LA SONATA A KREUTZER

Decía Hammett que solo por dos razones se comete homicidio: amor y dinero. Muchas veces por el segundo en función del primero o por el primero en ausencia del segundo.Y aunque la novela de Tolstói no es —bajo ningún precepto de la norma crítica— una novela policíaca, sí es la historia de un asesinato. En sentido estricto, la historia de un feminicidio.

La sonata Kreutzer.jpga Kreutzer sería un gran ejemplo de eso que el discurso feminista balbucea como piso epistemológico; a saber, que los hombres matan a sus esposas, a sus mujeres (y a las ajenas) cuando las aman tanto como Judas a Jesús.  En ella encontrarían páginas enteras para mover la cabeza indignadas y para lanzar el libro contra la pared mientras profieren arengas en contra de La Historia, de la maldad intrínseca de lo masculino, de la sumisión, del sometimiento y eso que desde los griegos ya era la regla para el funcionamiento de la polis: la mujer reducida a ser «perra de cría»… como tan dulcemente las llamaba Aristóteles.

La historia de un feminicidio contada por un misógino de la Rusia de la segunda mitad del siglo XIX. Un misógino perteneciente a la nobleza y que, muy a pesar de Tólstoi, en su discurso trasluce más del fervor cristiano de su autor que un pensamiento suyo, propio, como personaje de ficción.

El narrador-personaje, en un monólogo de 170 páginas, nos cuenta los detalles que lo llevaron a asesinar a su esposa. Discurre por ellos atento a reproducir el discurso del cristianismo que, es por todos sabido, es el principio para un perfecto y bien llevado odio a la mujer. No en vano Eva destruyó el paraíso. No en vano, como cita Tólstoi en boca de su personaje: «Aquel que mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio. No solo a una mujer cualquiera, a su propia mujer.» (Pág. 166)

Pudo ser una gran novela de un misógino decepcionado de las mujeres y sus futilidades. Al contrario, es una novela sobre los vicios del amor cuando están distantes de la norma de Dios, es decir, cuando no se permite al amor «pervertirse» por el placer sensual que tanto preocupa a la religión, siempre ávida de negar el cuerpo en función del alma y de castrar el deseo a favor de la sumisión femenina.

Si quiere una novela llevada con la fluidez y la intriga de las novelas por entregas, La sonata a Kreutzer es su novela. No obstante, si es usted una feminista acérrima, católica, apostólica y romana puede encontrarse con un discurso enturbiado por un Tolstói muy preocupado de moralizar a sus lectores, y al amor de su tiempo, bajo la norma del  cristianismo ortodoxo.

Tolstói, L. La sonata Kreutzer. Editorial Bruguera. 1973.

SUICIDIOS EJEMPLARES

Voy a intentar hacer un comentario a todo libro que vaya leyendo. Será algo corto, sin pretensiones teóricas ni de ningún tipo. Solo un comentario, para que ustedes, si quieren y les anima, le echen también una leída al libro y me compartan sus impresiones en los comentarios. Hoy, para empezar: Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

vilaHe tenido una relación amor-odio con Vila-Matas. Muchos de sus libros me exasperan por lentos y por estar llenos de alusiones a otros autores (en algunas oportunidades con párrafos enteros, textuales y carentes de cita). Sin embargo, este libro es una gran compilación de cuentos. Aún me cuesta ver al español como cuentista, más cuando cada una de las historias que aparece en Suicidios ejemplares son solo eso: una historia, un cuento en el sentido más esencial de la palabra. Hay en el primer relato, Muerte por Saudade, una referencia a un poeta portugués al que dedica gran parte de su libro Extrañas notas de laboratorio; alusión que, no obstante, no adopta ese mismo tono distante y parafraseador que tanto me incomoda en sus novelas.

Un gran libro. Un libro para gente que le gusta escribir, como (desde mi perspectiva) es casi todo lo que escribe Vila-Matas. La diferencia con sus novelas: en este libro hay cierta libertad representada en historias sólidas que no se difuminan para dar prelación a esa espiral de envanecimiento a la que parecen condenados todos los personajes de sus novelas. Espiral que no está ni siquiera en un cuento que, por el título, su presencia parecería obligatoria: El arte de desaparecer.

