UN NUEVO MITO

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¿Cuánto de una vida es necesario para contar la vida? Dependerá de la vida, dirán los versados en lo relativo y su tibieza. O de cuán importante sea lo vivido, aquellos que solo tienen ojos para el triunfo. O de si estamos aquí, o más allá, o quizás un poco movidos a la izquierda de sí mismos; pero a estos últimos, a los metafísicos, no se les puede creer nada. Por ejemplo, yo estoy aquí, más allá hay otros, y a la izquierda de mí misma hay una sombra. Una sombra, que obviamente, se desprende de mí, que yo proyecto. Este podría ser cualquier lugar: una calle, la acera concurrida, un café un domingo soleado donde me siento a hablar conmigo y con mi sombra de los peligros de una epifanía luminosa. Devastadora, la oigo que me dice. Es obvio, ella es una sombra. Tal vez eso no sería tanto problema: ser una sombra y la epifanía, digo; el verdadero problema para mi sombra, según veo, es más que depende de mí y depender de mí es trágico. Más que trágico, cabría decir melodramático. Las mujeres solemos confundir la tragedia con el drama.

Y no, no hablo de griegos.

Antes de explicar el drama que representa para mi sombra la certeza de que solo vive de mi buen —o mal— ánimo, es necesario explicar el mito, es decir, hacer cosmogonía de la sombra, antropogonía de su dueña y proyección de ese lazo que nos mantiene coexistiendo, condicionadas, sometidas. Si bien es cierto que ella depende de mí y mis subidas y mis bajadas, yo dependo de cuán oscura se torne o cuánto se aclare y diluya sin desaparecer completa; eso no, nunca. Si se oscurece al punto de hacerse casi tangible, me pesa, me duele la espalda, no puedo respirar y no quiero moverme; si se aclara hasta casi la desaparición, me acosa tal angustia y soledad que creo no poder seguir viviendo sin ella, me aquieto en algo parecido a la muerte.

Hay días en que no sé si el dolor en las espalda por su pesadez, valen la exigencia de no estar sola. Me es imposible no recurrir a la idea, triste de por sí, fracasada, tonta, de que un día construí una joroba agobiada por la ligereza de ir por ahí viviendo tan porque sí, pudiendo darle un sentido al por ahí y una respuesta al sinsentido. Cabe aclarar, por si las suspicacias, que no hubo intención voluntaria de su presencia, que la idea de la joroba es solo eso, una idea. Cabe aclarar, de igual manera, que de no ser por ella, no sabría cómo contar mi vida ni tampoco valdría la pena abocarse a la tarea insulsa de contar una vida que carece de sombra.

 

2

COSMOGONÍA

Según los mitos antiguos, sin importar qué cultura los inventara, todos venimos de algún lugar y a ese lugar regresaremos al dejar de ser. Todos los mitos, sin excepción, aseguran que dejar de ser es volver a ser. Ser mejor o peor, según convenga a la etiología de la cultura y el miedo a lo desconocido —oscuro, inaccesible— provoque en sus miembros. Dejar de ser aquí, es ser allá, movido a la izquierda o a la derecha, o al centro o arriba o abajo, eso no importa. Lo importante es dejar de ser en el regreso. Regresar es no entender qué perdimos. Por eso, solo regresa el que no aprendió nada con su huida, por eso todos los hombres —especie— inventan un «hogar» que los acoja cuando comprendan que su vida —el viaje, Ítaca— [Véase Kavafis] fue carente de aventuras y solo estuvieron ahí porque no sabían dónde más estar y se movieron como una caja llena que arrastra la corriente de un río negro y rebosante de mierda. La mierda espesa, tibia, en la que patalear no significa nada, porque es mejor llenarse de ella y fluir en su contención de caja llena. Es mejor llegar a algún sitio que oponerse, desocupar la caja llena a la deriva que son y quedarse solos. Para más claridad, valdría decirlo así: solo regresa quien tiene miedo de sentirse vacío, no importa a qué mito se acoja o de qué mierda se llene.

