Manías, supersticiones y rutinas para escribir de algunos escritores.

Cuando se le pregunta a Ignacio Echevarría cómo, dónde y cuándo Roberto Bolaño pergeñaba sus novelas, el albacea literario del escritor chileno responde con una anécdota: Bolaño escribía de noche, con sus auriculares puestos y escuchando canciones de… heavy metal.

Esta afirmación manifiesta que mucOnetti, disfrazado de vaquero, finge leer una traducción de El astillero hos genios de la literatura suman manías para inspirarse frente un papel en blanco, algunas más excéntricas y otras más personales. Nos adentramos así en esa trastienda íntima de un oficio, como es el de la escritura, en muchos casos desconocida por sus lectores fieles.

Ana María Matute
Recordemos, por ejemplo, que la reciente Premio Cervantes de las Letras 2010, Ana María Matute, siempre confiesa que se inventa supersticiones. Una de ellas es no mirar nunca el folio desnudo de letras, crear en soledad, corregir con lápices de colores sus manuscritos y jamás ponerse de “espaldas a una puerta”.

Carmen Martín Gaite
Menos maniática y más formal era la novelista Carmen Martín Gaite, que escribía a mano, aferrada “tercamente, como única tabla de salvación”, a la pluma estilográfica que heredó de su padre, como así aseguró en el discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 1988.

Juan Carlos Onetti
Sin embargo, extravagancias de otros grandes escritores, existir, existieron. Es conocido que en los últimos años de su vida Juan Carlos Onetti decidió vivir postrado en su cama,  en su domicilio de Madrid, leyendo novelas policíacas, fumando y bebiendo güisqui.

“Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada, pero siempre sé que volverá”, decía el escritor uruguayo sobre la inspiración. En la foto que ilustra este reportaje, vemos ese momento íntimo de Onetti en su cama, en una instantánea hecha por su viuda Dolly incluida en el libro “Juan Carlos Onetti: ensayo iconográfico” (Centro Editores, 2010).

Aunque la imagen icónica de Onetti también quedó retratada para la posteridad en las escenas de la película “El dirigible”, de Pablo Dotta, donde se mezclaba el argumento fílmico con fragmentos de una entrevista al autor, que nunca quiso conceder

Asa Larsson
Más al norte de Europa, en un pequeño pueblo sueco llamado Uppsala, la escritora Asa Larsson desvela que tiene una gran habilidad para escribir en cualquier sitio, aunque lo haga a menudo a oscuras, de madrugada cuando sus hijos no le molestan: “Creo que contra más rituales y manías tienes, más complicado es escribir. Mi lema es “Sin excusas”. Sólo importa el papel y el bolígrafo”, explicaba.

Son manías que muchos periodistas obviamos a la hora de retratar a los autores o de reseñar sus libros. Por ese motivo, habría que rememorar una intensa frase de Edgar Allan Poe: “Cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera describir, paso a paso, la marcha progresiva de sus obras. Muchos prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de frenesí o de intuición”.

Pues bien, esas compilaciones existen ya desde hace años en librerías. Títulos como “Escribir es un tic. Los métodos y las manías de los escritores” (Ariel, 2008), de Francesco Piccolo; o “Cuando llegan las musas” (Espasa Calpe, 2009), de Ángel Esteban y Raúl Cremades, retratan esa “marcha progresiva” de la que hablaba Poe.

Juan Ramón Jiménez

Piccolo, por ejemplo, rescata la obsesión de Juan Ramón Jiménez por el silencio absoluto mientras estaba componiendo sus poemas. Al premio Nobel de Literatura 1956 le enturbiaba la agresión del ruido. Cambiaba constantemente de domicilio, incluso forró de corcho su despacho del piso madrileño donde vivía. Pero un simple canto de un grillo era suficiente para irritarle.

Al margen de lo narrado en este libro, sus allegados incluso comentan que Juan Ramón se encerraba a menudo en monasterios de clausura para crear su obra. Necesitaba imperiosamente el silencio, comentan.

