releer. 

detectivesGuía para saber quién es quién
en Los detectives salvajes

     Esta relación ha sido preparada por José Vicente Anaya y Heriberto Yépez. Se agradecería cualquier corrección, adición o sugerencia. Su único afán es promover la mayor comprensión del movimiento infra.

Juan García Madero tiene elementos de Juan Esteban Harrington y de Roberto Bolaño, aunque en la novela se dice que es mexicano y vive con sus tíos, lo que no corresponde a los chilenos.
Arturo Belano es Roberto Bolaño.
Julio César Álamo o “el poeta campesino” es Juan Bañuelos.
Ulises Lima es Mario Santiago.
Cesárea Tinajero está inspirada en Concha Urquiza.
Ernesto San Epifanio es Darío Galicia.
Rafael Barrios es Rubén Medina.
Jacinto Requena es José Peguero.
Felipe Müller es Bruno Montané.
Pancho Rodríguez es Ramón Méndez.
Moctezuma Rodríguez es Cuauhtémoc Méndez.
Angélica Font es Vera Larrosa (Vera ganó el “Premio de Poesía Diana Toscano”; en la novela se dice que Angélica ganó el “Premio de Poesía Laura Damián”).
María Font es Mara Larrosa.
Joaquín Font es Manolo Larrosa (arquitecto, padre de Vera y Mara).
Bárbara Patterson es Jan (amiga de Víctor Zamudio, es de San Diego, California; hija de un importante académico de la UCSD; se casó con Rubén Medina, razón por la que éste emigró a los EEUU y ahora es un Ph.D. y maestro en la Universidad de Wisconsin).
“Piel Divina” es apodo real de Jorge Hernández, actor y performancero. Ahora vive en París.
Laura Jáuregui es Lisa Johnson (fue novia de Bolaño; ahora es prestigiada bióloga, investigadora en la UNAM).
Xóchitl García es Guadalupe Ochoa.
Fabio Ernesto Logiacomo es Jorge Boccanera (poeta argentino que vivió en México, trabajó en la redacción de la revista Plural después de que la dejó Octavio Paz y la tomó Jaime Labastida).
Juis Sebastián Rosado es José Joaquín Blanco.
Amadeo Salvatierra puede ser Rodolfo Zanabria (aunque éste fue pintor y no escritor) y una figura relacionada con el estridentismo.
En la novela: «…uno al que decían el Cojo, un poeta de más de treinta años, un alcohólico…» es Orlando Guillén.
Auxilio Lacouture es Alcira (poeta uruguaya que vivió muchos años en México, se quedó en ciudad universitaria en 1968, encerrada en unos sanitarios, todo el tiempo que los militares tuvieron tomada la Universidad).
Lisandro Morales es Lautaro (argentino dueño de la Editorial Extemporáneos, la que publicó Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego).
Vargas Prado es José Donoso Pareja, poeta ecuatoriano, fue editor en la Editorial Extemporáneos).
Roberto Rosas es José Rosas Ribeyro (poeta peruano).
Claudia (de la que habla “Norman Bolzman, en Tel-Aviv”) es Claudia Kerlik (amor romántico imposible de Mario Santiago, que viajó a Israel buscándola. Actualmente Kerlik es catedrática de literatura en la UAM).
José “Zopilote” Colina es José de la Colina.
En la novela dice: «…uno de los pinches ahijados de Ernesto Cardenal» es el poeta nicaragüense Julio Valle, que vivió en México.
Pancracio Montesol es Augusto Monterroso.
Pere Ordóñez se basa en Pere Gimferrer.

