EL CARPINTERO Y EL MÁRTIR

El domingo, a medio día, Clemente regresó a casa de Humberto llevando una maleta roja vacía. Al abrir, el carpintero no se sorprendió de verlo aunque no lo esperaba.

—¿La casita es fija?

—Sí.

—¿Y la plata? —Clemente le entregó la maleta.

—No hay de qué preocuparse, Beto —lo llamaba así cuando le mentía— el patrón es serio.

—No es que desconfíe… pero ya sabe, es mejor asegurarse —Humberto recibió la maleta y la puso sobre la mesa de trabajo, encima de la puerta que estaba enmasillando.

—Este barrio me trae muchos recuerdos.

Unos niños jugaban al fútbol frente a la casa. Los arcos eran dos piedras y el balón tenía la marca de una empresa de cerveza en cada parche. Clemente se quedó mirando el juego. Se emocionó cuando uno de los niños, flaco y con los tenis rotos, amagó al arquero y anotó un gol.

—¡Bien, pelao! —gritó. El niño no lo escuchó por el barullo de la celebración.

Entró.

—De joven yo era muy bueno en eso. Una vez hasta me buscó un tipo para que jugara en su equipo. Me pagaba veinte mil por partido, en esa época eso aún era un platal —sacudió el aserrín de una silla de cuero sintético que no recordaba de quién era ni para qué se la habían entregado. —pero ya ve…

—¿Y entonces? —dijo Clemente sentándose en la silla.

—¿Un tintico? —fue a la cocina, un espacio minúsculo y estrecho que podía verse desde la silla.

—Bueno, gracias —Clemente oyó el chasquido del encendedor y luego el tintineo de la olleta sobre el fogón cuando el agua hirvió.

—Entonces nada, me apasioné por esto —señaló en desorden de palos, puntillas y herramientas regadas por todo el taller.

Clemente pasó la mirada por el taller.

El espacio, destinado originalmente a un garaje, era pequeño. Junto al portón estaba la mesa donde descansaba recostada una puerta remendada en partes con masilla y con la pintura blanca descascarada. Sobre ella se veía el recipiente, una botella de gaseosa cortada a la mitad, lleno de la pasta café hasta la mitad. La espátula plástica, metida en el tarro, sobresalía por arriba. Un taladro, dos martillos y un cepillo para pulir, descansaban en desorden sobre un banco a las patas de la mesa. Gran parte del garaje era ocupado por la sierra, arrinconada contra la pared. Clemente imaginó lo incómodo que sería cortar cualquier cosa ahí. El resto de herramientas: un berbiquí, una lijadora manual y varias cajas de puntillas, estorbaban los espacios reducidos para caminar.

—No sirve. Se me dañó hace unos meses —dijo Humberto al salir de la cocina y notar la mirada de Clemente. Llevaba dos pocillos en la mano. Le entregó uno a su amigo.

—La vez pasada no estaba —Clemente sorbió ruidoso. —Está caliente —se estremeció.

—La había llevado a que la revisaran. Sople. Pero ahora no tengo plata y el arreglo está caro. Eso me tiene quieto. Sin sierra no se hace nada y, lo que se puede hacer, toma mucho tiempo —bebió— y la gente quiere todo para ya. —el café estaba aguado y sin azúcar. Sintió vergüenza con Clemente.

—Bueno, con lo de ahorita, va a tener para comprarse tres sierras y otras máquinas.

—Lo que me preocupa, ya mismo, es el arriendo…. debo dos meses. Doña Ludivia me ha tenido paciencia, pero… yo la entiendo…

—¿Y cuánto es?

—Un millón —respondió Humberto sumándole trescientos, necesitaba mercar.

Clemente metió la mano al bolsillo de su jean y sacó un fajo de billetes. Los contó con los ojos.

—Aquí hay como seiscientos. Cuente. —le entregó los billetes.

Humberto dejó el pocillo sobre la sierra y contó.

—Seiscientos cincuenta —dijo.

—Deme cincuenta y quédese con los seiscientos. Eso le sirve para tramar a doña… ¿cómo es que se llama?

—Ludivia.

—Eso, a Ludivia. En un adelanto. Se lo descuento cuando haga el trabajo y le pague todo completo.

