DE POR QUÉ HAY QUE ODIAR A LAS SOMBRILLAS

Se me ocurre una idea extraña: la dignidad de un anciano se mide por el tamaño de su sombrilla. El bus se detiene, abre sus puertas y un montón de personas mojadas se empujan para entrar; unos lo logran, otros no: ¡qué se le va a hacer, así es la vida!. El aguacero persigue el bus en el que viajo, o quizás, no sea más que un narcisismo paranoico eso de asumir que el aguacero va tras de mí. Igual, dos días seguidos, justo a la hora en que salgo, me parece mucha coincidencia.

Retomo: en la puerta hay tal confusión de cuerpos que me siento, por única vez, feliz de ser un anciano e ir cómodo en mi silla azul; la preferencial para personas como yo: discapacitados. Soy un discapacitado, no importa que en la mañana, antes de salir, me hubiese lavado yo solo los dientes con esa dedicación incisiva que se nos exige de niños. La mayoría de las piezas, no son originales. Mis dientes, como todo hoy en día, también son Made in China. Los imagino viajando entre millares de dientes, con sus pequeños tornillos relucientes, en un container al vaivén de un mar calmo por muchos meses. Un largo viaje desde una fábrica miserable hasta mi boca. Los limpié igual; con seda, crema abundante y un cepillo nuevo. Cada semana compro un cepillo nuevo, hecho en China. Sé de sobra que los dientes no se hacen en China, que hay un proceso de moldeamiento y etc., pero una ventaja de ser un discapacitado por el tiempo es la libertad de proferir sandeces y que se adjudiquen a la senilidad.

Luego de lavar mis dientes, como todos los días y con la insistencia que me faltó de niño, sonreí al espejo. Pude sentirme conforme, la blancura era de comercial de televisión, de pancarta de paradero, pero no fue así. Vi toda ese brillo artificial y solo pude pensar en la muerte, en lo tarde que es para mí esperar no solo dientes, sino un cuerpo completo hecho en China. Estoy seguro de que será posible, y de que para entonces llevaré enterrado unos cincuenta años. He de conformarme con los pequeños privilegios de mi condición de estorbo, me dije, no cavilar sobre lo pesado que se ha hecho el cuerpo o en lo rocosos y abisales que me son los andenes, darme en cuerpo y alma al aprovechamiento de la lástima.

Cada treinta pasos hay un abismo.

Resignarse, dice Juan, re-signarse es trastocar el signo y convertirlo en un nuevo signo más acorde con lo real, con el limitadísimo campo de acción que tengo permitido.

—Si no puede subir andenes, pues no salga y listo —dice Juan cuando me quejo.

Y sí, tiene razón. Aunque no completa, si no salgo, ¿qué más hago?

Ayer también llovió. También las personas se apretujaron en el bus con la ropa mojada y oliendo a perro. Las mujeres lucían sexis, como recién bañadas. Hace años no veo una mujer recién bañada, ¿qué será de las mujeres cuando se bañan? ¿Piensan en lo lindas que se ven envueltas en una toalla? ¿Se entienden como objetos de deseo, remojados y goteantes? No sé, hace mucho no veo una mujer recién bañada. Como la lluvia no se había hecho completa, ayer, subí por la calle 72. No llevo sombrilla por razones de vanidad. Es cierto que podría llevar una pequeña en mi maletín, una que no luzca como un bastón disfrazado de miedo a una gripa. Pero a mi edad, según descubro ahora, las sombrillas minúsculas tienen algo de debilidad infantil, de conformismo con la ambivalencia de los pasos. Y sí, es un prejuicio, un prejuicio tonto y achacoso. Un anciano es débil, nada hay que replicar frente a la contundencia de los añicos. Me gusta, ¿ya lo dije?, permitirme ciertas libertadas de viejo, quejarme con o sin razón, inventar argumentos para cosas tan triviales como lo práctica que resulta una sombrilla cuando llueve y yo creo que llevarla es indigno.

Me miento, a mí solo, con que una sombrilla, pequeña o grande, es indigna de mis dientes blancos, de mi pelo abundante y no todo cano, de mis esfuerzos obsesivos por liberar mi cuerpo de ese mortal olor a viejo. Caminar lento por la calle 72 ayuda a que la estela de mi olor se impregne más en las mujeres que cruzan a mi lado. La humedad de la llovizna, la de ayer, hablo de ayer, afianza el aroma de mi perfume, de mi aftershave, de los productos para el pelo en ellas, quienes, aunque desistan ante mis arrugas, voltean a mirar y dicen, las he oído, ¡qué rico huele! Y yo les sonrío con mis dientes comprados uno a uno, les hago un gesto de caballero como si llevara un sombrero y ellas me sonríen de vuelta y me miran con la dulzura con que sostendrían la mano de un anciano para ayudarlo a subir el andén. Me gusta cuando llueve y voy sentado en mi silla de discapacitado y cuando llueve porque las mujeres me huelen.

Hoy, como ya se intuye por el desorden de personas en las estaciones de parada del bus, lloverá como ayer. El cielo está oscuro y el agua moja la mitad del bus, la mitad de adelante. Quizás, no era que nos persiguiera la lluvia, sino que me esperaba para las sonrisas de las muchachas, para una mano que me ayude a bajar y, treinta pasos después, a subir el andén.

Cuando llegue a mi parada, emprenderé la subida por la calle 72, rumbo a la carrera 11, bajo el aguacero pleno de gotas delgadas o de goterones. Daré pasitos con la espalda encorvada, lentos y medidos arrastrando los pies. Me alcanzará el aguacero grande, el que hace a todos correr, menos a mí porque esto es lo más rápido que me muevo, perdón, diré a las personas exasperadas atrás de mí; quienes al cruzar a mi lado me tropezarán con su cuerpo y me golpearán con las puntas de las sombrillas. Lo mojado que esté será directamente proporcional a los ¡qué rico huele! de las mujeres y quizás, quizás hoy sí, alguna de ellas me mantenga la sonrisa, me tome de la mano y me invite un café. Quizás hoy sí tenga sentido ejercer la lástima, resignar la soledad y la lavada de dientes… solo la ternura con que una mujer sostiene la mano de quien sube un andén y no lleva sombrilla y llueve.

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2 comentarios en “DE POR QUÉ HAY QUE ODIAR A LAS SOMBRILLAS

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