¿Si es una cuestión de género?

I

Hay mujeres que cumplen su rol de amas de casa, que lavan baños, trapean, cepillan los gatos y sirven la comida a su esposo cuando regresa del trabajo sin ver en eso un detrimento a su dignidad uterina sino, más bien, una forma de mantener la díada mística que significa compartir una casa y unos gatos lindos con un hombre quien, a su vez,  sale a las seis de la mañana para un trabajo que,  seguramente, detesta sólo para tener cómo pagar un domicilio el fin de semana y ofrecer para ambos un día de descanso en la agitada vida laboral mutua. Ese hombre no se va pensando que en su casa se queda una zángana babeando a pierna suelta mientras él se apretuja en un bus y se agobia en la búsqueda de una entr extra para llevar a su chica de vacaciones a  Holanda y echarse unos porros en un café de esos, solo por el placer de sentir la emoción de la ilegalidad legitimada. Él se va pensando que la quiere, que la escogió a ella entre otras muchas, mejores o peores, da igual. Que trabajar no es un rol a jugar en el teatro de la vida en pareja, sino sólo algo que toca hacer si se quiere pagar un arriendo y tener muebles y tres gatos y un helado de chocolate y nuez de macadamia el domingo antes de entrar a cine. Su compañera tampoco cree que lavar los baños o servir la comida a su esposo esté mediado por una obligación impuesta por un sistema que, sabrán los historiadores por qué, ha dicho que las labores del hogar son la escala más baja del mercado laboral, allí donde el narcisismo humano, porque la mujeres son seres humanos antes que mujeres, susurra la miseria y la disminución que es fregar un piso o meter la ropa en el armario. Esa pareja de la que les hablo es, lejos de lo que dice la publicidad victimizadora de la mujer, el modelo más típico; aún hoy, en días de millenials e ideologías truncas y anacrónicas, las relaciones heteronormadas siguen la lógica ancestral y natural de la supervivencia de la especie.

¿Se aman los personajes de mi historia? Es posible, quizá no, no importa. Lo que sí es claro es que saben estar uno con el otro, en el otro. Lo consiguen porque ninguno busca ejercer una supremacía sobre su compañero. Él no dice: es hora de trabajar porque yo no quiero vagas y mantenidas en esta casa, ni la manda a dormir al sofá porque le está costando encontrar un trabajo ni le dice que es poca mujer por no proveer de dinero el hogar. Del mismo modo, ella no le siembra la sartén en la frente cada vez que él se demora diez minutos hablando en el pasillo de su oficina, tampoco le grita pareces un prostituto con esa camiseta de fútbol pegada y la pantaloneta que te abulta las nalgas, menos le dice que está gordo y que el señor de la tienda tiene el paquete más grande para luego ir a comerse al de la tienda y culparlo a él por su apariencia física.

Ella no quiere someterlo ni él que ella sea su sirvienta. Ella no dice que él estacosa y él no dice que ella talotracosa. No lo dicen en esencia porque cada uno sabe que su función no es un yugo impuesto por el otro sino parte constitutiva de esa relación fundada, en principio, en el amor. Si llegara el caso de que él debiera ocuparse de la casa y ella de proveer de dinero para el hogar, se presupondría que él estaría en condiciones de responder por los baños, la trapeada, los gatos y la comida de una manera igual a cómo ella lo hacía. Asimismo, ella estaría en condiciones de generar un ingreso igual o superior al de su compañero que permitiera el buen funcionamiento de la economía casera.

Es en este punto donde una feminista podría encontrar el vacío en mi discurso. Si yo fuera feminista refutaría lo anterior con dos argumentos simples: la idea (fantasmagórica) de la inequidad salarial y la educación machista que reciben los hombres de sus mamis y que los convierte en completos inútiles para labores. Respecto a la primera habría que entender que los salarios no dependen del sexo sino de un arbitrio de quien los tasa en una compañía. Hay hombres a quienes les pagan menos que a otros hombres con estudios “iguales” (dos vidas académicas y laborales nunca serán iguales).