«(…) De pronto, una noche, muertos ya todos, Anatol comprendió que estaba solo, completamente solo en el mundo, y notó esa sensación de extravío que se siente cuando, en el camino, nos volvemos atrás y vemos el trecho recorrido, la vía indiferente que se pierde en el horizonte que ya no es nuestro. (…) que era cierto eso de que cada hombre lleva escrita en la propia sangre la fidelidad de una voz y no hace más que obedecerla.»

De El arte de desaparecer.

Enrique Vila-Matas, Suicidos ejemplares. Editorial Anagrama. 2000

Escritores, filias y nobles oficios.

Los que saben de griegos dicen que allí la vida era algo más que placentera. Especialmente para los hombres: guerreros, políticos o filósofos. Su tarea a corto plazo era cumplir con su fin dentro y a beneficio de la sociedad, a plazo trascendente, preocuparse por un telos en ese mundo que no podía contarse en pasos o amaneceres.

La vida edénica dejaba tiempo para todo, particularmente para pensar el porqué del mundo al que quizá los griegos dieron respuesta en varios aspectos, pero en otros se quedaron en la mera especulación argumentada.

witch1Hipócrates, griego y médico importante (el juramento médico lleva su nombre) propuso la Teoría Humoral, que en resumidas cuentas definía los tipos posibles de temperamentos y personalidades. La teoría aseveraba que los rasgos de carácter estaban determinados por fluidos corporales: la sangre con el entusiasmo, la bilis negra con la melancolía, la bilis amarilla con la ira y la flema con la apatía. Lo que haría del ser humano una especie de calamar hidráulico que sentía a través de vejigas reguladoras e inundaciones controladas. Esta teoría perduró por siglos llegando hasta la edad media y declinando a comienzos del XIX. Sólo hasta la transición al XX se consolidaron nuevas teorías con respecto a la personalidad.

Dentro de los cambios de teorías una de las más importantes fue de origen literario. El libro de Stevenson: Dr Jekill y Mr Hyde, hizo tambalear la confianza que se tenía en la conciencia y en la solidez de la conducta humana. La obra expone las contradicciones presentes en toda persona, haciendo de la psique un ente escindido en bueno y malo.

De igual manera, Freud con su personalidad tripartita fue el tercer gran golpe para el prepotencia de la condición humana (el primero, el sol como centro del universo;  el segundo, el antecedente evolutivo en el mono) y consolidó una forma de entender la conducta humana concomitante con la naturaleza inicua que generalmente le acompaña. Tanto Freud como Stevenson elucidaron la otra cara, esa que la ilustración tanto se preocupó por evadir poniendo todo en mano de una racionalidad apabullante, que terminaría por desembocar en el cientificismo y la cosificación del hombre, pero es tema de otro día.

Y como no todo puede ser pobre elucubración, me voy de lleno con el interés de este post. De los personajes conocemos su lado público y ya que a todo el mundo le gusta el chisme, Proust hizo una obra grandísima contando chismes, voy a contarles comportamientos extraños de esos que por su trabajo han merecido nuestra admiración.

Empecemos con el escritor que le dio tanta madera para hoguera a Walt Disney: Hans Christian Andersen, de quien se sabe era hipocondríaco y lo afligían pesadillas. Solía llevar consigo una soga, para que en caso de incendio en el hotel que se hospedaba, pudiera escapar por la ventana.

No es secreta la pederastia de Charles Lutwig de Dodgson o Lewis Carrol, este diácono de la iglesia católica que solía cortejar y retratar a Alice Liddel (menor de edad), quien era hija del decano de la Facultad Cristiana donde Lewis se desempeñaba como bibliotecario. Alice es la  musa de su obra más conocida.

Durante un paseo en barco con la familia Liddel, Lewis improvisó un cuento: “Alices Adventures Under Gruond”, que sería de las primeras versiones de su Opus Magna. Los papás n0 vieron con agrado el gesto dulce y rompieron relaciones con el bibliotecario.

