EL SOBRINO DE WITTGENSTEIN

bernhardNo sé cuánta música de Bach sea necesario escuchar para decir lo que diré. No creo, siquiera, que yo mismo tenga la capacidad de escuchar a Bach con la experticia suficiente para aseverar que Bernhard me recordó a una de sus suites. No sé, en definitiva, cuáles fueron las razones de que mientras leía esta novela imaginara un chelo asmático y un piano escindido buscando bailar a la vista de gente importantísima. Puede ser, se me ocurre, una reminiscencia a esa otra gran novela del austriaco: El Malogrado; en la cual, Glenn Gloud reincide (si es que cabe esa palabra) con vehemencia autista en Las variaciones Goldberg, de Bach. Es probable, aunque también no.

La prosa de Bernhard es cortante, dura y reiterativa como una suite de Bach. Es inevitable ir pensando en Kafka, en Walser o en Cannetti cuanto más va uno adentrándose en una historia cuya historia es más un subterfugio, una excusa para la música y la indignidad de «ser alguien»: Thomas y Paul; uno escritor y el otro sobrino de un filósofo encumbrado y demente; el primero hastiado de «lo literario» y el otro heredero de la locura. Cada uno, en el otro —con el otro—, escapando del mundo a través del silencio consensuado o de largas conversaciones en torno a la sinfonía Haffner de Mozart, por ejemplo.

Si digo Kafka y Walser como evocaciones al leer a Bernhard es porque parece que hay algo en la literatura centroeuropea que trasciende la andanada de acontecimientos y cae, indefectible, en el alejamiento; en un mirar desde arriba —desde quién sabe dónde— a personajes condenados al soliloquio de la sinrazón razonada. En El sobrino de Wittgenstein los temas aparecen como una música que se alterna, se combina, se avallasa y se niega a (en) sí misma. Si lo leen, antes escuchen mucho a Bach… a Mozart, a Beethoven.

«En los últimos meses de su vida evité a mi amigo de una forma totalmente consciente, por un bajo instinto de conservación, lo que no me perdono. Lo veía desde el otro lado de la calle, como a alguien que hace ya tiempo ha sido borrado del mundo, pero que sin embargo se ve obligado todavía a estar en él, que no pertenecía ya a él pero tenía que estar aún en él. De sus brazos escuálidos colgaban grotesca, grotescamente, redes de la compra, en las que llevaba la verdura y la fruta que se había comprado y que arrastraba hasta casa, como es natural siempre con miedo de que alguien pudiera verlo en toda su miseria y pobreza y preocuparse por ello, pero quizá era también la razón igualmente penosa para mí de querer protegerlo la que hacía que no le hablase, no sé si era mi miedo de aquel que, en realidad, era ya la muerte misma o mi deseo de evitarle un encuentro conmigo, que todavía no tenía que pasar lo que él, probablemente las dos cosas. Lo observaba y me avergonzaba al mismo tiempo. 

»Porque sentía como una vergüenza no estar aún en las últimas, mientras que mi amigo lo estaba ya. No tengo buen carácter. Sencillamente, no soy buena persona. Me aparté de mi amigo lo mismo que sus otros amigos, porque, como ellos, quería apartarme de la muerte. Temía enfrentarme con la muerte. Porque todo en mi amigo era ya la muerte.»

Bernhard, Thomas. El sobrino de Wittgenstein. Anagrama. 2006.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s