¿Y SU HIJA, DOCTOR?

Pensaba que todo era su culpa. No tenía duda. Pudo, es cierto, haber modificado el pasado para no padecer en el presente el destino trágico de haberse enamorado de su esposa, cuando aún no era su esposa. Escoger a María Marín —¿por qué no?—, ella que lo buscó con insistencia de fea, que le ofreció su amor incondicional desde el mismo día en que bajó del avión que lo trajo de vuelta desde México, hecho un médico respetable y erudito. María no estaba tan mal. Ese bigotito incipiente se quitaba con una Gillette recién comprada. Sus carnes abundantes pudieron hacérsele excitantes, a todo se le agarra gusto al final. En medio del embeleco por Rosario, su esposa, antes de ser su esposa, no se le ocurrió pensar en la descendencia. Una mujer hermosa, ¡qué estúpido!, como si las feas no sirvieran para lo mismo. Como si María no supiera cocinar. Como si no hubiera tenido un útero sino una monstruosidad mecánica e infértil metida en las entrañas. Vagina dentata. Qué estúpido, repitió sentado al borde de la cama, en calzoncillos, envuelto en el dulce efluvio de su Rosario, siempre, todavía, tan bella.

Era la quinta noche en vela después de dos semanas de haber recibido las enigmáticas —pesadas como una lápida— palabras del excelentísimo, sempiterno, presidente de la nación mientras le estrechaba la mano en la tercera fiesta que ofrecía por su cumpleaños.

—¿Y su hija, doctor?, años sin verla.

La primera semana consiguió, más por inercia que por despreocupación, conciliar un sueño incómodo y repleto de sueños premonitorios con tintes de pesadillas paranoicas. Dejó de ir a la clínica que, él mismo y su Rosario, fundaron en la isla gracias a las ganancias de una mina de diamantes en África heredada de su papá al morir. Se pasaba el día entero sentado en el pórtico, el mar sonando, la sal royéndolo todo, mirando a su hija leer sus novelas en francés en la mesa del jardín. Sara tan alta, con esa explosión de caderas, de tetas redondas y de piernas largas. Su pelo negro y lacio ondeando al viento que le desordenaba la lectura. Era tan hermosa, aún para él que no podía verla como una mujer, pero sí imaginar cuán mujer la verían los otros.

Cuando Rosario le preguntó que por qué no iba a trabajar, él solo movió la mano en su cara con ese gesto histórico de no jodas, mujer. Y Rosario, siempre tan hermosa, no jodió y fue a hacerse cargo de pacientes anegados de malaria y de niños barrigones de lombrices. Clientes generosos, quienes tenían una gallina o un racimo de plátanos en retribución al milagro de las fiebres congeladas y de los escorbutos resecos. No le contó de su reciente función de guardia permanente de la dignidad virginal de Sara. Tampoco del miedo paralizante que le provocaba la imagen del dictador rechoncho desflorando a su hija en medio de un océano de babas y gemidos delgaditos, con esa voz de señorita disfónica de la que nadie, por orden divina de su plenipotencia, se atrevía a reírse. Él sí, ahí en su silla frente al pórtico, una risa segura en la bóveda de su cráneo. Aún así, uno nunca sabe si la policía secreta alcanzara a oírla, con todo eso de que el presidente tenía poderes sobrenaturales, ni en la intimidad hermética de sus pensamientos podía estarse tan confiado. Menos le dijo lo que dijo el dictador, presidente, o de la cara sabrosona que hizo al decirlo estrechándole la mano. No quería verla caer en histerias de señora, pero más que eso, que abriera la boca en imprudencias de señora. En esa época eran machistas, qué le vamos a hacer.

Debía pensar en un plan, aunque si se le miraba bien, tan quieto, era obvio que no tenía ninguno. Su inteligencia era admirada entre las gentes de la isla. Era uno de los pocos a quienes llamaban doctor, maestro, excelencia, por honor a lo su vasto conocimiento y no por orden del dictador-presidente. Pero eso no servía de nada cuando los alcances del dictador lindaban con lo metafísico, decían. Sus planes, los que pudiera elaborar, eran tan inútiles como los rezos de negros para curar la blenorragia. Así que para qué mentirse, solo le quedaba el arrepentimiento, la tristeza rabiosa e inabarcable de sus Hubieras.

