EL LAGO CANTA

II

 

Cualquier persona supondría que mamá estaba molesta conmigo. Su comportamiento, la forma de hablarme y pegarme no podrían más que propiciar una idea equivocada de nuestra relación. Pero yo, que había sido su botones durante casi toda la vida, la conocía muy bien como para preocuparme o sentirme herido por sus actos o decisiones. Ya era bastante bueno saber que, con su encierro, abandonaba definitivamente su vara metálica, la misma con la que también me golpeaba antes, cuando era niño, y dejaba de mirar a la puerta del hotel o descruzaba los brazos para rascarme, o cuando no le entregaba completos los billetes que me daban por cargar las maletas. Era una vara delgada como la antena de un carro, que se doblaba levemente en la punta por el peso de una esfera de metal macizo del tamaño de una canica mediana. La vara cortaba el aire con un zumbido cuando la descargaba sobre mí, siempre en la nuca.

«¡Zum!», se escuchaba antes y luego era el ardor, el palpitar de la piel inflamándose, una sensación que tardaba lo suficiente en pasar como para no atreverme a errar de nuevo. Entonces me quedaba quieto, los ojos clavados en la puerta, los brazos firmes sobre el pecho, atento a mi trabajo, a lo que debía hacer.

«Tú me obligas a eso, Mateo», decía mamá y yo guardaba silencio; atento a abrir la puerta y a recibir las maletas directo de las manos de los huéspedes.

Contraté a un muchacho de dieciocho años para que ocupara mi lugar en la puerta. Era pasmosamente hermoso, con ojos grandes de color avellana y bucles dorados que enmarcaban su rostro de piel lisa y blanca. Hacía bien su trabajo, no tuve necesidad de golpearlo sino solo un par de veces con una vara similar a la de mamá, para que se comportara como debía por el tiempo que estuvo conmigo. Silencioso y sumiso, permanecía quieto, atento a la puerta, diligente a cargar las maletas y honrado entregando los billetes. Esa actitud activó la generosidad en mí; al contrario de como lo hizo mamá, yo le daba a Carlos la mitad de las propinas. Un sueldo francamente prolijo para un joven que creció sin nada, en una casa hecha con latas de cinc en la orilla del río. Carlos era religiosamente perfecto: bello como un ángel, pobre y honrado como una monja de clausura.

Pasó el mes que mamá indicó y los huéspedes iban en aumento. Nunca estábamos vacantes, las reservas tenían tiempos de espera de más de un mes. Fue por esos días cuando noté por primera vez su silueta en la ventana. Como lo hizo mi abuelo cuando se encerró y mamá debió hacerse cargo del hotel, también ella lo miraba todo por el catalejo. Le hice un saludo con la mano desde el pórtico, frente a la puerta del hotel, pero ella se volvió y desapareció en la oscuridad. Al verse descubierta, siempre se retiraba. No me molestaba o me inquietaba su vigilancia, al contrario, veía como positivo su interés por mi trabajo. Llegué a creer que mejoraba de su enfermedad y pronto retomaría su lugar como dueña y jefa. No podía estar más equivocado, pero aún no sabía que ni siquiera me miraba a mí.

Esperé. No quería presionarla o incomodarla con mis deseos de que regresara o incumplir mi promesa de no tocar temas del hotel. Seguía llevando la comida hasta su puerta, tocando con tres golpes suaves y retirándome sin verla o hablar con ella. Pasaron los años, nada cambió. Aunque sabía que estaba siempre con el catalejo en el ojo, apostada en la ventana, dejé de mirar allí. Me gustaba sentirla ahí y varias veces, involuntariamente, deseé oír el zumbido de su vara, que fuera tan larga que consiguiera alcanzarme y así sentir que le importaba cuando erraba; que el ardor y el palpitar de la hinchazón me convencieran de que aún me amaba. Pero ella seguía lejos, silenciosa y ausente. Carlos se convirtió en mi única compañía.

Los años sirvieron para que el hotel se hiciera reconocido como también lo había sido en tiempos de mamá y según oí, en los del abuelo, quien se encargó de publicitarlo y trajo lanchas de motor, lanchas sin motor, remos y cañas de pescar como gancho turístico. Construyó un muelle que se adentraba varios metros en el lago, adornado con faroles de luz mustia en el centro, cuyas luces podían verse como una línea continúa desde la casa pequeña. En la orilla levantó una casucha donde vendía toda clase de artículos para la diversión acuática. Una casucha que cuando mamá fue la encargada, cerró al no confiar en nadie para atenderla. El abuelo fue un pionero y la sociedad respondió bien a sus ideas. Pero ni con todo eso, consiguió abstraerse del hechizo.