Pero Alice fue la más conocida, mas no la única. Doce años después conoce a Gertrude Chattaway, para quien escribe “La caza de Snark”, un poema que describe ”con humor infinito, el viaje imposible de una tripulación improbable, para hallar a una criatura inconcebible” (clic para leer Snark).

lewis-carroll-alice-pleasance-liddell-as-the-beggar-maidAdquiere fama como fotógrafo, casi todas las fotos de niñas disfrazadas o desnudas. Siete años después enseña lógica en el Colegio Femenino de Oxford donde conoce a Isa Bowman, musa de “Silvia y Bruno” una novela en dos volúmenes. Se dice que era un hombre encantador: ángel y demonio. Terminando su vida, abandona la literatura y predica en congregaciones infantiles. Nunca se le probó que mantuviera relaciones carnales con las niñas. Su sano pasatiempo de fotografía impúberes desnudas, en épocas actuales, le daría unos cuantos años de cárcel e incluso la muerte.

Charles Darwin, padre del evolucionismo, padecía trastorno obsesivo-compulsivo caracterizado por ideas recurrentes y rituales absurdos que no pueden controlarse. Era un hombre de lógica, así que antes de casarse con su prima Emma, escribió una listas de pros y contras.

En su diario en el apartado ”Marry” escribió ” Niños (si dios quiere): Constante compañía. Se interesan por uno. Objetos para amor y juego. En todo caso, mejores que un perro. Compañía: Alguien que cuide de la casa. Conversación familiar (chit-chat) y buena música. Benefician la salud. Se es forzado a visitar y recibir amistades, lo que es una terrible pérdida de tiempo. Los niños son compañía, sin ellos, se puede ir donde quiera.” Increíblemente, terminó casándose.

Charles Dickens, luego de morir su esposa Catherine, sostuvo una relación con Mary la hermana de su esposa, quien moriría en sus brazos, y luego con Georgiana otra de las hermanas.

Sigmund Freud podría haber basado todas sus reflexiones alrededor del comportamiento sexual en sí mismo, puesto que de  niño parece haber sufrido de constantes abusos sexuales. Tenía un miedo irracional al número 62 y a los helechos, además de estar obsesionado con el número 23 y el 28.

Víctor Hugo tuvo una vida familiar tormentosa y no era un buen padre. Su hija Adele perdió la razón y desarrolló un amor obsesivo por un militar que no le correspondió. Lo acosó por años, mendigó en las calles y murió como una mendiga loca.

El padre de la literatura moderna y creador del Ulysses, James Joyce, mostraba un caso clínico de coprofilia, documentado en cartas enviadas a su esposa Nora. A Joyce le excitaba verla defecar. (Clic para ver una carta, tomada de erroreshistoricos.com).

Herman Melville gustaba de las mujeres extrañas. Su primera esposa fue Fayaway, una aborigen de las Islas Marquesas que practicaba el canibalismo.

El autor de  “En busca del tiempo perdido”, Marcel Proust, para excitarse sexualmente torturaba ratones y le gustaba escuchar relatos de sacrificio a animales de caza. Viriginia Wolf, mantuvo una relación lésbica con su hermana Vannesa. En una cena ofrecida por su amigo Clive Bell,  Wolf conoce a  Vita Sacksville-West, con quien entre 1925 y 1929 sostuvo una relación amorosa, ella era casada. Se cree que un trastorno bipolar la llevó al suicidio en el río Ouse.

La idea de la enfermedad como forma propiciadora del arte deriva del pathetic fallacy, una idea romántica arraigada en las época de entre guerras de Europa. Se solía decir que sólo la enfermedad permite al artista tocar sus entrañas y volverse clarividente.

La enfermedad, física o mental, es un paroxismo que aguza la mirada introspectiva afilando la sensibilidad artística, podría ser una de las vertientes. Pero también puede ser que  una vida artística haga propenso a la enfermedad, empujando a que la hipersensibilidad febril se convierta en comportamiento extraño, transformando el trabajo artístico en un oficio anormal y perverso.

Una Serendipia y Una Perversión

En el siglo XVII, Gottfried Leibniz escribió que las coincidencias no existen. Construyó todo un sistema basado en la predestinación y en la posibilidad de que cada hecho, por pequeño que sea, afecta el transcurso de la vida y se hacer relevante para el futuro; como fichas de dominó que caerán siempre del mismo modo sin importar cuántas vertientes haya. Si conociéramos el futuro sabríamos que cada ínfimo acontecimiento, que cualquier encuentro fugaz con una persona sin importancia, son una premonición.

DOS MITADES DE MAR

don_quixote_1-237x300Yo tenía una tía que un día, cuando era niña, recogió una concha muy bonita en una playa del mar del norte. A millares de kilómetros de allí, más o menos por la misma época, un niño recogía una concha en una playa australiana.

