EL LAGO CANTA (III)

III

 

Carlos dormía profundamente a mi lado. Su cuerpo desnudo destilaba un sudor pueril que humedecía mi pecho y del que disfrutaba beber pasando mi dedo por su cuello y chupándomelo con avidez. Me era prácticamente imposible conciliar el sueño cuando aceptaba quedarse a dormir conmigo. Se me iba la noche contemplando su silueta a contraluz, respirando sus efluvios tibios que tenían el olor del pan recién hecho; besaba su cuello, lamía su espalda, lo pegaba a mí esperando que despareciera entre mis manos. Rara vez despertaba. Aun cuando lo tocara la noche entera, seguía oyendo su respiración pausada, sintiendo cómo su cuerpo ofrecía su cuerpo con movimientos facilitadores a mis embates. De repente, con un sobresalto atípico, Carlos quedó sentado en la cama, agitado y confundido.

—¡Alguien se ahogó en el lago! —dijo.

 Puso su cabeza en mi dirección y rompió a llorar. Sus ojos no miraban a ninguna parte, lo traje a mí y lo abracé.

—Fue solo una pesadilla —procuré consolarlo. —Una pesadilla, nada más… duerme, corazón —acaricié su pelo húmedo de sudor.

Cuando despertó, no recordaba nada. Dije que no soñó, o al menos no recordaba haberlo hecho ni el abrazo ni el sobresalto. Nos bañamos juntos y fuimos al hotel. En mi paseo diario por la propiedad, miré con mayor atención. Aunque había dejado su despertar en términos de un mal sueño, inconscientemente, quizás, quería encontrar un cuerpo flotando cara abajo en el agua. Caminé por el muelle buscando a lado y lado, quise también dar un rodeo en una de las lanchas, pero desistí al considerar lo irracional y tonto que sería buscar un sueño. Desde ahí, desde el final del muelle, no existían indicios de algo que ameritara creer en una fantasía nocturna. Me olvidé y regresé.

Sin embargo, repasé los libros de registro. Comparé nombres con caras. Faltaban dos huéspedes. Pregunté a Carlos y dijo que mi ausencia, abandonaron el hotel. Llegaron dos más esa misma tarde antes de entregar el turno a Martha, ocuparon las habitaciones de los que se fueron. Con eso cerré la cavilación sobre el sueño, lo más obvio era no dar más vueltas innecesarias. Antes de las ocho, entregué el turno a Martha. Carlos me esperaba frente a la casa pequeña, lo acompañé hasta la verja. Desde la ventana, mamá nos miraba, así que sólo abrí el candado aguantándome las ganas de darle un beso y me quedé un par de minutos viéndolo alejarse por el camino de tierra que, por entre los grandes eucaliptos, conduce a la carretera y de ahí a su casa, que hace años no era la misma del río. Su silueta se difuminó en la oscuridad. Cuando ya no pude verlo más, entré a la casa, subí la comida a mamá, toqué a su puerta y fui a dormir.

Esa noche fui yo quien soñó. Una persona, su silueta mejor, era oscuro y no se podía distinguir si era hombre o mujer, se metía caminando despacio al lago. No expresaba aspaviento o ganas de luchar. Solo caminaba con la mirada fija en el horizonte y desparecía entre el agua, oscura por una noche sin luna. En el sueño, yo permanecía quieto; quería correr tras él o ella, pero mi cuerpo no respondía. Quería gritarle, pero sólo articulaba con la boca sin que sonaran las palabras. Una música como un coro era lo único que se oía dentro del sueño. Desperté agitado, como Carlos la noche anterior. Como él, también yo dije:

—¡Alguien se ahogó en el lago!