Los libros de registro de la época muestran un aumento paulatino en la ocupación del hotel, tanto en los meses de más calor, como en los de frío. Nombres de personas solas que estaban un par de días y luego abandonaban en la noche, para dar espacio a los huéspedes cuyas reservas eran hechas con meses de anticipación. El último libro se interrumpe abruptamente y aparecen letra y números de mamá. De ahí se sigue un bajón en la latencia de ocupación. Pero luego, apenas unos meses después, vuelve el auge característico. Hasta que tomo yo el control y como ellos, empiezo modestamente y acabo con un esplendor similar.

Mi hotel rebosaba de clientes, las reservas se extendían por varios meses. Hubo un voz a voz. Pronto venían personas de todas partes en busca del sosiego que procuraba sentarse a mirar el lago, cuyo paisaje de montañas nevadas y de verdor exuberante, fue por un tiempo el deleite de fotógrafos y ambientalistas. Se dijo del hotel y del lago que eran lo más cercano al paraíso en la tierra. Podía verse hombres y mujeres moviéndose frenéticos por sus playas, tomando fotos, viviendo las vacaciones. Pero después, ya sólo podía vérseles sentados, sus brazos rodeando sus piernas recogidas, absortos en el ruido del viento, en las ondulaciones hipnóticas que hacía sobre las aguas o en el movimiento armónico de las muchas aves que caían en picada, se clavaban con un chapoteo, y sacaban peces lustrosos que lanzaban coletazos desesperados.

Diario, por algo menos de una hora, abandonaba mi lugar de trabajo atrás del recibidor y recorría la propiedad intentado descubrir cuál era la magia secreta que me había llevado a tal auge hotelero. Me iba por el sendero de piedra que comunica el pórtico del hotel con el lago. Al llegar a su orilla, respiraba profundo. El aire era limpio, matizado con tintes clorofílicos, frutales y terrosos. Las aguas, siempre tranquilas, inventaban un ambiente más parecido al de la meditación que al de desborde aventurero, presente en los primeros meses como encargado. Las lanchas oxidadas se mecían, entrechocaban; apenas se alejaban del muelle sin tensionar las cuerdas. Por cada rincón las personas se sentaban solas, miraban por largas horas la superficie reluciente del lago, convirtiéndose en siluetas con la llegada del atardecer y en sombras con la noche. Nadie importunaba a nadie. Cada día igual, con variaciones de rostros o de sombras, de contemplaciones también, pero con la misma sensación narcótica y plana, blanca como la paz, tormentosa como la paz.

Volvía a mi puesto de trabajo. Hablaba de cualquier cosa con Carlos para zafarme del adormecimiento y de esa sensación de tener un espacio en blanco metido en el pecho, que me quedaban luego ver el lago. No conseguía entender cómo ni por qué motivos ya nadie estaba feliz, nadie se divertía, sino todos optaban por lo meditabundo y la quietud. Noté, por primera vez, que los huéspedes, si bien abundantes, ya no venían en grupos sino siempre solos.

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2 comentarios en “EL LAGO CANTA

  1. Resulta más fluida esta parte que la anterior. Creo que la primera parte se puede pulir un poco más, sobre todo los diálogos. Si bien se logra el patetismo pertinente a la situación, no logra un ritmo constante en la narración; digo esto con respecto a la primera parte. (No puedo evitar recordar Psicosis).

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    1. Muchas gracias por tu comentario. También yo lo sentí y creo que el problema está en la extensión y el tono que pretende, que se resolverá cuando las razones del encierro se expliquen como en la parte cinco del cuento, creo. Si cuando suba las seis partes se sigue sintiendo igual, reescribiré la primera parte a ver si consigo la fluidez de la que hablas. Hay cosas que aún, como lectora, no conoces, y que quizás puedan soportar lo tropezado (que es intencional) de la primera parte. Siempre que hay una mamá abusadora y un hijo, en apariencia, sometido, se pensará en Psicosis. Hitchock inventó el cliché, es inevitable. Gracias por leer y por venir, siempre recibiré bien tus comentarios.

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