Pasaron 20 años y el niño creció, vino a Inglaterra y se enamoró de mi tía, con la que se casó. Los años pasaron, tuvieron hijos y, por <<casualidad>>, un buen día guardando cosas y recuperando otras, encontraron las conchas de mar que ambos habían guardado desde que eran niños. Las dos conchas se parecían tanto, que las pusieron de lado y las confrontaron. Con sorpresa vieron que habían recogido dos mitades de una misma concha.

LANGELAAN, George. LOS HECHOS CONDENADOS. Enciclopedia Horizonte. ED. Plaza y Janés. 1972.

De todas las obsesiones que me acompañan, la relacionada con las desviaciones del comportamiento sexual es quizás la que ocupa más espacio de lectura y escritura. Valdría mejor decir que no sólo la desviación sexual, sino todo comportamiento que la sociedad considere fuera de la moral causa en mí una fascinación obsesiva. Fascinación enfocada no a la morbosidad llana, sino a la etiología o patogénesis de la desviación.

CASO 33 COPROLAGNIA/LESBIANISMO

Señorita X. de 26 años de edad. A los 6 años practicaba en sí mimissingp03sma el cunnilingus; después, hasta los 17, la masturbación solitaria en cada oportunidad. Desde entonces, el cunnilingus con diversas amigas, a veces adoptando el papel pasivo y otras el activo, terminando siempre con una eyaculación y, desde hace años, la coprolagnia: su mayor deleite consistía en lamer el ano de sus amantes femeninas y en beber su sangre menstrual. También le entusiasmaba que la azotaran en las nalgas desnudas.

La idea de llevar a cabo la coprolagnia en el cuerpo de un hombre le resultaba repulsiva. Sólo obtenía satisfacción en el cunnilingus practicado por un hombre cuando imaginaba que lo hacía una mujer. Le repugnaba la cópula con hombres.

Sus sueños eróticos eran siempre de naturaleza homosexual y se limitaban a un cunnilingus activo o pasivo. Además de los besos mutuos le encantaba que la mordiesen violentamente, de preferencia el lóbulo de la oreja hasta causar hinchazón o hacerla sangrar.

X. siempre tuvo inclinación por las ocupaciones masculinas y gustaba de encontrarse con hombres como uno más. Desde los 10 hasta los 15 años trabajó en la cervecería de un pariente, vestida cuando le era posible con pantalones y con un delantal de cuero. Era indulgente y de buen carácter, se sentía feliz en su condición homosexual. Fumaba y bebía cerveza. Laringe pequeña femenina, senos mal formados, pies y manos grandes.

VON KRAFFT-EBING, Richard. PSYCHOPATHIA SEXUALIS. Edición en español por Editorial La Máscara. 2000.

Ojalá lo hayan disfrutado.

El último terminará sobre el tejado

Cuando tenía 10 años, vi como mataban a alguien en la esquina de la cuadra, ahí frente a la panadería. EL frisbee quedó a medio camino entre mi mano y la de Joaquim, quien se distrajo por el ruido de la carrera del hombrecito con un revólver en la mano, que huía de otro más grande, conocido como “El ratón” y que tenía una casa de mármol, con gárgolas grises en medio de una cuadra de casas apiñadas, pequeñas y humildes. El hombrecito cayó, nosotros lo vimos intentar levantarse y tropezar de nuevo con una patada que le vino de sorpresa partiéndole dos dientes que volaron amarillentos hasta los pies de Jairo, quien miraba como buscando tragarse con las ojos y la boca abierta, el arma cromada del hombrecillo que había caído junto a las “Peras” recién salidas del horno. Nadie supo qué hacer, mejor, nadie quiso hacer nada.