Publicado en la revista Replicante (México, nº 9, Año III, noviembre 2006 – enero 2007)

     Nota de El Coloquio de los Perros: nuestro redactor José Óscar López apunta que en las páginas 468-469 de Los detectives salvajes (Anagrama, 1998) Arturo Belano se bate en duelo con otro personaje. Cabe la posibilidad de que se trate de Ignacio Echevarría, crítico literario y albacea de Roberto Bolaño

http://www.elcoloquiodelosperros.net/numeroinfra/infguia.htm

Las Partículas Elementales

Damián_imagen_2Por lo general, la primera reacción de un animal frustrado es intentar alcanzar su objetivo con más fuerza que antes. Por ejemplo, una gallina hambrienta (Gallus Domesticus) a la que un cercado de alambre le impide llegar a la comida, hará unos esfuerzos cada vez más frenéticos por atravesar el cercado. Sin embargo, otro comportamiento sin objetivo aparente, sustituirá poco a poco al primero. Las palomas (Columba Livia) picotean el suelo sin parar cuando no pueden conseguir el codiciado alimento, aunque en el suelo no haya nada comestible. Y no sólo picotean de ese modo indiscriminado, sino que a menudo se alisan las plumas: esa conducta tan fuera de lugar, frecuente en las situaciones que implican frustración o conflicto, se llama conducta sustitutiva. A principios de 1986, poco después de cumplir treinta años, Bruno empezó a escribir.

Michel Houelllebecq

Monstruos y Rarezas: Máximo, el emperador más GRANDE de Roma.

Es de humanos la morbosidad y la atracción por todo lo que nos parece grotesco y extraño. Los noticieros lo saben muy bien, el periodismo en general, conoce los efectos que las lágrimas, las amputaciones y la sangre tienen sobre el público en general. Habrá allí un intento de sentirse afortunado en medio del infortunio de otros. Todos escuchamos, cuando despreciábamos algo, la frase de “hay niños que no tienen. Y que ahora mismo, darían cualquier cosa por un plato de sopa“. Muchos se tomaron la sopa, otros más avezados quizás, respondieron con algo ingenioso y no propio de su edad (no se me ocurrió nada de ese estilo).

En siglos pasados lo entendieron, por lo que fueron famosos los showsides y los circos de “monstruos”. Hay tantas cosas para contar alrededor de eso, que me llevaría mucho tiempo y ganas que ahora no me acompañan. En oposición a lo anterior, no hablaré de Freaks, término acuñado en EEUU para denominar a las personas con algún tipo de “monstruosidad” y que ahora se usa para referirse a lo extraño en cualquier aspecto; sino de un emperador romano, que en los siglos pasados (tal vez en éste también), habría sido el más famosos de los freaks del mundo circense. Como no soy docto en historia romana y menos conozco las vidas sus múltiples césares y emperadores, el siguiente apartado, lo tomo de un libro escrito por un pediatra español Manuel Moros Peña.

“Seres extraordinarios” es el primer libro del médico, del que gracias a mi morbo humano, demasiado humano, verán muchos apartados publicados aquí. Si en algún momento, el Dr. Moros, pasase por esta tierra de nadie y se molestara en términos de derechos de autor, por aquello de la prohibición de reproducir total o parcialmente sin el permiso del autor partes del libro, sepan ustedes que intenté contactarlo para pedirle permiso, pero no lo encontré en facebook y como mis recursos investigativos son limitados, desistí a riesgo de una demanda por derechos de autor. Aunque lo resolvemos fácil Dr. Moros, si se siente usted robado o herido en su trabajo, sírvase dejar un comentario e inmediatamente eliminaré este y todos los post que incluyan su nombre. Si al contrario, entiende usted esto, como publicidad para su libro, sírvase también decirlo.  Siempre intento hacer un preámbulo corto, pero la tendencia a la verborrea no me abandona ni escribiendo. Espero que hayan llegado aquí, porque ahora sí empieza la historia del emperador. Vale la pena leerla al menos para cultura general, no se sabe cuándo se puedan ganar millones simplemente por saber, quién era el emperador más grande de toda Roma.

Max thrax.jpgCaius Julius Verus Maximinus, emperador de Roma entre 235 y 238, medía cerca de 2,60 metros. Nació en Tracia (actual Bulgaria) en el 173, fue pastor hasta el 202, cuando llegaron las legiones del emperador Septimio Severo, y como forma de celebrar el cumpleaños del hijo del emperador, Geta, organizaron unos juegos contra los habitantes locales. El pueblo de Tracia, escogió como su representante a Caius, quien derribó a 16 de los más fuertes legionarios con mínimo esfuerzo.  Severo quedó tan impresionado que lo enroló en su ejército.