Capote y Hemigway

Y qué decir del precoz Truman Capote, que, desde su infancia se iniciaba en la literatura, portando un diccionario y un pequeño lápiz para realizar sus anotaciones creativas. También Ernest Hemingway, quien garabateaba en una cafetería, cerraba al fin su cuaderno cuando le llegaban las musas y postergaba a mañana la escritura para pasear por su adoptivo París. Luego, reescribía hasta 30 veces lo que quería narrar. En su bolsillo llevaba siempre un amuleto, una pata de conejo o una castaña.

Simenon y Cheever
John Cheever relata que su oficio de cuentista se trasladaba a la cocina de su casa, donde escribía en calzoncillos. Y Georges Simenon, creador del comisario Maigret, comenzaba sus novelas leyendo una guía telefónica y ahí escrutaba, leía en voz alta y seleccionaba en una lista los 30 nombres de sus posibles personajes.

Borges, García Márquez y Vargas Llosa
El otro compendio, “Cuando llegan las musas”, además, nos ilustra cómo Gabriel García Márquez novela siempre en su despacho con un flor amarilla a su lado; y el también premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa trabaja rodeado de figuritas con forma de hipopótamo. O cómo Jorge Luis Borges se zambullía en su bañera para que una idea matinal se convirtiera en cuento borgiano.

Manías, supersticiones, rutinas que muchos escritores inventan para parir su literatura.

En: http://noticias.lainformacion.com

SE EDITAN DOS OBRAS DE RUBEM FONSECA: El Cobrador (cuentos) y El Seminarista (su última novela)

Muy liviano, profundamente culto

Rubem Fonseca (1925) es el narrador brasileño más conocido, más premiado y más prolífico de hoy; aparte de las traducciones de su obra a las principales lenguas, ha merecido el aplauso de autores de la talla de Vargas Llosa, Monsivái s, Pynchon. La razón de tal éxito no es difícil de entender: Fonseca escribe libros tan entretenidos que son imposibles de abandonar, mezcla la cultura clásica y la popular con desenvoltura, es divertido, inesperado, tan irreverente que bordea el cinismo, tan violento que sería insoportable si no fuera por los componentes eruditos de sus títulos, en fin, siempre sorprende. No es un logro menor en una carrera que se extiende por 45 años y que presenta, naturalmente, altibajos, pero en la que es manifiesta una personalidad insobornable, inconformista, sin concesiones en la despiadada, cruel, clínica disección de la sociedad en su país.La idea de publicar en forma simultánea dos trabajos de Fonseca, separados por tres décadas, en los géneros en que ha sobresalido -novela y cuento- es excelente, pues permite al lector asistir a la evolución de este prosista o bien comprobar lo opuesto, en la persistencia de las mismas técnicas y la monomanía por episodios truculentos. El seminarista (Tajamar, 2010, 156 páginas, $11.200), su última novela, y El cobrador (Tajamar, 2010, 169 páginas, $11.200), colección de historias que apareció en 1979 y se acaba de reeditar, presentan semejanzas, coincidencias, paralelos inequívocos en el estilo de Fonseca, inconfundible, nervioso, elíptico. Y hay también grandes disparidades, propias del rigor que demanda la crónica breve y de su desarrollo como artífice narrativo, ya que con el correr del tiempo ha tendido a una prosa depurada, seca, carente de adornos.

El cobrador contiene 10 relatos y el que da nombre al volumen nos introduce en un personaje que se repetirá en el resto de la producción de Fonseca: un asesino en serie que se siente con derecho de matar a quien le da la gana, debido a razones que serían plausibles, aunque broten de una mente enferma. Los límites entre normalidad y anormalidad, delincuencia y respetabilidad, son inexistentes. El protagonista no busca el pago de cuentas, ya que piensa que todo el mundo le debe algo: en consecuencia, dispara al dentista que lo atiende o a un potentado, porque “me enferman esos tipos que andan en Mercedes”. El héroe posee características que veremos en todos los actores creados por Fonseca: un apetito sexual insaciable, que lo lleva a relacionarse (habría que decir copular) con una, dos, tres, cuatro, cinco mujeres…

“Mandrake” resulta una intriga policial perfecta. Paulo Mendes, abogado, vive con Berta, quien, aparte de su atractivo, es imbatible en el ajedrez; mientras no ejerce en el foro, Mendes oficia como detective privado y se entiende por igual con el hampa o la policía. Cuando hay varios muertos, se ha bebido sin parar, han desfilado alusiones al cine del pasado, la trama se complica y Fonseca nos ha paseado por Río de Janeiro, el narcotráfico, la corrupción y el caos urbano, surge una repentina pista y el desenlace es digno de Chandler. “Once de Mayo” transcurre en un asilo de ancianos, lugar que se presta especialmente para el pesimismo radical de Fonseca en la paranoia del hablante, quien establece comparaciones irrefutables entre el hogar y un campo de concentración nazi.

