PREOCUPACIONES DE UN HOMBRE RETIRADO

Ayer comencé a hacer cuentas. Conté en silencio, multipliqué. Me confundí por partes, no fue fácil, la cuenta es grande, deprimente. Hoy es miércoles, ayer era martes. Pocos saben que los martes son los mejores días para la aritmética. Creo que ha de haber algún estudio en una universidad con nombre impronunciable, en un país improbable, que respalde mi aseveración. Hoy es miércoles, la cuenta se extendió desde ayer en la noche, pudo haber sido antes, pero hubo una complicación. La complicación me hizo perder tiempo, pero nada trascendente, relevante. Veinticuatro horas haciendo cuentas, llenando hojas, recordando. Eso les dará una idea de la magnitud de mis cuentas.
Soy reacio a la tecnología. Aprendí la aritmética en un ábaco, como se aprendía en mi época; entonces, se aprendía bien, no como ahora. Fue difícil, han pasado muchos años desde que escribí el primer número. La cuenta de los números me llevó a la consciencia de todos los años que han pasado. Aquí los anoté, al final: 38 años. Treintaiocho años es tiempo, mucho tiempo; no tanto como la magnitud de mi cuenta. Veinticuatro horas frente al escritorio; papel, lápiz, el ábaco que me regaló mi abuelo, el recuerdo evasivo de los números, los años que esconden la certeza.
No fue fácil. Tuve que inventar un método. Como no conseguí recordar el primer número, créanme que lo intenté pero fue inútil. Como no pude recordar el primer número que dibujé en la primera de las muchas hojas blancas donde los escribiría a lo largo de los 38 años, me dije, Marquitos, así me decía mi mamá, Marquitos, no quiera meter un dos de bastos para sacar un as de oros. La verdad, aquí, ahora, después de lo que pasó, con vergüenza debo aceptar que no entendí.
Suelo hablarme a mí mismo con metáforas que no entiendo. Eso no sería problema si yo fuera un hombre diferente. Un hombre más tranquilo. Soy matemático, las metáforas para mí son enigmas intangibles. Tristemente, los enigmas exigen resolución, al menos para los hombres como yo. Ese es el problema, el verdadero, al menos para los hombres de mi clase. Perdí mucho tiempo, eso fue el martes, en la mañana. Perdí tiempo resolviendo lo de la baraja española. Lo sencillo estaba por arriba. Hay que ser un completo idiota para no saber que el dos de bastos es una carta de menor valor junto al as de oros que, supongo, nunca he sido jugador, a excepción de esa vez que creí poder contar cartas, es la carta más valiosa de todas. Partiendo de eso podría sacarse una conclusión: mi yo metaforizador quería darme a entender que no apostara a lo menos para querer ganar lo más de lo más. En el plano de lo denotativo no había complicación, el enredo se presentaba en lo connotativo. Se le adhería otro problema, otro más al enigma: el problema del martes.
Los martes son los mejores días para aritmética, razón que me impedía desperdiciar mi martes resolviendo enigmas lingüísticos, literarios, no sé. Me hice un sólo temblor. Un mar de sudores ansiosos ante la barrera, en ese momento, infranqueable de lo connotación. Cuanto más imposible se me hacía resolver la verdad de la frase, más imposible se me hacía agarrar el lápiz, despejar los términos de esa ecuación de palabras. El sudor caía a goterones sobre el papel, obligándome a desecharlo cuando el grafito no pegaba a la hoja mojada y abultada en círculos desiguales, crecientes. Respiré profundo. Solté el lápiz. Pasé mis manos trémulas por la superficie escamosa de mi cabeza pelada. Miré el reloj puesto al lado izquierdo de mi escritorio. Los segundo se marcaban ruidosos; atronador el avance del minutero.
