SUICIDIOS EJEMPLARES

Voy a intentar hacer un comentario a todo libro que vaya leyendo. Será algo corto, sin pretensiones teóricas ni de ningún tipo. Solo un comentario, para que ustedes, si quieren y les anima, le echen también una leída al libro y me compartan sus impresiones en los comentarios. Hoy, para empezar: Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

vilaHe tenido una relación amor-odio con Vila-Matas. Muchos de sus libros me exasperan por lentos y por estar llenos de alusiones a otros autores (en algunas oportunidades con párrafos enteros, textuales y carentes de cita). Sin embargo, este libro es una gran compilación de cuentos. Aún me cuesta ver al español como cuentista, más cuando cada una de las historias que aparece en Suicidios ejemplares son solo eso: una historia, un cuento en el sentido más esencial de la palabra. Hay en el primer relato, Muerte por Saudade, una referencia a un poeta portugués al que dedica gran parte de su libro Extrañas notas de laboratorio; alusión que, no obstante, no adopta ese mismo tono distante y parafraseador que tanto me incomoda en sus novelas.

Un gran libro. Un libro para gente que le gusta escribir, como (desde mi perspectiva) es casi todo lo que escribe Vila-Matas. La diferencia con sus novelas: en este libro hay cierta libertad representada en historias sólidas que no se difuminan para dar prelación a esa espiral de envanecimiento a la que parecen condenados todos los personajes de sus novelas. Espiral que no está ni siquiera en un cuento que, por el título, su presencia parecería obligatoria: El arte de desaparecer.

«(…) De pronto, una noche, muertos ya todos, Anatol comprendió que estaba solo, completamente solo en el mundo, y notó esa sensación de extravío que se siente cuando, en el camino, nos volvemos atrás y vemos el trecho recorrido, la vía indiferente que se pierde en el horizonte que ya no es nuestro. (…) que era cierto eso de que cada hombre lleva escrita en la propia sangre la fidelidad de una voz y no hace más que obedecerla.»

De El arte de desaparecer.

Enrique Vila-Matas, Suicidos ejemplares. Editorial Anagrama. 2000

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MARCO Y UN HOMBRE SOLO QUE SUEÑA CON EL MAR

Dios era entonces una máscara vacía. Nosotros solo queríamos un rincón seco para pasar la noche, Dios nunca nos sirvió de trapeador de rincones. Por eso, los que valían de algo, asentían y recibían en su corazón al dios que se les mencionara. Luego se volvían y apuñalaban al recién llegado, quien aún no sabía qué suelo no podían pisar.

Marco era un hombre grande, pasaba el día con el torso desnudo. Bajo su piel podían verse perfectos cada uno de los músculos bullendo como quistes dejados allí por una animal alienígena. Verlo era pensar en esas láminas de los libros en las que aparece un hombre despellejado y en el que se pueden seguir las junturas y las escisiones de los montículos fibrosos. En Marco, todo parecía a punto reventar. Trabajaba en la construcción de un ala de la cárcel que, en los 12 años que pasé allá, nunca se terminó. Se decía que se construía en el día y en la noche se destruía a golpes de maceta, para dar esperanza y la ilusión de movimiento a los presos. La idea de guardias como Penélopes era romántica, como de un mundo en el que aún pasaban cosas bellas, no de ese.

Pero estábamos muy cansados para ver si era cierto.

