EL TARRO DE CONSERVA

En el piso cuarto del edificio E-4 vive Santiago. Tiene 42 años, un gato amarillo llamado Mateo, un corazón duro y una soledad que no le estorba. Su apartamento es tan común que no vale la pena describirlo. Quizás lo único que llame la atención a sus esporádicas visitantes sea un tarro redondo, lleno hasta el borde de formol, donde duerme encorvado su único hijo. Un hijo tan lejano que a veces olvida el nombre que pudo tener. Tan ajeno que suele confundirlo con parte del austero decorado; un mueble más que trastea de lado a lado sin sobresaltarse por el ruido submarino de su cuerpecito tieso chocando contra las paredes de vidrio. Tan suyo que ni consigo mismo comparte el recuerdo de qué útero lo formó o a qué amor perteneció. Una pertenencia confusa, difícil de definir con claridad o de unirla a una situación real de sus días. Santiago olvida fácil… y en eso, dice, está el secreto de la felicidad.

Si un día usted, lector, tropezara con Santiago, si su hombro chocara contra su hombro, notaría poco su presencia en el instante. Luego, lejos ya del choque, no conseguiría evadirse de su recuerdo. En eso radica el éxito de su felicidad: en hacerse invisible y ciego, en permanecer como estela ineludible. Sí, no hay duda, Santiago sería el hombre más feliz con el que tuviera el infortunio de tropezar. Santiago es, cuando pasa, el hombre que todos quisieran ser. Si se le mira con atención puede uno reconocer en la forma de sus formas el sueño colectivo de la felicidad. Aún así, no hay nada que dé menos ganas de mirar que un hombre feliz. En su estela sólo es posible el desprecio. Un desprecio visceral, ininteligible. Echaría usted una mirada rencorosa por encima del hombro, confundido por el sentimiento naciente, irracional, de regresar a romperle la sonrisa con tres golpes brutales y un par de patadas cobardes, a las costillas, indefenso en el suelo. Pensaría usted en él camino a su casa. Le contaría a alguien el encuentro significativamente casual, sin conseguir explicar que el odio que lo carcome no es otra cosa sino la envidia de su completud, la de Santiago.

Nunca se le ocurría pensar que ese hombre bien vestido, cuyo aroma recuerda a los hombres de los comerciales de perfumes, que va peinado con el descuido de los guapos, llega todas las tardes a su apartamento, después de subir cuatro arduos pisos, después de responder 100 correos y firmar 100 papeles y se recuesta en un sofá barato, se sirve un vaso de whisky barato, se enciende un cigarrillo común y mira complacido su edad sin nadie, su hogar lleno de cosas anodinas. Pasa ahí las tres horas antes de dormir, ve la televisión sin verla y luego se mete puntual a las ocho bajo las cobijas para dormir un sueño sin sueños. Un sueño calmo y reparador.

No es posible pensar que alguien como Santiago no tenga una esposa hermosa para recibirlo, noche a noche, inútilmente acicalada. La primera imagen que se viene a la cabeza es la de dos niños, niño y niña, sonrosados y hermosos que corren efusivos para darle un abrazo a papá; quizás para enseñarle un dibujo donde papá y mamá sostienen sus manos y un sol brilla feliz en la esquina superior de la hoja. No cabe en la apariencia suponer que Santiago no fijará su atención en las manos entrelazadas y sabrá, con esa minucia, que para sus hijos no existe más protección que la ofrecida por un papá y una mamá que sonríen de rojo bajo el tibio rayo de un sol que comparte sus alegrías. No, eso no. Ha de haber un beso amoroso. La tensión de una noche de sexo enamorado cuando duerman los niños. El enredo de dos cuerpos perfectos que nunca van al gimnasio. Los orgasmos prolijos, gérmenes de un sueño lleno de sueños. Un despertar cálido al abrigo de una taza de café en el momento justo de la somnolencia. El olor del desayuno que flota hogareño por la casa invitando a desdeñar de la tragedia que representa ir a trabajar cuando lo único perfecto sería meterse los cuatro en la cama y ver las caricaturas.

Sin embargo.

En la mañana Santiago se levanta solo, hace años no le es necesaria una alarma. Despierta con tiempo de sobra. Baja, pone la cafetera a borbotear. Espera el café recostado contra la lavadora. Se toma el café caliente fumando un cigarrillo de pie. No piensa en nada, no tiene en qué. El trabajo sólo existe para él en el instante de sentarse en su escritorio; desaparece cuando cruza el umbral del edificio y dice «Buena tarde» al portero que le abre. No tiene deudas porque nunca ha necesitado nada que no pueda pagar. No hay una mujer de quien suponga una infidelidad ni cuyo cuerpo añore en la erección infaltable de la mañana. Lava el pocillo, lo devuelve a su sitio en el cajón. Sube. Saca el cronómetro de la ducha. Lo activa y cepilla sus dientes por cuatro minutos exactos. Se desnuda. Devuelve el cronómetro dentro de la poceta. Lo activa otra vez y se baña usando quince minutos de la mañana, ni un segundo más, ni un segundo menos. Ata la toalla a su cintura. Plancha una camisa. Escoge una corbata, un traje que haga juego. Se pasa los dedos por el pelo mojado y sale a trabajar. Todos los días con una precisión que desequilibraría el mundo si se moviera un segundo. Si les es difícil de creer, pueden preguntar al dueño de la tienda y esa vez que no lo vio salir y todo salió mal… pero eso es otra historia.

