THE OA, de indies para indies

Sé poco de televisión y casi lo mismo de lenguaje a audiovisual, fotografía, encuadres, luces y todas esas cosas que los eruditos del cine tienen tan en cuenta a la hora de posar meditabundos frente a la pantalla. Hasta hace poco me enteré de que la fotografía digital no era un artilugio de fotógrafos mediocres y de que hay gente que considera al cine un arte superior, por ejemplo, a la pintura o a la literatura. Esa es la razón de que vea series —y películas— como quien ve un partido de fútbol de dos equipos cuyos jugadores pagaron sus propios uniformes. Debo aclarar que el fútbol, como deporte, me parece bello; pero el fútbol, como plan de domingo, como plan de amigos, como método de mnemotecnia o pasión inútil, me es más bien indiferente y un poco estúpido. Habiendo tantas cosas inútiles a las cuales abocar los intereses, el fútbol —y el análisis profundo de los símbolos del cine «arte» y, ahora, las series «arte»— se me hace un desgaste fundamental del ocio, ese bien escaso en la posmodernidá. Sé con suficiencia el funcionamiento del fútbol para saber quién gana y qué es un fuera de lugar. Así como sé con suficiencia el funcionamiento de una estructura narrativa televisiva para entender quién es el protagonista y de qué va la historia. Dicho lo anterior, cabe arriesgar entonces que The OA es un partido de fútbol donde los jugadores pagaron sus propios uniformes, sus guayos (tacos o como sea que le llamen en su país) y fueron en bus a la cancha, pero ejercen la soberbia, la pretensión vacua y el narcisismo de quirófano de un CR7 que juega un fin de semana en el Real y el otro en el Barcelona.

The OA es, para eliminar el símil, una serie llena de discursos pretenciosos que apelan a un público pretencioso, bajo la lógica pretenciosa tan en boga en la sociedad actual de la posmodernidá y su fascinación por mercantilizar toda subjetividad. Si de algo carecemos, los contemporáneos, es de un artificio lo bastante simple para sentirnos en comunión con un ser superior; más desde que Dios murió y la iglesia cada vez pierde más fanáticos que gana el fútbol… y CR7 y Messi y sus feligreses que, domingo a domingo, siguen sus milagros en la cancha.

En The OA, Prairie (o The Original Angel, como ella misma se autodenomina), luego de regresar de un secuestro en donde, por un azar más milagroso que coherente con la historia, recuperó la vista, reúne a un grupo de marginados —a un grupo de clichés que nunca llegan a ser personajes sólidos— en torno a una narración llena de flashbacks y voces afectadas para dar sustento a la idea de que esa chica rubia, un tanto simple, mala actriz, es en realidad un ángel que ha descubierto el modo de moverse entre dimensiones. ¡Pero atención!, no es la teoría manida de la física cuántica sobre los universos paralelos, The OA (como se hace llamar Prairie) se ocupa de explicarnos en un capítulo que no es eso, sino «algo» mucho más profundo y no la simpleza de un mundo que se bifurca a la más nimia decisión.

¡Pero atención!, sin embargo, en otra capítulo nos dice que tal vez sí es así, pues porque ella, en esencia, no sabe qué eso de las dimensiones porque nunca ha podido ir. Aunque (¿y quiénes somos nosotros para cuestionarlo?, si el truco es ser crípticos, misteriosos, simbólicos, darle al televidente la posibilidad posmoderna de que entienda el final como se le venga en gana porque los finales cerrados son muy de discursos opresores y épocas monárquicas y cosas concretas y no de la maravillosa dilusión relativista del hoy en día) al final de la temporada podamos ver, o quizá no, a The OA viajando en una ambulancia como la barca de un Caronte interdimensional que la lleva, al fin, a la otra dimensión donde podrá encontrarse con su amor, Homer. Homero, en referencia estúpida por parte de los guionista al rapsoda griego, cuya aparición del libro de la Iliada se hace una excusa para hacerle creer al televidente eso que nadie había pensado desde el primer capítulo: que Prairie está loca.

Pero claro, no es una loca cualquiera. Es un loca que tiene sueños premonitorios y, vaya sorpresa —eso nunca se lo había inventado nadie en la historia del cine—, le sangra la nariz cuando tiene uno y eso, la sangre, es la marca distintiva entre un sueño cualquiera y un sueño que sí anticipa el futuro… un futuro, no se lo van a creer, que tampoco es claro porque a The OA, más por un recurso simple del guion, solo le son claras las premoniciones cuando ya es tarde para hacer algo. Ha de ser la condena de los ángeles, algo parecida a la de la Kasandra griega, de no entender nada sino cuando ya vale mierda.

Uno podría decir que hasta ahí The OA podría parecer hasta una serie interesante, mal escrita, pero interesante. No obstante, es evidente su necesidad de posar de muy compleja y simbólica. Su intención básica de confundir con un guion que se sostiene demasiado en el truco mágico de la revelación final. Es seguro que sin ese «enigma» a descubrir, la mayoría de sus televidentes no pasarían de veinte minutos del primer capítulo. The OA es una serie lenta que se toma demasiado tiempo en mostrar un montón de personajes como figuritas de cartón: planos, insípidos, clichesudos, comunes. Para ejemplificar esto, cabe describir al grupo de marginados que «salva» Prairie (The OA) en unas reuniones que más parecen un grupo de apoyo cristianobudista para alcohólicos. Está el abusón escolar al que odian sus papás y llevaran a una academia militar, la niña travesti que ahora es un niño rechazado por su condición novedosísima a los 12 años, el latino esforzado que quiere llegar lejos pero que, tararán, también es un drogo pacato con una mamá desalmada y borracha, la gorda triste, vieja, frustrada, solitaria, romántica y, por último, pero no menos cliché, el gordito bonachón cuya mamá se suicidó y vive solo con una hermana conflictiva. Cada uno de ellos, además de ser soso, es usado por los guionistas (la misma actriz) para poner en boca de los televidentes la opinión polémica y los discursos polémicos, que transmitan un mensaje social, que salven a alguien… solo faltó un adoptador de perros, o que Prairie fuera una vegana comprometida con la salvación de las anguilas abisales del pacífico sur, para hacer más desastroso el abuso de discursos relativizadores cuya pretensión es la de dar a quienes ven, la ilusión de que la muerte de Dios, los vacíos metafísicos, la soledad infinita de los contemporáneos, se colma fácilmente si solo crees en ángeles, en mundos más allá de la muerte donde maestros ancestrales (en la serie están bien estereotipados como nativos americanos) te regalan la sabiduría sanadora para que vuelvas al mundo y armes un ballet Tai Chi con tus amiwis los secuestrados.

Para acabar, porque ya me aburrí y creo que ustedes también, The OA es una serie hecha para tener éxito en esta época rebosante de Crossfiteros de ropa deportiva, veganos de evangelización, budistas de supermercado, expertos en ángeles, en el horóscopo y en el tarot, o de reguladores hidráulicos de las energías Reiki, o de coreógrafos del alma con sus pasitos de danza contemporánea que, además, tienen la ventaja de rejuvenecerte. The OA es una serie plagada de tonterías que quieren parecer fundamentales para descifrar la condición humana; pero que solo se quedan en un teatro de sombras y en erigir una estatua audiovisual a toda esa gente que cree que la respuesta a lo malo y a lo bueno está en un lugar encima de nosotros donde solo llegamos con estupideces «milenarias» y «ancestrales»… Y, lo más importante, con bailes de Tai chi que reviven muertos siempre y cuando se hagan en una prisión de cristal, luego de decepcionarnos de la novedad de que los seres humanos actuamos como seres humanos.

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