Si bien se había abocado a la tarea extenuante, e inservible, de esconder a Sara; excusando la ausencia de su esposa y de su hija de las fiestas con las manidas latencias femeninas, todo como pasaba siempre con el dictador, era en vano. Frustrado maldecía a la biología, a la genética, al tiempo que se encarga de transformar lo bello en sublime; en angustiante y triste. Maldecía el momento en que bailó con Rosario y rechazó a María, quien estuvo sentada a su lado con los ojitos expectantes al próximo bolero. Maldecía que con Rosario entre sus brazos, hubiera comprendido que estaba irremediablemente, para toda la vida, enamorado. Debió correr como hacen los valientes. Huir de ese abrazo, de sus ojos glaucos, de ese olor violento y cálido que se le metió completo en el corazón para no irse nunca.

Luego, cuando ya fue suya, minutos antes de que lo fuera, pudo también renunciar. Decirle: no, Rosario, no te quites el vestido. En vez de eso, estúpidamente, le ayudó con la hilera interminable de botones. Le bajó la cremallera y oyó el frufrú del tafetán, del algodón y de muselina rusa, armónicos, cayendo pesados al suelo, como era moda en esa época. Se lanzó sobre ella con el cerebro en automático instintivo. Tomó ese cuerpo, sus pezones entre los labios como un niño; la redondez voluptuosa de sus senos entre las dos manos, con la furia del recién llegado y el afán de un hombre solitario, complicado para el amor, que era y siempre fue.

¡Ah, qué tonto el corazón caliente; qué simple la hinchazón de la entrepierna!

Se puso de pie, la cama chirrió al levantarse, pero Rosario no despertó. Se paró bajo el dintel de la habitación y detuvo su respiración para cerciorarse del runrún del sueño de Sara. Presto a enfrentar a cualquier matón de la policía, no tan secreta, del ubicuo presidente de la nación León Martín Márquez que se atreviera a franquear los límites endebles de su casa de familia. ¿Por qué no compró la escopeta que le ofreció el general Agüero a tan buen precio? Así hubiera tenido algo más que su puño desnudo, apretado con desespero, pegado a su cuerpo gordo y nada atlético.

¡Qué impotencia ante la omnipotencia de miedo en la que se regodeaba Márquez!

Las palabras seguían rondando su cabeza. Su vocecita mustia se repetía en el recuerdo. La cara porcina relamiéndose los labios con lascivia, lo arrojaba a una melaza de asco, rabia e impotencia, sobre todo impotencia. Cinco días sin sueño. Cinco noches enteras recorriendo los pasillos, asegurándose en cada ventana de que el pestillo estuviese bien cerrado. Un alma en pena, ojeroso y despeinado, deambulando aterrado, viendo el mar aparecer y desaparecer en cada ventana. Confundiendo sombras con esbirros, aleteos de pájaros lejanos con pasos furtivos y amenazadores. Cansado de seguir creyendo que María Marín hubiera evitado el acabose de la belleza heredada.