Yo, lector, ni desde mi posición de narradora omnisciente, soy diferente. Cuento esta historia, hago este retrato porque también yo supuse un idilio abotagado. También quise ser como él desde la primera vez que lo vi. Ser a su lado, juntos. Debo confesar que no me importó romper un hogar perfecto. Ahora que han pasado los años puedo, sin temor a equivocarme, aseverar mis esfuerzos solapados por destruirlo todo. Soy, como usted, una mujer que no soporta la felicidad, que se va de frente contra la perfección para hacerla tan ajada como la miseria propia. Debo confesar que amé a Santiago, aún en la certeza de su realidad que le quedó estrecha a mis suposiciones. Me complicó los días y las noches hasta el punto de que el amor se transformó de repente en frustración enamorada. Quise alterar su rutina, borrarle de la cara esa sonrisa vacía de necesidades. Yo, frente a él, como si pudiera.

Es cierto que logré meterme en su cama. Creía, como cualquier mujer, que desde ella otear el amplio espacio de las ausencias se me haría más fácil. Era un amante excelente, dedicado, dulce o violento según lo exigiera el silencio de mi cuerpo. Supe entonces de las demás mujeres, a las que solo recibía los sábados después de las seis.  Mujeres cualquieras, sin importancia para él, que regresaban sin que se los pidieran, turnándose los sábados como quien hace una fila en el banco. Supe además que antes de todo, solía bañarse el pene con jabón detergente, esperando tres minutos con la espuma sobre él; que se bañaba las manos al ritmo del cronómetro doce veces al día, que no me tocaba si antes no bañaba mi vagina con el mismo jabón y le enseñaba el resultado de los exámenes que me obligaba a tomar cada dos semanas. No exigía fidelidad, solo exámenes médicos, desde la primera hasta la última vez.

No valió la sensación de ofensa que tuve cuando me extendió la tarjeta del laboratorio clínico y me dijo, con su tranquilidad de siempre, que si no iba allá, no podría recibirme en su apartamento. El muy cretino, el muy confiado. Pudieron más la curiosidad y mis ganas de terminar con su familia perfecta que hasta ese momento suponía existente. Fui a su cama con la férrea convicción de no desviar mi objetivo, facilísimo desde su desnudez dominada por la mía. La dominada fui yo y entendí por qué todas regresaban.

Santiago no se enamoró de mí, yo sí de él. Para él, el amor era una cosa tranquila sin espacio para el extrañamiento, sin lugar para las dudas ni las necesidades; una excusa con muchas palabras para explicar que eso que llamaba amor, aunque no era amor, valía la pena esforzarse por convencerme de que sí era. Tonterías de hombres-niño, pensé. De entre todas las cosas que hacía, la que más me irritaba era su impasibilidad ante mis ataques, mis reclamos y mi amor. No levantaba la voz así lo gritara hasta las bofetadas. Sonreía tierno, como quien oye a un niño pedir con rabietas que le compren un unicornio arcoíris.

Ocho años estuve a su lado cada tres semanas, no me recibió otro día que no fuera el sábado, no dejó que me quedara nunca a dormir. Ocho años sin que tuviera un detalle de amor directo, pero sí muchas insinuaciones que tú tomabas del modo que más necesitara tu desesperación enamorada. Ocho años siguiendo su vida a la distancia, esperando frente a su edificio para verlo entre semana, a la salida de su trabajo para olerlo de soslayo. Viendo los sábados el desfile de mujeres que me precedían en el intento de atisbar los límites de su perfección, sin conseguir descolocarlo ni un milímetro. Ocho años tristes en los que perdí mi objetivo, donde me confundí en su indiferencia y en ese trato que te hacía dudar de si su indiferencia era real o sólo te estabas portando como una loca.

El día que me fui de su casa, después de hacer el amor, después de tiempo insistiendo por algo más verdadero, me llevé conmigo el cuerpo encorvado de su hijo eterno por el formol. Ahí sigue, flotando sobre la repisa, sin que Santiago haya llamado siquiera a pedirle de regreso, aunque yo misma lo llamé a decirle que lo había robado. Cinco años esperando a que me busque por el tarro y poder, ahora sí que ha pasado el tiempo, fraguar mi plan, cumplir mi objetivo del que estúpidamente me olvidé en su cuerpo. Su cuerpo. Su cuerpo.

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