EL LAGO CANTA

 

I

La habitación de mamá era la misma donde tiempo atrás, antes de que yo naciera, se mató mi abuelo. Ella decidió vivir ahí cuando enfermó; encerrada como él. Forzó la puerta con una barra de hierro empujando con todas sus fuerzas, hasta que de la aldaba se soltaron los tornillos y se oyó caer oneroso el candado adentro. Levantó el esqueleto del suelo que aún tenía alrededor del cuello restos putrefactos y duros de la soga. No le sorprendió descubrir al fin, después de tantos años, el modo en que su papá se quitó la vida. Arrinconó indiferente el esqueleto junto a la cama. Vio que del techo colgaba el resto de la soga, rota quizás por el peso del cuerpo henchido en la putrefacción. Se subió en la silla, la misma desde la que él se lanzó a la muerte, y a golpes vigorosos de machete la cortó haciéndose a un lado cuando se precipitó pesada y levantó una nube de polvo al chocar contra el suelo. Se bajó. Desencajó, uno a uno, los huesos de sus junturas. Retiró el cráneo que salió sin esfuerzo y con un crujido suave. Metió todo en bolsas negras, incluida la silla. No se preocupó por enterrarlo, solo puso las bolsas junto a la verja de la entrada para que se las llevara el camión de la basura, puntual miércoles y domingos. Regresó con un balde, jabón, esponjas y trapeador y se metió a la habitación, tres días completos con las puertas cerradas.

Estuvo ahí desde la mañana hasta el anochecer limpiando todo, vaciando por la ventana el agua sucia del balde y llenándolo otra vez en la ducha del baño dentro de la habitación. No me explicó por qué se decidió precisamente por esa de las muchas habitaciones que había, no sólo aquí, en la casa pequeña, sino también en la grande contigua. Al principio pensé que era un tributo de arrepentimiento, una forma muy suya de pedir perdón por nunca haber subido a ver a mi abuelo, por no preocuparse por qué había pasado con él cuando dejó de abrir la puerta y no se le vio más con el catalejo pegado al ojo, mirándolo todo desde la ventana. Fue una suposición que me duró poco, que negué fácil al abrir las bolsas negras y oír después el crujir de los huesos triturados por el compactador del camión de la basura.

Sin decirme nada o pedir ayuda, cuando vio la habitación limpia, comenzó a subir sus cosas. De madrugada oía sus pasos haciendo chirriar las escaleras, llevando una cosa por noche, solo una: un vestido, un par de zapatos, la lámpara o  ese cuadro al que tanto afecto le tenía. Me asomaba al pasillo y le preguntaba si necesitaba ayuda. Ella no respondía nada. Como dormida caminaba a pasos cortos por el pasillo hasta la escalera de madera, con un vestido doblado sobre sus antebrazos o un par de zapatos colgando de sus dedos. Indiferente a mi presencia. Cinco minutos después regresaba, cerraba su puerta con un azote y volvía a dormir.

Mamá y yo no hablábamos mucho. Nunca la escuchaba decir nada que no fuera una orden. Rara vez salía del hotel o de la casa y las pocas veces que lo hacía, siempre iba conmigo y yo nunca solo. Cuando ya hubo subido todo, me llamó desde arriba.

Gritó:

—¡¿Mateo!? ¿¡Mateo?!

Instintivamente corrí a su antigua habitación, pero allí sólo quedaba la cama, la mesita vacía y el armario con las puertas abiertas. Algo en el ambiente daba la impresión de un cascarón roto a la mitad, vacío por dentro. La oí de nuevo, desde el cuarto piso:

—¡Aquí Mateo! Arriba. ¿¡Mateo!? ¿¡Mateo!? ¿¡Qué te hiciste Mateo?! ¡Mateo!

Subí a la carrera los dos pisos, ya notaba en sus palabras un dejo de irritación que conocía bien y del que tenía presentes las consecuencias en marcas viejas por todo el cuerpo.

Toqué. La puerta estaba entrecerrada. Tardó más de tres minutos en pedirme que entrara. Mamá estaba metida bajo las cobijas con un pañuelo blanco que chorreaba agua por sus sienes obligándola a limpiarse frecuentemente con la punta de la sábana.

—Mañana mismo cierras el hotel —dijo tan pronto entré. —Les dices a los que haya que ya no más. Si es necesario, devuelves los depósitos y cierras. Quitas los letreros del camino, el de la carretera en especial; apagas el luminoso y terminas con eso —su voz era vigorosa, discordante con el aspecto demacrado y cansado que tenía.

—Pero mamá —quise resistirme—, ¿de qué vamos a vivir?

Me cortó con un gesto de la mano.

—Yo ya me voy a morir. Estoy enferma y el resto me tiene sin cuidado. Lo más importante es que selles para siempre la casucha del lago y vendas esas lanchas viejas e inservibles. Naturalmente, puedes seguir viviendo aquí. Lo que hagas o no, me es indiferente. Eres libre, ¿no era eso lo que tanto querías? ¡Libre al fin, Mateo!

—Nunca he dicho eso, mamá. Sabes que te quiero, que eres todo en mi vida.

