EL ESCRITOR MÁS GRANDE DE TODA LA HISTORIA, POR SIEMPRE Y PARA SIEMPRE

¿Ha pensado alguna vez en qué pasaría si de alguna manera, fuera de este mundo, obviamente, supiera que su sueño más grande de toda la vida se hará realidad? Claramente no hablo de un trasegar de años y vicisitudes para conseguirlo; no, hablo de magia, intervención divina, llámelo como quiera, pero de algo que no necesita esfuerzo de ningún tipo, no más del que ya ha hecho a favor del sueño que se le cumplirá, sueño evidentemente roto desde que fue concebido como tal. He pensado mucho en eso, ¿sabe?, en los sueños, no en que se hagan realidad de sopetón; en los sueños, en la posibilidad de luchar por algo que se sabe imposible. Muchas personas viven queriendo conseguir algo. El tamaño o la inviabilidad de lo que pretenden, no importa. Algunos tienen sueños simples, a la medida de sus carencias y de lo que conocen del mundo: conseguir una casa, para aquellos que viven como nómadas por un sistema económico y laboral tirano con los que no tuvieron oportunidades; un amor eterno, duradero, para aquellos cuya niñez estuvo plagada de espacios en blanco, de ausencias y de rechazos, y crecieron forjándose una imagen equivocada de lo que era la compañía, otro que se asume que se quedará a nuestro lado por el hecho fortuito de que lo necesitamos, como si necesitar bastara para mantenerlo junto a ti, como si necesitar bastara para que no lloviera, ¿me entiende?

Sueños hay de todos los tamaños y tristezas, sueños torcidos o demasiado acordes con el mundo que nos tocó: tener un carro, una casa, veintisiete pares de zapatos, son sueños rectos; tener una novia de doce años cuando tenemos cuarenta, tener el dinero suficiente para vivir borracho o desaparecer de la faz de la tierra a todos los judíos, son sueños torcidos. Lo recto o lo torcido no refieren exclusivamente a que sean bueno o malo sueños. ¿Podría usted, con todo lo que sabe del comportamiento y de la psique humana, juzgar de malo un sueño? Claro, podría usted asegurarme, rebatirme muy fácil, con el argumento de que un sueño malo es aquel que atenta contra los otros y quiebra la frágil y solapada estructura de lo moral. Yo, como hombre sensato y educado que soy, aceptaría su argumento sin ahondar más en el tema, porque sí, tendría usted razón en que lo que importa, todas las veces, será preservar; la sociedad avanza, avanzar, al parecer, significa preservarlo todo hasta la indignidad. Esta es la sociedad de la obsesión porque nada termine, lo es porque el hombre contemporáneo es extrañamente opuesto a nuestra condición finita y efímera , porque vivimos en la negación absoluta, incapaces de asimilar que los finales son inherentes a seres inevitablemente destinados a la muerte.

Quizás la muerte sea eso donde la esquizofrenia de la negación se vea mejor. La ciencia cada día descubre una nueva manera de tenernos más tiempo con vida. Hace unos días leí que ya es posible imprimir, una palabra muy artificial ciertamente, órganos de un sustituto sintético de células humanas, que resisten el doble del tiempo que los órganos naturales: durabilidad y calidad, dos palabras opuestas a la sociedad de consumo, pero que al parecer, cuando se trata de mantenernos alejados de la muerte, se hacen la mejor estrategia publicitaria. Eso de los órganos que le digo es cierto, no crea que falseo mis palabras para aparentar que mis razonamientos tienen consistencia.