Espió la habitación de su hija. Entró pisando con cuidado y abrió y volvió a cerrar el pestillo de su ventana. Arropó su sueño dejando un beso vencido sobre su frente sudorosa. Hacía un calor inverosímil de cuatro de la mañana. La miró dormir unos minutos deseando proyectar desde su angustia de padre un halo tornasolado que envolviera a la casa entera. Una cúpula impenetrable dentro de la que Sara podría crecer y dar su cuerpo a un hombre que amara, como Rosario le había dado el suyo tanto tiempo atrás. Todo era su culpa; de Rosario no, ella qué podía hacer si también fue víctima de la genética de una abuela y de una mamá reinas de alguna cosa. Salió de la habitación. Caminó hasta la sala y se sirvió ron en un vaso de whisky. Se sentó junto a la ventana a mirar la negrura del mar. A imaginar cuántos barcos se tambalearían sobre el agua, muertos en la oscuridad absoluta. En para dónde irían y en por qué su Sara no iba ahí montada, huyendo rumbo a Cuba, a las Antillas, a cualquier parte de la lengua, de la verga y del poder metafísico del hijueputa de Márquez. Bebió medio del medio vaso que sirvió de un trago. ¿Irse? ¿Juntos? Si tan solo viviera en un país de verdad y no en ese burdel de negros armado por los gringos, de donde nadie salía sin que la omnisciencia de Márquez lo autorizara. Bebió el otro medio vaso y fue a servir más y terminó llevándose la botella para la silla. Servía y tomaba, uno en seguida del otro, sin emborracharse de tan ido que estaba ya en la contemplación de las posibilidades de escape, que más parecían sueños de pobre que opciones reales. Pronto el sol naranja despuntó en el horizonte. El calor se hizo más espeso, a la distancia podían verse ondulaciones sobre el azul verdoso del mar, gaviotas que caían en picada o pescadores que remaban sin prisa hacia altamar. Pero nada, a él no se le ocurrió nada para hacer, al menos no algo que tuviera buenos resultados.

El criado lo tocó en el hombro. Le preguntó si estaba bien. Y él dijo que sí. Le pidió un café bien negro y una esponja para limpiarse el sudor del cuerpo. El criado regresó con el café y la esponja. Preocupado por su amo, se paró a su lado sin saber qué decirle. No fue necesario que preguntara, porque el doctor, acosado por el secreto que lo devoraba de no saber qué hacer, le contó todo. El hombrecito, negro y minúsculo, lo escuchó en silencio, lo vio llorar, lo sintió tomarlo del codo y exigirle una respuesta, sin pronunciar palabra, solo asintiendo comprensivo.

—Está jodido, doctor… con todo respeto —le dijo.

—Estoy jodido, Colman, jodido… y sin nada de respeto —le respondió.

Esa misma mañana, cuando todos en la casa estaban despiertos y el doctor fingía bien su pose de hombre de familia despreocupado al desayuno, Colman trajo un sobre. Lo agarró mientras mordía el pan en el que acababa de poner mantequilla y vio en la esquina inferior derecha el escudo nacional en tinta roja. Sudando de miedo rasgó el sobre soltando el pan. Dentro encontró una hoja blanca, en papel grueso y ornado, donde se leía: Doctor Antonio Caballero, esposa e hija Sara, las palabras hija Sara venía subrayada tres veces. Era una invitación del benemérito señor presidente de la nación León Martín Márquez para celebrar, por cuarta vez ese año, su cumpleaños número 56.

Rosario quiso ver, pero Antonio le quitó importancia diciendo que era una invitación del presidente a una fiesta el próximo sábado. Sara, a quien no le interesaba saber por qué no podía salir a ninguna parte o por qué no la llevaban a las fiestas, leyó su nombre en la hoja y preguntó qué debía usar.

—Tú no vas —dijo Antonio.

—Ella sí va —dijo Rosario. —Antonio, no podemos seguir escondiéndola de por vida, Márquez te va a matar —tanto Colman como la cocinera, Rosario, Antonio y Sara, miraron involuntariamente alrededor luego de oír juntas las palabras Márquez y matar.

—Que me mate, que me mate entonces, pero Sara no va —susurró.

Márquez tenía poderes sobrenaturales.

—Sara va.

—Yo voy. ¿Por qué no puedo ir? —preguntó Sara inocentemente y a Antonio se le llenaron los ojos de lágrimas y le agarró la mano por encima de la mesa y dijo:

—Porque no… Debes estudiar para la academia francesa, no lo olvides.

—Ya sé todo.

—Antonio, es por el bien de todos. No seas terco, hombre —Rosario, tan bella… debió escoger a María, qué estúpido.

Las mujeres comenzaron los preparativos. Sara y Rosario compraron vestidos nuevos de cuellos altos, botones hasta la barbilla y faldones hasta los tobillos, a pesar del calor. Rosario compró dos sombreros de alas largas adornados con flores y que tapaban en gran parte la cara de Sara y la suya. El día de la fiesta, Rosario misma vistió a Sara abotonándole todos los botones, halando el vestido para abajo y enfundado sus pies en botines de cuero negro que cubrieran su tobillo.