Aunque muchas veces lo necesité, no pude encontrar una mierda digna para llenarme. En esa inconformidad descreí de un «hogar». Intenté con la familia porque era fácil, no requería esfuerzos para sentirse plena, completa, satisfecha, rebosante; eran, así sin más. Rápido descubrí que llenarse de lo que es porque solo es, es lo que mismo que fluir con el río. Abandoné a mis padres, al hombre que dijo amarme [de eso hablaré más adelante], a un par de hijos que no recuerdo y al resto de esos que, solo por azar, decían amarme e insuflaban su mierda en mí para «ayudarme» [ayudarlos] a sentirse llenos y rodar tranquilos hacia el «hogar». Reconfortarse en los que te aman porque no pueden dejar de hacerlo, es conformarse con un mito que no admite una vía construida a fuerza propia. ¿Pero hay mito que la admita? [Pero no. Eso es otra pregunta, otra historia para la que no tengo yo].

Intenté también poblar de «casas del ser» mi cabeza, fundirme con los que me precedieron en el tormento de no querer un lugar que diera permiso de ser sin el regreso. Y estaba ahí, encerrada en libros, creyendo que conocer los remolinos, las piedras del río, sus contaminaciones y los monstruos que me esperaban, harían vaciarme y luchar contra lo que me arrastraba, sortear las ambivalencias de la profundidad viscosa, fueran la mejor manera de anular ese sitio —existente o no— al que no quería llegar tan llena de quietud pastosa. ¡Qué confundida estaba! Entre más creía poder anticipar, más pesaba la mierda. Y eso se daba, simplemente, porque la corriente se hace más vertiginosa conforme más te revuelcan las certezas rotas. Es como meter el pie en un hueco que tú misma cavaste. Si no entendieron, ya no sé cómo más explicar. Perdón.

¡Ah, el amor!, todo el ideal de vaciarse en otro e inventar un «hogar» mejor que el que la cultura te designó.

¡Ah, el amor!, que no es más que un nuevo mito en el que caben todos los paraísos inventados, todos los infiernos por padecer, todos los regresos, todos los fluires; el vaciarse y volverse a llenar, compartir la mierda y cargar la ajena, porque no es lo mismo patalear en la mierda que tú misma acumulaste, que regodearse en una olorosa mierda matizada con ideales y palabras lindas; una que no hiede tanto por el hecho fortuito de que la cagó el que amabas y eso la tiñe de renovaciones, dándole la apariencia de movimiento, una fantasmagoría muy contraria con la condición natural de la mierda [Véase Tomas Hobbes. El Leviatán, Cap. XIII] siempre inamovible y espesa.

También en el amor intenté y también en el amor fracasé. El fracaso como una lista de mercado. Cabe aclarar que no fue su culpa, según recuerdo. Él era un hombre bueno, según recuerdo. Que me amaba, según recuerdo. Igual no hay que confiarle demasiadas licencias a lo que se recuerda, porque recordar es siempre inventar e inventar es siempre añorar el engaño para soportar mejor el futuro que ya no será, nunca más. Y si no fue su culpa, el descarte me hace culpable. Ya lo dije antes: abandoné a todos los que por azar me amaban. Pero en él era un poco más complejo: él me amaba sin azar. Me amaba porque habíamos hecho un pacto de promesas en el que nos cuidábamos uno al otro. Tuve dos hijos con él [o fueron tres, o uno], creo que ambos hombres, y entendí tarde que nuestro pacto se cimentaba en que yo cargara su mierda. Es decir, cuando creía vaciarme de mi mierda y patalear al no-lugar, él ponía la suya dentro de mí y otra vez solo quería dejarme llevar al paraíso que su amor, desmedido y dedicado, me inventaba con palabras de un futuro donde podía ser sin regresar. Era fácil, no se podía regresar porque el amor no admite mirar atrás.

[Una aclaración: muchos metafísicos refutarán mi idea del amor como un mañana eterno. Un refutación fácilmente refutable, que sin embargo no refutaré aquí porque ya lo hice en mi ensayo-novela titulado El amor es un niño muero, con bastante claridad.]

Sigamos.