Retomemos la idea de los sueños torcidos y los sueños rectos, eso es lo que me importa explicar. Íbamos en que una contra moral a favor de la taxación  entre bueno y malo es completamente factible. Usted, como hombre inteligente que es, encontraría cientos de argumentos que apoyarían la idea de que sí, existen sueños malos a los que las personas, algunas, poquísimas veces en proporción al gran número de hombres que habitan esta tierra, se abocan para conseguirlos. En este punto, puestos sus argumentos sobre la conversación, yo tendría, obligadamente, que lanzar otro argumento. Solo eso mantiene viva la dialéctica y estamos en la sociedad donde todo debe mantenerse vivo y por ende, se hace necesario atizar la discusión. Mi contra es, disculpe usted, un tanto idealista, si es que cabe la palabra. No quiero posar de soñador, de optimista, mi condición actual no me lo permite, ya sabe usted, pero no hay otro modo de llamarla; mi contraataque es una simpleza, si se piensa desde lo pragmático; una fantasmagoría, si se piensa desde lo metafísico; y una imposibilidad si se piensa desde lo real, desde la vida… mejor, desde el estar vivo como ser con órganos naturales y razón… yo diría que no hay nada malo ni nada bueno si se atraviesa al sueño con la felicidad.

¿Quiere usted ser feliz, doctor? ¿Qué cree usted que necesita para ser feliz? Perdóneme que construya mi discurso desde un montón de preguntas, pero creo que solo así es posible entender algo. La gente ya no se pregunta nada, viven con el asombro domesticado por la velocidad de las cosa, atentos a la velocidad que alcanzan las cosas cuando caen y no a la velocidad con que conseguiríamos ponerlas de nuevo en su lugar. No se preocupe, todas mis preguntas son retóricas, sé, de sobra, que en su papel, responder preguntas a un hombre como yo sería irse en contra de su ética que le impide, como a las máquinas, sentir empatía por las ideas torcidas de un hombre al que las circunstancias han marginado de la buena sociedad. Un loco, eso soy para usted, un suicida que no entiende lo bueno ni lo malo, y como loco que soy, responder preguntas, fraternizar conmigo, caer en la conmiseración es jugar al loco también, es rebajarse al nivel del pathos que usted intenta erradicar de mi cabeza, para que funcione bien otra vez, y no crujan mis engranajes alterando el silencio de un mundo impasible y mudo. Debe usted, doctor, ser completa, rectamente ético.

Si me disperso es porque se me hace necesario. No crea que se debe a la disfuncionalidad que usted presupone en mí por mis actos previos. Pero así como me disperso, retomo. Así que téngame paciencia y confíe en mi discurso. Me disculpo, otra vez. Solo son buenas o malas las cosas, incluidos los sueños, al nivel de lo moral, es decir, medidos con la vara hostigadora de las normas, de la ley, que establecen los hombres para brindarse seguridad, una tranquilidad frágil que requiere una constante vigilancia.  En ese plano están los argumentos que usted diría, en el plano de lo moral. No fue en vano que preguntara por su felicidad ni por lo que creía necesario para conseguirla, ni tampoco que reafirmara su ética médica, una idea un tanto distorsionada en los gremios que la convierten en normatividad cuando lo ético, a mi parecer, es otra cosa, algo distinto a la regularización de los actos. La ética médica es un modo correcto de actuar a favor de ejercicio bueno de la medicina, es decir, es una moral constreñida por los límites de un saber que exige una sucesión de pasos, que si se siguen bien, conseguirán llegar a un término concomitante con el bienestar del otro, el paciente. La ética profesional, médica, jurídica o educativa, dista mucho de la ética en su sentido prístino. Para no alargarme más en disertaciones sosas, le diré, de manera puntual, que en lo ético no hay lugar para lo bueno ni lo malo.

No abra usted los ojos así, no se desvíe de la ética, déjeme terminar. No hay lugar para lo bueno ni para lo malo porque lo ético parte de los principios, y los principios, personales e intransferibles, no siempre son considerados como acordes con la norma. ¿Sabe por qué?, porque los principios, como la palabra indica, son el punto desde el que arranca el acto humano para procurarse realizar su sueño y con eso, ser feliz.

