MARCO Y UN HOMBRE SOLO QUE SUEÑA CON EL MAR

Dios era entonces una máscara vacía. Nosotros solo queríamos un rincón seco para pasar la noche, Dios nunca nos sirvió de trapeador de rincones. Por eso, los que valían de algo, asentían y recibían en su corazón al dios que se les mencionara. Luego se volvían y apuñalaban al recién llegado, quien aún no sabía qué suelo no podían pisar.

Marco era un hombre grande, pasaba el día con el torso desnudo. Bajo su piel podían verse perfectos cada uno de los músculos bullendo como quistes dejados allí por una animal alienígena. Verlo era pensar en esas láminas de los libros en las que aparece un hombre despellejado y en el que se pueden seguir las junturas y las escisiones de los montículos fibrosos. En Marco, todo parecía a punto reventar. Trabajaba en la construcción de un ala de la cárcel que, en los 12 años que pasé allá, nunca se terminó. Se decía que se construía en el día y en la noche se destruía a golpes de maceta, para dar esperanza y la ilusión de movimiento a los presos. La idea de guardias como Penélopes era romántica, como de un mundo en el que aún pasaban cosas bellas, no de ese.

Pero estábamos muy cansados para ver si era cierto.

Muy nostálgicos para mirar alrededor; era más fácil mirar más allá del mar, donde estaba lo que recodábamos como importante: una mujer que ya no pensaba en nosotros, un hijo que seguía el camino de migas que le dejamos con la ausencia, un mamá que se moría de tristeza porque no podía vernos e imaginaba que estábamos muertos pero la mataba la zozobra. Estábamos tan lejos, que por eso Marco era casi la forma de la esperanza. Una esperanza vuelta al revés, con lo sanguinolento para afuera y lo suave para adentro. A marco no le importaba nada. Hablaba un idioma que nadie conocía y parecía muy tonto como para aprender retazos de los balbuceos con los que intentábamos comunicarnos. Éramos de tantos sitios, que la cárcel era el lugar del no-lugar, del no-ser, del NO. Y esa bestia musculosa comía por tres sin tener diarrea, frecuente entre los demás, no se enfermaba nunca. Picaba piedras, armaba ladrillos con estiércol y barro, sin soltar un jadeo, sin sudar una gota a pesar del calor sofocante. Cuando bajaba el sol, se echaba en cualquier parte como una mula exhausta. Ninguno se atrevía decirle nada; primero porque no hubiera entendido, también porque le temían sin saber si alguna vez habría herido a alguien. Él era el miedo. Él era el fuerte, el alfa que no le interesaba serlo.

A veces cantaba con su voz profunda de bajo. Cantaba canciones que recordaban una cuna puesta junto al fuego, pero no para calentarla sino para emocionarse en la esperanza de que se incendiara. Disfrutaba hacer de payaso para los guardias, más parecía un mono capuchino de esos que visten de portero de hotel y bailan entre gruñidos y chillidos al son de una caja. Un capuchino con máscara de niño. Una máscara por la que sí cabían los dedos, que se podía tomar y hacerla propia. Bailaba al son de sus propios golpes sobre el suelo, al son de su pecho que soltaba un retumbe acompasado de tambor milenario al choque con sus manos. Y los guardias reían, algunos presos le seguían con las palmas y el mar sonaba cerca, sin que ninguno pudiera corroborar que, efectivamente, era el mar.

Marco era todo el olvido que no podíamos ser. Solo aprendemos de qué tamaño es la memoria cuando nos vamos quedando sin nada que almacenar.

Después de un año en ese sitio, bien podía uno quedarse ciego y aún así no tropezar nunca con nada. Era posible describir con total detalle las caras de los que había allá, sin conseguir describir la cara propia. Teníamos prohibidos los espejos, el agua que bebíamos era tan oscura que no daba reflejo y nos la daban en tubos plásticos sellados en la boca. Nunca había sido consciente de lo dañino que es no poder verse nunca, de lo angustiante que es la certeza de que te estás olvidando de ti mismo; que ya no puedes decir siquiera de qué color tenías los ojos, porque decir marrón era como decir manzana, perro o ballena, cosas de las que tampoco teníamos certeza y de las que cada uno se aferraba a su recuerdo para explicar cómo es que era todo antes de la cárcel. Y entonces, los perros sólo eran negros, sabían hablar y caminaban rengos porque les estorbaba una quinta pata… y los que podíamos, decíamos que sí, porque quizás sí, así eran los perros o los rasgos de nuestras caras. Era improbable, cuando la desesperación aumentaba, encontrar alguien que te dibujar las facciones; el idioma era tan único que daba igual oír un finas, o un Soktozyza o un riagniam.  Somos tan frágiles, tan nada sin el otro, tan cobardes, que nos era común enfrascarnos en conversaciones hechas de ruidos, asentimientos y atenciones dedicadas a palabras que no significaban nada para ninguno de los hablantes.

—Ritayhan, sotinaj prejtian.

—Âxin propordie iniamgian, ¿azurra lia juantiam

—Nirtiäns, nien.

—Bobbiean, töenthia.