Muy nostálgicos para mirar alrededor; era más fácil mirar más allá del mar, donde estaba lo que recodábamos como importante: una mujer que ya no pensaba en nosotros, un hijo que seguía el camino de migas que le dejamos con la ausencia, un mamá que se moría de tristeza porque no podía vernos e imaginaba que estábamos muertos pero la mataba la zozobra. Estábamos tan lejos, que por eso Marco era casi la forma de la esperanza. Una esperanza vuelta al revés, con lo sanguinolento para afuera y lo suave para adentro. A marco no le importaba nada. Hablaba un idioma que nadie conocía y parecía muy tonto como para aprender retazos de los balbuceos con los que intentábamos comunicarnos. Éramos de tantos sitios, que la cárcel era el lugar del no-lugar, del no-ser, del NO. Y esa bestia musculosa comía por tres sin tener diarrea, frecuente entre los demás, no se enfermaba nunca. Picaba piedras, armaba ladrillos con estiércol y barro, sin soltar un jadeo, sin sudar una gota a pesar del calor sofocante. Cuando bajaba el sol, se echaba en cualquier parte como una mula exhausta. Ninguno se atrevía decirle nada; primero porque no hubiera entendido, también porque le temían sin saber si alguna vez habría herido a alguien. Él era el miedo. Él era el fuerte, el alfa que no le interesaba serlo.

A veces cantaba con su voz profunda de bajo. Cantaba canciones que recordaban una cuna puesta junto al fuego, pero no para calentarla sino para emocionarse en la esperanza de que se incendiara. Disfrutaba hacer de payaso para los guardias, más parecía un mono capuchino de esos que visten de portero de hotel y bailan entre gruñidos y chillidos al son de una caja. Un capuchino con máscara de niño. Una máscara por la que sí cabían los dedos, que se podía tomar y hacerla propia. Bailaba al son de sus propios golpes sobre el suelo, al son de su pecho que soltaba un retumbe acompasado de tambor milenario al choque con sus manos. Y los guardias reían, algunos presos le seguían con las palmas y el mar sonaba cerca, sin que ninguno pudiera corroborar que, efectivamente, era el mar.

Marco era todo el olvido que no podíamos ser. Solo aprendemos de qué tamaño es la memoria cuando nos vamos quedando sin nada que almacenar.

Después de un año en ese sitio, bien podía uno quedarse ciego y aún así no tropezar nunca con nada. Era posible describir con total detalle las caras de los que había allá, sin conseguir describir la cara propia. Teníamos prohibidos los espejos, el agua que bebíamos era tan oscura que no daba reflejo y nos la daban en tubos plásticos sellados en la boca. Nunca había sido consciente de lo dañino que es no poder verse nunca, de lo angustiante que es la certeza de que te estás olvidando de ti mismo; que ya no puedes decir siquiera de qué color tenías los ojos, porque decir marrón era como decir manzana, perro o ballena, cosas de las que tampoco teníamos certeza y de las que cada uno se aferraba a su recuerdo para explicar cómo es que era todo antes de la cárcel. Y entonces, los perros sólo eran negros, sabían hablar y caminaban rengos porque les estorbaba una quinta pata… y los que podíamos, decíamos que sí, porque quizás sí, así eran los perros o los rasgos de nuestras caras. Era improbable, cuando la desesperación aumentaba, encontrar alguien que te dibujar las facciones; el idioma era tan único que daba igual oír un finas, o un Soktozyza o un riagniam.  Somos tan frágiles, tan nada sin el otro, tan cobardes, que nos era común enfrascarnos en conversaciones hechas de ruidos, asentimientos y atenciones dedicadas a palabras que no significaban nada para ninguno de los hablantes.

—Ritayhan, sotinaj prejtian.

—Âxin propordie iniamgian, ¿azurra lia juantiam

—Nirtiäns, nien.

—Bobbiean, töenthia.

Quisiera poder transcribirles un idioma verdadero, para jugar con la posibilidad de que de verdad se decía algo, pero algo me dice que en verdad nadie decía nada y se iban inventando las palabras por la entonación y las mímicas del otro, creando el mundo que no se parecía a nada, y que no importaba que fuera así. Todos, como ya dije, estábamos tan tristes para algo, que las palabras eran meros remedos de la necesidad de no estar tan solos. No teníamos siquiera la gracia de Marco para actuar una burla de sí mismos, no teníamos las ganas para divertirnos en medio de esa cárcel que no tenía qué envidiarle a la imagen de la muerte, que tendría alguien demasiado comprometido con su culpa y su absurdo.

