Los reencuentros

Anoche llamó Silvana. Ya sabes quién es. Me dijo que aún me quería. Aún, qué curiosa palabra. Ya sabes, nuestro amor no fue más que una promesa. Un amor como un coito sin orgasmo, como un beso sin memoria, como una verdad a medias. Me quedé en silencio en el teléfono. Miraba afuera, a través de la ventana, una noche muy clara. En el cielo había muchas estrellas y las luces de las casas ya estaban todas apagadas. El ladrido de un perro. Un grito de mujer. ¿Placer? ¿Dolor? No había cómo saberlo. Pensaba en ti, en los últimos días. Tu mano jugueteando con la mía esa noche en el bar. Tocándonos para que nadie viera que nos tocábamos y tuviéramos que oír las preguntas, los asombros, las dudas de tocarse cuando el desamor, antes, ya nos había cortado las manos. Nadie cree en los recomienzos. Es normal, lo muerto no debe regresar. Lo muerto, cuando reaparece, solo desordena la vida. Culpar a los otros del miedo que tú y yo buscamos no aceptar no hace menos tortuosos los dolores del pasado.  El autoengaño sirve, es cierto, pero el miedo pesa más.

¿Sigues ahí?

Sí, mentí.

Un miércoles te vi en la acera de enfrente. Ibas con tus manos al aire, tu ajuar de hacer ejercicio y una maleta gris colgada del hombro. Sonreías bajo el sol del medio día con el gesto de los felices imbuidos en el recuerdo o en la expectativa. Viéndote con más atención, era fácil ver, para mí que te conocí mucho, que tu sonrisa era más mentira que las mentiras a la cuales acabé por acostumbrarme contigo. No quería llamar tu atención a gritos. Hice lo de otras veces: te vi pasar. Te seguí con la mirada hasta que doblaste en la esquina, camino a la estación, y despareciste con el pelo negro al viento, como seguida por anguilas echando chispazos eléctricos en el reflejo del sol. No, no creas que te perseguía. Nunca lo hice aunque tú asegures que sí solo porque una vez creíste ver a un tipo que se parecía a mí vigilándote desde atrás de un poste y no fuiste capaz de reconocer que no era yo, sino la culpa hecha espejismo, la culpa de ir con otro cuando decías estar conmigo.

Muchas veces te he visto pasar. Tenemos el infortunio de que la ciudad haya puesto las universidades en el mismo sector. Tenemos la trágica coincidencia de tú aprender en una y yo enseñar en otra. Las dos que más contiguas están. Te he visto parada bajo la sombrilla del café hablando con tus amigos: una niña flaca alta y un chico con una expansión en el lóbulo de la oreja izquierda. ¿Es la derecha o la izquierda la marca de gay? Te he visto comer de ese helado barato que comíamos juntos sentada en la banca de cemento frente al parque donde patinan los que no van a clases. Te he visto salir sudando del gimnasio de tu universidad soñando con lamerte en medio de las tetas, en medio de las piernas. Ya sabes cuánto me gustaba lamerte el cuerpo luego de lamerte el cuerpo y de hacerte el amor. Ninguna de esas veces te hablé o te llamé a gritos desde donde yo solo te veía pasar. A veces escondía el maletín porque creía que a la distancia podrías reconocerlo. Tú me lo regalaste, era lo más lógico. Pero no, no fue lógico. Hace unos días me dijiste que sí me habías visto. Que nunca me hablaste porque creías que te había mandado al séptimo círculo de mi infierno. Una referencia a Dante, aunque sé que nunca has leído a Dante. O quizá lo leíste cuando yo no tenía cómo darme cuenta de que lo leías y tampoco podía explicarte, como antes, cuando leías conmigo y yo te contaba y te explicaba y te enseñaba y sonreíamos y me mirabas con una lucecita azul en tus ojos negros y me decías, después de un beso, que amabas aprender tanto conmigo. Ha de ser puro vicio de profesor, te respondía yo. Un poco en serio, un poco en broma. Me gustaba, mucho, enseñarte. Más, supongo, verme en tus ojos, más grande de lo que soy.

Ese miércoles, hecha de nuevo un recuerdo en la otra acera, comencé a caminar hacia la misma estación. Pero por el lado opuesto, al final del túnel que conecta ambos vagones por debajo de la avenida principal. Iba pensando en tu sonrisa impostada y en a quién debías mentirle en una acera donde todos son menos que sombras. Iba pensando en que habían pasado ya dos años desde la última vez que oí tu voz; en que también yo era entonces otra sombra oculta en el tapiz de oscuridad de una ciudad grande y anónima. Iba pensando en ti, como siempre, como todos los días desde que te fuiste y tuve que aprender a meter la mano en los bolsillos para no sentirla tan inútil al final de un brazo que ya no tomabas y que no tomarías más. Iba, sin más, para cualquier parte; a la mentira de vivir sentado en el mismo lugar inventándome una vida feliz aunque estuviera solo, a diario tomando café y leyendo un libro y escribiendo en un cuaderno cartas como esta que nunca leerías porque no te las iba a dar, porque no las merecías, porque era más útil el soliloquio, las palabras como piedras en el agua. Y me viste. Tú antes que yo. Haciendo inevitable el intercambio fútil de palabras corteses, de frases estúpidas con las cuales apaciguamos la memoria de conocernos no solo los recovecos del cuerpo sino también los espacios dañinos, los ruidos blancos, las lágrimas y los miedos.