Máximo, como se le conocería al gigante, había hecho grandes avances dentro del ejército romano. El emperador lo había hecho parte de su guardia personal al perseguirlo a pie mientras Severo galopaba en su caballo, y derribar a seis legionarios al terminar la carrera. Le regaló un collar de oro y lo requirió para que cuidara personalmente de él.

Como era un soldado fuerte y valiente, además de tener gran capacidad de liderazgo, rápidamente se hizo comandante y gobernador de provincias. Cuando Marco Aurelio Severo Alejandro, hijo de Septimio, se hizo emperador, lo nombró tribuno con cargo de senador y comandante supremo de las legiones romanas, dándole la función de adiestrar a los soldados. Herodiano, diría que el nuevo comandante era grande en estatura y de aspecto terrorífico. El historiador Julio Capitolino,  que el comandante usaba como anillo el brazalete de su esposa Cecilia Paulina,  y que su calzado era 30, 5 centímetros más largo que de los hombres corrientes. Podía arrancar el diente a un caballo de un puñetazo. Solía comer comer 20 kilo de carne y beber 27 litros de vino al día.

Despertaba gran admiración entre sus tropas, era un gran líder que sacaba lo mejor de sus hombres. Demostraba a los hombres que instruía lo que quería que hicieran, y en consecuencia, éstos imitaban sus formas viriles, siendo sus más grandes admiradores. Se ganó la devoción de sus tropas dándoles regalos y recompensas. Lo que llevo a la admiración de la hombría de Máximo y al desprecio del joven emperador, al que consideraban un niño asustado bajo las faldas de su madre.

Julia Mammaea, madre de Alejandro, acompañaba a su hijo a las batallas. Ejercía un papel de dominio, no sólo administrativo y financiero,  sino militar también. Los legionarios aborrecían que la última palabra, en asuntos donde se jugaba la vida,  la tuviera una mujer. Tampoco le perdonaba al emperador haber huido durante una batalla contra los persas.

Las tropas enfadadas solían comparar al afeminado comandante con su gigantesco y bravo comandante, al que seguían con devoción. No fue sorpresa que llegaran a la conclusión, de que el imperio sería más poderoso sin Alejandro y su madre. Planearon asesinarlo durante una asamblea realizada en el tiempo de instrucción y proclamar a su comandante y amigo, nuevo emperador.

Cuando Máximo llegó a realizar los ejercicios reglamentarios, sus soldados le pusieron una capa púrpura. Al principio se rehusó, pero terminó por aceptarlo. Después de despertar el entusiasmo y la esperanza entre las tropas, Máximo les dobló las raciones, les prometió regalos y revocó los castigos. Juntos marcharon hacia el cuartel de Alejandro, al llegar a la entrada el emperador ordenó a sus guardianes detener a Máximo y a sus hombres, pero éstos se hicieron a un lado y permitieron que los soldados asesinaran a Alejando y a su madre.

Máximo El Tracio, como sería conocido, se vio pronto agobiado por la crisis económica que arrasaba el Imperio. No había dinero para mantener la guerra contra los germanos y menos, para cumplir las promesas a los soldados. Para hacer frente, aumentó los impuestos y confiscó tierra a los ricos. Al no ser suficiente, saqueó pueblos, fundió las estatuas de los dioses para acuñar monedas y confiscó las partidas destinadas a los juegos. Los ciudadanos sufrieron mucho al intentar defender las estatuas. Máximo, era un excelente soldado, pero no le gustaba Roma, ni la política, ni la vida en el palacio, pasaba el tiempo dirigiendo sus tropas contra los germanos.

El descontento era general. Un grupo de soldados presionado por los políticos, conspiró para eliminar al gigante. El plan era simple: derribar un puente y dejarlo solo en un extremo, asesinarlo y elevar al cónsul Magnus al trono. Pero Máximo se enteró de la traición y condenó a muerte a los soldados. Otros soldados, arqueros de distintas regiones quienes eran aún fieles a Alejandro, organizaron un nuevo complot. Quería poner la túnica sobre los hombros de Quartinus, una amigo de Máximo. Pero Macedo, líder de los soldados se arrepintió y en un intento de redimirse, mató a  Quartinus. El gigante no apreció la acción y asesinó a Macedo.