Sabíamos que nunca saldríamos de ahí. La abulia era tal para con la libertad, que recordar era la manera más digna de esperar el porvenir. Perderse en el pasado, en el recuerdo cada vez más confuso de lo de antes, recorrer unas calles que no tenían nada de similar a estas calles, porque la imaginación las enredaba con sitios en los que lo más seguro es que nunca hubiéramos estado, o que se confundían con sitios por donde ambulaban minotauros, ángeles, quimeras, sin que nos extrañara un sátiro repiqueteando sus cascos sobre un suelo de oro y mármol.

Y allá llegamos solos, cada uno de nosotros palpó el asiento junto al suyo, para descubrir que nadie más viajaba en el avión turbulento en el que  nos trajeron con los ojos vendados y en completo silencio… como debe ser para monstruos como nosotros. No importa, ya no recuerdo, qué fue lo que hice para merecer haber pasado tanto tiempo encerrado. Ha de haber sido algo terrible, pero no importa, dejó de importar un día cualquiera, de repente, como una vela que se apaga.  Estoy seguro de que así mismo fue para todos, era más importante buscarse en lo bueno, en lo que fue la felicidad, que en lo atroz y la culpa. Nos bastaba con lo inane de los días, con lo impalpable del entorno, con esa nada que existía consumiéndonos con voracidad, para soñar con una feliz que nos ayudara a no ser solo vértigo. El vértigo que también son las ganas de  saltar, la necesidad de lanzarse y dejarse destrozar por el remolino de tedio, para no ser ni pensar y no estar solo y no recordar. Aún así, para algunos, lo imaginado en la añoranza era más fuerte; así como, para muchos, quizás porque atrás no había nada, fue más fácil irse, estar locos. Y allí, estar locos no era más que otra forma de estar, tan válida como la de nosotros: los soñadores.

Marco también hacía parte de ese sueño construido a fuerza de nostalgia. También él sabía hacernos de ancla, una que se podía toca, que no era mera ensoñación. Desde afuera, se podría aseverar que estaba loco y por más que pienso, no me es posible imaginarlo de sentado a este lado del mundo, en la iglesia junto a mí, llevando sus hijos al colegio o viendo una película en el cine. De este lado del mundo, Marco no sería más que un hombre al que es necesario recluir por el bien de todos, de la sociedad que excluye lo diferente para poder construir la fantasmagoría de que todos somos iguales. Y sí, tal vez lo somos, pero solo en la imposibilidad social de ser otra cosa. Allí Marco era el único cuerdo, el tuerto en tierra de ciegos, el hombre que todos queríamos ser solo para ser algo y oponernos con dignidad a la desaparición en la nostalgia. Las circunstancias no hacen al hombre, Marco nació para ser el mejor de todos en la prisión. Un demonio cuya ausencia enfriaría el infierno.

Marco era toda la esperanza que nos quedaba, toda la certeza de que sí seguíamos vivos.

Desconozco qué habrá sido de él. Lo más seguro es que siga allá. De allá nadie se va. A excepción de mí, que me fui para contar que existe un lugar donde decir que viven fantasmas, es dotar de mucha materia a los seres que despiertan y mueren allá. Me fui para poder hablar de Marco, de mí que no sé bien quién soy ni recuerdo cómo me llamo o qué hago aquí ni por qué, para contarle al único que querría escucharme, en una iglesia siempre a las seis hasta que me quedara sin palabras o hablara en un idioma que solo Él y yo entenderíamos.

Me sirvieron muchas cosas para el escape, la más importante fue Marco, obviamente. No porque hiciera algo por mí: porque me haya alzado sobre sus hombros anchos para que franqueara los muros, que eran tan altos que lamían el cielo y el sol amanecía en ellos antes que en el resto del mundo. O porque haya, de algún modo mágico, logrado entenderlo para inventar una estrategia en la que él se iba sobre los guardias, contra los muros, para romperlos  y yo poder lanzarme al mar al fin: nadar, nadar, nadar y soñar con una orilla en medio de la fatiga y sus brazadas desesperadas. No. Marco nunca me dirigió siquiera sus monerías. Marco nunca me pidió parte de mi ración pestilente de cualquiercosa que comíamos, ni se acostó a mi lado buscando mi calor. Marco solo fue él, con su indiferencia de siempre, con su alegría de siempre, con su esperanza y felicidad  de siempre que yo necesitaba abstraerme en él.

