ESE DÍA, EN ESPECÍFICO

Levantó la cabeza, miró al cielo, se puso de pie. Se sacudió un poco el sueño con movimientos vigorosos, horizontales. Miró a lado y lado de la acera. Esperó a que la multitud de piernas cesara su prisa y emprendió con pasos cortos el camino memorizado por la costumbre. Iba con la cabeza inclinada buscando algo de comer, algún descuido que le llenara la panza y le sumara carne a su pecho huesudo. Caminó, sin distraerse, sin prisa, aún tenía suficiente tiempo.

Nadie entendía cómo hacía para saber las horas, el momento exacto en el que debía partir. Sin importar cuán lejos estuviera, conseguía llegar a tiempo a la puerta de la escuela, justo cuando las clases terminaban e Ilona ya lo esperaba. Aunque eran pocos los que conocían su rutina, se asombraban de su dedicación y se enternecían al verlo llegar. La niña quiso explicar muchas veces las razones que lo llevaban a estar puntual de lunes a viernes, pero las personas la escuchaban con la condescendencia estúpida que se da a los niños cuando su discurso parece una fabulación viciada de televisión.

A Ilona no le importaba lo sucio o andrajoso que estuviera, ni si olía a calle o a la basura en la que se procuraba comida; ella salía, lo buscaba entre las mamás que recogían a sus hijos y lo encontraba levantando la mirada por entre el tumulto, atento como un papá más. La maestra Carmen, parada en la puerta, pendiente de que ningún niño se le saliera, lo conocía y cuando la niña se acercaba, la dejaba salir sin decir nada. La primera vez que lo vio venir, se sorprendió. Hubo discusiones con las directivas respecto a la pertinencia de dejarla ir con él, pero al verlo llegar todas las mañanas en su compañía, no pudo más que convencerse de que no había nada de qué preocuparse, de que quizás, con nadie estaría más segura. Además, ya la psicóloga del escuela le había dicho que Ilona no tenía a nadie más, que nunca había conocido a su papá y su mamá había muerto el año anterior, dejándola bajo el cuidado de una abuela prisionera de un tanque de oxígeno.

La maestra le permitió salir. Ella, como lo hacía todos los días, lo abrazó por el cuello mugroso, le dio un beso en la frente. Luego de buscar en su maleta, le entregó el pan que le guardaba del recreo y se lo entregó. Él se lo comió con voracidad, de un solo mordisco. Ilona lamentó no tener más; en la noche, tal vez, podría darle un plato de comida de la que preparaba para su abuela, sólo si la anciana se dormía temprano, cosa que rara vez pasaba.

—Cuando lleguemos, me esperas en el andén de enfrente. Yo miro y si sí, te quedas conmigo. Ahí te doy comida, ¿vale?

Caminaron las doce calles que separaban la casa de la escuela. Cruzaron avenidas mirando a los dos costados y al semáforo en rojo. Ilona hablaba de su mamá, él la escuchaba levantando de vez en vez para verle la cara y cerciorarse de que no llorara. No sabía cómo comportarse cuando ella lloraba.

—Si no se hubiera muerto, seguirías viviendo con nosotras. Viniendo los tres a la escuela. Mi abuela no es como mi mamá.

Cuando la abuela aparecía en la conversación, la niña le prometía que tan pronto terminara la escuela, se irían juntos, arrendarían una casa grande y vivirían los dos, solos. Ilona trabajaría en una empresa, como su mamá, y la abuela ya no podría meterse en nada ni impedirles estar juntos, la vida volvería a ser como cuando su mamá estaba viva. Le decía que se harían viejitos juntos y él sería como su esposo, se cuidarían mutuamente hasta que se murieran y vivieran en el cielo los tres, como antes.

—¿Recuerdas? —le preguntó suspirando.

Él caminaba con los ojos fijos al frente, observando a quienes pasaban junto a ellos, cuidándola de cualquier cosa. Conocía lo peligrosa que era la calle, lo intempestivamente violentas que podían ponerse las personas sin ninguna razón. Ese día, en específico, le dolía el costado, en el lugar donde aquel hombre, solo porque sí, lo había pateado mientras dormía en la acera. Ese día, en específico, sus instintos estaban más alertas y un odio chiquito e inservible le crecía adentro, llenándole el pecho de una fuerza contraria al hambre y a la debilidad. Se sentía viejo, famélico, cansado de ir por ahí cuando antes tenía un hogar y a la señora y a la niña que lo querían y no lo trataban mal. Pero eso no era impedimento para que, si se diera la situación, defendiera a muerte a Ilona, quien desde su perspectiva, lucía tan frágil e indefensa, tan pequeñita, desarmada y sola.

