SEPULTURERO HONORARIO

Diariamente, hacia la una de la tarde, llegaba a mi casa después de pasar por el cementerio. La visita era una rutina autoimpuesta, de la que nadie preguntaba, de la que no se pretendían razones más allá de las obvias. Pocos se atreven a preguntar y los que sí, se dan por bien servidos si agacho la cabeza, finjo un gesto de dolor y hago como que contengo las lágrimas. En eso me escudaba. Quería mantener mis motivaciones reales lejos del juzgamiento moral, fácil entre quienes creen conocerte. El cementerio era mi obsesión desde un tiempo antes de que me arrebataran a Mariana. Igual, explicar me habría tomado más energía de la que estaba dispuesta a desperdiciar en gente tonta, convencida de su importancia en la falsa preocupación, en esa forma de la caridad lastimera que es siempre el afán por el luto ajeno.
Antes de caminar el sendero de piedras que conducía a mi puerta, me gustaba detenerme ante la verja. Desde ahí podía verse su habitación: la ventana de la izquierda, mirando de frente a la casa. No quisiera decir que esperaba ver su cara atrás de las cortinas, pero sí, así era. Mariana volvía del colegio al mediodía. Los últimos tres meses antes de su muerte, la encontraba llorando porque me tardaba más de lo normal. Me esperaba angustiada, llorando desesperada, creyendo que quizás yo había muerto, o no sé. Es un sentimiento muy común entre los niños. De niña también yo lloraba cuando mi papá tardaba y debía quedarme sola imaginando miedos donde había sombras, recreando escenas macabras aprendidas de tanto ver la televisión. Sin empujar la verja, levantaba la cabeza, miraba con atención unos minutos. La cortina permanecía quieta, sin siluetas.
Había días en los que me era imposible soportar el silencio. El sonido de las llaves puestas sobre la mesa se magnificaba en el vacío del eco. Podía sentirlo vivo inundando todo, recorriendo cada esquina de la casa, haciendo tangible, con su inmanencia lerda, a la ausencia. Esos días prefería sentarme en el comedor. Prefería pensar en lavar la ropa limpia o en cambiar de lugar los muebles por quinta vez en ese mes mientras oía música con todo el volumen. Sin embargo, sólo entrelazaba mis dedos, dejaba las manos quietas sobre la mesa, pasaba la mirada por los muros limpios en donde antes hubo fotografías de las dos y que por sugerencia médica, tuve que descolgar. Por más que rogué para mantenerlas en su lugar, ante mis aportes a la búsqueda del asesino, los psiquiatras sugirieron —a su manera amenazante— que si no las descolgaba se verían forzados a recluirme en la clínica, por mi bien, enfatizaron. Aunque me callé y descolgué todo, me llevaron aún así por dos meses.
Sé quién mató a mi hija. Lo siento aquí adentro. Lo supe tres meses antes de que él lo hiciera. Haber dejado las fotos en su lugar no habría cambiado mi certeza. Se asume que los objetos guardan dolor. Psicólogos, psiquiatras y demás mercenarios de la soledad, insisten con ahínco en que ante la pérdida, el duelo sólo comienza cuando vacías tu espacio de sombras nocivas. Como si haber regalado su ropa me borrara del corazón la imagen de su vestido azul. Como si descolgar el cuadro que nos pintó papá anulará el tacto de su cuerpo sobre mis piernas y el olor de su pelo en mi nariz. Como si entender que el asesino fue sólo una esquizofrenia momentánea de mi dolor, tal cual la nombraron, regresará el tiempo para que no tuviera que levantarla de su cama hecha un amasijo sanguinolento de piel y huesos. Es muy fácil teorizar sobre el dolor ajeno. Si de la pared de tu oficina cuelga un papel que te acredita como experto en la psique, tienes el todo el derecho para revestirte de indolencia, para asentir maquinalmente y proferir insanias cómodas. Falsamente empáticos, te dicen sin vergüenza que lo que te destruye es muy normal, que no te preocupes, que gritar y romper los vidrios de tu casa o rasgar enceguecida sus notas de ti sobre el escritorio, es sólo una etapa en el largo camino de la aceptación y la feliz resignación. Impasibles como espantapájaros conformes de estar hechos sólo de paja, te acusan de loca, de desequilibrada, con razón, y desvirtúan con nombres extranjeros tu necesidad de verdad y justicia.