El seminarista se lee sin respiro y es una de las ficciones superiores dentro del último período narrativo del escritor, una proeza si se piensa que fue escrita a los 84 años. José es conocido bajo el apodo de Especialista y “el Despachante me dice quién es el cliente, me da las coordenadas y yo hago el trabajo”. Esto consiste en ultimar, mediante pistolas automáticas, a cualquiera que se le mencione. Al llegar a la página 20, han pasado a mejor vida cinco sujetos. Antes de transformarse en sicario, José estudió para sacerdote y gracias a su dominio del latín tenemos citas de Horacio, Séneca, Cicerón; Kirsten, su pareja, traduce del portugués al alemán, lo que nos lleva a Rilke, Pessoa, Blake, sin contar con los pasajes gastronómicos, las referencias musicales, las evocaciones históricas y muchas otras, que otorgan un sabor único a todo lo que escribe Fonseca, asombrosamente liviano, profundamente culto.

El final de El seminarista es demasiado exagerado, porque después de una serie de bárbaros crímenes parece redundante agregar tortura y mutilaciones. Pero un lunar no empaña un texto de calidad y, en conjunto con El cobrador tenemos dos muestras de este notable narrador.

De la Revista de Libros De El Mercurio


Freud e Ironía. Apuntes de su biografía.

Vengo leyendo una biografía hace un tiempo. Me es imposible dejar de citar a Sabato, cuando decía aquello de entender a los que te precedieron en el tormento. Por ahí, más atrás en los posts, hay una referencia a una autobiografía del Philip Roth, junto a una “reflexión”:

Quería escribir sobre un libro que estoy leyendo, recomendarlo para que lo hojearan sin grandes expectativas, no porque le falte carne sino porque es la vida de otro gran escritor. La lectura de biografías, me recuerda mucho a Sabato cuando dice aquello de aprender de los grandes que te precedieron en el tormento…

Freud Aunque en este caso no es la de un escritor, sino la del médico, que como afirma Stefan Sweig: “Sigmund Freud (el hombre) es el ejemplo vívido, de que basta que un hombre tenga el valor de buscar la verdad por encima de todo, para acrecentar la veracidad en todo el universo. Su vida es la lucha por la verdad”… decir más es redundar.

No les contaré nada de la vida. Para eso está Wikipedia. Sólo quería transcribirles algo que habla un poco del Hombre que pudo ser Freud, al menos el que nos han legado los libros. Es conocida la expresión del padre del psicoanálisis, cuando le comentaron que frente a la biblioteca de Berlín, las juventudes nazis estaban quemando sus libros: ” ¡Cuánto ha progresado la Humanidad! En la edad media me hubiesen quemado a mí, ahora se conforman con quemar mis libros”.

Ahora sí, después de tanto preámbulo innecesario, lo que vine a hacer.

Es 1938, Freud tiene cáncer y ha padecido treinta y tantas operaciones que lo dejaron sin maxilar superior y con un agujero en una de sus mejillas. Usa una prótesis que le causa un dolor insoportable. Su “nietecito” llamado Heinerle, ha muerto de tuberculosis unos años antes, pero aún no se recupera de la pérdida, pues como comentó su amigo Robert Hollitscher “fue la única ocasión en la vida de Freud que se supiera haya derramado lágrimas”. Viena ha sido ocupada por los nazis y el mundo entero centra su atención en el médico y su familia. Ernest Jones, su biógrafo y entrañable amigo, ha ido para llevar a la familia entera a Inglaterra. Varios embajadores de distintos países, el mismo Musollini, intervienen ante los nazis para que le permitan salir sin problemas…

