Un perro y Una pistola

La primera vez que pisé Montreal tenía catorce años y no sabía una mierda de nada. Inexplicablemente me hice amigo de un vago que aguardaba afuera de una concurrida plaza del centro; nunca supe su nombre y apenas de él me acuerdo. Junto a él y a su perro me bebí mi primer cerveza, vi por primera vez como lucía la marihuana y otras cosas que ahora no vienen al caso. Entonces un día como hoy recuerdo cuando me dijo que todo lo que un hombre necesitaba era un arma y un perro. Y cuántos años pasaron para que yo por fin pudiera entenderlo.

Álvaro (@perroromantico)

Abusando de las letras de Álvaro, un mexicano radicado en Canadá, les copio esto que vale la pena leer. Si vienes por acá, es un homenaje de identificación.

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¡Maestro, ahorquémonos todos!

 

hemingwayCuando George Plimpton le preguntó a Ernest Hemingway sobre cuál sería el mejor adiestramiento intelectual para un aprendiz de escritor, el autor de Oak Park le contestó: “digamos que debería ahorcarse porque descubre que escribir bien es intolerablemente difícil. Entonces alguien debería salvarlo sin misericordia y su propio yo debería obligarlo a escribir tan bien como pudiera el resto de su vida”.

Magnífico… espero que mi yo me salve antes de los 30

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El último terminará sobre el tejado

Cuando tenía 10 años, vi como mataban a alguien en la esquina de la cuadra, ahí frente a la panadería. EL frisbee quedó a medio camino entre mi mano y la de Joaquim, quien se distrajo por el ruido de la carrera del hombrecito con un revólver en la mano, que huía de otro más grande, conocido como “El ratón” y que tenía una casa de mármol, con gárgolas grises en medio de una cuadra de casas apiñadas, pequeñas y humildes. El hombrecito cayó, nosotros lo vimos intentar levantarse y tropezar de nuevo con una patada que le vino de sorpresa partiéndole dos dientes que volaron amarillentos hasta los pies de Jairo, quien miraba como buscando tragarse con las ojos y la boca abierta, el arma cromada del hombrecillo que había caído junto a las “Peras” recién salidas del horno. Nadie supo qué hacer, mejor, nadie quiso hacer nada.

No fue extraño. Las personas, aunque miraban atentas, no se movían ni para esconderse, ni para ayudar. Días antes, el barrio había sido testigo de una mujer desnuda que huía de la casa del ratón. Llegó a la tienda frente a nuestra casa. Corrió dentro y gritó “¡María me van a matar!”. María era mi tía, dueña desde antes de que yo naciera, de un negocio de “líchigo”. Jairo, Joaquím y yo, al oír el alboroto fuimos hasta la puerta del negocio y casi caemos de frente cuando “El ratón”, sin camiseta y en calzoncillos, cruzó con la MiniUZI en la mano, gritando “no te me escondás, puta”, lo repetía alternando con “Doña María, vos sabés que yo todo bien, pero decíme ¿Dónde se metió? ¡Dónde!”. Mi tía, asustada sólo repetía, como si no supiera más “Aquí no, Ferney. Aquí no”. Pasó atrás del mostrador, miró, buscó, volvió a mirar sin ver que la mujer, a la que aún no veíamos la cara, se trepaba como un gato al tejado de zinc que cubría las mesas donde se jugaba ajedrez y dominó. Con el cañón en la frente, pálido y la voz entrecortada, Don Luis, el de la cigarrería, señaló para arriba y titubeó “ahí”. Apoyó en la cadera, movió el cañón de la cabeza de Don Luis y disparó para arriba, haciendo círculos y formas de espiral hacia el tejado de Zinc, sin darnos tiempo de siquiera meternos bajo la mesa. Cuando ya solo sonaba el chasquido del arma sin balas, salió, dejó un fajo de billetes sobre el mostrador de mi tía y dijo: “Para que recojan esa mierda”.