—Eso no decías cuando más joven te encerrabas como una nena a llorar en tu habitación. Te escuché tantas veces despotricar de mí que lo menos que puedo hacer, por tu bien como siempre, es dejarte libre. Ve, ya no tienes que cargar más con una vieja enferma y loca. ¿No era así como me llamabas? ¿Loca y vieja? Murmurando, Mateo, despotricando de mis cuidados y de mis atenciones… Esta vieja loca ya está en las últimas, que te vayas o que te quedes, no cambiará nada —se echó a llorar falsamente, simulando que las gotas que caían por sienes, desde el pañuelo, eran las lágrimas.

—¡Eso no es cierto! —me arrodillé a su lado y busqué su mano que tomé entre las mías. —Siempre he estado aquí, obedeciendo fielmente a tus órdenes; fiel y sólo para ti —también yo lloré, pero en mí sí era sincero.

—¡Déjate de bobadas, Mateo! —blandió la vara metálica que con un zumbido se estrelló en mi nuca. Ardía. —¡Shh! ¡Shh!, ya para de decir bobadas o…

Me alejé sobre mis rodillas pidiendo perdón.

—Ya te di una orden —continuó calmada— no entiendo por qué tienes que obligarme a esto, sabes que a mí me duele más que a ti —gimió ahogando el llanto con un suspiro profundo. Metió el pañuelo en un tazón con agua puesto sobre la mesa y lo puso en su frente, se secó los ojos. —No sé, no sé por qué tienes que ser así, mi hijo.

—Perdón mamá… Solo no quiero que hagas esto —seguía de rodillas en el suelo con las espalda pegada a la pared, seguro de que hasta ahí no llegaría su vara. —No me obligues a cerrar el hotel, no sabría qué hacer, sólo sé hacer eso… moriríamos de hambre.

—Mañana mismo, después de que se haya ido el último huésped, pones un candado en la verja y me traes la llave. Te di la oportunidad de hacerlo por las buenas y me afrentaste, tú, mi propio hijo, te levantas contra mí en revolución, en rebeldía… ¡mi hijo! —sollozó—Ahora ni tú podrás salir, las oportunidades son una vez y nada más y la tuya se acabó. Me obligas, Mateo, me obligas a ser mala contigo.

—Mamá, por favor —supliqué. —Déjame seguir. He sido bueno todos estos años. Sé que puedo con todo, yo solo. Me educaste bien y estoy agradecido y confiado de que todo saldrá bien. Confía tú en mí, no te decepcionaré.

—No hay modo de que me decepciones porque no me importa, ¿ves? ¡Eres una bestia! —lanzó el zumbido, pero no me alcanzó.—¡No huyas! Acepta las consecuencias como un hombre, ¡acércate! —me acerqué mirando al suelo. Era mejor recibir un solo lapo que todoslos que vendrían de no hacerlo. Me golpeó dos veces. —Te voy a dar una oportunidad, pero no es por ti, es más porque sé que, tarde o temprano, te darás cuenta de que no vale la pena y también a ti te dejará de ser importante. No vale la pena lo que esa casa y ese lago representan, eso tiene que dejarse morir y la única forma es abandonándolo. Pero tú eres terco y todo te gusta a las malas, entonces tienes un mes y ya veremos cuánto aguantas.

—Gracias, te prometo que todo irá bien… —Mamá se rió.

—Eres una bestia, Mateo. A las bestias toca azotarlas para que anden, pero ya no será esa mi función, ya te azotará lo que deseas y quedarás derrotado, confundido —rió más duro. —Si fuera mala madre… pero no lo soy…

—Te tendré al tanto de cada cosa que pasé…

—¡Shh!, ¡shh! —me golpeó otra vez— ¡Cállate, bestia! No sabes qué dices. No me interesa saber nada de ese hotel ni de ese lago, ¡nada! ¡Nunca! Tomas tu decisión, a mí no me metas en ella. No quiero tenerte aquí estorbando mi convalecencia con charlas inútiles. No quiero saber qué hagas, qué pasa. No quiero saber nada de nada.

—Como ordenes —le besé la mano.

—¡Suelta! Es más, Mateo, no quiero ser interrumpida por ningún motivo. Dos veces al día traerás mi comida, a las ocho de la mañana y a las ocho de la noche. Las dejarás en el suelo, frente a la puerta, tocarás y te irás. ¿Entendido?

—Sí, mamá.

—Prométeme que nunca vendrás a nada, ni me contarás nada del hotel o del lago, de nada.

—Te lo prometo, mamá.

—Ya. Vete. Me duele mucho la cabeza y tus estupideces solo lo empeoran. ¡Shh!, fuera, ya. Cierra cuando salgas.

Salí. Cerré. Desde afuera oí el gozne ajustándose y el ruido metálico de acople que hizo el candado al cerrarse para nunca más volverse a abrir. Luego, sus pasos medidos y el frufrú de las sábanas, seguido de gemidos prolongados y lastimeros. Inmediatamente me puse atrás del recibidor y al frente del hotel,tal como lo hizo mamá y como lo hizo el abuelo y el bisabuelo también, según sabría después, hasta que decidieron encerrarse en la misma habitación. Huyendo, como lo haría yo, de una fuerza que nos superaba.

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