Si me permite, le haré un ejemplo:

Imaginemos un hombre que ha tenido la mala fortuna de nacer con un deseo en oposición absoluta al mundo. Un hombre al que el mundo, de dejar fluir su deseo, lo condenaría al aislamiento o a la reeducación. Ese hombre es un condenado, siempre, aún cuando no deje fluir su deseo. La reeducación en ese hombre sería imposible, porque el deseo siempre es más brioso que cualquier cerco de palabras y castigos que se le levanten a manera de contención. Este hombre marginado sueña con una niña de doce años, se excita cuando cruza por las escuelas en las horas en las que las niñas salen de clases con las medias del uniforme caídas sobre los tobillos, con las faldas plisadas ondeantes al viento travieso y con sus bocas vírgenes de todo pecado, bocas que profieren palabras igualmente vírgenes de la contaminación de la perversión mundana. Porque siempre hay algo de angelical en las niñas y eso le parece terriblemente excitante al hombre que imaginamos.

Este hombre va los domingos a los parques, busca una silla que le permita una visión panóptica de todo el entorno donde juegan los niños en desatención porfiada de sus padres. Este hombre se sienta, lleva un libro, una chaqueta grande, mira a las niñas correr, subirse a los juegos, deslizarse por los toboganes o mecerse en los columpios con la desatención al pudor propia de sus mentes inocentes de pecado. Ese hombre siente que su pene, convenientemente librado de la presión del calzoncillo, convenientemente móvil dentro del pantalón deportivo que lleva, comienza a endurecerse, a crecer hasta el punto que cree que, si no hace algo, va a reventarle en la cara dejando un reguero de sangre y piel por toda la silla, el prado verde y su propio cuerpo. Se pone la chaqueta a manera de cobija, toma su pene con una mano firme y se masturba un cortísimo minuto, pues solo para eso le da la excitación producida por las imágenes de unas piernas blancas y endebles, de los cabellos recogidos en dos colas altas, del vestido de boleros que se trepa descaradamente sobre las nalgas de las niñas que usan calzoncitos de frutas o animalitos de caricatura. Para eso le alcanza el ensueño de esas bocas pequeñitas y apretadas que imagina rodeándole el glande, de rodillas, mientras él acaricia un pecho sin pechos. Un escaso minuto porque ese sería el tiempo que resistiría si llegase a tener a una de esas niñas dispuesta para la penetración, dispuesta con su cuerpo, lampiño y puro.

La chaqueta hiede un poco, no es la primera vez que la usa para tal fin. Además, por más que lo ha intentado, por miedo a ser descubierto y acusado, nunca, desde que descubrió su deprimente deseo, ha podido dejar de ir todos los domingos al parque. El hombre se limpia como mejor puede el semen abundante, se apresura para huir, sintiéndose terriblemente mal, terriblemente culpable. Llega a su casa y llora. Se promete no volverlo a hacer. Imagina que tiene una hija y un pervertido, como lo es él, así lo cree, se masturba mirándola, la viola… y entonces llora más, le pide a Dios, porque solo Él es capaz de comprender la magnitud de su infierno y de su culpa, porque es Él fuente de todo castigo, de toda culpa, fuente de toda salvación, le suplica que le quite eso tan malo del corazón porque ya no puede, le pide que, por favor, lo haga un hombre normal. Sin embargo, al otro día, vuelve a cruzar frente a la escuela más cercana con las manos entre los bolsillos y fumándose un cigarrillo, mientras se acaricia los testículos con la mano libre y sueña que esa mano es la mano que carga esa lonchera rosada de un unicornio feliz. Sin embargo, el domingo siguiente se le vuelve a ver en el parque atreviéndose al fin a ofrecer un helado a una niñita que se ha alejado lo suficiente de su madre para ser una presa fácil…