Eran las ocho de la mañana, la hora de entrada al colegio. «Quince minutos, Marquitos», decía Luis, mi jefe, que me veía enmarañado en el orden de mis carpetas, en la limpieza de las escuadras, en el repaso de los cursos del día y de todos los nombres de los alumnos de mi primera clase. «Marquitos, es hora», Luis me tocaba el hombro y decía: «claro, claro, voy», pero algo quedaba fuera de lugar, no recordaba el segundo apellido del código 33, no encontraba mi pluma, la tiza azul, necesaria para trazar las tangentes; la tiza roja, indispensable para los radios de las circunferencias. Regresaba a mi escritorio. En la nueva búsqueda, lo ordenado cambiaba de lugar, me veía otra vez enredado en lo de hacer, en lo importante para que todo saliera perfecto, la única manera válida para todo. «Marquitos, ¿qué pasó?», Luis; «¡voy, voy!», yo; «Acaban de tocar la campana. La clase terminó», me palmeó el hombro. Una sensación devastadora me embargaba, tenía ganas de llorar ante la certeza de haber arruinado mis esfuerzos por hacerlo todo bien. Rota la perfección que pretendía, me sentaba en el escritorio y lloraba, bajito para que nadie me oyera, para no levantar lastimas que favorecieran consuelos incómodos y llenos de manos.
La sensación punzaba más si era un martes del día del fracaso. Los martes son los mejores días para las matemáticas en general.
El ruido del minutero alcanzando el palito coronado con un cinco me recordó el tiempo, el martes. Me sequé la frente. Respiré profundo. Ya estaba muy viejo para ponerme a llorar como me pasaba de niño. De niño lloraba mucho cuando debía hacer un resumen, o cuando debía decir cuál era el sujeto y cuál el predicado o cuando la maestra nos leía, de un libro forrado en cuero café, La Celestina y yo no lograba entender ni una sola de sus frases. Poco importaba qué lugar fuera: el salón de clases o el parque de juegos, ante la confusión y la perfección imposible, lloraba. Arrugué la hoja, la lancé a la papelera. Sacudí fuerte la cabeza de forma horizontal queriendo espantar los abrojos de la ansiedad, creyendo que así, con vigor, con decisión, la solución al enigma se despejaría como se abre el cielo azul después de un ventarrón inesperado. Sequé mi frente, otra vez.
Tomé el lápiz y escribí la frase en la parte superior de la hoja con letras cuidadosas, redondas. No quería descartar ninguna vía, ni siquiera esa que apelaba al trazado de las letras. Debajo escribí: «DENOTATIVO:», a renglón seguido eso que sabía, lo del menor valor frente al mayor valor. Puse un punto final, remarcado y profundo. Esperé leyendo voz alta la frase, mi primer paso de los muchos que me llevarían a la solución. Por no desesperar, escribí: «CONNOTACIÓN:». Sostuve el lápiz en el aire. Le saqué punta con sacapunta metálico. Una gota cayó sobre la hora, una gota más delgada que las anteriores, una gota que no era de sudor.
Respiré, profundo.
Estrujé la hoja, la lancé a la papelera, escribí otra vez en una hoja nueva sosteniendo la mano libre bajo mi mentón. Mi palma rápidamente se llenó de lágrimas. El minutero llegó al palito coronado con el número quince, veloz hasta el treinta, inquisidor al cincuentaicinco. Una hora perdida por mi incapacidad de resolver lo que yo mismo me dije. ¡Qué estupidez! El horario avanzó, se posó sobre el nueve con una sutileza contraria a la estridencia de las otras manecillas.
Lamenté que no me casé. Una mujer habría sido de gran ayuda. Las mujeres tienen cerebros prácticos. Habría necesitado solo grita: «¡Martha! —por ejemplo— ¿qué quiere decir esto?», y ella, con una facilidad pasmosa pero ya no sorpresiva, diría: «Marquitos, tú sí eres bobo… eso es fácil, quiere decir…» y listo, podría ocuparme de lo importante. Pero no había nadie, nunca lo hubo, sólo yo y mi otro yo quien con crueldad guardaba silencio.
Sequé mi mano contra el pantalón. La regresé al mismo lugar, bajo el mentón, acunada como un cuenco. La sequé muchas veces más, las necesarias para la humedad, hasta que el segundero dio tres mil seiscientas vueltas, el minutero sesenta y el horario avanzó otro número.