—Parezco una mujer de páramo —dijo Sara sudando dentro del vestido.

—Cállate. ¿Te pusiste la enagua?

—Sí, pero ya me la quiero quitar.

—No te quitas nada, Sara. ¡Nada! Ni el sombrero, ni nada, ¿me entiendes?

No, Sara no entendía, pero dijo que sí. Era una muchacha muy inteligente como para no darse cuenta de que algo estaba pasando y de que la culpable era ella.

Vestidos, subieron al carro. Antonio sudaba. Planeaba excusas. Inventaba frases convincentemente respetuosas para no tener que presentar a la hija en la hilera que hacían los invitados formando un camino por el que cruzaba el presidente. Detuvo el carro en seco.

—¡Bájense! —ordenó a Sara y a Rosario con tanta vehemencia y violencia, que ellas obedecieron de miedo. No lo habían visto nunca así.

Las dejó vestidas, Sara agarrada del brazo de su madre, unos metros a la salida de la casa.

Antonio aceleró. Llegó solo a la fiesta. Cuando el presidente venía llegando a su lugar, posando su mano desmayada entre las manos de sus invitados y soltando comentarios que consideraba graciosos y de los que todos se reían de miedo y no de risa, le sudaba toda la espalda, le temblaban las rodillas y se le olvidaron todas las excusas que pensó de camino al palacio. Al fin, el presidente Márquez le tendió su mano enguantada de blanco. Antonio besó su anillo en un gesto cardenalicio que a Márquez le parecía digno de su grandeza.

—Su excelencia —dijo casi sin voz y se inclinó en una venia sumisa.

—¿Y su hija, doctor? ¿Otra vez desangrándose? —y rió con ganas mirando a sus escoltas que rieron con él y comentaron ofensas entre dientes.

—No pudieron venir, su excelencia. Pero le mandaron muchas felicitaciones. Ya sabe, señor presidente, las mujeres…

—No vaya a ser doctor Caballero que eso se le prenda. No queremos verlo pálido, desangrándose en la calle —pausa— de cosas de mujeres, digo —volvió a reír y sus escoltas también. Se alejó dando manos, comentarios, besos y risitas de puerco.

Antonio se creyó a salvo. Respiró profundo. Secó su frente con un pañuelo. Esperó a que terminara la solemnidad de la ceremonia y luego se bebió un trago de whisky frío.

De regreso a casa, casi llegando al lugar donde en la tarde hiciera bajar a Sara y a Rosario, un carro negro lo alcanzó. Antonio frenó, estacionó al borde del camino. Vio a dos hombres, grandes y macizos como simios, bajarse, cerrar las puertas con delicadeza y caminar hasta su ventana. Tocaron con dos golpecitos. Antonio bajó el vidrio.

—Doctor, El Jefe le manda un saludo, que mañana pasa por su casa a tomarse un tecito y desea, con muchas ganas, que Sara esté ahí. ¿Estará, cierto?

—Sí, claro —dijo Antonio intentando parecer tranquilo sin lograrlo, se lo confirmó la risa complacida de los dos simios volviendo a su auto.

No se sabe si fue el destino. Si Dios al final había recordado esa isla tomada por el mismo Satanás en carne de Márquez. Si fueron los rezos de Rosario o de todas las mujeres a quienes el dictador les había desflorado las hijas y odiaban, en silencio, al hombre que se ufanaba de sus noches candentes, con nombres propios, en alocuciones públicas. Pero esa noche, regresando de un burdel de su propiedad, el carro de Márquez fue alcanzado por ese grupo de resistencia clandestina que le había sido imposible erradicar, a pesar de los camionados de muertos comunistas y subversivos que salían de la ciudad con dirección al mar para no saberse de ellos más. Márquez fue interceptado por tres carros y dos motocicletas de donde bajaron catorce hombres armados con fusiles y dispararon sobre el carro primero, y después, cuando Márquez salió a devolverles el plomo, sobre su cuerpo gordo, pequeño y redondo. Dicen que Márquez cayó recitando una arenga, que mató a trece de los catorce, que su chofer también combatió como un héroe. La historia verdadera nunca se sabrá. Márquez no era adepto a la verdad y el mito se mantendría para siempre en la imposibilidad de seguir un rastro de documentos inexistentes, de periódicos verídicos o de personas dispuestas a hablar.

