MÉNAGE À TROIS

Contrariada, incómoda y avergonzada, la tomé de la cintura, pesaba más de lo que suponía, la llevé  hasta la cama donde Felipe ya lo había dispuesto todo. A cada paso, la incomodidad crecía y una sensación como de estar en el lugar equivocado me decía que debía salir corriendo de allí, pero lo amaba, quería complacerlo. Intentaba que mis movimientos fueran sensuales, sinuosos sobe los tacones altos que llevó para que usara. Vestía una tanga negra pequeñita que él compró y que me puse solo porque aún tenía la marquilla del fabricante; aunque no podía dejar de suponer, que quizás también ella la había usado y dármela fue uno más de los pasos del juego.

La recosté sobre la cama, con delicadeza. Felipe nos miraba desde el sillón, convenientemente ubicado junto a la cama. Sobaba su pene erecto, tan duro como hacía meses no lo veía, y casi podía sentir sus ojos clavados en mí, en nosotras. Debo decir que me molestaba la certeza de que ella lo excitaba más que yo. Al fin y al cabo, ella vivía en su casa, la tenía siempre a disposición y por su apariencia, era obvio que los problemas que habíamos tenido por su culpa, se debían a que a ella sí la penetraba a diario, quizá varias veces al día. Al ponerla sobre la cama, procuré parar el culo, abrirlo para él viera mis nalgas desnudas, delineadas por la tira delgada de la tanga que se metía un poco entre mi vagina.

—Sí, así —lo oí decir, aunque no sé si por mí o por ella.

Tomé las cuerdas y las dejé cerca. Unas cuerdas de fique, gruesas, que lucían artesanales, hechas a mano. Seis cuerdas de algo más de metro y medio, enrolladas como boas sobre las sábanas blancas, debían ser blancas. Felipe me había dicho que solo ese tipo de cuerda y ese color de sábanas construían el efecto visual que lo excitaba. Las cuerdas eran costosas, tan difíciles de conseguir, que desde el día en que me propuso el juego, hasta ese momento, había pasado casi un año, el mismo tiempo que pasó desde que me enteré de todo y por poco terminamos.

Me arrodillé sobre la cama, mis movimientos eran largos y abiertos, como si actuara una obra de teatro para un público muy especial… «Especial», esa fue la palabra que se me ocurrió cuando Felipe me contó todo. Puse mis labios sobre sus labios y, debo admitir ahora, me excitó la idea de que su pene había estado metido en esa boca, de que esa boca era la medida de su infidelidad, como un niño que traicionara a su mascota paseando un perro robótico por la sala de su casa, mientras el perro real bate la cola y sostiene una pelota insistiendo en que juegue con él. Sus labios tenían sabor a brillo labial cereza grasosa y un regusto a látex que aparecía unos segundos después, en el fondo de la garganta. Me puse a horcajadas sobre ella, sin apoyar por completo mi cuerpo. Estaba fría y pensé en cuando de niña me sentaba sobre un flotador para no ahogarme en la piscina.

—¡Tócala!

Pasé mis manos por sus senos. Las uniones burdas del caucho que pretendían dar la ilusión de redondez, se palpaban ásperas. Me incliné sobre ella, sin hacer presión, pues me daba miedo que me explotara en la cara. Me incliné, apreté esos pezones duros e hinchados con mis labios, los lamí, los mordí sintiendo con más fuerza el sabor, ya no a látex, sino a caucho llano que se confundía con el olor de un perfume dulzón que, sin duda, Felipe había rociado sobre ella antes de comenzar.

La trajimos entre una maleta desde la casa de Felipe. En la maleta también venían las cuerdas, la ropa interior que ella usaba, la tanga que yo tenía y los zapatos de tacón. Fuimos a un motel porque él me dijo que quería que el juego se alimentara de lo clandestino; como si le pagara a dos putas, a dos amantes que al fin se conocen y deciden amar al mismo hombre excitadas por la traición, me dijo antes de salir señalándome con los ojos su erección turgente que empujaba entre su pantalón.

Preguntarse por qué una mujer hermosa, sana, inteligente como yo, accedía a tal… no sabría cuál es la palabra justa, una que no implique enfermedad… diré: perversión, es preguntarse por qué una mujer accede, por ejemplo, a recibir el semen en la boca, cuando todas sabemos que su textura, su sabor ni su olor, son precisamente un manjar. La respuesta es simple: complacer. A mí, personalmente, me provoca mucho placer ver el estertor que precede al orgasmo masculino, cuando soy yo la que lo procura. Esa como agonía de un hombre que se retuerce, que olvida dónde poner las manos, que se destruye dentro de mí y se va rearmando de a pocos cuanto más se descarga en mi cuerpo, es tan placentera como una sucesión de orgasmos construidos con la boca. Accedí también por eso: por complacerlo; además porque lo amaba y porque la idea de su orgasmo multiplicado por diez, me excitaba terriblemente; sin embargo, la decisión de hacerlo tenía de atrás un problema más profundo.

