UN GRILLO-HEMBRA Y LAS ESTRELLAS

Para S., a quien se lo conté antes de dormir.

Un grillo violinista parece un cliché completo. En los lugares comunes, tan bien conocidos por todos, los grillos melancolizan el silencio con sus violines de dos patas. Las personas los oyen bajo los cielos encapotados de tristeza, en medio de las lluvias torrenciales que azotan las ventanas o los usan para hacer más tristes las tristezas profundas como un pozo, en las que caen por un amor desesperado que los llevará al suicidio. Esta, también es la historia de un grillo violinista. Mejor, y para menos cliché, la historia de un grillo-hembra violinista. Una grillo que tocaba el violín con un poco de frustración, de aburrimiento, apenas para ganarse la vida, pues lo que siempre quiso fue ser cantante de boleros sobre las tapas de los pianos. Le era sensual imaginarse sobre la madera lisa, su reflejo en el negro y los grillos gritándole que era hermosa. Ese, sin embargo, era el problema: no podía ser cantante-de-boleros-sobre-piano porque no era hermosa. Y todos, sin excepción, saben que las cantantes de boleros deben, por ley, ser hermosas y usar un vestido rojo.

Nuestra grillo-hembra violinista toca su violín, atrás, un poco a la izquierda del reflector cuya luz cae completa en la cara, bien maquillada, de la rana vestida de rojo. Ella toca, el arco en la mano y el violín sobre su hombro. Ve a la rana rodear sensual con sus manos largas como espigas verdes el micrófono. Aunque también usa tacones —es la exigencia del dueño del bar—, la grillo violinista sabe que nunca podrá tener tanto garbo en sus paticas chuecas como sí lo tiene la rana, esbelta como una modelo de pasarela.

La rana comienza el show: se mueve sinuosa, taconea ruidosa hasta el pianista, un viejo búho, ciego de tanta luz, vestido de levita negra y corbata de moño, quien la recibe mirándola con ojos de hambre. Cualquiera, en una situación distinta, diría que el búho la quiere engullir, pero no, solo la admira; quizás hasta esté enamorado de ella. Todos están enamorados de ella, no sería ninguna novedad. La rana pone la punta de zapato de tacón en la banquita junto a las plumas de la cola del búho, se cuida de no pisarlas. Se sienta sobre la tapa del piano. Cruza las piernas y canta desenredando el cable, mirando sonriente al público de sombras tras el fulgor del reflector. Canta. Mueve los labios rojos. Cruza y descruza las piernas.

La grillo, atrás, muy atrás, suelta notas dulces, afelpadas como si su violín fuera de terciopelo. Mira a la rana e impreca a Dios por haberla hecho un insecto lleno de patas y de ojos y de antenas y de oídos en el abdomen, en vez de un reptil liso y perfecto como la rana cantante-de-boleros-sobre-el-piano. La grillo también canta, en voz baja, apenas un susurro para ella misma. Y sonríe orgullosa al saberse mejor cantante que la rana. Ella sería mejor, no tiene duda.

Pero rápido se calla cuando el búho, con oído de ciego, gira 180 grados la cabeza y le lanza, con sus ojotes amarillos, una mirada que la hace sentir chiquitita como una hormiga obrera. Se calla y toca solamente.

La grilla toca el violín. La voz de  la rana exacerba a los asistentes al bar, se oyen aplausos, silbidos, alguien grita:

—¡Por ti cavo una laguna con mis propias alas!

Otro, más emocionado, promete dar su propia vida para que la rana nunca muera; es una mosca que dice:

—Come de mí, come de mi carne.

(Años después, la rana se hará famosa como compositora cuando venda una canción a un músico argentino, cuyo estribillo incluye esa frase; pero esa es otra historia.)
Todo el bar rompe en un sonoro batir de alas, de entrechocar de exoesqueletos, de zumbidos y aplausos justo en el momento en que la rana suelta sus últimas, jadeantes y sensuales notas de voz. Unos segundos antes de que termine la rana, la grillo ha parado también su interpretación con tres notas altas y tres golpes violentos del arco contra las cuerdas. Pero nadie lo notó, ni le aplaudió ni le prometió una noche estrellada para cantar juntos o un bosque frondoso y húmedo de rocío donde vivir para siempre. Nadie vio su brío de artista para cerrar el bolero.

La grillo espera, sin molestia, acostumbrada, el aplauso final que sabe sólo es para la rana. No importa la certeza de que sin su violín ese bolero estaría cojo. O que nadie la mire cuando los halagos llueven. O que ninguna de las flores que caen tenga su nombre en ella. No le incomoda, ya está acostumbrada.

Los reflectores se mueven persiguiendo a la rana, radiante en su vestido rojo, de boca fulgurante por el labial, que se escapa tras bambalinas dejando a su público como un amasijo de excitaciones confusas.

EL búho viejo hace su venía, se acerca a la grillo.

—¡Atrevida! —le dice tropezando con la pulga que tocaba los bongós. —Perdón —dice a la pulga y sigue para su camerino, dejando con sus ojos una culpa terrible en la grillo que sostiene caído el violín en una pata y el arco en la otra.

La grillo va al camerino, el mismo de la rana. Al sentarse ve sobre la mesa de ella, reflejado en el espejo junto al vestido rojo, un ramo grande de nenúfares en sus aguas. Un regalo de un admirador, seguramente, que como todos los regalos, la rana botará a la caneca tan pronto salga vestida de jeans.

Su mesa está vacía. No recuerda una sola vez que alguien le haya regalado flores ni nada. Y sabe que sí alguien lo hiciera, ella las llevaría a su hueco en la tierra y las pondría en agua hasta que mueran de muerte natural y no en las canecas entre basura.

La rana, lista de jeans, va de salida.

—Tocaste muy bien, Salomé. Sólo podía cantar porque me guiabas con el violín —le dice amable y agradecida antes de cerrar la puerta, antes de lanzarle un beso de diva con su mano larga. La grillo le sonríe de cortesía.

La grillo sale también unos minutos después. La calle está vacía. En su pata derecha lleva el estuche negro del violín, la otra metida en el bolsillo de su chaqueta. Canta queriendo ser rana vestida de rojo con los labios como una herida abierta. Canta y la luna es su reflector, las estrellas sus admiradores tenues tras la luz blanca. Canta aunque las estrellas no aplaudan. Canta; pero, lo sabe, le hace falta un violín que le guíe la voz, alguien a quién agradecerle hacerla mejor.

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