La noticia cayó como un haz de luz blanca y refrescante sobre la humanidad de Antonio Caballero. Respiró aliviado. Destapó una botella del mejor vino que tenía en su cava. Mandó a despertar a Sara y a Rosario y les sirvió una copa a cada una. Se dijo que sí, que lo mejor que había podido hacer era enamorarse de Rosario y no de esa gorda bigotona de la María. Ellas, somnolientas, bebieron un sorbito pequeño para no desairar al hombre de la casa, que parecía tan feliz como en los viejos tiempos. El entusiasmo las contagió y bebieron sorbos verdaderos hasta que acabaron la botella. Esa noche, después de tantas noches, Antonio por fin consiguió dormir. Un sueño largo, profundo y lleno de sueños donde las personas cantaban en las calles y los hombres besaban a las mujeres y un júbilo de esperanza inundaba los corazones de los habitantes, ricos y pobres, de la isla.

Pero… siempre hay un pero en toda historia que incluye un poder desmedido cuyos límites no son de este mundo. Ya lo saben, Márquez tenía poderes metafísicos, y a la mañana siguiente, muy temprano, Antonio lo comprobó. Los dos simios, agentes de la policía secreta que lo habían detenido la noche anterior, tocaron a su puerta estacionando el mismo carro negro frente a su casa. Colman abrió, llamó a su amo, quien palideció de asombro y casi rueda por las escaleras cuando los vio fumando sus cigarrillos y hablando animados en la sala de su casa.

—Doctor, El Jefe, dejó algunas recomendaciones para el momento de su muerte. Y, afortunadamente para usted y para honor de su familia, su hija hace parte de esas recomendaciones —dijeron con la tranquilidad con la que ofrecerían aspiradoras o enciclopedias

Antonio, confundido, pensó otra vez en María y lo estúpido que había sido al amar a una mujer hermosa. Un hubiera completo que ya, al fin, se había tornado trágico y redondo.

—¿Mi hija? —titubeó Antonio.

—Sí, su hija, doctor. Creo que sobra la advertencia de que cualquier resistencia será tomada como una afrenta, no solo a la memoria del excelentísimo señor presidente don León Martín Márquez, sino a la patria entera, a esta madre patria que tan bien nos recibe y nos quiere. ¿No es así, doctor?

—¿Mi hija? —preguntó otra vez Antonio con un hilito de voz.

El buen doctor, su hija y su esposa, fueron llevados todos juntos ese mismo día a las oficinas del gobierno. Allí, Antonio y Rosario fueron condenados a 25 años de prisión por ofensas y despropósitos contra la humanidad del excelentísimo prócer de la patria León Martín Márquez. Un juicio que duró media hora y al que no llegó ningún abogado.

Sara, la hermosa Sara, la inteligentísima Sara, fue enterrada viva junto al dictador y a otras dos jóvenes, hijas de hombres prestantes también encarcelados ese mismo día. Así rezaba en el documento que Márquez dejó con indicaciones para el momento de su muerte. Indicaciones que, según se supo después, reescribía cada tres o cuatro días, cambiando los nombres de las muchachas o los sucesores del poder. Algo atípico para un hombre al que todo un país consideraba inmortal, solo porque así lo mandaba el omnipotente dictador, padre y prócer de la patria.

De Antonio no se supo más. Su clínica, sus propiedades y su mina en África fueron expropiadas por el estado. Su nombre fue borrado, así como el de los padres de las otras niñas, de cualquier archivo o recuerdo de los habitantes de la isla, quienes seguros, ahora sí más que nunca, de los poderes metafísicos del dictador guardaron silencio para siempre.

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