No fue extraño. Las personas, aunque miraban atentas, no se movían ni para esconderse, ni para ayudar. Días antes, el barrio había sido testigo de una mujer desnuda que huía de la casa del ratón. Llegó a la tienda frente a nuestra casa. Corrió dentro y gritó “¡María me van a matar!”. María era mi tía, dueña desde antes de que yo naciera, de un negocio de “líchigo”. Jairo, Joaquím y yo, al oír el alboroto fuimos hasta la puerta del negocio y casi caemos de frente cuando “El ratón”, sin camiseta y en calzoncillos, cruzó con la MiniUZI en la mano, gritando “no te me escondás, puta”, lo repetía alternando con “Doña María, vos sabés que yo todo bien, pero decíme ¿Dónde se metió? ¡Dónde!”. Mi tía, asustada sólo repetía, como si no supiera más “Aquí no, Ferney. Aquí no”. Pasó atrás del mostrador, miró, buscó, volvió a mirar sin ver que la mujer, a la que aún no veíamos la cara, se trepaba como un gato al tejado de zinc que cubría las mesas donde se jugaba ajedrez y dominó. Con el cañón en la frente, pálido y la voz entrecortada, Don Luis, el de la cigarrería, señaló para arriba y titubeó “ahí”. Apoyó en la cadera, movió el cañón de la cabeza de Don Luis y disparó para arriba, haciendo círculos y formas de espiral hacia el tejado de Zinc, sin darnos tiempo de siquiera meternos bajo la mesa. Cuando ya solo sonaba el chasquido del arma sin balas, salió, dejó un fajo de billetes sobre el mostrador de mi tía y dijo: “Para que recojan esa mierda”.

Las cabezas se asomaron temerosas. Arriba, un jadeo acompañaba el goteo espeso de la sangre que manchaba las mesas y al alfil de un tablero. Joaquím, codeó a Jairo, y yo que no alcancé a esconderme, los vi salir y buscar a al “Ratón” con la mirada. Mi tía, entró gritando por una ambulancia, con las manos en la cabeza, dijo: “¡Eliza, Eliza, me mataron a Eliza! Jairo se puso blanco y ayudó a los hombres borrachos que ya buscaban mesas y escaleras para bajar el cuerpo aún jadeante de mí tia Eliza, mamá de Jairo, a la que ya le habíamos visto la cara en pleno y escupiendo sangre. Murió ahí mismo, antes de que la ambulancia siquiera se anunciara con su sirena.

Que estaban en un trío, oíamos a la gente decir, que el otro tipo estaba mejor dotado que el “Ratón” y que la vieja se había pegado en jadeos de placer al otro, lo que provocó el ego herido. Que la mataron por no saber fingir como todas las mujeres. ¿Y el otro? Se escapó con las bolas al aire.

Cuando “El ratón” levantó el arma, mientras se disculpaba con el panadero que también le pedía que ahí no, le dijo al hombrecillo: “a ver qué tan grande la tenés, malparido”. Pero el disparo sonó antes, el hombrecillo cayó de espaldas con el pie tronchado, agarrándose el pecho y respirando con dificultad. Giramos y vimos a Jairo con el arma en la mano, cromada, untada de azúcar y echando humo.

La importancia de haberse llamado Ernesto

Sabato (1)Anoche fue inevitable que mi cabeza fuera de nuevo a Lezama. La estatua de Ceres me recordó a Martín, al Greco y a Alejandra caminando desde atrás para construir un encuentro de esos que, dada su magnitud, cuesta tanto elaborar cuando pretendes ser un dios minúsculo. Esos momentos que en Sabato se entendían tan naturales que todos hemos esperado el día en que una Alejandra se prenda fuego frente al la tristeza que se nos metió en el alma.

Todo siempre será una premonición, decía Sabato y yo lo parafraseo groseramente, porque no quiero ir a los libros y repasarlos para hacer decentes mis recuerdos. Aunque en este caso, la premonición se había hecho espera. Todos comentamos que Sabato moría este año, además la vida parece haberle cumplido sus deseos de vivir dos mil años, o no morirse sin antes aprender de qué va la vida. Sus deseos que siempre fueron una condena.

No puedo hablar más que del Sabato que conocí gracias a un amigo que supo guiarme por lo mejor que he leído en mi vida. Un Sabato de papel, de recuerdos y de anécdotas. Como aquella vez que el editor de Común Presencia me contaba haberlo entrevistado mientras el escritor padecía un dolor de muelas. U otros tantos que me decían haberlo visto, haberlo saludado, haber comido en su casa. Y yo sólo podía emocionarme con esa atención estúpida que suelo prestar a los detalles. Pensaba en que esa mano, que también yo estrechaba, había estrechado la del viejo cascarrabias. Una emoción pueril en todo caso.