Sin embargo, iba a ser el embajador alemán en Francia, el Conde von Welczeck, el que plantearía el tema en forma concluyente a las autoridades alemanas: era esencial tratar bien a una personalidad de la talla de Freud para evitar el escándalo.Al punto, Freud fue invitado a firmar un documento que rezaba así: “Yo, profesor Freud, confirmo por la presente que después del Anschulss (palabra alemana que significa anexión) de Austria al Reich de Alemania, he sido tratado por las autoridades germanas, y particularmente por la Gestapo, con todo el respeto y consideración debidos a mi reputación científica;

Freud y Sophie
Freud y Sophie

que he podido vivir y trabajar en completa libertad, así como proseguir mis actividades en todas las formas que deseara; que recibí pleno apoyo de todos los que tuvieron intervención en este respecto, y que no tengo el más mínimo  motivo de queja.” Tras rubricar sin ningún escrúpulo aquella payasada. Freud preguntó a sus hieráticos interlocutores, con su inmarchitable ironía, si podía añadir esta posdata: “De todo corazón puedo recomendar la Gestapo a cualquier.”

(Ya en Inglaterra) El único calmante que Freud aceptaba (como buen médico era reacio a administrarse drogas a sí mismo), la aspirina, le resultó patéticamente  insuficiente. Él, que tanto años llevaba meditando sobre la muerte, no podía engañarse. Sus fuerzas habían quedado reducidas al mínimo. El 21 de septiembre tuvo lugar esta estremecedora y realista conversación entre médico y enfermo:

—Querido Schur, usted recordará nuestra primera conversación. Usted me prometió que me ayudaría cuando yo ya no pudiera soportar más. Ahora es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido.

Schur, bajó los ojos, apretó la mano de Freud y musitó entre dientes que cumpliría su promesa.

—Gracias —contestó el anciano—. Cuéntele a Ana  (la hija que cuidó de él) nuestra conversación.

Al amanecer del día siguiente, el médico se acercó al lecho del moribundo y le administró una pequeña dosis de morfina. Freud suspiró aliviado y se hundió en un profundo sueño del que ya no despertaría. Expiró poco antes de la media noche del 23 de septiembre de 1939.

Tomado de: “Los revolucionarios del siglo XX. Sigmund Freud” por Ignacio Guzmán Sanguinetti (Busqué por todas partes alguna biografía pero no encontré, a lo mucho esto: Ignacio Guzmán Sanguinetti, gestor cultural y trabajador del INAEM). Ediciones Nájera.

Escribir es dejar de ser escritor y una reflexión de para qué aún estamos jóvenes.

Hace un corto tiempo guardé otro año para la colección. Ya son muchos, decía a los que me preguntaban cuántos cumplía. Aunque definitivamente esté viejo para aprender gimnasia olímpica, ballet, violín clásico o física teórica, hay cosas para las que puedo considerarme un embrión dada la poca experiencia, el limitado tiempo que le dedico, las muchas lecturas que faltan, los otros más maestros de los que no he tenido la oportunidad de aprender nada. Entre ésas variadas cosas, podríamos mencionar trotar en las mañanas, catar empanadas, recorrer enciclopedias y poder responder (de memoria) cuándo fue la batalla de Waterloo o quién era el Pacificador Morillo. Si bien, son actividades de poca importancia para la vida, a no ser que lo tuyo sea el egotismo, hay una que entraría en la costalada de lo que aún me permiten los años, la única a la que he aprendido a guardarle la paciencia, no por gusto sino por invalidez: la escritura.

La formación que he recibido, así como la lectura insistente, han hecho de mí una persona que escribe a pesar de sí mismo, o de los demás, que al fin al cabo serán los que pueden quejarse. No considero que lo haga genial, pero me preocupo por hacerlo al límite de mis capacidades. Me atrevería a decir, que de todo lo que sé hacer en la vida, lo que mejor que hago es escribir; eso les dará una idea de mi fracaso como futbolista, amante, amigo, ecologista y ser humano.