¿Cuál creería usted, doctor, que es el sueño de ese hombre? ¿Violar a una niña? ¿Enamorarla? ¿Pagarse una putica pueril ya que la sociedad de consumo le ofrece esa posibilidad? ¿Adoptar una huérfana y adiestrarla, para la resolución de su deseo, con artimañas derivadas de la psicología del abandono y sus carencias afectivas de huérfana?, le sería fácil, ¿no cree? No, doctor, el sueño de ese hombre es ser normal, cosa aparentemente fácil y de la que la gente normal huye constantemente pretendiendo ser diferente y original. Pero él no quiere ser normal por él mismo, lo quiere porque es parte de una sociedad, de una cultura de las que no se puede abstraer y por eso lo empujan al sufrimiento; y nadie, por más «pervertido» que sea, quiere sufrir. Todos, hasta ese pobre hombre de mi ejemplo, queremos ser felices.

Y entonces, ¿cómo sería feliz ese hombre, doctor? Es sencillo: resolviendo su deseo sin culpas, sin deberle a nadie, sin que ese deseo atente contra la moral-madre-sobreprotectora, es evidente que Dios nunca se le aparecerá para quitarle eso del corazón y hacerlo el hombre normal que sueña con ser. Ahí es donde aparece Lo Ético. ¿De qué talante son los principios de ese hombre? ¿Están sus principios de acuerdo con la sociedad? ¿O para la sociedad no es màs que un hombre enfermo carente de principios? ¿Recuerda usted que le dije que es de los principios de donde parte todo para ser feliz? Este hombre sabe dónde está su felicidad. Nunca, por más reeducación que reciba, va a anularse su deseo. Eso lo sabe usted de sobra, por su profesión. Los hombres como él están condenado, desde adentro, desde afuera, desde todos los flancos posibles. Y si ese hombre, consiguiera violar a esa niña a la que le ofrece el helado, acceder carnalmente a ella, sería encarcelado, y en países más conscientes de la estupidez de la reeducación y del castigo, de lo imposible que es contener ese deseo, sería asesinado en el interés de preservar la vida. Ese hombre que se masturba y no viola a la niña, o quizás sí, eso no lo sabremos, es ético, pero no moral. Espero me haya entendido, es necesario para lo que viene.

Aquí es donde comienza mi historia, ya casi al final, esa que supongo es la que quiere oír, esa que ha estado esperando aguantando con paciencia mi circunloquio. Si ha revisado, como sé lo habrá hecho, mi historia clínica, sabrá que no soy un violador, ni un pedófilo, menos un pederasta. Mi deseo sexual es totalmente moral. Me gustan las mujeres en edad legal y las niñas me son solo eso: niñas, en donde el deseo no aparece. Sin embargo, también yo tengo un sueño, uno que se parece un poco al del hombre hipotético pero por distintas razones, uno que he tenido desde que abrí mi primer libro a la edad de cinco años y vi cómo el mundo inventado era mi posibilidad de ser feliz. Lo era porque escribir me permitía destruir el mundo y rearmarlo a mi antojo. Sublimé, sé que sabe qué significa esa palabra, mi deseo, no moral, de destruirlo todo en la realidad, mi imposibilidad humana de rearmarlo todo a mi antojo. Lo sublimé como si mi hombre hipotético tuviera orgasmos pintando niñas al óleo, o inventando melodías pedófilas que solapan su deseo y su irrealización. Lo sublimé en un montón de hojas que apilo en libretas dentro de la biblioteca de mi casa, esa casa de la que ustedes me sacaron por considerar, desde su visión de lo correcto, que estaba enfermo y era un peligro para mí mismo.