Más allá del orgasmo que le proporcionaría, existía la intención de recuperar su deseo que ya llevaba tiempo en decadencia. Felipe y yo llevábamos cuatro años, teníamos planes de irnos a vivir juntos, de formar una familia, y era obvio que una relación donde el sexo esté muerto, es una relación condenada al fracaso. Noté su bajón sexual una tarde en la que mis papás nos dejaron solos y aproveché para insinuármele. Ese día Felipe me ayudaba con un trabajo de la universidad, estábamos en el estudio. Yo tenía puesto un vestido de flores, uno strapless, vaporoso. Me quité la tanga, saqué mis senos por encima del vestido y me recosté sobre el escritorio ofreciéndome a Felipe con toda la sensualidad de la que era capaz. Él se puso atrás, me lamió, metió sus dedos, y cuando esperaba que me penetrara, tardó. Siguió lamiendo, ansioso, tardando, hasta que le dije, frustrada, que no importaba, que estaría cansado, que eso pasaba… y él, sin demostrar mayor interés, se sentó frente al computador, siguió escribiendo y dijo que sí, que quizá estaba cansado.

Se repitió varias veces. No se le paraba y cuando conseguía algo, era una erección blanda que daba a lo mucho para dos o tres minutos antes de que decayera sin que ni él ni yo alcanzáramos un orgasmo. No hay necesidad de ahondar en cómo me hacía sentir su imposibilidad. Las primeras veces quise convencerme de que era normal, de que no era la primera vez que a un hombre le pasaba, ya sea por ansiedad o por miedo… pero luego, cuánto más frecuente se hacía la situación, más fea me sentía, más flácida, más gorda. La idea de que ya no le gustaba a Felipe, o peor, de que ya no me amaba, me entristecía; me puse irascible en la suposición de que me mentía, de que alguien más se estaba llevando las erecciones que me correspondían por derecho de antigüedad. Fue entonces, cuando me quedé desnuda y alborotada, otra vez, que lo confronté; ya no soportaba más.

Él se echó a llorar, me juró que me amaba. Lo hostigué tanto, lo amenacé con tanto convencimiento de conseguirme otro que sí pudiera culearme como me merecía, que terminó por confesarme lo de la otra, mi enemiga: su muñeca inflable. Se había vuelto adicto a ella, me dijo, la penetraba firmemente mientras yo debía conformarme con sus dedos y su lengua. Si quisiera dedos y lengua, me consigo una vieja, le grité. Él se disculpó, me pidió que no lo abandonara, que si yo se lo pedía él tomaba asistencia psicológica pero que no terminara nuestra relación. Ese día me vestí y lo eché de mi casa, de mi cama. Me senté a llorar sintiéndome confusamente traicionada.

¿Es traición cuando tu novio, al que amas y con el que planeas un futuro, se quita las ganas con un objeto? ¿Es traición usar un consolador? ¿Es traición que se masturbe viendo una porno mientras tú, en tu casa, intentas dormir o te cepillas los dientes? ¿Le quita trascendencia a la falla que sea consigo mismo el sexo? Pensaba mucho en cuál sería la decisión correcta: abandonarlo, cuando lo amaba y tenía la certeza de que él a mí, me parecía estúpido, además de que me hubiera dolido mucho perderlo, era un buen hombre. Pero me sentía traicionada, burlada; en las noches lo imaginaba copulando con su amiga, mientras yo lloraba y me sentía sola. Si seguíamos, tendría que soportar una relación en la que el sexo se daba lejos de mí, sin mi participación activa y yo debía, si quería que las cosas funcionaran, conformarme con un hombre cuyo pene era inútil.

Empujada por la nostalgia, lo llamé, le pedí que habláramos. Él se mostró interesado, animado, feliz. Cuando vino me dijo que no quería perderme y bla, bla, bla… yo no quería insinuarle nada, esperaba que él mismo se ofreciera a deshacerse de la muñeca, pero no lo hizo. Le comenté que si no había sexo, no había nada; no porque el sexo me pareciera lo único, sino porque es tonto decir que no es importante, pues las dinámicas que se tejen a su alrededor afectan la autoestima y la percepción del amor y del enamoramiento. Sin sexo, la idea del amor erótico, de pareja, se transforma en amor filial, de hermanitos y en mí, el deseo no estaba para fraternizar de ese modo, pues estaba tan vivo como en los inicios de nuestro noviazgo, cuando las cosas sí funcionaban bien. Contemplar una relación sin sexo era triste, por más que nos amáramos. Felipe dijo, otra vez, que podía tomar terapia, o… dudó, agachó la cabeza avergonzado… intentar los tres.