Un amigo, en un encuentro después de algunos años, me habló de Vila-Matas y su Doctor Pasavento o El Viaje Vertical, me contó de Robert Walser, de quien había tenido ocasión de leer una par de relatos, de la obsesión del español por la desaparición, la desesperación, el alcohol y la lluvia en Barcelona. El día del onomástico, otros amigos que son pareja, me regalaron con dos dedicatorias relativas a mis obsesiones propias, Dublinescas, de Enrique Vila-Matas. Arranqué a leer por curiosidad, en la mitad seguía por compromiso de libro regalado, y terminé sintiendo pena por Riba, su sueño y su soledad.

Confieso que la lectura se me hizo tediosa, quieta y aburrida, en mi defensa diré que acababa de terminar Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami, que tiene una prosa veloz y llena de giros de tuerca, además de mágica y que me hace pensar en cuentos de hadas, aunque no sé por qué. El cansancio vencía, hasta la página 180-200 creía haber perdido dos semanas de mi vida, pero de ahí en adelante todo fue ascenso, emoción y melancolía. Entendí las páginas que había dejado atrás, su sentido, la necesidad de la reflexión insidiosa y la inacción propia del editor retirado.

No contaré nada. Primero, porque no sé mucho de teoría literaria y aún le tengo miedo al ridículo monumental, soy un tipo de pequeños ridículos como bailar Aserejé o La macarena en una fiesta con amigos; y segundo, porque mi criterio en libros no tiene el respeto que amerita sugerir leer tal o cual libro, sólo lo hago con personas cercanas de quienes intuyo gustos. La verdadera razón por la que actualizo esta vaina, que sigue sin ser nada a pesar del esfuerzo, es por un escrito de Vila-Matas que me encontré por primera vez en un video y luego en un blog que no recuerdo. Tiene que ver con eso que les decía más arriba, con las cosas para las que espero tener tiempo.

ESCRIBIR ES DEJAR DE SER ESCRITOR, es una reflexión hecha por Vila-Matas con la intención de dar solución a la pregunta del por qué escribir y qué es ser escritor. Ya vendrán cansados de toda mi retahíla insulsa, pero si llegaron hasta aquí, leyéndome a mí que no soy nadie, no pierdan el impulso y lean algo que sí vale la pena. Ahora sí, lo que importa, para todos aquellos que, como yo, no entienden por qué el afán de perder el tiempo haciendo cosas que nadie lee.

ESCRIBIR ES DEJAR DE SER ESCRITOR
por Enrique Vila-Matas

Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean.»

Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener

Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor

Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -é1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.»

Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: «Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.»

Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.»

Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida.

Vila-Matas

Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: «La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.»

Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo.

No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo: «No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba.» Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: «Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila…»

Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.»

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decía Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor. Cada uno se leería a sí mismo.»

Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.

Kafka abriendo la puerta (Dos clases de verdad)

Hay una fascinación extraña en todo lo que venga del tísico de Praga. La mayor parte de la literatura moderna, ha sido influenciada por el acertijo que alberga Kafka. Hace poco leía en no recuerdo donde, que alguien se dio a la tarea de hacer un estudio sobre la insignificancia de su obra, sobre lo anodino de cada una de sus narraciones. Decía que todo en Kafka lo era, sólo por el laberinto de palabras, por los muros que pone al sentido, los abismos infranqueables que abría entre cada frase y el misticismo que acompañaba su religión. Cada uno es libre de perder el tiempo como mejor le convenga y no es mi tarea atacar o avalar el trabajo del primer detractor que le conozco.

Yo, soy del lado del común. Soy de los que creen que sin él, la literatura de hoy sería otra cosa. Lo cotidiano, no habría tomado la dimensión de mundo sobre los hombros de un nuevo atlante, quien volviendo cansado de la espalda, sabe que es hora de pagar las cuentas, de contarle algo a la esposa, de planchar la camisa, embetunar los zapatos, dejar la basura en la portería y esperar que esta noche, el tiempo sí alcance para tener soñar siquiera algo cortito.

Una puerta cerrada se empuja, se golpea, se empuja, se golpea… al final, la desesperanza y todo como al principio. Bastaba sólo con halarla, se abría para fuera dice alguien, que puede ser un mensajero, un soldado, un simple asistente… ese es Kafka. Sí, lo sé, eso es es “Ante la ley”, pero cambié guardias por puertas.

“Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo a nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado”.