Humberto tomó el pocillo y metió los billetes en el bolsillo derecho de su overol. Miró a Clemente. Había cambiado mucho desde el tiempo en que trabajaron juntos en la obra de la 106; él como electricista y Humberto poniendo clósets. Vestía ropa cara, zapatos de cuero  y dos cadenas gruesas de oro en el cuello relucían por entre los botones abiertos de la camisa.

—¿Va bien en eso? —preguntó Humberto.

—¿En qué?

—En lo que usted hace.

—Sí, muy bien. Tiene sus cositas, sus gallos; pero si uno hace las cosas calladito y es fiel, todo va bien. Eso es lo importante: ser fiel. Fallar se pasa, a veces, pero voltearse no.

—Clemente, ¿quiere que sea sincero con usted? Yo nunca he disparado, ni siquiera una escopeta de esas de balines.

—Yo sé, Beto, yo sé. Aquí la vaina es que yo quiero ayudarlo a que mejore las cosas. Las oportunidades hay que agarrarlas. Eso, disparar, es menos complicado de lo que parece. Lo importante es la actitud y yo sé que usted la tiene. Como en la tienda, ¿recuerda?, ese día me di cuenta que usted sí tenía con qué.

—Estaba borracho y mal. Envenenado con la vida. Carolina se había ido y no me dejaba ver a Jessica. Eso fue como un desfogue, un escape… pobre tipo… luego supe que tenía hijos y todo; la policía dijo que había sido en defensa propia. No recuerdo mucho, pero estoy muy seguro de que yo estuve toreando hasta que el man se salió y se me vino encima a romperme —se quedó mirando el culo del pocillo por entre el agua teñida y se pasó la mano libre por la cabeza. —Estaba borracho y mal, eso no es tener actitud.

—Si quiere compramos una mediecita y unas cervezas, para que entré en calor, y llamamos a la Carolina a que lo puteé. Usted solo apunta y aprieta el gatillo, Beto, el resto pasa y ya.

—Estamos arreglando las cosas con Caro. Aunque sin plata da como lo mismo. Yo quiero darles buena vida, ser un papá para Jessica… usted sabe, yo sí sé qué es no tener un papá ahí al lado para que lo ajuicie. Uno crece jodido, dañado y la caga mucho porque nadie nunca supo ponerle mano dura. Uno crece como un guevón: la caga con viejas, con maricadas de amigos y el papá es necesario. Quiero que la niña me tenga siempre para lo que quiera, tanto para corregirla como para quererla. ¿Usted la conoce?

—No.

—Es muy linda. Le mostraría una foto pero Carolina me rompió la última que tenía. No he podido tomarle otra. Todos los sábados, sagradamente, me voy para allá y me las llevo a las dos así sea a caminar por ahí, a comprarles un paquete de papas, lo que alcance. Es que antes sí la cagaba y la cagaba y como un marica, a pesar de las oportunidades, la seguía cagando.

—No se dé palo. Vea que Dios siempre salva. Con este trabajito, va a tener para montar bien el taller en la nueva casa.

—Cómprese la media a ver… o una botella, eso media no da un brinco. ¿Ya terminó? Venga le recibo el pocillo.

—Camine vamos.

Humberto dudó, pero salieron juntos de la casa. Subieron por la calle polvorienta esquivando a los niños del partido.

—Pude ser millonario jugando fútbol y voy y me meto de carpintero. ¡Mucho marica! Era muy bueno, no se imagina. ¿Y sabe qué es lo peor?, que me hice carpintero de puro amor, como si el amor diera plata. Creo que lo traía en la sangre. Mi mamá me contó que dizque mi papá también le jalaba a los palos. Era ebanista.

—¿Eso es diferente a ser carpintero?

—Los ebanistas son mejores. Uno de carpintero se queda lijando tablas y clavando puntillas. Armamos rectos, es decir, muebles de línea recta. ¿Ha visto esas camas que tiene la cabecera adornada con arabescos y puntas redondas y bonitas?

—Sí, las camas viejas. Las de ahora no son así.

—Eso lo hace un ebanista. Talla con un formón y redondea los palos en el torno. Me doy mañas con el torno, pero tallar sí se me hace muy hijueputa. Esos son artistas, uno un mero clava puntillas.

La fatiga de ir caminando por la pendiente, y hablando al mismo tiempo, hizo que se callaran. Se sentaron, arriba, después de dos cuadras, en unas sillas plásticas frente a una mesa plástica amarilla, bajo el alero de la casa donde estaba la tienda.