Máximo sospechaba de todos, expulsó de sus legiones a los soldados con rango de senadores y en su lugar, puso a soldados profesionales adiestrados por él. El emperador, en un intento de borrar su pasado humilde, empezó a asesinar a todos los que lo habían ayudado, por lo que el pueblo empezó a llamarlo “El cíclope”, “Busiris”, “La bestia salvaje” y expresaban abiertamente sus intereses de verlo muerto.

En 238 mientras Máximo estaba en una campaña en Sirmio con el ejercito, algunos terratenientes de la provincia africana, cansados de los impuestos elevados se rebelaron. Usando la revuelta como excusa, el senado destituyó al emperador y puso en su lugar a Gordiano. Cuando Máximo se enteró, se enfureció y azotó paredes y sirviente, y bebió tanto que quedó dormido. Al despertarse reunió sus tropas y partió hacía Roma, pero llegando a Aquilea sus tropas ya estaban divididas. Un cuerpo de la guardia pretoriana decidió asesinarlo.

Cuando los asesinos entraron en la tienda, Máximo los estaba esperando. Se había enterado de los planes y había mandado lejos a su hijo para protegerlo. Con la espada en la mano y de pie frente a sus asesinos, ninguno osó dar el primer paso, conscientes de su gran fuerza. De un momento a otro, uno de los conspiradores entró a la tienda con el cuerpo del hijo de Máximo atravesado por una lanza. Ante terrible visión, el gigante soltó la espada y cayó de rodillas llorando. Ahí se le abalanzaron y le dieron muerte.

Habrá quizás cosas mal escritas, links que no están y que no estarán, pero pueden poner todos los nombres en google y el gran oráculo les dará la respuesta. Perdonarán mis errores de digitación, me da flojera devolverme a corregirlos.

Manías, supersticiones y rutinas para escribir de algunos escritores.

Cuando se le pregunta a Ignacio Echevarría cómo, dónde y cuándo Roberto Bolaño pergeñaba sus novelas, el albacea literario del escritor chileno responde con una anécdota: Bolaño escribía de noche, con sus auriculares puestos y escuchando canciones de… heavy metal.

Esta afirmación manifiesta que mucOnetti, disfrazado de vaquero, finge leer una traducción de El astillero hos genios de la literatura suman manías para inspirarse frente un papel en blanco, algunas más excéntricas y otras más personales. Nos adentramos así en esa trastienda íntima de un oficio, como es el de la escritura, en muchos casos desconocida por sus lectores fieles.

Ana María Matute
Recordemos, por ejemplo, que la reciente Premio Cervantes de las Letras 2010, Ana María Matute, siempre confiesa que se inventa supersticiones. Una de ellas es no mirar nunca el folio desnudo de letras, crear en soledad, corregir con lápices de colores sus manuscritos y jamás ponerse de “espaldas a una puerta”.

Carmen Martín Gaite
Menos maniática y más formal era la novelista Carmen Martín Gaite, que escribía a mano, aferrada “tercamente, como única tabla de salvación”, a la pluma estilográfica que heredó de su padre, como así aseguró en el discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 1988.

Juan Carlos Onetti
Sin embargo, extravagancias de otros grandes escritores, existir, existieron. Es conocido que en los últimos años de su vida Juan Carlos Onetti decidió vivir postrado en su cama,  en su domicilio de Madrid, leyendo novelas policíacas, fumando y bebiendo güisqui.

“Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada, pero siempre sé que volverá”, decía el escritor uruguayo sobre la inspiración. En la foto que ilustra este reportaje, vemos ese momento íntimo de Onetti en su cama, en una instantánea hecha por su viuda Dolly incluida en el libro “Juan Carlos Onetti: ensayo iconográfico” (Centro Editores, 2010).