¡Ah, el mar!, el mar que sigue sonando sin que lo veamos.

Este rincón que olvidó Dios y en el que ya sobra.

La textura ambigua de la libertad.

Marco tan feliz y yo que soy él. El silencio de los días.

Esta cárcel sola.

El mar que sabe cómo luzco y me lo niega, que suena como sueño que suena; el mar que es como me cuento que es todo siguiendo sus murmullos, porque aquí ya nada es nada y así está bien.

Marco y la desmesura de la esperanza.

Sigue amaneciendo en mí antes que en el resto del mundo y así está bien, muy bien.

Muy bien.

Rubem Fonseca habla de su acercamiento al cine como guonista y espectador

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El último terminará sobre el tejado

Cuando tenía 10 años, vi como mataban a alguien en la esquina de la cuadra, ahí frente a la panadería. EL frisbee quedó a medio camino entre mi mano y la de Joaquim, quien se distrajo por el ruido de la carrera del hombrecito con un revólver en la mano, que huía de otro más grande, conocido como “El ratón” y que tenía una casa de mármol, con gárgolas grises en medio de una cuadra de casas apiñadas, pequeñas y humildes. El hombrecito cayó, nosotros lo vimos intentar levantarse y tropezar de nuevo con una patada que le vino de sorpresa partiéndole dos dientes que volaron amarillentos hasta los pies de Jairo, quien miraba como buscando tragarse con las ojos y la boca abierta, el arma cromada del hombrecillo que había caído junto a las “Peras” recién salidas del horno. Nadie supo qué hacer, mejor, nadie quiso hacer nada.

No fue extraño. Las personas, aunque miraban atentas, no se movían ni para esconderse, ni para ayudar. Días antes, el barrio había sido testigo de una mujer desnuda que huía de la casa del ratón. Llegó a la tienda frente a nuestra casa. Corrió dentro y gritó “¡María me van a matar!”. María era mi tía, dueña desde antes de que yo naciera, de un negocio de “líchigo”. Jairo, Joaquím y yo, al oír el alboroto fuimos hasta la puerta del negocio y casi caemos de frente cuando “El ratón”, sin camiseta y en calzoncillos, cruzó con la MiniUZI en la mano, gritando “no te me escondás, puta”, lo repetía alternando con “Doña María, vos sabés que yo todo bien, pero decíme ¿Dónde se metió? ¡Dónde!”. Mi tía, asustada sólo repetía, como si no supiera más “Aquí no, Ferney. Aquí no”. Pasó atrás del mostrador, miró, buscó, volvió a mirar sin ver que la mujer, a la que aún no veíamos la cara, se trepaba como un gato al tejado de zinc que cubría las mesas donde se jugaba ajedrez y dominó. Con el cañón en la frente, pálido y la voz entrecortada, Don Luis, el de la cigarrería, señaló para arriba y titubeó “ahí”. Apoyó en la cadera, movió el cañón de la cabeza de Don Luis y disparó para arriba, haciendo círculos y formas de espiral hacia el tejado de Zinc, sin darnos tiempo de siquiera meternos bajo la mesa. Cuando ya solo sonaba el chasquido del arma sin balas, salió, dejó un fajo de billetes sobre el mostrador de mi tía y dijo: “Para que recojan esa mierda”.

Las cabezas se asomaron temerosas. Arriba, un jadeo acompañaba el goteo espeso de la sangre que manchaba las mesas y al alfil de un tablero. Joaquím, codeó a Jairo, y yo que no alcancé a esconderme, los vi salir y buscar a al “Ratón” con la mirada. Mi tía, entró gritando por una ambulancia, con las manos en la cabeza, dijo: “¡Eliza, Eliza, me mataron a Eliza! Jairo se puso blanco y ayudó a los hombres borrachos que ya buscaban mesas y escaleras para bajar el cuerpo aún jadeante de mí tia Eliza, mamá de Jairo, a la que ya le habíamos visto la cara en pleno y escupiendo sangre. Murió ahí mismo, antes de que la ambulancia siquiera se anunciara con su sirena.

