UNA HISTORIA DE AMOR (Fragmento)

Esta historia empieza cuando Abel se dio cuenta de que estaba completamente solo. Cuando entendió que Dios solo acompaña como un amor lejano. Cuando sus ojos se encontraron con los míos alumbrados por el rayo de sol que se colaba por entre las sombrillas una tarde de septiembre en una plaza de café al norte de la ciudad. Cuando no pudo dejar de mirarme y recordó qué significaba mirar al cielo desde el fondo del mar.

Esta historia empieza cuando Santiago, quien nunca había buceado, balo la luz intensa de otro día de septiempre, me miró a los ojos y dijo que ya no más. Cuando me rompí con su golpe agudo. Cuando creí imposible para un ser humano, tan cualquiera como yo, soportar el dolor de su ausencia y el latir insistente del recuerdo hecho desamor, promesa rota, mano vacío, cama sin nadie y pies fríos.

Esta historia empieza cuando Isabel, que sí había buceado con Abel, un día que no me contó, le dijo que ya no más sin mirarlo a los ojos. Cuando Abel creyó que las cosas del mundo al mundo vuelven, pero las cosas de Dios son una pulsión constante, cálida y eterna. Cuando Dios fue absorbido por su dolor hasta desaparecer y le dejó en su lugar la certeza de que las cosas del mundo hace milenios no importan a Dios. Cuando, con la mano desmayada y triste sobre su pecho, entendió que el resguardo de la ilusión deífica no protegía contra los embates de la memoria, menos contra la nostalgia y su color de daguerrotipo.

Esta historia, en definitiva, comienza como cualquier otra historia de amor: rota.

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