Y caminaba altivo, ensanchando el pecho, levantando la cabeza como si fuera un Pitbull rabioso. Estaba orgulloso de que a pesar de sus carencias, cumplía completa la misión que le encomendara la señora poco antes de no volverla a ver. La señora, consciente de que Ilona quedaría al cuidado de su mamá, le había tomado del cuelo, lo había mirado directamente a los ojos y le había dicho cuál era su función, qué esperaba de él. Y aunque él no pudo responder nada, le devolvió la mirada queriendo confirmarle que sí, que él la cuidaría toda la vida. La señora pareció entenderlo y le sonrió. Le sirvió comida, por primera vez, de la que ellas mismas comían y en un plato de los que ellas usaban.

Se sentó a su lado mientras él comía, y le contó cuán despreciable era la mujer que la parió. Le dijo cosas que nunca le había dicho a nadie: como que su mamá solía amarrarla desnuda a un tubo junto al lavadero, rociarla con el agua fría de una manguera que luego usaba para pegarle hasta que le sangraban las costillas, las piernas y las manos. O también que cuando ya se le formó el cuerpo, le salieron senos y se le ensanchó la cadera, con apenas trece años, su mamá la había llevado en un bus hasta la calle de las putas, la había dejado allí vestida con un vestido muy corto y muy adulto, y le había dicho que no regresara hasta que no hubiera conseguido lo de pagar su comida por la semana entera. La señora, le dijo, se quedó parada sin entender qué era lo que debía hacer ni cómo era que conseguiría el dinero. La señora se puso a llorar recordando eso, se secó las lágrimas y le dijo que no él no se imaginaba, si es que acaso podía imaginar, lo miserable y sucia que se sintió cuando un viejo barrigón y sucio, le ofreció doscientos pesos por ir a quitarse la ropa para él en su casa. Ella no sabía nada de nada, lo del sexo lo vino a entender muchos años después cuando conoció al papá de Ilona. Pero algo, un instinto, la empujó a correr el largo trayecto de regreso a su casa. Allí recogió sus cosas y se fue para no volver. Trabajó como sirvienta en una casa de una señora que la trataba bien, hasta que tuvo veinte y una vecina la llamó preocupada a contarle que su mamá estaba en la pobreza, casi en la indigencia. Entonces regresó, de visita, le pasó plata, le presentó a Carlos, su novio, el papá de Ilona, y la anciana fingió tratarla mejor, sentirse orgullosa de tener una hija tan buena como ella mientras contaba los billetes.

Cuando terminó de comer, se recostó a los pies de la señora, le ofreció lo único que tenía para ofrecerle: su calor, que ella recibió bien acariciándole el pelo. Le pidió, de nuevo, que cuidara a la niña, en un intento desesperado por suplir su ausencia, segura de que ya no estaría más. Él no entiende cuánto tiempo pasó después de eso, lo que sí entendió fue que a la señora no la vio más.

Se murió la señora e Ilona lloró y él se recostó a sus pies y la niña se abrazó a él y siguió llorando, todos los días, sin que él encontrara forma de consolarla.

La abuela lo echó a la calle, no le sirvieron las súplicas que Ilona le hacía llorando y aferrándose a su amigo. Para la abuela era suficiente tener que mantener a una bastarda, para también ocuparse de él, les dijo. Le lanzó patadas, pero como no tenía la fuerza necesaria para separarlos, quiso obligarla a golpes de bastón. Él se interpuso, amenazó a la abuela y recibió un par de bastonazos hasta que un vecino, que sí tenía la fuerza necesaria, lo alzó por las axilas y lo tiró a la calle entre forcejeos y el barullo de una lucha desigual. Ahí, adolorido, sintió que podía destruir esa casa con la fuerza de su cuerpo. Y dio vueltas, fue y regresó, y de tanto oír que Ilona lloraba dentro de la casa, terminó por sosegarse, necesitaba ser su fuerza, no dejarse cegar por la rabia y arriesgarse a perderla.

No se fue. Se quedó en el pórtico esperando a Ilona, cuidándola. La abuela le lanzaba agua desde la ventana, y como él permanecía inmutable, una mañana le lanzó un baldado de agua caliente que él esquivó con poco esfuerzo. Ese último ataque le dio a entender que lo mejor era no estar tan cerca, porque si algo llegara a pasarle, Ilona quedaría sola. Y regresó, todas las veces, todos los días, todas las mañanas a irse con Ilona para la escuela, como lo hacían cuando la señora vivía. Y la esperó, la llevó de regreso, todas las tardes, de lunes a viernes, como lo hacían los tres cuando la señora estaba viva.

Comenzó a dormir en la acera del frente. Muchas veces oyó a la abuela gritar a Ilona, decirle que no era más que un estorbo, que ojalá tuviera el corazón para echarla a la calle, lo que era justo hacer con una sanguijuela como ella, le decía; y él oía desde al frente sin poder hacer nada porque no podía atravesar los muros y defenderla como era su deber. Ilona no respondía más que un triste: «Sí, abuela», repetitivo, sumiso. Y como los muros, la puerta cerrada, le impedían defenderla, él intentaba ser lo más alegre que podía en las mañanas, demostrarle la felicidad que le daba verla, jugar a hacerla reír, solo para alejarla de la tristeza de vivir sin nadie, en esa casa donde no había sino gritos, rabias y olor a muerte.