Que estaban en un trío, oíamos a la gente decir, que el otro tipo estaba mejor dotado que el “Ratón” y que la vieja se había pegado en jadeos de placer al otro, lo que provocó el ego herido. Que la mataron por no saber fingir como todas las mujeres. ¿Y el otro? Se escapó con las bolas al aire.

Cuando “El ratón” levantó el arma, mientras se disculpaba con el panadero que también le pedía que ahí no, le dijo al hombrecillo: “a ver qué tan grande la tenés, malparido”. Pero el disparo sonó antes, el hombrecillo cayó de espaldas con el pie tronchado, agarrándose el pecho y respirando con dificultad. Giramos y vimos a Jairo con el arma en la mano, cromada, untada de azúcar y echando humo.

Cortos de animación nominados a los Oscares 2011

Antes de empezar con esto, quiero compartirles algo extremadamente obvio, voy a probar con este tipo de letra, miraremos cómo se lee y cómo nos va.

5 Cortos a los Oscares

Bueno, como muchos, casi todos sabrán, este año también hay premios Óscar, pero como yo soy un parásito y no sé ni carajo de Cine, no les voy a hacer análisis. Voy a escribir, con mis palabras, lo que leí en otros sitos con respecto a las nominaciones, eso que comúnmente se llama Alotexto.

“Day & Nigth”

Empecemos con este corto (que sí vi en cine), dirigido por Teddy Newton, que estudió en en el California Institute of Art de California y trabajó como storyboar del programa Dexter´s Lab transmitido por el Cartoon Network. El corto es producido por Disney/Pixar y precedió en muchos países la proyección de “Toy Story 3”. “Day & Nigth”, mezcla perfectamente técnicas de animación 3D y animación tradicional, para hacer una historia sencilla, pero bien contada como ya es costumbre en Pixar.

“Madagascar, carnet de voyage”

Es dirigido por Bastien Dubois, y es de producción francesa, ha sido uno de los cortos más exitosos del año, en lo que ha galardones se refiere (en el link, pueden ver los premios que ha ganado). Dura sólo once minutos y algunas apuestas lo dan como máximo candidato a recibir el premio. Cuenta la historia de un viajero europeo, que en su periplo, se ve confrontado con la tradición del famhidana (fiesta tradicional de Madagascar), celebrada desde principios de Junio a finales de Septiembre, en la cual se viaja de pueblo en pueblo abriendo las tumbas, para que los vivos hagan danzar a los muertos en una gran fiesta. Aquí más información. El corto recoge los paisajes, la culturas y la música de la cultura malgache.

“The Gruffalo”

Dirigido por Max Lang y Jacob Schuh, como adaptación animada de una historia infantil escrita por Julia Donaldson e ilustrada por Axel Scheffler, cuenta la historia de un ratón que gracias a su astucia, puede superar los peligros en su recorrido por el bosque, en busca de una nuez. La historia también ha estado sobre las tablas y este cortometraje (que data de 2009) ha cosechado varios premios, además de una nominación a los BAFTA. Pero, mala noticia, el corto no está en red, así que les toco conformarse con Make Of.

“The Gruffalo Make of. Corto Nominado al Premio Oscar”

“The Lost Thing”

El cortometraje es de producción australiana, fue dirigido por Andrew Ruhemann y Shaun Tan, ha cosechado varios premios y pasó por el Festival de Sitges. La historia es la de un joven que encuentra una extraña criatura en la playa, y le ayuda a buscar su lugar en el mundo. Es una adaptación en 3D de un libro del propio Tan. Aquí también sólo trailer.

También tocó sólo el Trailer.

