PROMESAS

—Dame seis meses, no te mates. Si nada ha cambiado de aquí hasta allá, te mato yo —dijo sin atisbo de súplica.

—Pero mátame de un balazo —suplicó ella.

—No. A lo pobre: ahogada o a cuchilladas.

—¡Uy!, así no —abrió los ojos.

—Lo siento, soy pobre —su voz sonó sincera.

—Entonces, consigo uno con plata que me mate —también ella fue sincera.

—No seas cabrona, no me quites el privilegio.

—Es que duele mucho —se puso de pie. Fue hasta la ventana.

—Ahora me saliste remilgosa para morirte —el reproche le sonó tierno.

—De otra forma, ¿sí? —suplicó ella fijándose en un punto negro, diminuto, sobre la acera. Tuvo que entrecerrar los ojos para entender que era un perro escarbando la basura.

—Golpes, no me alcanza para más —le dijo como si fuera la opción más sensata dadas las circunstancias.

—No… —dudó.

—La mejor idea sería que no te mataras.

—Yo sé…

—¿Pero…? —él sabía cuánto detestaba que le interrumpiera las frases.

—De un balazo o vuelvo a la idea inicial y me suicido —dijo sentándose en el alféizar, mirándolo fumar acostado en la cama.

—¿Cómo?, las balas cuestan. No tenemos plata.

—¿Entonces? —preguntó consciente de su estupidez.

—¡Cuélgate!

—Duele mucho —puso involuntariamente su mano derecha alrededor de su cuello.

—¿Te ahorco mientras hacemos el amor? —sonrió entusiasmado. Se sentó en la cama y sacudió la ceniza larga entre un vaso de agua amarilla.

—Duele mucho.

—No tengo para una pistola —dijo disculpándose.

—Mmm…

—Morirse igual duele mucho, mi amor —dio una última calada al cigarrillo, lo echó asqueado entre el agua. Escupió en el suelo. Fue hasta ella. Su olor era el aroma cálido de quien recién despierta. Se metió entre sus piernas y rodeó su cintura con los brazos metiendo la cara entre su pecho.

—Habrá algo fácil —dijo ella acariciándole la nuca.

—Un balazo. Pero no me alcanza —la voz sonó ahogada entre sus senos.

—¿Y si busco que me atraquen y me hago la que forcejea? —haló su cabeza para mirarlo a los ojos, quería transmitirle el amor que le significaba librarlo de matarla.

—Ya no te mataría yo, se rompería el trato.

—Tienes razón. Y … —sabía que no funcionaría pero debía intentarlo— ¿si mejor no te suicidas ni te mato?

—No puedo, ya se lo prometí a mamá. Ya sabes cómo se pone con eso de las promesas.

—Tu mamá es una cabrona —metió otra vez la cabeza entres sus senos.

—Lo sé, pero promesa es promesa, más cuando es hecha a mi mamá, más después de lo que hice. Prometí devolverle el agravio y para ella, al parecer, muerte se paga con muerte.

—¡Bah!, tu hermano igual ya iba mal. Debió agradecerte que lo mataras —meditó con el gesto de quién suma en la cabeza—. Es que no tengo plata… ni para el bus de mañana, en serio.

—Entonces, ¿cómo me vas a matar?

—Sé que te prometí ayudarte, pero no tengo para un revólver y nada te sirve, jodes mucho para morirte. Pero… promesa es promesa, ¿cierto?

—Cierto.

Él se separó de su pecho, la miró a los ojos y le sonrió. Se acercó despacio hasta sentir en sus labios el calor de su respiración, el olor cálido de quien acaba de despertar. La besó. Ella quiso agarrarse a él rodeándole la cintura con las piernas.

—Promesa es promesa, mi amor. —pero ella ya no estaba.

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