Junto a la sutileza de otra hora, la frase escrita en el papel se desgajó letra a letra. Cayeron hasta el fondo, apilándose una sobre otra contra el borde inferior de la página. Desordenadas, sin sentido. Un montón de letras que no decían nada. Un montículo de trazos insignificantes que unos segundos después formaron una pirámide, luego un círculo perfecto, una parábola sobre una hoja milimétrica. Líneas hechas de letras solas, desprovistas de la fuerza que solo conseguían reunir en manada, como los delincuentes. Letras ladronas, mafiosas. No mentiré, eso tampoco ayudó a mis deseos. Si bien, hay que ser sensatos, las letras se habían dispuesto en signos que me eran familiares, no saqué más que aumentar mi zozobra y mi desesperación en el fracaso de la supuesta esperanza de que ahora sí, de ese modo, me sería más fácil desentrañar la verdad de la frase. El malestar regresó con vehemencia. Antes tenía el aliciente del lenguaje ajeno, pero ya conocía los símbolos y fracasé.
La solución llegó del mismo modo como se propició la confusión. No de mi voz metafórica, muda, divertida por la imagen de mi yo real hecho una piltrafa, sino de mi condición de hombre del tipo que soy. Repasé, como no había logrado hacerlo, cada uno de los pasos que desembocaron en la pretensión de resolver un enigma. Redacté dos párrafos de ocho líneas por cada evento, comenzando con el recuerdo evasivo del primer número que escribí, hasta llegar a la transformación de la frase en símbolos matemáticos. Una hoja pulcra para cada evento. Un punto final, preciso para cada acontecimiento; incluidos los avances del tiempo, las lágrimas y el sudor. El martes iba terminando. El reloj marcó las cinco de la tarde cuando puse el ultimísimo punto final. Las seis y media cuando releí con atención página a página. Las siete cuando al fin, luego de mirar quieto la pared blanca de mi estudio, entendí a qué se refería mi otro yo con su broma literaria.
Preparé la estrategia de conteo agradecido en parte con mi yo interno por ofrecerme una frase tan certera, cuya ausencia habría hecho imposible la estructuración del método de mi memoria. No debía pretender recordar el primer número (mi dos de bastos) sino debía arrancar por el más próximo; echar para atrás en los nombres, en los trabajos, comenzando por el último año que ejercí. En retrospectiva, desde lo más fresco hasta los más añejo. Los números se sucedieron con fluidez. El esfuerzo de la memoria fue innecesario. Bajo los números que indicaban el año, aparecieron con rapidez los demás. Escribí: «Año 2000»; a renglón seguido: «Grado Undécimo»
«Cuarto periodo»
«Zarate Pamplona Lina Marcela».
«3.5 – 4.5 – 3.5 – 5.0».
«Tercer Periodo».
«4.5 – 4.5 – 3.5 – 2.5».
«Segundo Periodo».
«1.0 – 2.5 – 5.0 – 5.0».
«Primer periodo».
«3.0 -3.0 – 4.5 – 5.0».
«Vanegas Maldonado Juan De La Cruz».
«Primer Periodo».
«3.0 – 3.0 -2.0 – 2.0».
«…»
De ese modo hasta que llegué, tres plumas con sus tintas después, a primero de primaria del año 1962, a esa primera nota esquiva que le puse a Aponte Cárdenas Sara Estela por una suma simple. Veinticuatro horas después, sin parar ni para ir al baño, había logrado recordarlo todo. La sensación de orgullo es indescriptible. La felicidad se me hacía un gesto estúpido en la cara. Un poco menos de dos millones de números, doscientos cincuenta mil nombres, cursos, códigos, algunos rasgos distintivos de cada estudiante, todo escrito en papel blanco y a pulso de memoria. Quince resmas de papel después, al fin encontraba mi as de oros.
El próximo martes me concentraré en una nueva tarea, un nuevo conteo, como ya se me ha hecho costumbre en los últimos años. Me ha impresionado mucho todo lo que nunca contamos, todos los números que nos rodean sin que nos percatemos de su importancia. Hay que dejar registros, un día serán útiles para resolver un enigma, quizás. Me hace falta papel. Mucho papel. El papel es bueno… y silencio, falta silencio. Siempre lo he dicho: los martes son los mejores días para las matemáticas, no importa cuán tarde empieces o te embrolles, los martes. Si tuviera una esposa, ya no me haría falta papel.

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