Las cabezas se asomaron temerosas. Arriba, un jadeo acompañaba el goteo espeso de la sangre que manchaba las mesas y al alfil de un tablero. Joaquím, codeó a Jairo, y yo que no alcancé a esconderme, los vi salir y buscar a al “Ratón” con la mirada. Mi tía, entró gritando por una ambulancia, con las manos en la cabeza, dijo: “¡Eliza, Eliza, me mataron a Eliza! Jairo se puso blanco y ayudó a los hombres borrachos que ya buscaban mesas y escaleras para bajar el cuerpo aún jadeante de mí tia Eliza, mamá de Jairo, a la que ya le habíamos visto la cara en pleno y escupiendo sangre. Murió ahí mismo, antes de que la ambulancia siquiera se anunciara con su sirena.

Que estaban en un trío, oíamos a la gente decir, que el otro tipo estaba mejor dotado que el “Ratón” y que la vieja se había pegado en jadeos de placer al otro, lo que provocó el ego herido. Que la mataron por no saber fingir como todas las mujeres. ¿Y el otro? Se escapó con las bolas al aire.

Cuando “El ratón” levantó el arma, mientras se disculpaba con el panadero que también le pedía que ahí no, le dijo al hombrecillo: “a ver qué tan grande la tenés, malparido”. Pero el disparo sonó antes, el hombrecillo cayó de espaldas con el pie tronchado, agarrándose el pecho y respirando con dificultad. Giramos y vimos a Jairo con el arma en la mano, cromada, untada de azúcar y echando humo.

Las Partículas Elementales

Damián_imagen_2Por lo general, la primera reacción de un animal frustrado es intentar alcanzar su objetivo con más fuerza que antes. Por ejemplo, una gallina hambrienta (Gallus Domesticus) a la que un cercado de alambre le impide llegar a la comida, hará unos esfuerzos cada vez más frenéticos por atravesar el cercado. Sin embargo, otro comportamiento sin objetivo aparente, sustituirá poco a poco al primero. Las palomas (Columba Livia) picotean el suelo sin parar cuando no pueden conseguir el codiciado alimento, aunque en el suelo no haya nada comestible. Y no sólo picotean de ese modo indiscriminado, sino que a menudo se alisan las plumas: esa conducta tan fuera de lugar, frecuente en las situaciones que implican frustración o conflicto, se llama conducta sustitutiva. A principios de 1986, poco después de cumplir treinta años, Bruno empezó a escribir.

Michel Houelllebecq

La importancia de haberse llamado Ernesto

Sabato (1)Anoche fue inevitable que mi cabeza fuera de nuevo a Lezama. La estatua de Ceres me recordó a Martín, al Greco y a Alejandra caminando desde atrás para construir un encuentro de esos que, dada su magnitud, cuesta tanto elaborar cuando pretendes ser un dios minúsculo. Esos momentos que en Sabato se entendían tan naturales que todos hemos esperado el día en que una Alejandra se prenda fuego frente al la tristeza que se nos metió en el alma.

Todo siempre será una premonición, decía Sabato y yo lo parafraseo groseramente, porque no quiero ir a los libros y repasarlos para hacer decentes mis recuerdos. Aunque en este caso, la premonición se había hecho espera. Todos comentamos que Sabato moría este año, además la vida parece haberle cumplido sus deseos de vivir dos mil años, o no morirse sin antes aprender de qué va la vida. Sus deseos que siempre fueron una condena.

No puedo hablar más que del Sabato que conocí gracias a un amigo que supo guiarme por lo mejor que he leído en mi vida. Un Sabato de papel, de recuerdos y de anécdotas. Como aquella vez que el editor de Común Presencia me contaba haberlo entrevistado mientras el escritor padecía un dolor de muelas. U otros tantos que me decían haberlo visto, haberlo saludado, haber comido en su casa. Y yo sólo podía emocionarme con esa atención estúpida que suelo prestar a los detalles. Pensaba en que esa mano, que también yo estrechaba, había estrechado la del viejo cascarrabias. Una emoción pueril en todo caso.