Y fue sólo mi culpa, o culpa del hado al que siempre es fácil adjudicarle lo bueno como lo malo, el haber visto en Sabato el yo que hubiese sido de haber nacido en 1911 en una patria que no es esta que me tocó en suerte. Claro, todo esto relativo al deseo, o a esa forma de deseo imposible que es la esperanza. 

No hubo otro escritor al que fuera tantas veces cuando me sentí perdido. Ninguno otro acompañó la Tristeza que fue mi modus vivendi durante tantos años. A nadie he citado tanto de memoria cuando fue necesario decir algo que salvara a alguien un poco del tedio y la desesperanza.

Lo leí mucho. Escribí en sus libros como lo hiciera Marcelo o R con letra pequeñita al borde de la página. Y muchas veces me vi garabateando, con palos sobre tierra, el nombre de Mi Alejandra y siendo tan pusilánime, enamorado y cándido como lo fue Martin. Me faltó irme al sur luego de que Mi Alejandra también hiciera algo similar a bañarse en gasolina y encenderse como una antorcha de miseria. 

Aún, si un día me encuentran por la calle, podrán escucharme recitar el cuento del Dragónprincesa, las disertaciones del Dr. Gandulfo y la historia de ése que se trepó desnudo a un farol, sólo para mirar desde arriba, que vendía chorizos,y que nos recordó que el Danubio nunca ha sido azul.

Al fin al cabo, para mí nunca existió esa carne que compuso a la persona de Sabato. Ese cuerpo que fue más cuerpo por su depresión y la muerte de su hijo. Para mí, sólo estuvo ese Sabato cansado de la luz, al que se le aparecía un alterego siniestro para incitarlo a la oscuridad. Ese Sabato que no cabía en el ego, que fue Fernando, Alejandra, Martín y sobre todo Bruno, de quien sepan de una vez saqué este nombre que me sirve de velo y de resguardo. No hubo otro. Yo no lo entrevisté con dolor de muela. No me paré furtivamente a su lado para salir junto a él en una foto. No le di la mano. Sin embargo, sé que fui parte de su cometido. Me dijo lo que tuvo que decirme como un abuelo al que se escucha, dándole a entender que no se la hace caso. 

Y como no quiero decir cosas ridículas o manidas de la muerte, sólo diré para terminar, que ahora yo caminaré junto a algún amigo y hablaremos a veces y callaremos otras más, como cuando se nos ha muerto alguien muy querido.

“Cómo Convertirse en Artista Posmoderno”

El título aparece en comillas, porque no lo escribí yo, pero hubiera querido. Siempre he considerado, sin ser un versado en arte, que el mote de posmoderno está más cercano a la mierda que al arte. Disculparán todos los artistas plásticos que se pasen por aquí mi descarada y sin-fundamentada aseveración; sin embargo, seamos claros en dos cosas: la primera, ningún artista plástico pasará por aquí, están muy ocupados buscando su próximo “ready made” o preocupándose por la justificación teórica que hará “arte” a su “obra”-“instalación” ocomosellameparaelcasodaigual. Y la segunda: que los artistas plásticos siempre están en el establishment y de esto aquí no hay nada.

Matanza de los simplesLástima que haya tan poco Arte en el “arte contemporáneo”. Las afectaciones no pasarán de esta época, por lo que es necesario elucidar qué sí. Un pintor amigo me decía (dándose la posibilidad de que la paranoia mayaegipcianostradamudesca se cumpliera) que el “arte de salón” sería lo último que arqueólogos del futuro, tomarían como referente para entender la cultura actual (¡dios nos libre!), que antes, se fijarían en Stan Lee o en Frank Miller, en todo caso el cómic. Habrá que preguntarle a él, el porqué de su aseveración.

Bueno, terminando que mis balbuceos. Ahora sí a lo que vine. El artículo lo escribió Carlos Yusti y lo tomé del blog de Gustavo Rico un pintor bogotano. Es posible que esto no lo lean completo, ya que será pura letra e internet necesita interacción que hoy no tengo, ni nunca tendré. Esto es un blog serísimo que no admite pendejadas Guiño.

Cuadro: “La matanza de los simples” Oleo en proceso por Gustavo Rico.