“Let´s Pollute”

Este corto, que tiene un narrador que recuerda mucho caricaturas de tipo educativo de los 50´s y 60´s, es obra de Greefwee Boedoe, quien fue el autor, productor, decorador y director de la animación. El cortometraje “es una sátira sobre cómo la polución en nuestro patrimonio y nuestra economía, se mantiene en constate y poderoso crecimiento, al mismo tiempo, que nos enseña cómo ser contaminadores de una mañana más arruinado”. Según se explica en el Site Click Aquí del corto. Boedoe, ha trabajado para Pixar colaboró en “Monster Inc”., en “Buscando a Nemo”, entre otras, y ha ganado premios por ilustrar libros infantiles. Aquí tampoco lo encontramos completo, sólo un Clip.

Se ambienta en la revolución pre-industrial de E.E U.U.

Bueno, no siendo más, Esperaré que su preferido gane. El mío es el primero, de los dos que he visto completos, me gusta más. Si no les gusta la letra o los cambios, háganlo saber y volvemos a los viejo. Sé que no dejan comentarios, pero sería bueno saber si vale dejarlo así, o tiene mejor presentación como estaba antes.

SE EDITAN DOS OBRAS DE RUBEM FONSECA: El Cobrador (cuentos) y El Seminarista (su última novela)

Muy liviano, profundamente culto

Rubem Fonseca (1925) es el narrador brasileño más conocido, más premiado y más prolífico de hoy; aparte de las traducciones de su obra a las principales lenguas, ha merecido el aplauso de autores de la talla de Vargas Llosa, Monsivái s, Pynchon. La razón de tal éxito no es difícil de entender: Fonseca escribe libros tan entretenidos que son imposibles de abandonar, mezcla la cultura clásica y la popular con desenvoltura, es divertido, inesperado, tan irreverente que bordea el cinismo, tan violento que sería insoportable si no fuera por los componentes eruditos de sus títulos, en fin, siempre sorprende. No es un logro menor en una carrera que se extiende por 45 años y que presenta, naturalmente, altibajos, pero en la que es manifiesta una personalidad insobornable, inconformista, sin concesiones en la despiadada, cruel, clínica disección de la sociedad en su país.La idea de publicar en forma simultánea dos trabajos de Fonseca, separados por tres décadas, en los géneros en que ha sobresalido -novela y cuento- es excelente, pues permite al lector asistir a la evolución de este prosista o bien comprobar lo opuesto, en la persistencia de las mismas técnicas y la monomanía por episodios truculentos. El seminarista (Tajamar, 2010, 156 páginas, $11.200), su última novela, y El cobrador (Tajamar, 2010, 169 páginas, $11.200), colección de historias que apareció en 1979 y se acaba de reeditar, presentan semejanzas, coincidencias, paralelos inequívocos en el estilo de Fonseca, inconfundible, nervioso, elíptico. Y hay también grandes disparidades, propias del rigor que demanda la crónica breve y de su desarrollo como artífice narrativo, ya que con el correr del tiempo ha tendido a una prosa depurada, seca, carente de adornos.

El cobrador contiene 10 relatos y el que da nombre al volumen nos introduce en un personaje que se repetirá en el resto de la producción de Fonseca: un asesino en serie que se siente con derecho de matar a quien le da la gana, debido a razones que serían plausibles, aunque broten de una mente enferma. Los límites entre normalidad y anormalidad, delincuencia y respetabilidad, son inexistentes. El protagonista no busca el pago de cuentas, ya que piensa que todo el mundo le debe algo: en consecuencia, dispara al dentista que lo atiende o a un potentado, porque “me enferman esos tipos que andan en Mercedes”. El héroe posee características que veremos en todos los actores creados por Fonseca: un apetito sexual insaciable, que lo lleva a relacionarse (habría que decir copular) con una, dos, tres, cuatro, cinco mujeres…

“Mandrake” resulta una intriga policial perfecta. Paulo Mendes, abogado, vive con Berta, quien, aparte de su atractivo, es imbatible en el ajedrez; mientras no ejerce en el foro, Mendes oficia como detective privado y se entiende por igual con el hampa o la policía. Cuando hay varios muertos, se ha bebido sin parar, han desfilado alusiones al cine del pasado, la trama se complica y Fonseca nos ha paseado por Río de Janeiro, el narcotráfico, la corrupción y el caos urbano, surge una repentina pista y el desenlace es digno de Chandler. “Once de Mayo” transcurre en un asilo de ancianos, lugar que se presta especialmente para el pesimismo radical de Fonseca en la paranoia del hablante, quien establece comparaciones irrefutables entre el hogar y un campo de concentración nazi.

