Por amor a Mary

La sala de paredes blancas. Frente al sillón de cuero negro, una fotografía inmensa: una pareja, hombre y mujer, se abrazaban contra un fondo de atardecer playero.

—No seremos la primera pareja que atienda —dice Mary.

La fotografía cambia: dos hombres se besaban en medio de las calles de una ciudad de pantallas y luces estridentes.

—Hay muy buenas referencias —continua Mary sin mirarlo. Hojea una revista.

Julio tamborilea con los pies —primero uno, luego el otro— sobre el suelo de baldosín blanco. Entrelaza las manos. Mira al suelo.

—¿Recuerdas a Carolina?

—¿La prima de tu tía? —levanta la cabeza. Sí recuerda a Carolina y a Mary en las anteriores veces; fracasos. A Mary la ama.

—No, esa no. La Carolina que vivió con nosotros hasta los veinte.  

—La que se metió con tu hermano.

—Sí, esa. Ella dijo que el señor es bueno. ¿La viste la semana pasada que fue? Está regia, hermosa y feliz —continuó sin esperar respuesta. —Ella me contó que todo es muy fácil, que casi ni se siente y las cosas resultan bien. ¿Trajiste las piedras? —mira hacia el costado de Julio, a sus manos entrelazadas.

Julio ve la fotografía cambiar: dos mujeres corren por entre un campo de margaritas amarillas. Las mariposas azules y lilas revolotean muy cerca de sus cuerpos.

—¿Cuántas eran?

—Cinco… azules con visos tornasolados.

—No, perdón, las olvidé.

—¿Y si las olvidaste para qué preguntas que cuántas eran? —cierra la revista y la pone sobre la mesa enana de centro. Agarra otra. —No sé qué digas tú o qué creas. No sé si, de pronto, es que la idiota soy yo… pero eso no tiene ningún sentido, Julio. Es una estupidez que preguntes cosas que no tienen sentido. ¿Qué opinas tú?

—Que es idiota olvidarlas, no preguntar cuántas eran —se levanta de la silla. Va hasta la ventana. En la acera un hombre pasea a su cerlín llevándolo de apéndice azul que cuelga sano bajo su mentón izquierdo. Es aún un bebé, no alcanza a medir ni dos metros —Cuando yo era joven paseábamos perros, así uno conseguía citas.

—¿A qué viene ese comentario tan idiota? En ti no se puede confiar ni para traer unas piedras. Aún así dices que me amas, que estás conmigo, que bla, bla, bla. ¡Ni unas piedras, Julio! —su tono es limpio, impersonal; aún cuando sube la voz.

—Ya solo nos queda apostar al milagro —Julio va hasta la fotografía, ya no hay dos mujeres sino una pareja de Lintores que rodean sus extremidades posteriores con sus orejas largas. —«A través de los mundos» —lee Julio en voz alta.

—¿Me escuchas, Julio?

—Claro, mi amor, te escucho. Siempre te escucho, no puedo hacer más. Aunque quizás te escuche mal, como siempre, como todo lo que hago —Julio sigue mirando la fotografía, le intriga saber qué aparecerá —Mary, ¿de dónde son los Lintores?

—No sé, creo que de alguna parte entre alguna parte y otra parte cerca de otra parte a algunas partes de distancia —responde con desinterés pasando la hoja de la revista.

—Eso creí —vuelve a sentarse. —¿A qué hora dijo que nos atendía?

—En quince minutos.

—Ya vamos diecisiete —inventa.

—Las cosas buenas toman tiempo, Kar’ama no transformó el mundo en siete días.

—Dios, ¿recuerdas a Dios? Luego de que llegaran ellos todos olvidaron a Dios.

—Ellos traían la verdad, Julio. Nos mostraron al dios verdadero, no a ese dios insípido que inventaron los hombres. ¿Estás dudando del tiempo? El tiempo lo ha hecho todo.

—No, sólo me dio nostalgia del Dios que murió por tercera vez en la historia. ¿Sabías que por el siglo…

—… Julio, no tengo ganas de oír tus clases de historia, en serio, qué pereza tanta bobada y cosa muerta quitándonos tiempo.

—Ok, perdón. ¿Y las piedras?

—Ya. Ya me las mandan por el teléfono. Menos mal se me ocurrió empacar el itinerante, si no, perderíamos la cita. ¿Tú sabes cuánto se esforzó Karin para que no la dieran? No me quiero imaginar lo que tuvo que hacer. Esto es exclusivo, Julio, no todos pueden venir…

—… Y carísimo —la interrumpe sin mirarla. Ella sigue pasando sus hojas fingiendo no haberlo oído.