Un novio que tuve hace algunos años, para su primer trabajo como profesor de un colegio, recibió el salario más bajo que pagaba la institución. Sus compañeros,  del mismo departamento de matemáticas, tenían asignaciones salariales dispares. Tasadas, y pactadas, al momento de la contratación a través de una negociación con el gerente del colegio. Según me contó él, el único que contaba con estudios de maestría dentro del departamento era un compañero que desempeñaba una función similar: profesor de grados cuarto, quinto y sexto; los mismos a los cuales daba mi (ex) novio  (R., de aquí en adelante) quien solo había cursado el pregrado. El profesor con maestría no ganaba más que R. No porque R. fuera mejor o peor trabajador, sino sólo porque supo venderse mejor al momento de la entrevista y negoció un salario acorde con su capacidad para mostrarse indispensable para el cargo. El colegio, perteneciente a una comunidad religiosa, vedaba el ingreso de mujeres a los cargos de profesoras. Se regía por una filosofía decimonónica: los hombres son educados por hombres y las mujeres por mujeres. Toda mujer que enviara una hoja de vida al colegio era remitida a su gemelo femenino donde, de igual modo, solo trabajaban mujeres educando a mujeres. No entraré a cuestionar la condición anacrónica del modelo educativo, no es importante para lo que nos interesa aquí. El jefe del departamento, cuyos estudios sólo llegaban al pregrado, ganaba cinco veces más que los profesores que tenía a cargo. La razón de que el colegio pagara más a él, que por ejemplo a su subalterno con estudios de posgrado, era el tiempo que llevaba como empleado del colegio: más mas de 30 años. La discusión de los salarios, su disparidad, no se daba nunca; por más que R. creyera merecer más que algunos sus compañeros, a quienes consideraba menos capaces, más perezosos, malos profesores. Había entre el grupo profesores que ganaban mucho más que R. (sean cuales sean sus capacidades), pero no tanto como el jefe que era el profesor mejor pago en toda la institución. La discusión no existía porque nadie entraba el condición paranoide de la discriminación,tan común entre minorías y feministas. A ninguno de los profesores, de ningún departamento, se le ocurría suponer que la inequidad salarial fuera motivada por la estatura: enanos ganaban menos, altos el doble; por el vehículo para transportarse: las motos menos en relación a carros y los carros de acuerdo a la gama; por la universidad donde cursaron sus estudios: públicas menos que privadas; en fin, las paranoías pueden adjudicarse a múltiples variables. Teniendo en cuenta que sólo trabajaban hombres, era poco probable que los salarios fueran designados en proporción inversa al número de agujeros. La homogeneidad masculina anulaba por completo la posibilidad de que R. fuera tasado a lo mínimo por su útero, el cual, doy fe, no tenía. El ejemplo sirve, de modo somero, para ilustrar qué implicaciones hay en la llamada inequidad salarial. Las mujeres (quizá solo valga hablar de quienes evangelizan sobre feminismo) elaboran una discriminación sustentada en una paranoia dictada, no solo por una tradición que excluía a la mujer del sistema laboral (al menos así fue hasta II guerra mundial), sino también por el sinnúmero de discursos autoflagelantes, autovictimazantes, que llenan las universidades con banderas de lucha por derechos, entre los que se incluyen el aborto sin consecuencias punibles(?), la libertad sexual(?) y, obviamente, la inequidad salarial.

En la segunda parte, tocaré el tema de los hombres educados por sus mamis en la idea de la mujer como sirivienta y de las patas en el sofá viendo fútbol. La mujer-mamá, la mujer mamá-erótica y el sustento machista (evidente) en los discursos normalizados de género y roles de obligación y no de amor. En esa parte, cerraré la idea general del texto. Gracias.

Texto enviado a mi cuenta de Twitter para ser publicado de manera anónima. La escritora es una mujer que leerá sus comentarios en mi cuenta de Twitter. @Bruno_kaz

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2 comentarios en “¿Si es una cuestión de género?

  1. Este texto ante todo me parece sincero. Es un ejemplo esquemático que no está revelando una verdad universal pero al menos no se deja llevar por los lineamientos ya conocidos sobre este tema. Declararse feminista o machista es acentuar la linea divisoria. Demarcar la desigualdad. La cuestión de género hay que verla como es: una realidad de la naturaleza humana.

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  2. Interesante argumentación. Solo como comentario añadido: hace poco hablaba con una feminista (que dijo no conocer nada de Stuart Hall y que caía en falacias continuas) la cual llegó a la conclusión que una mujer es víctima por el hecho de ser mujer y que los gays son buena gente por ser gays. En medio de esa discusión, pensé que todo el discurso feminista esta dirigido a una autocomplacencia y no a una acción política funcional. Es decir: cuando matan a una mujer con esos actos de violencia cada vez más desbordados, no es a las que marchan con banderitas y viven en teusaquillo, chapinero o usaquén. No: matan a las mujeres que nunca han marchado y que les importa poco el feminismo. ¿Hacen algo las mujeres feministas por hacer en esos otros lugares que no están en su espacio de confort?: no. Veo las marchas como un facebook “de a pie”, donde quiero sentirme éticamente mejor que el otro, porque tengo un grupo que marcha conmigo y me da la razón a todo lo que creo y que no conozco bien.

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