El seminarista se lee sin respiro y es una de las ficciones superiores dentro del último período narrativo del escritor, una proeza si se piensa que fue escrita a los 84 años. José es conocido bajo el apodo de Especialista y “el Despachante me dice quién es el cliente, me da las coordenadas y yo hago el trabajo”. Esto consiste en ultimar, mediante pistolas automáticas, a cualquiera que se le mencione. Al llegar a la página 20, han pasado a mejor vida cinco sujetos. Antes de transformarse en sicario, José estudió para sacerdote y gracias a su dominio del latín tenemos citas de Horacio, Séneca, Cicerón; Kirsten, su pareja, traduce del portugués al alemán, lo que nos lleva a Rilke, Pessoa, Blake, sin contar con los pasajes gastronómicos, las referencias musicales, las evocaciones históricas y muchas otras, que otorgan un sabor único a todo lo que escribe Fonseca, asombrosamente liviano, profundamente culto.

El final de El seminarista es demasiado exagerado, porque después de una serie de bárbaros crímenes parece redundante agregar tortura y mutilaciones. Pero un lunar no empaña un texto de calidad y, en conjunto con El cobrador tenemos dos muestras de este notable narrador.

De la Revista de Libros De El Mercurio


El cuento de uno de mis estudiantes (de 6 años)

Muchos de ustedes sabrán cual es mi profesión: soy profesor de colegio, así no tenga ningún estudiante. Me explico, trabajo en un colegio, mi contrato afirma que soy DOCENTE, camino como tal, me visto como ellos y cuando me ven los estudiantes me dicen “Profe”; lo que me hace distinto, es que no doy ninguna clase. 

Aunque sea DOCENTE, mis funciones no ameritan pararse frente a un salón a explayar mi amplio conocimiento sobre determinado tema. No obstante, algunas veces los otros porfesores (siendo el que más ‘tiempo libre’ tiene) me piden que los reemplace en distintos cursos.

Así, hoy fui a reemplazar a un compañero en segundo de primaria y en un ejercicio de escritura, un niño me escribió lo que a continuación publico. Basta aclarar que fue un ejercicio sin ningún tipo de preparación, exigido por el aparecido y tirano profesor que nadie conocía. Espero que entiendan al leerlo las razones que me llevan publicarlo.

El niño tiene alrededor de 6 años, es rubio, pequeñito, habla con fluidez y me dice ticher. Lo publicó sin correcciones ortográficas, tal cual lo escribió. Me gustaría que vieran la imagen que acompaña el texto, pero no tengo escáner, así que no se puede.

La Bella Bestia

Betty y Benjamín Bestia estaban muy contentos de su castillo, les había costado años ponerle a punto. Con caracoles en las almohadas.  Los fines de semana, Benjamín se dedicaba a colgar telarañas nuevas. Sólo había un cosa que enorgullecía a Betty y Benjamín más que su castillo y era su su hijo Billy Bestia. Billy siempre tenía lo mejor de lo mejor, y también, pulgas en el pelo. Se enamoró de una chica bestial, se casaron y fueron bestial mente-felices junto con sus padres.

Andrés David

Aunque no es un trabajo excepcional le pusieron “Excelente”. No sé si compartan mi juicio, pero a mí me encantó, y más recordando al niño. Omito el apellido por aquellas cosas del Google y la manía narcisa de estarse buscando. Y no porque el niño se encuentre, sino porque los papás lo hagan y se pierda mi tan merecido trabajo.