Julio se escurre sobre el sofá de cuero. Cruza los brazos atrás de su cabeza. Se pone a mirar el techo. Cierra los ojos. El ruido del itinerante imprimiendo las piedras lo hace mirar a Mary. Mary se apura. Pone las manos por el sitio en donde en pocos segundos se abrirá la boquilla que dejará caer las piedras recién hechas. Mary tiene 79 años y Julio piensa en esa época cuando la gente envejecía y se moría porque le tocaba y no de aburrimiento. «Setenta y nueve lozanos y adolescentes años», piensa.

—Es hermosa —susurra— ¿Cuántos años tenías cuando nos conocimos Mary? —Julio sabe la respuesta.

—Tenía veintidós. ¿Hasta eso olvidaste? —termina de recoger la última piedra. El itinerante da las gracias.

—¿No estás cansada? —salta con la mirada por las líneas grises que cruzan el techo. Imagina que es un escalador aferrado a las líneas para no caer al precipicio del sofá negro.

—¿Cansada de qué? —guarda las piedras y por primera vez desde que esperan, lo mira.

—De que nos amemos.

—El tiempo todo lo puede.

—Sí… hasta permitir que no nos amemos. Yo no te quiero amar, pero te amo. No es justo.

—«Lo justo es solo el valor que da el deseo al tiempo» —cita Mary  con solemnidad.

De una puerta blanca, imperceptible en medio del blanco de la sala, aparece una mujer vestida muy a la moda como para que sea un uniforme de trabajo. La mujer se acerca a Mary y le tiende la mano a modo de saludo.

—Soy yo —dice.

—¿Usted quién? —pregunta Mary.

—No le pasan los años —dice Julio tranquilo. Se pone de pie y le sonríe.

—Ahora es más fácil fingirlos. Antes se fingían, ahora se viven en retroceso —dice la mujer y mira a Julio buscando en su actitud algún gesto que le permita intuir los recuerdos, su error. Pero Julio finge bien.  

Mary se pone de pie como un resorte, le da la mano y se inclina insinuando una venia de la que se arrepiente.

—Mary —dice Mary.

—Hola Mary —dice la mujer sonriendo.

Atraviesan la puerta y frente a ellos se abre un salón blanco sin ningún mueble. Un salón tan largo que casi podría suponerse la existencia de un horizonte inalcanzable a los ojos.

—¡Qué reluciente! —dice Julio entrecerrando los ojos.

—Es muy sencillo —dice la mujer — solo deben decir que sí.

—¡Sí! —dice Mary.

Julio duda, mira a la mujer que ha sido su esposa durante los últimos 50 años. Recuerda todas las veces que se ha enamorado de ella. «¿Cómo será ahora?», se pregunta en silencio.

—¡Sí! —dice Julio.

El blanco lo llena todo. Se extiende como un manto caliente que les cae encima.

Mary entra al salón de clases. Julio es su profesor. Ella tiene 22 años, él una edad indeterminada entre 88 y 145 años. Julio se enamora de Mary, Mary de él. Es inevitable.

Se casan. No pueden tener hijos. El hastío. Las peleas que son siempre culpa de él y cuando no, Mary dice que también son su culpa.

—¿No estás cansada? —pregunta Julio cuando siente el aroma del perfume de Carolina sutil en la presencia de Mary. Carolina tampoco recuerda el tiempo en el que estuvo casada con Julio. Julio sí, siempre lo ha recordado todo, no importa cuántas veces ni con quién entre al salón blanco. Se supone que debe olvidar, pero no sabe por qué siempre lo recuerda y le da miedo decirle a la mujer vestida a la moda que para él no funciona, que siempre recuerda, que todos los intentos siempre fallan.

—Carolina me habló de un lugar buenísimo. No es un terapeuta, pero me dijo que era milagroso para recomponer matrimonios. Y sí, estoy cansada, Julio. Tú no ayudas y yo ya no sé. ¿Te gustaría intentar arreglar lo nuestro?

—Te amo, tú lo sabes.

—¿Entonces vamos?

—Sí, vamos.

—Debemos llevar cinco piedras azules tornasoladas. Ya le pedí a Karin, que sí tiene contactos, que nos ayude con la cita. Es costoso, pero lo vale, el amor lo vale, el tiempo juntos lo vale.

—El tiempo lo vale, tienes razón.  

La sala de paredes blancas. Frente al sillón de cuero negro, una fotografía inmensa: una pareja, hombre y mujer, se abrazaban contra un fondo de atardecer playero.

Mary lee una revista.

«¿Cómo será esta vez?», piensa Julio, tamborilea en el suelo con los pies, entrelaza sus manos, mira al suelo y luego recuerda que como todas las anteriores veces, olvidó traer las piedras azules.

—¿Recuerdas a Carolina? —pregunta Mary

«¡Las putas piedras azules!», se reprende Julio.

«¡Las putas piedras azules!»

—¿La prima de tu tía?

Esta es la décima vez. «El diez es un buen número. La décima es la vencida», se dice Julio esperanzado de que esta vez sí funcione.

 «¡Las putas piedras azules!», piensa.

«¡Las putas piedras azules tienen la culpa»

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