Ahora sí, vamos a lo que nos convoca. Un apartado de los Cuadernos en Octava, lo anterior también es de ahí.

DOS CLASES DE VERDAD

4 de febrero. Largo tiempo en cama, insomne, tomo conciencia de la lucha.

En un mundo de mentira, la mentira no es expulsada del mundo ni siquiera por medio de su opuesto, pero sí por medio de un mundo de verdad.

El dolor es el elemento positivo de este mundo, más bien el único vínculo entre este mundo y lo positivo en sí.

5 de febrero. Buena mañana, imposible recordarlo todo.

La destrucción de este mundo sería tarea nuestra sólo si: primero, este mundo fuese malo, es decir, opuesto a nuestro espíritu; segundo, si estuviésemos en condiciones de destruirlo. La primera cosa nos parece precisa, pero la segunda no podemos realizarla. No podemos destruir este mundo porque no lo hemos construido como algo fijo de por sí, sino que nos perdimos dentro. Más aún, este mundo es nuestro extravío, y como tal él es, en sí mismo, una entidad indestructible, o mejor: cualquier cosa se puede destruir con llevarla hasta el fin, sin renuncias, donde cabe advertir, por otra parte, que aun llevarla hasta el fin no puede ser más que consecuencia de la distracción, pero siempre en el ámbito del mundo mismo.

Existen, para nosotros, dos clases de verdades, las representadas por el árbol de la ciencia y por el árbol de la vida. La verdad de quien obra y la verdad de quien descansa. En la primera el bien se distingue del mal, la segunda no es más que el bien mismo, e ignora tanto el bien como el mal. La primera verdad se nos concede realmente, la segunda podemos intuirla tan sólo. Este es el aspecto triste de la cosa. Pero el alegre es que la primera verdad pertenece al instante fugaz, la segunda a la eternidad, por lo que la primera acaba por extinguirse en el fulgor de la segunda.

Cuaderno Octavo. Cuaderno cuarto.

Cómo escribir una novela negra (En 8 sencillos pasos)

“How to write… crime fiction” es el título que usa Mark Sanderson (de quien no hay información)  quien escribió una novela llamada “Snow Hill” que es la primera de una trilogía que fue publicada en Enero por HarperCollins. El artículo es viejo, pero la novela policíaca no envejece así, que el textico tampoco. No sé qué tan erudita será, conozco poco de literatura de esas características y menos inglesa, que es el mayor número de referencias hechas por el autor, por lo que no me atrevo a dar un juicio directo de contenidos. Sin embargo, hay cosas que me gustaron y por eso la pongo. Ahora sí, mi traducción, cualquier queja en lo comentarios.

CÓMO ESCRIBIR UNA NOVELA POLICÍACA

Las novelas policíacas y los thrillers cuentan con más del 30 por ciento del total del mercado de libros. Lo cual hace al crimen el delito favorito de la nación (Reino Unido). Esto significa que la competencia para ingresar a la lista de Best-sellers es feroz. El listado siguiente, basado en la experiencia de destacados profesionales, proporciona una guía esencial que mejorará sus oportunidades de pasar a impresión.

1. “Tenga algo que quiera decir…” dice Ian Rankin, el creador de John Rebus. “Puede ser un argumento ingenioso, o un asunto polémico. Debe tener una necesidad imperiosa de interactuar con los lectores. De lo contrario ¿por qué escribir?. Su nueva novela The Complaints, recién publicada, es un ejemplo de eso. En ella, utiliza una compleja conspiración, en la que retrata la crisis post-crédito de Edimburgo (?) , al tiempo que muestra el qué es ser bueno.

2. “Creo que una novela policíaca (como cualquier historia) tiene éxito o no dependiendo del personaje…” dice Michael Connelly, el creador del detective Harry Bosch “Crear y mantener un personaje con el que el lector sienta empatía, es la bola más importante con la que se debe hacer malabares cuando se escribe. También, es la tarea más difícil. El protagonista es el conductor del carro. El lector tiene que querer entrar a ese carro, confiar en ese conductor, sin saber siquiera a dónde se dirige. La última novela de Connelly es Nine Dragons, publicada en octubre de 2009.

