LOS DÍAS Y LAS HORAS

Hay horas más tediosas que otras. Todas lo son, a su manera, para la mayoría de las personas. El tedio es la quietud pretenciosa, la sensación de que se espera algo aunque no se vea. Así lo siento yo. No me importa si para los otros es más. Yo soy yo, aunque no me baste para la evasión. Quise entretener las mañanas; trotar cuando hace frío y al cielo lo encapotan las nubes. Tomar un jugo de naranja, exhausto, en una caseta que rápido se me hizo familiar. El hielo se amistó con mis pulmones. Los tenis se amansaron y trotar tomó la forma de lo que se repite, igual.

Abrí entonces un libro. Uno nuevo, recientemente escrito. Leí despacio, asesinando horas largas en cada línea. La historia; la historia comienza donde comienzan todas las historias: por una frase lírica y contundente, extendida profesionalmente hasta elongar su contundencia por doce renglones mazacotudos de ansiedad. El medio muestra un conflicto inclinado más al cine y a sus treinta minutos de proyección. El final es un final que se cierra por debajo y se abre por arriba, como un explorador ártico que horada la cima del iceberg hemingwayniano para otear desde ahí las profundidades abismales y blancas del subtexto: una metáfora de situación tan compleja, que pretender comprenderla se hace tan odioso como optar por el vacío semántico. Connotar, denotar; a los puntos y seguido, a las frases cortas, a las imágenes complejas, todo le está permitido. Semíramis, la poeta reina, ya inventó eso. Después todos los libros se hicieron iguales. Hasta Homero aplicaba metáfora de situación, Deux ex machina, lo mismo. Aunque también puede ser que sea un imbécil, yo. Aunque también pueda ser que sea un crítico, yo. Aunque también podría ser mejor yo, aunque no me baste. Ser ella. Ser yo. Mejor.

Lo bueno: el libro adolecía completamente de ínfulas esnobistas. Inicio, nudo, desenlace y un clímax tímido, evidentemente intencional; palabras claras, albures graciosos. Reí un par de veces leyendo, eso ya es mucho. El tedio no obvia la risa. El tedio disfruta la risa, más cuando la origina el albur. La risa espontánea activa la memoria. Un clic deja libre un recuerdo, te detienes, retiras los ojos de las letras, te embelesas en las formas iridiscentes del pasado. Extiendes tu mano hacia al frente, pero no tocas más que el espacio vacío del presente. Hay lo mismo; como el jugo, como el hielo de la mañana, como los tenis que me van sueltos así hale hasta deshilachar los cordones. Esta hora es más tediosa que los días, ésta en específico, para mí que sigo esperando algo que ya no veré pero se siente. Nunca.

Entonces quise lavar, limpiarlo todo hasta que se hiciera traslúcido de tanto frotarlo. Quise hacer de mi casa un museo de vidrios; la inmanencia de muchos espejos en potencia, presentes en cada rincón, inútiles en cada rincón. Reflejos difusos de los contornos de los enseres. Imágenes desteñidas de las sombras de los objetos. Olvidé la medida ínfima de mis manos, mis músculos endebles de tanto estar quieto queriendo correr. Olvidé qué instrumento era pertinente y acabé sentado en el suelo, vencido, rodeado de fracasos con una esponja común deshecha entre las dos manos. Regresé cada objeto a su lugar, menos la fotografía de los dos que seguí tallando insistentemente con los jirones de esponja amarilla húmedos de solvente; se borraron los rasgos, las líneas que dibujaban sus labios; desapareció la ligereza de su pelo eternizado por la cámara. No pasó así con su nombre ni con la textura de su voz que de niño sentía clara en el cuerpo y que con los años fue haciéndose un susurro escaso sobre la piel; no así con su ausencia solidificada y pesada. Regresé la fotografía a su lugar. Pretendí redibujar lo borrado a fuerza de imaginación, con los ojos cerrados, no hubo más que la oscuridad rosa de mi sangre corriendo.

Abro, la luz vuelve, miro el fracaso de mi casa de espejos. Hay una ventana abierta al otro lado de la casa. Así ha estado los últimos diez años. Yo mismo soldé los barrotes para que nadie entrara. Nadie entró. Diez años hacen de toda ventana, por más significativa que sea en el recuerdo, solo una ventana que da a una calle siempre vacía cuando la miras. Desde ella la altura parece menor. Los barrotes cumplen bien su función de inhibidores del inconsciente, quiebran con suficiencia los ímpetus necesarios para volar en picada. Hay días en que quieres volar, mamá sabía de eso, hay horas donde los barrotes sobran.

Mamá dijo… no, aquí no habrá analepsis. Los flashbacks son para hombres con tiempo de sobra para desperdiciar volando en reversa. Mamá nunca dijo nada, así está mejor.

Decidí entonces romper un vidrio, y rompí el vidrio con toda la fuerza de mis brazos que no corren. Los fragmentos volaron separándose hacia afuera. Nacieron con mi puño. La gravedad los haló, los desperdigó y cayeron meciéndose como plumas en el espacio vacío del presente; vacío de mamá y sus ímpetus desinhibidos. Vacío del estruendo que no me sacó del sueño ni me dejó solo porque más era imposible. Diez años. El tedio es que nada suene como sonaba cuando tenía sentido. Un estruendo de vidrios es pesadamente significativo en el espacio iridiscente del pasado, luego sólo es un estruendo de vidrios.

Entonces decidí escribir, como quería mamá.

Escribí:

« Hay horas más tediosas que otras. Todas lo son, a su manera, para la mayoría de las personas. El tedio es la quietud pretenciosa, la sensación de que se espera algo aunque no se vea. Así lo siento yo. No me importa si para los otros es más. Yo soy yo, aunque no me baste para la evasión.»

Y seguí escribiendo hasta que escribí que «decidí escribir, como quería mamá»; me retracto, corrijo: como lo hacía mamá…

Entiendo entonces lo fácil que pierden sentido las palabras. Cada trazo finalizado, cada vez que separo el lápiz del papel, la palabra se ahoga en la falta de oxígeno del presente vacío. Nada permanece realmente. Agradezco —para mí mismo, escribiéndolo por encima o insinuándolo por debajo— los barrotes que le faltaron a mamá el día en que entendió, también, que todas sus palabras murieron huérfanas de inmortalidad y prefirió mejor volar en picada que escribir.

Hay días que te recuerdo, mamá; hay horas donde no quiero escribir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s