EL REGIONALISMO ES PARA PROVINCIANOS

Acaba de arrancar El Desafío y me fue inevitable no recordar esa efigie al odio mutuo que fue El Desafío, la lucha de las regiones. Y es que si algo sabemos los colombianos es odiarnos unos a otros, también decir que los costeños no se bañan y que los bogotanos no se bañan y que los santandereanos no se bañan y que somos un país de gente que no se baña aunque, creo, todos nos bañemos todos los días. Quizá por eso dice Fernando Vallejo que somos un país de gente con la sangre sucia y como gente sucia que somos, nos paseamos orgullosos de nuestro hedor mientras nos tapamos la nariz por el hedor de esos que se pasean orgullosos de su hedor junto a nosotros.

Lee uno en Twitter, bastión de la opinión sensata y coherente, que en Ibagué todos son maricas, que en Antioquia todos son ladrones y putas, que en Cali todos son niches y guisas, que en Santander planchan con la mano y la gente es color rodilla, que en Pasto todos son idiotas, que en Pereira todas son putas y reguetoneros, que en la costa la pereza es la bandera y que si uno viaja a la Guajira con una novia buena,  le toca ir alistando unas cuantas cabras para pagar el rescate a un guajiro atravesado que se encapriche con lo de uno. Y lee uno decir de los bogotanos… los bogotanos merecen párrafo aparte.

Bogotá es la ciudad de nadie pero a la que todos atacan y a la que se vienen todos. Los bogotanos son esa gente que no hace nada bien. Las bogotanas no tienen culo ni saben bailar salsa, son más insípidas que un beso de boba, aunque nadie haya besado una boba. Los bogotanos son feos, simples, la tienen pequeña y se mueven menos que una loca coja. El nacido en Bogotá es frío, aristócrata de vereda, distante, mala gente, odioso y nunca da una sonrisa a la gente amable y amorosa de las otras regiones que llegan a la capital a despotricar de cosas que no conoce y a escupir a la cara de la ciudad en la que trabajan y estudian y de la que opinan sin saber qué ha pasado, solo porque en sus ciudades todo estaba más cerca, se podían ir sentados a las siete de la mañana y la gente siempre estaba dispuesta a darte un abrazo cuando te sentías solo y no como aquí, que la única opción de contacto fraterno es la hora pico en Transmilenio. El bogotano, para resumir, es todo lo que está mal en el país.

La gente nacida en Bogotá cada vez es más aunque queden pocos bogotanos verdaderos, y con verdaderos me refiero a eso que los paisas llaman paisas, es decir, hijos, nietos y bisnientos de paisas. Bogotá es una ciudad de nadie y por la que nadie aboga. Los paisas defienden su terruño haciéndose los pendejos con haber parido al doctorcito Uribe, lo defienden porque lo sienten suyo. Pero qué se puede pedir de una ciudad donde la mayor parte de sus habitantes está extrañando las distancias familiares de la tienda de don Pacho con la casa de la abuela, o cómo en el pueblo todos conocían a todos y si lo veían a uno triste en el Jeep Willis, de una le iban zampando su trago de aguardiente, o también cómo en la cuadra se armaban las fiestas y la gente sacaba sus picós y la champeta se acompañaba con ron. Esos que llegaron aquí buscando trabajo, mejores oportunidades, se apretujan en Transmilenio por algo más de una hora —en Bogotá todo queda a algo más de una hora— soñando con sus tierras llenas de matas y de solo matas, mientras desdeñan de una ciudad que no es suya y en la que habitan siempre con desprecio y queja. Y entonces ahí aparece el bogotano como el hijueputa del paseo.

Y es que el bogotano, como habitante de la capital, se adjudica el derecho de llamar provinciano a todo aquel que no sea de Bogotá en al menos dos generaciones. Todo lo que no es Bogotá es provincia y pueblo. Milan Kundera dice que el provincianismo podría definirse como la incapacidad de (o el rechazo a) considerar la propia cultura en el contexto general. ¿Es provinciano quien no se reconoce como parte de un contexto más amplio y vive añorando la plaza de mercado y a su tía cuya casa quedaba a diez minutos caminando entre grandes y frondosos árboles? El problema no es añorar, sino suponer que porque el lugar que habita no es como en su fantasía, ese lugar está mal y por lo tanto es válido atacar desde su frustración de no tener en sus terruños las mismas oportunidades que se tienen aquí.

Hace poco una mujer que sé estudia aquí y que es oriunda de un pueblo del Tolima donde su familia tiene mucho dinero, me explicaba por qué debemos votar por Peñalosa y también por qué Petro es un alcalde inepto y tiene a la ciudad hecha una mierda. Estudia derecho, esa carrera de gente que cree saber más de lo que en verdad sabe y que fingen más de lo que en verdad pueden. Cuando le pregunté por cuánto tiempo llevaba viviendo aquí y me respondió que tres años, no pude más que levantarme y escupirle a la cara. Ese tipo de gente es el tipo de gente al que el bogotano llama provinciano. Y no es porque vengan de la ciudad de los narcos y de las putas, o del Tolima donde todos tienen cara de cerdos, o de Cali donde todas son guisas, no… es por la misma razón que lleva a Kundera a asegurar que un país como la República Checa cae en provincianismos frente al resto de Europa: la imposibilidad de amalgamar lo que son con la totalidad que los rodea para crecer y buscar su lugar en la cultura que, ellos mismos y solos, asumen como superior. ¿Por qué buscar el daño de sí mismo en el desprestigio de su propio espacio? Es como cagarse en la esquina de mi apartamento y luego acusar al conductor del bus que me lleva al trabajo por el hedor insoportable que acosa mi hogar.

Esa actitud de mi amiga (bueno, ya no creo que me quiera de amigo), abogada ya casi formada y cretina en potencia, no es solo idiosincrasia de ella y de la gente fea del Tolima. Ella, con todo lo pretenciosa y con toda el atrevimiento que le da la ignorancia, representa el talante del colombiano que habla de los otros colombianos por trivialidades como el color de su piel o por el bañarse o no bañarse, o por el tamaño del pene y del culo. Así mismo, representa al provinciano promedio que caga en donde come y desdeña de un alcalde a favor de otro sin conocer qué ha pasado en la cuidad en los últimos veinte años. Todos, de una u otra manera, somos provincianos. Seamos o no color rodilla, bailemos o no salsa, tengan o no padres, abuelos y bisabuelos bogotanos, como yo.

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