3. Una trama enrevesada no es esencial . “Cada vez estoy más convencido de que el suspenso genuino no se crea con sorpresas y giros inesperados, sino con personajes por lo que se preocupe el lector” dice Mark Billingham, creador del detective inspector Thorne. “Un buen escritor de novela negra necesita un par de trucos, por supuesto, pero el personaje lo es todo”.

4. “Compromete al lector desde el principio, sorpréndelo al final…” dice Kathy Reichs, creadora de la antropóloga forense, Temperance Brennan, cuyo 12vo caso, acaba de ser publicado. “Siempre mantengo en mente el comentario de Mickey Spillane de que la gente no lee libros sólo para llegar a la mitad, sino para llegar hasta el final” dice Jeffrey Daver, cuya última novela Roadsides crosses, fue publicada el mes pasado.

5. Trabajo duro. No hay sustituto para el talento, pero cuanto más se cultiva más se desarrolla. Anthony Burgess decía que los libros están escritos con “quemaduras en la silla y plumas sobre el papel” No es necesario pasar años investigando las últimas técnicas forenses o el período histórico en particular que se ha elegido, ni tampoco tener la última tecnología en computadores portátiles. Hasta el momento Colin Dexter no ha tenido ni usado una computadora. “Solía escribir en las noches, luego de escuchar The Archers y antes de ir por una cerveza”. Si escribes una página por noche son 365 páginas o un libro y medio al año. “El resultado fue The Last Bus to Woodstock, la primera novela protagonizada por el inspector Morse”

6. Habilidades supremas de organización. Una novela policíaca es como un castillo de naipes: haz una alteración en el último momento, mueve una cosa, y todo el edificio puede venirse abajo. PD James cuyo Talking About Detective Fiction se ha publicado recientemente, ha llegado a la siguiente conclusión “La novela policíaca, debe tener un argumento convincente y creíble, personajes que sean más que estereotipos, buena escritura y la integración creativa de ambiente, narrativa, caracterización y tema. Para ponerlo simple, una buena historia de detectives debe ser una buena novela”.

7. Previsión. Lee Child, creador del popular y mítico vagabundo Jack Reacher, dice: “No dé a sus lectores lo que los divertía el año pasado, déles lo que disfrutarán el próximo año”. Gone Tomorrow, publicada a principio de año, exploró el terrorífico fenómeno de los terroristas suicidas (Suicide Bombers) en New York.

8. Suerte. Incluso si sigues todas las sugerencias de esta lista, no hay garantía alguna de que te verás en la lista de los best-sellers. Sin embargo, si las ignoras, no tienes ninguna oportunidad. La Internet ha hecho de la auto publicación un juego de niños, pero el talento genuino necesita un editor. ¿por qué publicar tu trabajo en Internet –perderse en el montón de ciber-nieve-derretida– en lugar de intentar enviarlo a una agencia literaria establecida?  Cualquier agente respetable, sólo por su 15%, te hará saber si es bueno. Los editores rara vez aceptan manuscritos no solicitados, una agente puede ser la llave maestra para cruzar esa puerta. Dicho esto, algunas veces los consejos también se pueden ignorar.

Aunque hay cosas de puro mercado y a veces parece una lista de cómo llenar de plata a las editoriales, entre líneas es posible sacar sustancia para la escritura. El original en inglés picando aquí.

“EL FUTURO QUE HABITA LA MEMORIA” Jesús Martín-Barbero PDF Descargar

En la conferencia sobre Warhol

Últimamente, he tenido que leer muchos documentos de  Martín-Barbero, la mayoría se encuentran en Internet en archivos PDF, pero extrañamente, no encontré éste. No digo que no esté, sólo que yo no lo encontré en este formato, sino en una página a modo de post, lo que dificulta la lectura y el uso de lectores digitales. Yo,que recientemente me he acostumbrado a leer en el telefono celular, y en aras de ahorrarles dinero en la impresión lo modifiqué para dejarlo en PDF y además le corregí la ortografía. No sé si Martín-Barbero escriba así, pero le faltaban muchas tíldes y había palabras mal escritas.

Bueno, espero les sirva para sus clases. cliquea para descargar EL FUTURO QUE HABITA LA MEMORIA