Mi único error fue guardar silencio cuando debí haberlo dicho todo, quizás también dormirme cuando más debí estar despierta. Pero ¿quién me iba a creer? Los sueños son sólo sueños. No tenía pruebas reales. Me era fácil reconocer el espacio del sueño. Había demasiados indicios: las lápidas, las cruces, el cortejo fúnebre que se repetía noche a noche. Las primeras veces, cuando aún no entendía nada, tomé por una pesadilla muy molesta al sueño recurrente. Conforme se repetía, la bruma de lo onírico se disipaba, permitiéndome ver cada vez más claro. Comencé a anotar todo lo que recordaba antes de que saliera por completo de la somnolencia. Escribía en automático en un cuaderno que dejé sobre mi mesa de noche. Horas después leía, extraía imágenes claras y las ponía en limpio en la hoja final del cuaderno. Así fui viendo que me encontraba en el cementerio central, era evidente por la estatua de la parca que adornaba la entrada. Pude leer los rostros de quienes caminaban atrás del ataúd, medir a cálculo el tamaño del cajón. Mi papá era quien lo llevaba, abrazado, él solo sobre sus antebrazos a manera de cuna. Un coro de niños de uniforme escolar cantaban una canción de despedida entre lágrimas. Muchas personas que no recordaba pero sabía había visto antes, cuchicheaban entre asombradas y apesadumbradas. Yo camina junto a papá: los ojos refundidos en el paso siguiente, viendo sin ver, ciega de tristeza.
La noche en que logré armar todo el rompecabezas, tres meses antes de que la mataran, un hombre bajo, vestido de overol ocre me alcanzó en la cabeza de los dolientes. Llevaba en sus manos la pala, caminaba tranquilo. Mi yo del sueño estaba concentrado en rumiar la muerte. Hasta ese momento no lograba confirmar de quién era, pero mantenía la estúpida esperanza de que el tamaño del ataúd no fuera el de Mariana. El hombre, dentro del sueño, todo esto pasó dentro del sueño, dio un salto frente a mí, blandió su pala amenazante. No me sobresalté en la realidad del sueño. Bajó la pala ante mi falta de respuesta. La soltó con un ruido pesado, como si en vez de pala dejara caer al suelo un cuerpo pequeño y hueco. Abrió sus abrazos, me rodeó con ellos acercando su boca a mi oído: «Siempre ha valido la pena el riesgo…» dijo, «… No se imagina, señora, lo bonito que le cuidaré la muertica. La voy a hacer gemir el doble, el triple de lo que gimió cuando la maté». Me sostenía entre sus brazos. A mi alrededor nadie se percataba de lo que pasaba, todos avanzaban en el cortejo mientras yo me esforzaba por gritar, ahogada en su abrazo.
Desperté llorando. Corrí al cuarto de Mariana, ella dormía tranquila. Me senté en su cama, le quité el pelo enredado en el sudor de su frente y la besé en los labios, feliz de que sólo hubiese sido una pesadilla. Bajé hasta la puerta, me aseguré de que todo estuviera cerrado. Coloqué en la aldaba del pasador un candado grande que no recordaba tener, pero que encontré entre algunos juguetes, trastes, herramientas, y regalos que papá le había dado a Mariana sin que los usara nunca. Volví, confiada del candado y mi revisión, me senté en la silla, me quedé viéndola dormir hasta que amaneció y abrió sus ojos y me preguntó que qué hacía y le dije que nada. Ese día no la mandé al colegio. Por una semana estuvimos juntas bajo las cobijas viendo caricaturas y comiendo helado, temerosa de separarme de ella. El sueño parecía al fin desaparecido. Lentamente volvimos a la rutina, olvidé la premonición tomándola por un mal sueño, quizás activado por alguna noticia que no recordaba o por alguna película que pasaron en la televisión mientras dormía. Mariana volvió al colegio y con eso también volvió el sueño, continuando donde había quedado la última vez.
Luego de que lograra soltarme de su abrazo, el hombre de overol clavaba sus ojos amarillos en los míos. «Mirada de lechuza», recuerdo haber escrito en el cuaderno. Como si proyectara desde ellos, en la parte trasera de mi cerebro se recreó el asesinato, tal cual sucedería después. No conseguía, sin embargo, ordenar la sucesión de los hechos con coherencia, no al despertar. Lo único que permaneció nítido fue el movimiento repetido de algo que parecía ser la pala pero que lucía más pequeño y menos pesado. El objeto se estrellaba mecánico en la cabeza de Mariana, animado por una mano desprovista de todo sentimiento, de furia o ansiedad, tan solo como una máquina que hace su trabajo; un troquel, por ejemplo. Le conté a papá. Escéptico como fue siempre, me pidió tranquilizarme, no entrar en histerias innecesarias. Me ofreció, para mi tranquilidad, llevar él mismo a la niña al colegio y recogerla en la tarde. A la mañana siguiente a su ofrecimiento, el cual acepté, inicié la rutina que aún hoy conservo amparada por el tiempo que me liberaba papá. Él vino temprano, la llevó, me llamó para decirme que todo estaba bien. Aproveché para irme al cementerio, caminar durante varias horas y preguntar por los sepultureros, a quienes vi sin reconocer en ninguno al hombre de ojos amarillos. Eran hombres comunes, pobres y amables. Nada en ellos dejaba entrever a un pederasta o a un asesino. Sin embargo volví todas las mañanas, algo no había visto, algo se me escapaba. Llevaba diariamente regalos queriendo así ganarme su confianza: pan, galletas, café, dulces, etc. Pronto me encontré sentada en la bodega de herramientas, charlando con los sepultureros que no preguntaron mis motivos, domeñados como estaban por mi amabilidad. Intentaba escrutar con preguntas casuales sus vidas. Preguntaba por sus hijos, por esposas, mascotas y sueños. Nada estaba fuera de lo normal. Nada indicaba comportamientos distintos al de hombres trabajadores. Regresaba a las doce a mi casa, después de vivir una mañana como sepulturera honoraria, cargando también yo palas y usando, algunas veces, el overol ocre característico.