—Dos Águilas, don Carlos —gritó Humberto. —Medio de cigarrillos y una empanada. ¿No hay problema? —preguntó a Clemente.

—Fresco, Beto…

—Ah, no… espere que yo tengo con qué pagar —se tocó el bolsillo.

—No, no, yo invito. Déjeme animarlo para el trabajo.

El tendero, un hombre alto que de joven debió ser guapo, dejó las cervezas sobre la mesa. Las botellas estaban húmedas.

—¡Salud! —Clemente levantó la botella —por el futuro.

—Por el futuro —repitió Humberto y dio un sorbo largo, casi un cuarto de botella. Encendió un cigarrillo.

—¿Qué tal todo don Humberto? —preguntó el tendero dejando el plato con la empanada en la mesa.

—Bien, Carlitos. Mire, un amigo —Carlos tendió la mano a Clemente luego de secarla con una toalla pequeña que siempre llevaba doblada en el hombro.

—Mucho gusto —dijo apretando con fuerza.

—Yo espero que no se olvide de mí —dijo Carlos a Humberto desafiante.

—No, no… ¿cómo se le ocurre? ¿Cuánto es que va la cuenta?

—Espéreme.

Carlos regresó con un cuaderno sucio, de esquinas arrugadas. Pasó las hojas, se detuvo y recorrió la lista con el dedo sumando en la cabeza.

—Ciento veinte —le sumó veinte a la cuenta, como solía hacer con todo al que le fiaba.

Humberto se levantó para sacar la plata.

—Don Carlos, meta esa cuenta en esta y ahorita arreglamos —dijo Clemente.

Humberto se sentó, no estaba para dignidades.

—Gracias, viejo.

—Déjese de maricadas, hombre. Ya le dije: la idea es ayudarlo, Beto.

La tarde vino sin que se dieran cuenta. Un montón de botellas vacías se veían apiladas en la mesa junto a una botella de aguardiente a la mitad. Una taza plástica con cascos exprimidos de limón, separaba las copas plásticas. Los amigos, ya borrachos, habían pasado seis horas hablando del pasado y soñando con el futuro.

—Creo que se nos fue la mano en lo de la motivación —Clemente se pasó la por la cara y sacudió la cabeza.

—¿A qué hora es que toca hacer eso?

—A las cinco.

—¿¡De la tarde?!

—No, de la mañana.

—¿Qué hora es?

Clemente sacó el celular y cerrando un ojo, miró la pantalla.

—Seis y ocho.

—¡Don Carlos, la cuenta!

—Doscientos —dijo Carlos desde el mostrador luego de sumar veinte a la cuenta, como hacía siempre con los clientes borrachos.

—Va incluida la deuda, ¿cierto?

—Sí, patrón.

Clemente pagó.

Descendieron caminando con cuidado. La calle tenía huecos y piedras con las que tropezaban, más por la oscuridad que por la borrachera.

—¿Se va a quedar? Ahí tengo un colchón.

—No, Humberto, tengo que ir a recoger la herramienta para mañana. No se le olvide llevar la maleta. ¿Aquí dónde se consigue un puto taxi?

—Toca bajar, aquí no suben porque los roban. Vamos, lo acompaño, son seis cuadras.

—Lleve la maleta y nos vemos a las tres y media en el puente de la 146. Allá le entrego lo necesario. Tenemos un taxi para que nos recoja después del trabajo. Está ahí esperando, frente a la casa del tipo.

El resto del camino lo hicieron en silencio. Clemente subió al taxi y desde adentro, con un gesto, le recordó a Humberto la hora. Él afirmó con la cabeza.

 ***

A las dos en punto, Humberto estaba saliendo de bañarse. Se tomó un café aguado esperando que eso le quitara la resaca. La cabeza le dolía en la parte de atrás; el mareo y las ganas de vomitar, le impedían pensar con claridad. Se vistió de jean, zapatos tenis blancos, una camisa a cuadros y una chaqueta gruesa de un material impermeable; se caló hasta debajo de las orejas un pasamontañas recogido en las puntas. Tomó la maleta y se la colgó a la espalda, le pareció extraño llevar una maleta vacía.

La madrugada era fría. La neblina acrecentaba el miedo que ya le tenía a las calles de ese barrio. Encendió un cigarrillo y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Inhalaba el humo y lo soltaba sin sacarlo de la boca. Llegó hasta la avenida. Esperó largo rato un taxi, fumó seis cigarrillos.