Aunque la imagen icónica de Onetti también quedó retratada para la posteridad en las escenas de la película “El dirigible”, de Pablo Dotta, donde se mezclaba el argumento fílmico con fragmentos de una entrevista al autor, que nunca quiso conceder

Asa Larsson
Más al norte de Europa, en un pequeño pueblo sueco llamado Uppsala, la escritora Asa Larsson desvela que tiene una gran habilidad para escribir en cualquier sitio, aunque lo haga a menudo a oscuras, de madrugada cuando sus hijos no le molestan: “Creo que contra más rituales y manías tienes, más complicado es escribir. Mi lema es “Sin excusas”. Sólo importa el papel y el bolígrafo”, explicaba.

Son manías que muchos periodistas obviamos a la hora de retratar a los autores o de reseñar sus libros. Por ese motivo, habría que rememorar una intensa frase de Edgar Allan Poe: “Cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera describir, paso a paso, la marcha progresiva de sus obras. Muchos prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de frenesí o de intuición”.

Pues bien, esas compilaciones existen ya desde hace años en librerías. Títulos como “Escribir es un tic. Los métodos y las manías de los escritores” (Ariel, 2008), de Francesco Piccolo; o “Cuando llegan las musas” (Espasa Calpe, 2009), de Ángel Esteban y Raúl Cremades, retratan esa “marcha progresiva” de la que hablaba Poe.

Juan Ramón Jiménez

Piccolo, por ejemplo, rescata la obsesión de Juan Ramón Jiménez por el silencio absoluto mientras estaba componiendo sus poemas. Al premio Nobel de Literatura 1956 le enturbiaba la agresión del ruido. Cambiaba constantemente de domicilio, incluso forró de corcho su despacho del piso madrileño donde vivía. Pero un simple canto de un grillo era suficiente para irritarle.

Al margen de lo narrado en este libro, sus allegados incluso comentan que Juan Ramón se encerraba a menudo en monasterios de clausura para crear su obra. Necesitaba imperiosamente el silencio, comentan.

Capote y Hemigway

Y qué decir del precoz Truman Capote, que, desde su infancia se iniciaba en la literatura, portando un diccionario y un pequeño lápiz para realizar sus anotaciones creativas. También Ernest Hemingway, quien garabateaba en una cafetería, cerraba al fin su cuaderno cuando le llegaban las musas y postergaba a mañana la escritura para pasear por su adoptivo París. Luego, reescribía hasta 30 veces lo que quería narrar. En su bolsillo llevaba siempre un amuleto, una pata de conejo o una castaña.

Simenon y Cheever
John Cheever relata que su oficio de cuentista se trasladaba a la cocina de su casa, donde escribía en calzoncillos. Y Georges Simenon, creador del comisario Maigret, comenzaba sus novelas leyendo una guía telefónica y ahí escrutaba, leía en voz alta y seleccionaba en una lista los 30 nombres de sus posibles personajes.

Borges, García Márquez y Vargas Llosa
El otro compendio, “Cuando llegan las musas”, además, nos ilustra cómo Gabriel García Márquez novela siempre en su despacho con un flor amarilla a su lado; y el también premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa trabaja rodeado de figuritas con forma de hipopótamo. O cómo Jorge Luis Borges se zambullía en su bañera para que una idea matinal se convirtiera en cuento borgiano.

Manías, supersticiones, rutinas que muchos escritores inventan para parir su literatura.

En: http://noticias.lainformacion.com

SE EDITAN DOS OBRAS DE RUBEM FONSECA: El Cobrador (cuentos) y El Seminarista (su última novela)