Voltearon la esquina. Cuando ya estaban cerca de la casa, él se pasó a la acera de enfrente y caminó siguiéndola con la mirada, paralelo a ella. Era mejor que no los vieran llegar juntos, que la anciana no se enterara de que seguía a su lado. Ilona metió la llave en la chapa, le hizo un gesto con la palma abierta de que esperara. Él se sentó en el suelo y esperó. Ilona salió y lo llamó con la cabeza. Él cruzó la calle despacio, llegó hasta la puerta y atisbó dentro de la casa. Un fuerte olor a enfermo, fármacos y a anciana lo embebía todo con un aire de miseria.

—Ven, la abuela está dormida.

La siguió, pisando suave para no hacer ruido. Ella lo llevó hasta el fondo de la casa donde estaba lo que hacía las veces de su habitación: un espacio estrecho que compartía con objetos y muebles viejos, la escoba, el recogedor y el trapero. En un rincón estaba su cama pegada a la pared. Unos muñecos de peluche se apilaban en el suelo. Dentro olía distinto que en el resto de la casa, olía a limpio y parecía existir una barrera que impedía que el hedor se metiera ahí. A pesar de todas esas cosas mohosas y de la mancha ocre de humedad que se dibujaba sobre la cabecera de la cama, él se sentía a gusto en ese cuarto. Todo estaba tan apretado que casi no se podía caminar sin pisar algo o tropezar con alguna parte de algún objeto atravesado en el suelo. La ropa de Ilona estaba colgada de puntillas clavadas en la pared opuesta a la entrada, que no tenía puerta sino una sábana colgada del dintel.

—shhh… no hagas ruido. Voy a preparar la comida. Recuéstate, calladito.

Obedeció, se acomodó como pudo junto a un cajón de madera que hacía las veces de mesita de noche. Se enroscó y vio a Ilona salir y luego escuchó el ajetreo de platos y cuchillos, el chasquido del fósforo, el rumor de la llama y el tintineo de la olla, en la que hervía agua, golpeando contra el fogón al rojo vivo. Le llegó el olor a cebolla, a tomate, a condimentos y la sutileza de carne que despedía el aceite de palma al calentarse y que se transformaba en un olor vegetal cuando se doraba el arroz y cuando sonaban las pequeñas explosiones de la cebolla friéndose. La escuchó musitar una canción que cantaba la señora cuando cocinaba, una canción sin letra que ellas hacían sonar con la garganta mientras se movían de un lado para el otro en la cocina, sobre el mesón, probando aquí y allá, echando cosas en cosas, frías en calientes, construyendo un mundo exquisito de sonidos, olores y sabores que le excitaban en el estómago… se durmió pensando en esa única vez que la señora le dio de comer de lo mismo que comían ellas y en Ilona, que cantaba tan dulce y tan suave…

Lo despertaron los gritos de la anciana, el ruido de un plato que se rompía y la llovizna como de papel mojado de la comida cayendo al suelo, al otro lado del zaguán. Escuchó que la anciana gritaba que era una inútil, que para qué le servía de eso si ella sabía que no podía comerlo porque le hería las encías. Oyó a Ilona decir que sí, abuela. No le fue necesario ver para saber qué pasaba, pues los sonidos eran tan claros que era imposible no hacerse una imagen fiable de la escena.

La imagen:

La vieja se levanta de su cama. Agarra el bastón. Lo empuña como una maza y asesta un golpe firme y certero en la cabeza de la niña.

Ilona tambalea, se agarra la frente. Se desploma, inconsciente en el suelo entre los pedazos del plato y los restos de comida.

La abuela grita: «¡Inútil, muerta sirve más!» y vuelve a soltar la madera contra el cuerpo incosciente de la niña… dos, tres, cuatro veces…

… hasta que el dolor de la mordida en su mano, la obligan a soltar el bastón.

Ahí está él, asido con todos sus dientes a la muñeca huesuda de la vieja que se intenta defender pero está muy agitada y ahogada por el esfuerzo de los golpes, por el esfuerzo de darle un golpe más a la niña antes de que él le suelte la muñeca. Gruña. Se ponga sobre sus cuatro patas, incline la cabeza en posición de ataque y gruña otra vez.

La vieja se agarra la muñeca intentando parar la sangre. Un espacio que él, cumpliendo su misión, aprovecha para lanzarse de un brinco y morder el cuello de piel escurrida de la anciana.

La sangre en su boca le exacerba el instinto y sacude, horizontalmente, todo su cuerpo.

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