Mariana me esperaba en la ventana, luego de que papá la dejara en casa y se fuera a la galería, casi todos los días. Apenas si se quedaba sola media hora, tiempo suficiente para que la encontrara llorando angustiada, pues le costaba entender por qué ya no la llevaba al colegio o la esperaba al regreso. Le mentí con que tenía un nuevo trabajo, uno que debía hacer fuera de casa a diferencia del verdadero que hacía en el estudio, en su compañía: yo en el computador, ella a mi lado haciendo sus tareas escolares. Sé que ella sabía la mentira, aunque no tuviera aún las palabras para expresar el sentimiento derivado de su certeza. El sueño se repitió unas noches sí, otras noches no. Ya no me daba tanto miedo. Lo mejor era soñar, así podría encontrar las señas que me faltaban. Quería detenerlo.
Llevé conmigo al cementerio el cuaderno de sueños. Dibujé las facciones de los hombres en él, valiéndome de un talento heredado de papá, aunque con más carencias que talento. Copié bajo sus caras sus nombres, teléfonos, direcciones y algunas señas que, si llegara el caso, me servirían para identificarlos en la oscuridad, previniendo así cualquier evento nefasto, creía. Entonces sí recibí preguntas, las resolví fácil argumentando ser pintora y hacer unos esbozos para una exposición, además les di pequeñas cantidades de dinero por sus trabajos de modelos. El asesino seguía sin revelarse. Dejé de dormir velando el sueño de Mariana. Me sentaba en la silla justo cuando ella dormía y me iba al amanecer, antes de que despertara. No quería asustarla. Las noches corrían en completa quietud, solo alteradas por el murmullo suave de su respiración y por las vueltas de su sueño.
Una noche ya no supe cuántas noches llevaba sentada en la silla. La mañana la usaba para ir al cementerio. En las tardes me esforzaba por trabajar siéndome muy difícil la concentración de tan cansada que estaba. Por momentos, sobre todo anocheciendo, mi cerebro se desconectaba. Lo entendí como un mecanismo de defensa contra el cansancio, siestas involuntarias de no más de cinco o diez minutos cada tres o cuatro hora, de las que salía con asustada para buscar con los ojos muy abiertos a Mariana. El último mes dejé por completo de lado el trabajo, no así las idas al cementerio. Me obsesioné con rastrear pequeñeces que quizás hubiera olvidado en mi toma de notas. Leí con detenimiento las anotaciones del sueño que, por no dormir, ya no tenía. Buscaba entre líneas detalles necesarios para dibujar un retrato fiel del asesino. Todo era inútil.
¡Qué estúpida fui!, ahora puedo decirlo sin vergüenza; ya no hay quien me culpe, más que yo misma. La obsesión se enraizó de tal manera que supuse, cretinamente, que si dormía lo suficiente para alcanzar a soñar nuevo conseguiría ver bien las facciones del hombrecito que buscaba y podría dibujarlas al despertar. Llevé a Mariana a su cama. Le canté la canción que la ayudaba a conciliar el sueño. Cuando estuve segura de que su sueño era profundo por la respiración pausada y las vueltas escasas, me senté en la silla y cerré los ojos. Soñé que bajaba hasta la puerta, salía y desde afuera rompía la chapa a golpes fuertes con un bate de criquet que papá le había regalado a Mariana, tanto tiempo atrás que lo había olvidado. El hombre me miraba desde el otro lado de la calle, esperaba. Cuando terminé de hacer pedazos la chapa, él vino y cruzó conmigo el umbral. Me pidió, con una voz suave fingida gruesa, que le entregara el bate. Se lo di. Fuimos juntos hasta la habitación de la niña. Él sonreía. Los mechones de pelo largo enmarcaban su cara y ensombrecían sus ojos en medio de la poca luz. Quise retener en el recuerdo esos detalles: pelo largo, voz femenina forzada a parecer más masculina.
Asestó el primer golpe sobre su cabeza recostada de medio lado en la almohada. Yo fui a sentarme en la silla. El segundo, el tercero, el cuarto, el quinto… con esa forma vacía de sentimiento que recordaba al troquel, que recordaba esa vez que metió sus ojos en mis ojos en el cementerio del sueño.

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