Sé que no soy la primera mujer a quien su novio le propone un trío. Conozco varias que, incluso, lo han propuesto a sus parejas: invitan una amiga a la casa, una amiga previamente informada y concertada, beben unos tragos, inventan un juego de esos diseñados para perder  y tener una excusa para quedarse desnudos de a pocos… y luego, la novia le pone de penitencia hacerle sexo oral al novio mientras ella mira; luego, él le pone como penitencia besar a la amiga, lamerle las tetas y de un momento a otro, ya deshinibidos por el alcohol, él penetra a la amiga, la novia la besa en la boca, en los pezones, le acaricia la espalda y entonces, él se aleja, las observa juguetear y regresa y así… hasta que terminan, les gusta tanto, y lo hacen un par de veces más… y creo que eso habría sido hasta normal: que Felipe me dijera que si no tenía una amiga chévere para cumplirle una fantasía y quizás sí, la hubiera tenido, o me la busco y lo hubiéramos hecho, tranquilos, confiados en el amor que nos unía y yo lo hubiera disfrutado, me habría dado placer… pero su propuesta con la muñeca venía cargada de ridiculez.

Sin embargo, lo vi tan apenado, con tantas ganas de que en verdad funcionara, que me enterneció, me alborotó el amor y entonces, su idea ya no me parecía tan enferma. Pensé que sería lo mismo que si yo le pidiera usar un consolador… dos objetos muertos que ayudan de igual manera al placer. Y dije que sí, que probáramos a ver cómo me sentía. Un consolador, una muñeca, eran lo mismo.

Unos días después, la propuesta fue torciéndose más. Ya no solo quería trío, sino que también, como si se tratara de un asesino en serie que se perfecciona con cada homicidio, mi respuesta afirmativa desató tal maremágnum de perversiones que me sentí anonadada, no ante su imaginación, sino ante la certeza de que no conocía ni un ápice de quién era Felipe, triste ante la certeza de que Felipe era un mentiroso tan preciso como peligroso. Me habló de las cuerdas, del látigo, de su fantasía… pero volvamos al motel, eso explicará mejor.

Lamí los pezones plásticos, enredé mis manos en su pelo que se sentía tan natural, que me estremecí con la idea de que algún día hubiera pertenecido a alguien vivo. Bajé por su esternón hecho de uniones pegadas al calor en alguna máquina en China, llegué hasta su pubis que los fabricantes hicieron lampiño siguiendo la moda de higiene de las mujeres contemporáneas. Separé sus labios, se sentían falsamente carnosos en los dedos, pues eran más como si se hubiera enrollado un condón, o dos, y luego se hubiera inflado. Recordé la solemnidad con la que Felipe había puesto sus labios en la boquilla para inflarla, tenía la apariencia de un sacerdote en el momento de beber de la copa la sangre de Cristo. Chupé su vulva cauchosa, quise jugar con ese clítoris artificial e inútil, pero la ausencia de gemidos me hizo desistir. Imaginaba un cuerpo de mujer real contoneándose por la acción de mi boca, eso hubiese sido excitante y motivador para jugar con un clítoris, pero lamer ese artilugio de plástico que simulaba el centro de placer femenino, me pareció el colmo del sinsentido.

Felipe se levantó de la silla y me besó los labios. Acercó su pene y lo chupé. Estaba tan duro que pensé que se le reventaría. Rápidamente lo sacó de mi boca y lo metió en el gesto de letra O que hacía la muñeca y me acarició los senos. Antes de retirarse, dio la vuelta a la muñeca poniéndola con la cara contra la almohada y regresó al sillón a frotar su pene durísimo y venoso.

—Dale, las cuerdas.

Le até las manos a los bordes de la cama, bajo el colchón. Le até las piernas, dobladas hacía arriba, al cuello, por los tobillos. Pasé otra cuerda por el medio de sus piernas hasta sus hombro, cuidando bien que se metiera entre la vagina de la muñeca, tal como me explicó Felipe. Hice lo mismo con la otra cuerda. Me paré junto a la cama, sentí que él me tomaba de la cintura, me acercaba de espaldas a su pene erecto y me penetraba ofreciéndome el látigo que estaba junto a la muñeca.

—¡Azótala! Es una perra que te quita lo tuyo. ¡Castígala por zorra!

No alcancé a dar tres golpes, que sonaron huecos y vacíos, sobre la piel color piel de la muñeca cuando sus manos se aferraron con fuerza a mi cadera, lo escuché gemir ahogado, su cuerpo temblar y sentí dentro de mí su semen caliente. Y ahí, con su eyaculación precoz, confirmé con tristeza que no, que no había modo de salvar nada. De seguir con él, aún con todo lo que lo amaba, cambiaría un impotente por un precoz. Terminé su juego, sin él.

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