Muy liviano, profundamente culto

Rubem Fonseca (1925) es el narrador brasileño más conocido, más premiado y más prolífico de hoy; aparte de las traducciones de su obra a las principales lenguas, ha merecido el aplauso de autores de la talla de Vargas Llosa, Monsivái s, Pynchon. La razón de tal éxito no es difícil de entender: Fonseca escribe libros tan entretenidos que son imposibles de abandonar, mezcla la cultura clásica y la popular con desenvoltura, es divertido, inesperado, tan irreverente que bordea el cinismo, tan violento que sería insoportable si no fuera por los componentes eruditos de sus títulos, en fin, siempre sorprende. No es un logro menor en una carrera que se extiende por 45 años y que presenta, naturalmente, altibajos, pero en la que es manifiesta una personalidad insobornable, inconformista, sin concesiones en la despiadada, cruel, clínica disección de la sociedad en su país.La idea de publicar en forma simultánea dos trabajos de Fonseca, separados por tres décadas, en los géneros en que ha sobresalido -novela y cuento- es excelente, pues permite al lector asistir a la evolución de este prosista o bien comprobar lo opuesto, en la persistencia de las mismas técnicas y la monomanía por episodios truculentos. El seminarista (Tajamar, 2010, 156 páginas, $11.200), su última novela, y El cobrador (Tajamar, 2010, 169 páginas, $11.200), colección de historias que apareció en 1979 y se acaba de reeditar, presentan semejanzas, coincidencias, paralelos inequívocos en el estilo de Fonseca, inconfundible, nervioso, elíptico. Y hay también grandes disparidades, propias del rigor que demanda la crónica breve y de su desarrollo como artífice narrativo, ya que con el correr del tiempo ha tendido a una prosa depurada, seca, carente de adornos.

El cobrador contiene 10 relatos y el que da nombre al volumen nos introduce en un personaje que se repetirá en el resto de la producción de Fonseca: un asesino en serie que se siente con derecho de matar a quien le da la gana, debido a razones que serían plausibles, aunque broten de una mente enferma. Los límites entre normalidad y anormalidad, delincuencia y respetabilidad, son inexistentes. El protagonista no busca el pago de cuentas, ya que piensa que todo el mundo le debe algo: en consecuencia, dispara al dentista que lo atiende o a un potentado, porque “me enferman esos tipos que andan en Mercedes”. El héroe posee características que veremos en todos los actores creados por Fonseca: un apetito sexual insaciable, que lo lleva a relacionarse (habría que decir copular) con una, dos, tres, cuatro, cinco mujeres…

“Mandrake” resulta una intriga policial perfecta. Paulo Mendes, abogado, vive con Berta, quien, aparte de su atractivo, es imbatible en el ajedrez; mientras no ejerce en el foro, Mendes oficia como detective privado y se entiende por igual con el hampa o la policía. Cuando hay varios muertos, se ha bebido sin parar, han desfilado alusiones al cine del pasado, la trama se complica y Fonseca nos ha paseado por Río de Janeiro, el narcotráfico, la corrupción y el caos urbano, surge una repentina pista y el desenlace es digno de Chandler. “Once de Mayo” transcurre en un asilo de ancianos, lugar que se presta especialmente para el pesimismo radical de Fonseca en la paranoia del hablante, quien establece comparaciones irrefutables entre el hogar y un campo de concentración nazi.

El seminarista se lee sin respiro y es una de las ficciones superiores dentro del último período narrativo del escritor, una proeza si se piensa que fue escrita a los 84 años. José es conocido bajo el apodo de Especialista y “el Despachante me dice quién es el cliente, me da las coordenadas y yo hago el trabajo”. Esto consiste en ultimar, mediante pistolas automáticas, a cualquiera que se le mencione. Al llegar a la página 20, han pasado a mejor vida cinco sujetos. Antes de transformarse en sicario, José estudió para sacerdote y gracias a su dominio del latín tenemos citas de Horacio, Séneca, Cicerón; Kirsten, su pareja, traduce del portugués al alemán, lo que nos lleva a Rilke, Pessoa, Blake, sin contar con los pasajes gastronómicos, las referencias musicales, las evocaciones históricas y muchas otras, que otorgan un sabor único a todo lo que escribe Fonseca, asombrosamente liviano, profundamente culto.

El final de El seminarista es demasiado exagerado, porque después de una serie de bárbaros crímenes parece redundante agregar tortura y mutilaciones. Pero un lunar no empaña un texto de calidad y, en conjunto con El cobrador tenemos dos muestras de este notable narrador.

De la Revista de Libros De El Mercurio