Tu olor llegó primero que tu voz. Era el olor de la playa cuando yo era niño. Era un olor verde. Un olor como los viajes en la carretera cuando abres las ventanas del carro para que el viento te despeine y vas cantando una canción a gritos sin miedo al ridículo, al cobijo del ruido del motor y del que hace el viento cuando va rápido y es un silbido largo y sostenido que acaba por dejarte un poco sordo. Después llegó tu sonrisa con los ojos entrecerrados; tu mirada que parecía ser de alegría sincera. Me diste un beso en la mejilla dudando si debías abrazarme o no. En tu cara la duda parecía más profunda de la que provocaría la simpleza de dar un abrazo. Creí que, tal como me estaba pasando a mí, la memoria del tacto de nuestros cuerpos desnudos irrumpía para cohibirnos del deseo, en ese instante imposible de resolver. No sé si tú lo pensaste, no sé cuál era tu duda. Sé lo que vi. Si ahora te cuento esto, aunque estuvieras ahí conmigo, no es porque crea que tu memoria (selectiva según la conveniencia) esté fallando o porque te crea estúpida o porque yo esté loco, como solías decirme cuando mentías y yo intentaba, como un imbécil, explicarte cómo me había dado cuenta de tu engaño. Las versiones nunca son las mismas, es verdad; no lo son porque el corazón distorsiona la realidad y es factible, sin duda, que no olieras a lo que yo digo que olías. Que no sonrieras como creí que sonreíste. Que tu felicidad de encontrarnos después de tanto tiempo haya sido solo una fantasmagoría de la mía. O que la duda del abrazo, el deseo atrás de ella, haya sido solo mi miedo a no saber qué decir y preferir un artilugio táctil, útil para levantar una polvareda en medio de la cual las palabras no fueran necesarias porque antes de hablar yo ya habría hecho mi pase mágico y habría saltado por la puerta hacia la avenida y a la carrera ahí para abajo. Sí, lo sé, habría sido estúpido. Y no mentiré diciendo que fue la estupidez la razón de que te dijera, sin pensarlo mucho, que estabas hermosa y te había extrañado mucho.

¡¿En serio?!  También yo te he extrañado… te he extrañado muchísimo.

Eso bastó. El cuerpo se me partió a la mitad. Pude oír el ruido húmedo que hacían mis órganos cayendo uno a uno sobre el suelo metálico de la estación. Pude oír el silencio denso que llena los espacios cuando van vaciándose de objetos y no queda más que la nada para ocupar. Dentro de mí no había más que un oleaje, un ir y venir, un vaivén de un mar que no era mar sino mercurio. Trastabillé. Las palabras se me apretujaban en la garganta entrapándome la lengua. Una sensación que me recordó ese día, hacía varios años, cuando viéndote cantar con puras palabras incompletas una canción que no te sabías, entendí que te me habías hecho indispensable para ser feliz, que tu ausencia significaba la tristeza, que estaba desbocadamente enamorado de ti.

Podemos salir. Intentarlo de nuevo.

Ya estábamos tomando café. Sentados muy juntos en un sofá mientras sonaba una canción en inglés que tú cantabas, ahora sí con las palabras completas, en medio de tus peticiones por una segunda oportunidad para ver cómo era que era cuando los amores muertos volvían como zombis y te devoraban el cerebro.

No sé, dije yo. No sé porque te tengo miedo, no dije yo.

Sin embargo, el no sé fue insuficiente para autoconvencerme de que en realidad era un no sé que yo sabía de sobra era un Sí, a gritos, saltando de felicidad, anulando el raciocinio.

Una semana después te lamía el esternón y entre las piernas.

Un mes después mi bolsillo tuvo que superar la pérdida de su mano querida que lo había abandonado por tu mano.

Dos meses después llamó Silvana.

Sabes que te quiero, sé que lo sabes. También sé que entenderás, como entendí yo cuando tú me abandonaste por alguien más, que cuando llega la hora de romper el corazón no hacerlo es más doloroso. Silvana dijo que venía a la ciudad, esta vez para quedarse a vivir.

También te quiero, le respondí a Silvana. También quiero que estemos juntos, le afirmé.

No estés triste, quizá también un día, con buena suerte, nos encontremos en una estación y sea yo ahora quien te pida volverlo a intentar. Quizá también tú sientas cómo vas siendo solo un vacío de silencio. Intentaré no desordenarte la vida, si es que acaso vuelvo a buscarte.

 

Arturo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s