Uno escribe, necesariamente, para ser leído. No sabe usted todo lo que he sacrificado por escribir, solo porque escribiendo era el cincuenta por ciento de ser feliz, el otro cincuenta era que alguien me leyera y considerara que lo que hago era útil, que comunicaba algo importante. Mi sueño, doctor, mi sueño torcido, según todo lo que he dicho, era ser el escritor más grande de toda la historia, un intérprete de mi época, un profeta de las advenedizas. Cuando perdía cada concurso al que me presentaba, cuando las editoriales devolvían mis novelas con la lacónica nota que suele acompañar el rechazo, sufría, estaba triste, culpable, por haberlo abandonado todo por mis principios. También yo clamaba a Dios como el hombre de mi ejemplo. Y no crea usted, no es por falta de talento ni exceso de convencimiento, pues soy un excelente escritor. Usted ha de haber leído algún cuento mío, si es que es un psiquiatra profesional, y no me dejará mentir. No crea que es soberbia injustificada… la experiencia, mis lecturas abundantes, el modo disciplinado con el que construyo mis historias, con el que escribo, me permiten considerarme un excelente escritor sin atisbo de convencimiento estúpido. Sé que soy bueno, del mismo modo que un carpintero anciano sabe que su mesa no puede ser otra cosa sino hermosa, perfecta… lo sé, doctor, lo sé.

Al contrario de mi hombre imaginado que nunca recibió respuesta de Dios, a mí sí Dios se me apareció. Era un hombre tan común, tan igual a cualquiera, hecho a nuestra imagen y semejanza, que creí que se había metido en la casa un ladrón con delirio místico que buscaba convencerme de entregarle todo haciéndose pasar por Dios. Tan normal que no le creí cuando me llamó por mi nombre y me ofreció concederme el deseo que mi corazón pedía.

Me dijo:

«¿Por qué me llamas? ¿Qué quieres de mí?»

Y yo, luego de convencerme de que ya que no tenía opción, nada perdía con creerle que sí, que era Dios. Le dije:

«Quiero ser el escritor más grande de toda la historia del mundo, por siempre y para siempre».

Y él, Dios, movió sus manos y un resplandor blanco que se tornaba en partes azul chispeante, lo llenó todo: mi casa entera, mis ojos, mi corazón. Pude ver que su cuerpo se hacía de luz, una sombra blanca, e iba desapareciendo despacio como el vaho exhalado sobre un vidrio, mientras decía que para que mi sueño se cumpliera, ahora que él me había tenido en cuenta haciéndome un elegido, debía morir justo en esta edad… o si no, la sucesión de acontecimientos que desembocarían en convertirme en el escritor más grande de toda la historia, por siempre y para siempre, no se darían. Y cuando ya no era más que una voz que venía de todas partes, me dijo que él no podía matarme, porque no podía intervenir en mi albedrío.

Mi error, doctor, el único que cometí, fue ser un inepto para acabar conmigo, un mal aprendiz de asesino. Fui un idiota para suicidarme. Si hubiese tenido la destreza para cortarme las venas, ya estaría en marcha mi transformación del hombre insignificante que ve, al escritor más grande de la historia… y no estaría aquí, enseñando la vergüenza de estas vendas en mis muñecas que apaciguan el rozar de las correas con las que me amarraron sus enfermeros a la silla. Estas vendas que son un recordatorio de la moral, de la ley, de lo bueno que se opone, como en el caso del pedófilo, a cumplir mi sueño y ser feliz. No estaría intentando convencerlo de que soy un hombre perfectamente sano que solo quiere lo que siempre ha soñado.

Mi deseo es como el del hombre del ejemplo, y es su deber, ahora que entiende todo, ahora que se lo he contado y le he explicado todo, dejar que me mate. Es su deber sacarse de la cabeza que soy un vulgar suicida, dejar de verme como un loco y no impedir más que sea feliz. Déjeme ser feliz, doctor, se lo suplico… no interfiera en el plan de Dios. Al final, si lo piensa bien, mi muerte traería beneficios a este mundo, tan necesitado de la verdad que contiene cada una de las palabras que he escrito a lo largo de una vida en el ejercicio inútil de la escritura sin lectores. Ayúdeme, doctor, se lo suplico.

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