Y fue sólo mi culpa, o culpa del hado al que siempre es fácil adjudicarle lo bueno como lo malo, el haber visto en Sabato el yo que hubiese sido de haber nacido en 1911 en una patria que no es esta que me tocó en suerte. Claro, todo esto relativo al deseo, o a esa forma de deseo imposible que es la esperanza. 

No hubo otro escritor al que fuera tantas veces cuando me sentí perdido. Ninguno otro acompañó la Tristeza que fue mi modus vivendi durante tantos años. A nadie he citado tanto de memoria cuando fue necesario decir algo que salvara a alguien un poco del tedio y la desesperanza.

Lo leí mucho. Escribí en sus libros como lo hiciera Marcelo o R con letra pequeñita al borde de la página. Y muchas veces me vi garabateando, con palos sobre tierra, el nombre de Mi Alejandra y siendo tan pusilánime, enamorado y cándido como lo fue Martin. Me faltó irme al sur luego de que Mi Alejandra también hiciera algo similar a bañarse en gasolina y encenderse como una antorcha de miseria. 

Aún, si un día me encuentran por la calle, podrán escucharme recitar el cuento del Dragónprincesa, las disertaciones del Dr. Gandulfo y la historia de ése que se trepó desnudo a un farol, sólo para mirar desde arriba, que vendía chorizos,y que nos recordó que el Danubio nunca ha sido azul.

Al fin al cabo, para mí nunca existió esa carne que compuso a la persona de Sabato. Ese cuerpo que fue más cuerpo por su depresión y la muerte de su hijo. Para mí, sólo estuvo ese Sabato cansado de la luz, al que se le aparecía un alterego siniestro para incitarlo a la oscuridad. Ese Sabato que no cabía en el ego, que fue Fernando, Alejandra, Martín y sobre todo Bruno, de quien sepan de una vez saqué este nombre que me sirve de velo y de resguardo. No hubo otro. Yo no lo entrevisté con dolor de muela. No me paré furtivamente a su lado para salir junto a él en una foto. No le di la mano. Sin embargo, sé que fui parte de su cometido. Me dijo lo que tuvo que decirme como un abuelo al que se escucha, dándole a entender que no se la hace caso. 

Y como no quiero decir cosas ridículas o manidas de la muerte, sólo diré para terminar, que ahora yo caminaré junto a algún amigo y hablaremos a veces y callaremos otras más, como cuando se nos ha muerto alguien muy querido.

Manías, supersticiones y rutinas para escribir de algunos escritores.

Cuando se le pregunta a Ignacio Echevarría cómo, dónde y cuándo Roberto Bolaño pergeñaba sus novelas, el albacea literario del escritor chileno responde con una anécdota: Bolaño escribía de noche, con sus auriculares puestos y escuchando canciones de… heavy metal.

Esta afirmación manifiesta que mucOnetti, disfrazado de vaquero, finge leer una traducción de El astillero hos genios de la literatura suman manías para inspirarse frente un papel en blanco, algunas más excéntricas y otras más personales. Nos adentramos así en esa trastienda íntima de un oficio, como es el de la escritura, en muchos casos desconocida por sus lectores fieles.

Ana María Matute
Recordemos, por ejemplo, que la reciente Premio Cervantes de las Letras 2010, Ana María Matute, siempre confiesa que se inventa supersticiones. Una de ellas es no mirar nunca el folio desnudo de letras, crear en soledad, corregir con lápices de colores sus manuscritos y jamás ponerse de “espaldas a una puerta”.

Carmen Martín Gaite
Menos maniática y más formal era la novelista Carmen Martín Gaite, que escribía a mano, aferrada “tercamente, como única tabla de salvación”, a la pluma estilográfica que heredó de su padre, como así aseguró en el discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 1988.