Quisiera poder transcribirles un idioma verdadero, para jugar con la posibilidad de que de verdad se decía algo, pero algo me dice que en verdad nadie decía nada y se iban inventando las palabras por la entonación y las mímicas del otro, creando el mundo que no se parecía a nada, y que no importaba que fuera así. Todos, como ya dije, estábamos tan tristes para algo, que las palabras eran meros remedos de la necesidad de no estar tan solos. No teníamos siquiera la gracia de Marco para actuar una burla de sí mismos, no teníamos las ganas para divertirnos en medio de esa cárcel que no tenía qué envidiarle a la imagen de la muerte, que tendría alguien demasiado comprometido con su culpa y su absurdo.

Sabíamos que nunca saldríamos de ahí. La abulia era tal para con la libertad, que recordar era la manera más digna de esperar el porvenir. Perderse en el pasado, en el recuerdo cada vez más confuso de lo de antes, recorrer unas calles que no tenían nada de similar a estas calles, porque la imaginación las enredaba con sitios en los que lo más seguro es que nunca hubiéramos estado, o que se confundían con sitios por donde ambulaban minotauros, ángeles, quimeras, sin que nos extrañara un sátiro repiqueteando sus cascos sobre un suelo de oro y mármol.

Y allá llegamos solos, cada uno de nosotros palpó el asiento junto al suyo, para descubrir que nadie más viajaba en el avión turbulento en el que  nos trajeron con los ojos vendados y en completo silencio… como debe ser para monstruos como nosotros. No importa, ya no recuerdo, qué fue lo que hice para merecer haber pasado tanto tiempo encerrado. Ha de haber sido algo terrible, pero no importa, dejó de importar un día cualquiera, de repente, como una vela que se apaga.  Estoy seguro de que así mismo fue para todos, era más importante buscarse en lo bueno, en lo que fue la felicidad, que en lo atroz y la culpa. Nos bastaba con lo inane de los días, con lo impalpable del entorno, con esa nada que existía consumiéndonos con voracidad, para soñar con una feliz que nos ayudara a no ser solo vértigo. El vértigo que también son las ganas de  saltar, la necesidad de lanzarse y dejarse destrozar por el remolino de tedio, para no ser ni pensar y no estar solo y no recordar. Aún así, para algunos, lo imaginado en la añoranza era más fuerte; así como, para muchos, quizás porque atrás no había nada, fue más fácil irse, estar locos. Y allí, estar locos no era más que otra forma de estar, tan válida como la de nosotros: los soñadores.

Marco también hacía parte de ese sueño construido a fuerza de nostalgia. También él sabía hacernos de ancla, una que se podía toca, que no era mera ensoñación. Desde afuera, se podría aseverar que estaba loco y por más que pienso, no me es posible imaginarlo de sentado a este lado del mundo, en la iglesia junto a mí, llevando sus hijos al colegio o viendo una película en el cine. De este lado del mundo, Marco no sería más que un hombre al que es necesario recluir por el bien de todos, de la sociedad que excluye lo diferente para poder construir la fantasmagoría de que todos somos iguales. Y sí, tal vez lo somos, pero solo en la imposibilidad social de ser otra cosa. Allí Marco era el único cuerdo, el tuerto en tierra de ciegos, el hombre que todos queríamos ser solo para ser algo y oponernos con dignidad a la desaparición en la nostalgia. Las circunstancias no hacen al hombre, Marco nació para ser el mejor de todos en la prisión. Un demonio cuya ausencia enfriaría el infierno.

Marco era toda la esperanza que nos quedaba, toda la certeza de que sí seguíamos vivos.

Desconozco qué habrá sido de él. Lo más seguro es que siga allá. De allá nadie se va. A excepción de mí, que me fui para contar que existe un lugar donde decir que viven fantasmas, es dotar de mucha materia a los seres que despiertan y mueren allá. Me fui para poder hablar de Marco, de mí que no sé bien quién soy ni recuerdo cómo me llamo o qué hago aquí ni por qué, para contarle al único que querría escucharme, en una iglesia siempre a las seis hasta que me quedara sin palabras o hablara en un idioma que solo Él y yo entenderíamos.

Me sirvieron muchas cosas para el escape, la más importante fue Marco, obviamente. No porque hiciera algo por mí: porque me haya alzado sobre sus hombros anchos para que franqueara los muros, que eran tan altos que lamían el cielo y el sol amanecía en ellos antes que en el resto del mundo. O porque haya, de algún modo mágico, logrado entenderlo para inventar una estrategia en la que él se iba sobre los guardias, contra los muros, para romperlos  y yo poder lanzarme al mar al fin: nadar, nadar, nadar y soñar con una orilla en medio de la fatiga y sus brazadas desesperadas. No. Marco nunca me dirigió siquiera sus monerías. Marco nunca me pidió parte de mi ración pestilente de cualquiercosa que comíamos, ni se acostó a mi lado buscando mi calor. Marco solo fue él, con su indiferencia de siempre, con su alegría de siempre, con su esperanza y felicidad  de siempre que yo necesitaba abstraerme en él.

¡Ah, el mar!, el mar que sigue sonando sin que lo veamos.

Este rincón que olvidó Dios y en el que ya sobra.

La textura ambigua de la libertad.

Marco tan feliz y yo que soy él. El silencio de los días.

Esta cárcel sola.

El mar que sabe cómo luzco y me lo niega, que suena como sueño que suena; el mar que es como me cuento que es todo siguiendo sus murmullos, porque aquí ya nada es nada y así está bien.

Marco y la desmesura de la esperanza.

Sigue amaneciendo en mí antes que en el resto del mundo y así está bien, muy bien.

Muy bien.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s