The Angriest Man In Brooklyn*

Esa tarde vieron una película triste. Apenas si se tocaban las manos, hasta que él besó sus sienes en la escena más profunda, cuidándose de no hacer evidente el consuelo. Nunca antes  había visto sus ojos llorosos. Ambos fingieron desconocer el verdadero motivo, tanto del llanto esbozado como del beso inusual. Ella pensaba en su papá, con esfuerzo contenía las lágrimas y rascaba el borde interno de su dedo pulgar con la uña del otro, hasta hacerlo sangrar.

Las escenas se sucedieron entre lo hilarante y lo trágico. De tanto en tanto confundían el recuerdo, mezclaban ficción y realidad inventando una esperanza donde hace apenas unos días ella había sepultado otra. Aún así, llevaban tanto tiempo lejos, que ninguno quería dañar el reencuentro, o un posible renacer del amor, con comentarios de muerte y de dolores espesos.

Se miraban de reojo desde sus sillas para buscar en el otro un gesto en medio de la oscuridad, una señal minúscula desde donde les fuera posible comenzar a hablar de las razones que hacían tan significativa a la película. Pero nada, solo el ruido vetusto de la cinta corriendo en el proyector.

Él haló su mano hacia su cuerpo, ella no se resistió. Le besó el dorso con una ternura parecida a la de las sienes; apretó con suavidad y la dejó libre. Sin verse siguieron viendo a la pantalla: insinuaron llantos que no se hicieron completos; rieron hasta llorar plenos. A veces se tocaban con descuido simulado. Se decían con las manos.

Al encenderse las luces se secaron las lágrimas con naturalidad, restando importancia al vaivén emocional.

—¡Me gustó! —dijo ella, se pasó las yemas por los ojos.

—De sentimientos conflictivos —dijo él.

Caminaron por entre las butacas. En la escalera adornada con luces, él estiró su mano como hacía antes cuando aún estaban juntos; más por la fuerza de la costumbre que porque hubiese olvidado el cómo de su presente. Ella la tomó. Entrelazó los dedos con los suyos y se dejó llevar escaleras abajo. Cuando fueron conscientes del tacto del otro, se soltaron sin aspavientos, sin sobresaltos ni vergüenzas.

—Sabes que aún te quiero —dijo él cuando estuvieron afuera de la sala, junto a la máquina de dulces y el dispensador de gaseosa. —Estoy para ti, siempre. Sólo dime.

—¿Sabes bailar?

—Poco… pero me esfuerzo.

—Yo te puedo enseñar, como me enseñó papá —se echó a llorar como nunca antes la había visto.

Su llanto era profuso y silencioso, inmune a los besos en las sienes a los apretones de manos y a los amores nacientes.

*Se recomienda ver la película para una comprensión completa.

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