Juan Carlos Onetti
Sin embargo, extravagancias de otros grandes escritores, existir, existieron. Es conocido que en los últimos años de su vida Juan Carlos Onetti decidió vivir postrado en su cama,  en su domicilio de Madrid, leyendo novelas policíacas, fumando y bebiendo güisqui.

“Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada, pero siempre sé que volverá”, decía el escritor uruguayo sobre la inspiración. En la foto que ilustra este reportaje, vemos ese momento íntimo de Onetti en su cama, en una instantánea hecha por su viuda Dolly incluida en el libro “Juan Carlos Onetti: ensayo iconográfico” (Centro Editores, 2010).

Aunque la imagen icónica de Onetti también quedó retratada para la posteridad en las escenas de la película “El dirigible”, de Pablo Dotta, donde se mezclaba el argumento fílmico con fragmentos de una entrevista al autor, que nunca quiso conceder

Asa Larsson
Más al norte de Europa, en un pequeño pueblo sueco llamado Uppsala, la escritora Asa Larsson desvela que tiene una gran habilidad para escribir en cualquier sitio, aunque lo haga a menudo a oscuras, de madrugada cuando sus hijos no le molestan: “Creo que contra más rituales y manías tienes, más complicado es escribir. Mi lema es “Sin excusas”. Sólo importa el papel y el bolígrafo”, explicaba.

Son manías que muchos periodistas obviamos a la hora de retratar a los autores o de reseñar sus libros. Por ese motivo, habría que rememorar una intensa frase de Edgar Allan Poe: “Cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera describir, paso a paso, la marcha progresiva de sus obras. Muchos prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de frenesí o de intuición”.

Pues bien, esas compilaciones existen ya desde hace años en librerías. Títulos como “Escribir es un tic. Los métodos y las manías de los escritores” (Ariel, 2008), de Francesco Piccolo; o “Cuando llegan las musas” (Espasa Calpe, 2009), de Ángel Esteban y Raúl Cremades, retratan esa “marcha progresiva” de la que hablaba Poe.

Juan Ramón Jiménez

Piccolo, por ejemplo, rescata la obsesión de Juan Ramón Jiménez por el silencio absoluto mientras estaba componiendo sus poemas. Al premio Nobel de Literatura 1956 le enturbiaba la agresión del ruido. Cambiaba constantemente de domicilio, incluso forró de corcho su despacho del piso madrileño donde vivía. Pero un simple canto de un grillo era suficiente para irritarle.

Al margen de lo narrado en este libro, sus allegados incluso comentan que Juan Ramón se encerraba a menudo en monasterios de clausura para crear su obra. Necesitaba imperiosamente el silencio, comentan.

Capote y Hemigway

Y qué decir del precoz Truman Capote, que, desde su infancia se iniciaba en la literatura, portando un diccionario y un pequeño lápiz para realizar sus anotaciones creativas. También Ernest Hemingway, quien garabateaba en una cafetería, cerraba al fin su cuaderno cuando le llegaban las musas y postergaba a mañana la escritura para pasear por su adoptivo París. Luego, reescribía hasta 30 veces lo que quería narrar. En su bolsillo llevaba siempre un amuleto, una pata de conejo o una castaña.

Simenon y Cheever
John Cheever relata que su oficio de cuentista se trasladaba a la cocina de su casa, donde escribía en calzoncillos. Y Georges Simenon, creador del comisario Maigret, comenzaba sus novelas leyendo una guía telefónica y ahí escrutaba, leía en voz alta y seleccionaba en una lista los 30 nombres de sus posibles personajes.

Borges, García Márquez y Vargas Llosa
El otro compendio, “Cuando llegan las musas”, además, nos ilustra cómo Gabriel García Márquez novela siempre en su despacho con un flor amarilla a su lado; y el también premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa trabaja rodeado de figuritas con forma de hipopótamo. O cómo Jorge Luis Borges se zambullía en su bañera para que una idea matinal se convirtiera en cuento borgiano.

Manías, supersticiones, rutinas que muchos escritores inventan para parir su literatura.

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