“Me siento avergonzado de muchas obras de arte actual”

E. Gombrich

En el complejo mundo del arte actual (postmoderno y neoliberal para darle una etiqueta para aquellos preocupados por clasificaciones sumarias y síntesis rotundas) el mercado artístico, el cual engrana en su enrevesada relojería a Museos, galerías privadas, bienales, casas de subasta y cualquier empresario japonés con veleidades de mecenas tardío, ha creado eso del “Artista profesional”. Aunque el concepto se fue cocinando mucho antes con la creación de la Historia del Arte, y perpetrado por reputados profesores universitarios(alemanes, ingleses y franceses) adquiere su perfil decimonónico durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.

Los grandes artistas clásicos, archivados por la historiografía del Arte, no eran profesionales de arte, en el sentido subrayado el término, y aunque vivían de su arte para sus contratadores y mecenas como príncipes, reyes y prelados eran artesanos, muy dotados, pero en la misma escala de los pajes, sirvientes y cocineros.

Con la modernidad los artistas trataron de no sólo de sobrevivir a través de su trabajo artístico, sino de labrarse una reputación artística tan importante como cualquier otra. Para ello primero trató de romper con los viejos arquetipos de la pintura y la escultura clásica:

Perspectiva y formas que buscaban la perfección y la belleza. Luego cuestionó los parámetros inamovibles de la belleza como herencia griega y por último se asomó a la ventana y miró más allá de su estudio y comprendió que aparte de artista sería un cuestionador consumado de la sociedad con sus falaces dogmas y sus desmarginalizadas normativas. Entonces el artista, también asume la vanguardia como ideario estético y político. Ser vanguardista era ir al ritmo de lo nuevo, de todo aquello que abría fisuras en la dura corteza de las conciencias cortesanas del momento.

Con el transcurrir del tiempo el arte de la modernidad se tornó rutinario y fue empaquetado en los museos de arte moderno. El artista adquirió cierto status de prestigio. Ya no era una tara ni una vergüenza para las familias que alguno de sus miembros se inclinara por la pintura, la música o la literatura. El atentado de los modernistas rindió sus frutos, pero su producto estético se anquilosó muy rápido, se asfixió en una parafernalia de importancia que se volvió indigesta para los artistas posteriores.

keith-arnattEl artista contemporáneo olfateó enseguida que era su oportunidad. Retomó algunas banderas enarboladas por los modernos y perpetró nuevos atentados estéticos, dándole preeminencia al feísmo, la no-obra, el arte efímero etc. Su artillería no es ahora contra los prejuicios estéticos de la sociedad (tanto legos como estudiosos), sino contra el arte en general como icono de triunfo e institución o como lo escribe con gran acierto José Luis Pardo:


“…podría decirse que se llega a ser artista contemporáneo a través de una carrera sembrada de “atentados simbólicos” que, ahora, ya no se dirigen contra el orden establecido de la representación (puesto que cada vez está menos claro que haya un orden de este tipo o en qué consiste) sino precisamente contra el arte como institución, entre cuyos muros medio demolidos vive a su pesar el artista contemporáneo, tomado por lo que precisamente ya no quiere ser, o sea, ornamento de un poder público o recremento de poderes privados. Testimonio de ello son los sucesivos y concurrentes intentos de negación de la voluntad artística —el artista contemporáneo, a diferencia del moderno, no quiere ser artista o autor— o la pretensión de disolver la categoría misma de obra (creando productos visuales que no sean “cuadros” susceptibles de ser conservados en museos, productos sonoros que no sean “canciones” susceptibles de ser repetidas o reproducidas…”

El éxito de los contemporáneos tampoco tuvo los resultados esperados y para que el arte no sea guardado en los Museos de arte contemporáneo viene el Megamercado del arte al rescate. Hoy el arte parece una fiesta costosa de moda y encanto.

Con la postmodernidad, no resuelta ni finiquitada del todo, el “Vale todo” se abre paso a dentelladas y conceptos como “musa”, “inspiración”, “naturaleza” se ahuecan y el arte se convierte en una actividad pensada donde muy pocas cosas se dejan al azar y a la intuición, aunque a primera vista las obras den la sensación de azaroso y fortuito. Y aunque estos nuevos “terroristas”, hay algunos que son verdaderos magnates profesionales, el artista fragua su no-obra ejerciendo otros oficios muy rentables.