Lentamente me libré de las marañas de la somnolencia. Tal vez porque no había nadie que me metiera en sus brazos ayudándome a dormir en ese espacio de tiempo en el que aún no se está despierto del todo, conseguí recordar con claridad, completo, el sueño. Pasé la noche con los ojos abiertos. El palpitar insistente del corazón, me impedía cerrarlos sin sentir de nuevo la impotencia de mi cuerpo y el canto de coro. Si bien es cierto que, en general, no sería preciso llamarlo una pesadilla, el miedo era inconsecuente con las imágenes calmas del lago y de la silueta metiéndose en él; tampoco era especialmente tétrico el canto, sino más bien calmo, pacífico y atrayente. Recordaba que en el sueño persistía esa sensación de tranquilidad que era estar frente al lago en la vida real. Me esforzaba por tranquilizarme. Respiraba profundo queriendo sosegar la ansiedad en el invento de escenas que suponía más cómodas para conciliar el sueño, pero eran invadidas por la silueta avanzando, su muerte y mi impotencia, sobre todo eso, la desesperante certeza de que no podía mandar en mi cuerpo.

Mientras desayunaba con Carlos, la mañana siguiente, le conté lo sucedido como respuesta a su comentario.

—Te ves cansado. ¿Dormiste mal?

Él no le dio importancia, ni siquiera cuando le conté su propia pesadilla.

—Hemos trabajado mucho. No vemos más que el lago y el hotel… me parece normal tener pesadillas… —dijo luego de oírme con atención. Sorbió su café.

Luego contó que cuando era niño soñaba seguido con que el río se desbordaba y arrastraba a su mamá, a su hermana y a él con la furia de su corriente. No entendía, en ese momento, por qué la imagen que más miedo le daba al despertar era la de las cinco gallinas que tenían, flotando patas arriba entre el agua ocre que olía mal.

—Imagino que sería el hambre —sentenció. —De las gallinas vivíamos: de venderlas, de comerlas, de sus huevos. No hay mucho misterio en eso. Los sueños no son nada, de pronto miedos, pero nada más. Hay que cambiar de ambiente, nuestra vida es el lago, esos libros que me pones a leer y el hotel… así no soñamos feo, cambiando de ambiente, digo.

—Entonces tengo miedo de que alguien se mate en el lago, ¿es eso? —dije con sarcasmo.

—Sí, supongo. Andas preocupado por el negocio y por que todo vaya bien… —sonrió— o te quieres matar adentrándote en las aguas como una damisela abandonada —su tono era de narrador de película.

—Contigo, lo más idiota sería pensar en la muerte —apreté su mano por encima de la mesa y le sonreí comiéndome un trozo de pan.

Se sonrojó y devolvió la sonrisa. Se cubrió la boca con la mano y agachó la mirada con timidez, un gesto que me hacían insoportables las ganas de besarlo. Se me arrugó el corazón.

—Eres hermoso —le dije.

—Ya lo sé, ya lo sé —y metió un pedazo de fruta a mi boca.

No estoy seguro de si mamá ya sabía de nosotros. Nos manteníamos ocultos a su catalejo cuanto nos era posible. Éramos muy discretos, no hablábamos en lugares que no fueran el comedor o mi habitación. Sería estúpido aseverar que mamá fuera tan tonta como para no haberlo notado. Podía haberlo visto entrar a la casa de la misma manera en la que lo vio irse. Si lo sabía o no, no dijo nada. Desde que se había encerrado, no cruzamos palabra. Su presencia en la ventana era la única manera en la que veía que seguía viva, también por los platos que levantaba vacíos de frente a su puerta. Me preocupaba, sin embargo, poco lo que pudiera pensar. Si nos ocultábamos era más por respeto, pues sentía, tontamente, que la decepcionaba con mi decisión de amar a Carlos. Es triste decirlo, escribirlo en este momento, más con lo mucho que sé amé a Carlos y con lo que hizo él por mí, pero me avergonzaba de mí, de mi comportamiento. La lucha de lo que debía ser contra lo que era, indefectiblemente terminaba en vergüenza. Muchas veces, luego de hacer el amor, me sentía atrozmente culpable y lloraba en silencio, vuelto de espaldas a mi amor. Él no lo notaba, se dormía fácil. Sus besos, su forma dulce de vivir a mi lado, espantaban la oscuridad y la condena autoinfringida en la culpa, regresándome con ternura al sueño de nuestro amor perfecto.

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