CRÓNICA DE UNA HAMBURGUESA PARA SALVAR EL MUNDO

Hoy, cansado de ese sol infernal que consume nuestro páramo, decidí cambiar mi chip y emprender la maravillosa tarea de salvar el planeta. Comencé yendo al Parque nacional, donde un grupo de personas se reunían en torno a una nevera de icopor para comprar las tan saludables, y redentoras, hamburguesas hechas con pan de trigo tratado espiritualmente por maestros budistas y psiquiatras new age antes de ser segado; con proteína elaborada a partir de brotes de lentejas orgánicas, cultivadas en el sótano de alguien que se baña poco y, para evitar el olor del pelo, se hace “dreads” y viste ropa colorida de linos teñidos con pétalos de amapolas y lanas vírgenes esquiladas en un ambiente controlado de incienso, cantos vedas, tambores quéchuas y un taita que, de vez en vez, le da sorbos de yagé a la oveja para que cague y vomite más feliz porque siente que está expulsando todo lo malo que tiene en el alma. ¡Qué hermana oveja no daría así su lana con agrado! ¡Qué oveja no aguantaría frío complacida de deshacerse del ego implícito en sus ropajes para ascender desnuda hacia Nirvana!

Me dijeron (porque como ya han de sospechar, mi conocimiento de la comida saludable es ninguno) que las hamburguesas también estaban bañadas en aceite extraído de semillas de girasoles a los cuales una meditación continuada les había permitido encontrar su sol interior,. Así que eran girasoles que solo miraban hacía sí mismos, hacia adentro, en una introspección sostenida que daba a su aceite el sabor dulce de las angustias resueltas y la felicidad oligofrénica de quienes han entendido que la luz está en ellos mismos y no en las pantallas de los celulares. No es hamburguesa si no tiene cebolla, tomate y lechuga, estas sí, me explicó la chica de voz adormilada,vocales largas y somnolientas, que decía “Sí pilla” cada dos segundos, eran orgánicas pero compradas en el Carulla. No por un recaer capitalista, siguió la chica, sino por una cuestión más práctica e inmediata, ¿sí pilla? Me dio pena recriminar el abandono en el que tenían a los tomates, cebollas y lechugas de terapias Reiki y acupuntura para dotarlos, como a los girasoles, del sabor deífico derivado de explotar los chakras y los centros de salud emocional que, supongo yo en mi ignorancia, son los caminos verdaderos para salvar el planeta.

Luego de pedir mi hamburguesa y de recibir mi agua de áloe, hecha por ellos mismos, con un pitillo elaborado a partir de fibras de la vaina de la mazorca (los pelitos, me imagino); pitillos que, además, salvan a un niño con hambre de La Guajira al destinar el 0.2% del valor de cada pitillo usado en beber agua de aloe, exclusivamente, di un mordisco al pan, a las lentejas y etcétera. Lo primero que sentí fue el sabor seco de la proteína, que me recordó épocas infantiles cuando se me quemaban las lentejas y me comía el raspadito de la olla. La alegría infinita del aceite de semillas de girasol me supo más bien a nada. Seguro me tocó el aceite extraído de unos girasoles que habían entrado en duda de si ese sol, dentro de ellos, era en realidad el sol o solo un engaño de sus soledades desesperadas. No lo sé; pero es probable, ¿no? Y así con cada mordisco, con cada sorbo al agua de aloe y sus partículas gelatinosas flotando incómodamente en la textura de lo que yo, en mi ignorancia, conozco como agua, me iba sintiendo mejor persona, más bueno, más cercano lo inferior. Toda una experiencia mística y un paliativo para mis ganas de no ser un ser humano insignificante, mortal e intrascendente.

A la hora de pagar… mejor no les cuento porque no quiero karma negativo en mi nueva vida. Sin embargo, de ahora en adelante sé que parte del compromiso para salvar el planeta incluye trabajar el doble, montar un negocio particular y vender unas cuantas posesiones para poder, al menos, pagar una hamburguesa iluminada una vez por semana. Para el resto de los días estoy intentado hablar con la chica de las hamburguesas para que me dé unas clases para, como hicieron los girasoles, encontrar mi sol interior que, para el caso humano, espero sea un babybeef y una cocacola fría bebida con un pitillo plástico. Deséenme suerte en mi nuevo cambio de chip jesucrístico, es decir, de salvador de lo insalvable.

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