Ya no se dedica en intenso a su arte, sino que trabaja como Dios manda y viste como yuppie. Aunque algunos andan en volandas de una bienal a otra, de una beca o otra, su actitud estética ante la vida ha cambiado de manera significativa. Muchos resultan, a la postre, divas insufribles. Otros tratan de justificar sus obras con una verborrea especializada. Otros se valen de las nuevas tecnologías. No obstante muchas obras son sólo propuestas transitorias, obras que no será fácil guardar en museos o en la casa de algún adinerado coleccionista. Obras que no logran sintonizar con la sensibilidad del espectador que las observa con mucho recelo. A pesar de esto, me permito algunas instrucciones para convertirse por los 15 minutos reglamentarios, en un artista postmoderno:

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  1. No es imprescindible que sepa dibujar o pintar. Tampoco son necesario estudios de arte de ningún tipo. Agallas. Sólo agallas y caradurismo.
  2. Lo suyo es el arte objetual, el efímero, la instalación, el video-Art., el body-Art., la no-pintura y cualquier expresión de nuevo cuño que ande en boca de curadores y galerista. Todo esto para que no descubran su ignorancia a la hora de manejar los pinceles o de vérselas con el lienzo en blanco.
  3. Asuma un tema determinado como Rolando Peña (el petróleo), Javier Téllez (la locura y el manicomio), Miguel Von Dangel (los animales disecados).
  4. Incorpore a sus obras computadoras y cualquier cacharro tecnológico. Eso no falla.
  5. Busque un buen patrocinante, alguna galería, gánese una beca o conviértase en chupemedia descarado de las instituciones culturales del Estado para que lo envíen al exterior. Váyase a Japón, Nueva York o Alemania, luego regrese y muestre que aprendió de su turismo artístico. Refrite tod.
  6. Cada vez que lo entrevisten hable como un semiólogo. O sea enrevesado y con una terminología rebuscada.
  7. Todo en materia artística es aprovechable. Disecar animales, pintarse el cuerpo, realizar una danza ritual de los autóctonos de Sudan, colocar árboles en las paredes o carteles de publicidad. No perdone ninguna tendencia y fusile lo más que pueda.
  8. No tenga prurito ni escrúpulo alguno, en apropiarse del trabajo de sus otros colegas tanto del patio local como extranjero. Si está en una dependencia pública, promocioné su obra y deje al margen a los demás artistas.
  9. Tenga en cuenta lo escrito por Félix de Azúa:

“El arte contemporáneo es nuestro arte porque no cree en nada, no espera nada, no aspira a nada, no se propone nada, es nada, quiere ser nada, sólo puede querer ser nada, y se expresa como una nadería que baila graciosamente sobre la nada de un abismo al que contempla con el desprecio de los temerarios (no de los valientes), a semejanza de los adolescentes mudos, bañados de sudor y resignación, que se agitan en enormes recintos con el suelo alfombrado de psicotrópicos. Allí construyen el instante de la entrega, lo único memorable de una semana devorada por la inutilidad. Y también están en el espejo del arte contemporáneo, detenidos en su éxtasis estoico.”

El artista postmoderno (o de estos aciagos días) debe arrancar del espectador expresiones tales como: “Esto lo hace mi hijo de tres años”, “Con MiArte tengo”, “Coño, ahora a toda mierda lo llaman arte”, “Pero a dónde hemos llegado, a cualquier basura la llaman arte y de paso quieren venderla”. Que el espectador carezca de una estructura humanística, mental y cultural apropiada para distinguir una obra de arte de lo que puede ser una falacia, un camelo o una tomadura de pelo, no es culpa del artista.

Además La obra de arte actual parece responder a otros parámetros donde el juego y la parodia se dan la mano. No obstante no responde al azar, o el instinto, aunque los artistas la hagan de locos fellinianos. Tampoco es una entidad para especialistas, sino una propuesta para el transeúnte y para el hombre común que vive el presente como una aventura azarosa.

El arte más que especialistas busca fanáticos, busca adeptos entusiastas. Por supuesto que en este carnaval estético de moda, pompa y circunstancia logran colearse los estafadores y toderos de siempre, pero eso es también un reto para el artista de pelaje verdadero y para el espectador que trata de salir del foso de sus ignorancias y prejuicios.

Más que abrir los ojos el arte actual pide a gritos que el espectador abra su mente y su sensibilidad, no para dejarse conmover, sino más bien para participar del acto creador como un artista más.

Tomado de: http://gustavoriconavarro.blogspot.com.