Al llegar al puente, Clemente ya estaba ahí. Y un taxi con las luces encendidas, se estacionaba a la orilla de la avenida vacía.

—¿Muy mal, Humberto?

—No, eso ahora se me pasa.

—Tiene una cara de mierda.

—No dormí bien… la pensadera. Tengo como susto, pero ya no es hora de devolverse —encendió otro cigarrillo con las manos temblorosas.

—Eso, así me gusta. Esa es la actitud —le palmeó la espalda.

Subieron al taxi. A las cuatro estuvieron frente al edificio del periodista. El conductor redujo la velocidad como si buscara una dirección. Aceleró.

—Ese es el edificio, el man sale a las cinco. Tenga —le entregó un revólver y seis balas.

Humberto abrió el tambor. Comenzó a meter las balas en sus compartimentos oyendo las indicaciones de Clemente, mientras el taxi avanzaba. —Jairo dejará el carro media cuadra adelante. Usted hace la vuelta y Jairo lo espera con el carro prendido. Yo me voy a bajar. Voy a estar ahí cerquita mirando cómo sale todo. Usted súbase y arranquen, yo me busco otro taxi. Nos vemos en el humedal, allá por la Suba con 95. ¿Listo?, Jairo ya sabe. Lleve la maleta, la necesitamos.

—Listo.

El arma le pareció muy pesada y fría. La sopesó con una mano e imaginó el golpe en reversa después del disparo. Tenía que sostenerla con las dos manos. Apuntó al frente agarrando la cacha con firmeza. Temblaba.

—¿Veinte millones y la casa? —preguntó a Clemente.

—Veinte y la casa, Beto —le respondió buscando tranquilizarlo.

La resaca se disipó por completo.

Se paró en la esquina norte del edificio esperando a que el periodista saliera. Era tan famoso que no necesitaba fotografías para reconocerlo, el nombre bastaba. Las razones de que alguien hubiese ordenado su muerte, no le interesaban. Y si Clemente se las hubiese querido decir, él se habría tapado las orejas para cantar una canción. Tenía la maleta vacía en la espalda y el arma pesaba halando su pantalón hacia abajo. Diez minutos antes de las cinco, empuñó el arma y se preparó para disparar.

Cruzó frente a la portería. Cruzó de regreso. Volvió a pasar. A las cinco y cinco, el carro de Juan Manuel Sarrena, periodista de ATP Radio, salió del parqueadero. Humberto se interpuso frente al él y caminó con el arma en las dos manos hasta la ventana del conductor. Disparó cuatro veces y corrió media calle, hasta donde Clemente le había dicho que estaría el taxi, pero no lo encontró.

Las luces de los apartamentos se encendieron con el ruido de los tiros. Los vigilantes con armas en las manos, los que tenían armas, salieron de las porterías y dispararon hacia el lugar por donde Humberto corría. Humberto bajó y subió por calles sin soltar el revólver. No sabía qué hacer, o para dónde correr. Escuchó una patrulla y vio las luces rojas y azules acercarse por todas las calles.

 ***

En el mismo momento en que Humberto escapaba. Clemente, parado sobre la autopista, cuatro calles al oriente de donde el periodista moría, llamó a Ramiro Sorín, capitán de la estación séptima de policía.

—Capitán, buen día. Está hecho. El tipo tiene una maleta roja y está, a lo mucho, unas cinco cuadras alrededor del edificio del periodista.

Escuchó.

—Claro que sé de su profesionalismo. No esperaba menos sino que usted ya estuviera ahí cerca. Le diré al patrón. Esto nos va a dejar a todos bien parados.

Colgó y llamó al patrón.

—Listo… patrón, ahora esperar que la justicia y los noticieros hagan lo suyo. Hemos inventado un mártir que lo pondrá a usted cuatro años más. País de mierda este. —se rió.

Colgó. Tomó un taxi. En su casa durmió toda la tarde.

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Un comentario en “EL CARPINTERO Y EL MÁRTIR

  1. Es muy habilidoso percibiendo la jerga característica de los personajes de cada cuento. Como pasa de encarnar un par de niños y una madre histérica en Los libertadores, a encarnar a un carpintero ingenuo en este. La fluidez de los diálogos, la naturalidad de cada personaje. Por ahí le falto la palabra mano en una réplica. De resto todo bien. Es muy bacana la manera en que va acumulando tensión para cerrar con ese final tan dramático.

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