Siendo mi intención de vida vaciarme de mierda para pesar menos y poder ser sin regresar, cargar con la mierda de mi marido iba en contra —de manera violenta— de mi ideal. Y no es posible quedarse junto a una persona incapaz de vaciarse de todo y ser juntos una liviandad. Aunque lo intenté, siempre me acusó de loca cuando le aseveraba, con argumentos bastante convincentes, que debíamos, si acaso queríamos que el amor fuera verdaderamente un medio para la realización de las promesas y del paraíso, desechar esos niños que solo espesaban la mierda y nos obligaban a fluir con el río pestilente de la vida. Matarlos era fácil, pero él no quería. Ahí fue, cuando ciego a mis argumentos y disertaciones, acobardado por la inmensidad que hubiese sido oponernos juntos, vaciarnos juntos, me recluyó aquí donde según recuerdo, solo habitan gentes un poco movidas a la izquierda —derecha, arriba, centro o abajo— de lo que los demás consideran debe ser el centro y la estabilidad.

Comencé a caer desordenadamente al fondo de mí. Debo admitir ahora, ya que el pasado es solo una sucesión de cosas que no existen, que me decepcioné mucho del hombre al que la mierda le olía a flores, que me deprimí tanto, que comencé a hacerme muy pequeña, tanto que la ropa me iba inmensa y temblaba de miedo frente al ruido de la aspiradora.

Uno no alcanza a concebir, antes, lo compleja que puede llegar a ser la tristeza. Cuando creí, y deseé sinceramente, morir amarrada a mi camastro, recibí la visita de la señora de la cama 202, quien por casualidad empujó mi puerta y sorprendida, ansiosa, aterrada histéricamente, me dijo, señalando con el dedo hacia un lugar sobre mi pecho: «¡Qué putas es eso!».

3

ANTROPOGONÍA

Tardé algún tiempo en entender a qué se refería la señora de la 202 con «eso». Llevaba muchos días atada al camastro, porque es asombrosa la estupidez de los psiquiatras y muchas veces tuve que abofetearlos para cerciorarme de que eran seres vivos y no máquinas programadas para repetir, valga la redundancia, maquinalmente frases elaboradas cuya función no pasaba de lo fático [Véase Jakobson, Funciones del lenguaje] y obligaban a la conversación a un circunloquio autista, en el que te ibas enredando al punto de que ya no sabías bien de qué balbuceabas ni para dónde ibas, en el que perdías de vista tu objetivo simple, y totalmente acorde con la realidad, de que no había nada mal en ti, de que no estabas loca. Y al final de lo mecánico, se levantaban de sus sillas, extremadamente ergonómicas, para decirte: «Señora Lina, creo que no hemos avanzado. Déjenos ayudarla unos meses más» Y entonces tenga su cachetada, su arañazo, su escupitajo y la certeza desconsoladora de que sí, en contra de todas las evidencias, eran personas a las que les daba miedo, sangraban, se enrojecían, pero siempre, sin excepción, mantenían la compostura de la ética laboral, que no es más que una moral originada en un montón de mitos en los que se esconden, para negarse que toda acción amerita una reacción, que no hay nada más verdadero y humano que abofetear a quien te abofetea.

¡Ah, el eufemismo! La sublimación como un deus ex machina que les caía aparatoso desde el cielo para solapar su reacción en un discurso cortés y recriminatorio: «Señora Lina, en vista de su comportamiento violento, se ha decidido, por su seguridad y la de los demás internos, que será confinada a su cama con las manos y los pies atados para evitar que se haga daño y al personal de la clínica. Discúlpenos la incomodidad».

Pero el tiempo que estuve confinada «por mi seguridad y la de los internos», poco importa para lo que de verdad importa. Solo tenía que estar quieta, fingir que asimilaba con una sonrisa lo mecánico y ofensivo de ese silencio intermitente que los médicos inventaba y dañaban tan bien. El silencio que ofende más que una bofetada y que es preferido todas las veces que a los metafísicos la realidad se les hace demasiado ya, ahora, aquí cerquita. Imagino que algo de toda esa quietud, apenas rota por alaridos y letanías al otro lado de los muros, se volcó en la aparición de la sombra, que tal como dijo la de la 202, se había posado [Véase El cuervo, Edgar Allan Poe] sobre mí, inexistente a mí. Era difícil ver algo cuando todo era oscuridad, cuando los ojos se movían confundidos dentro de sus órbitas, buscando un lugar donde posar el pie, una ramita de luz para descansar la agitación de ver tanto sin ver. Súmenle a la penumbra la tristeza y la decepción, añádanle cuatro muros sin ventanas, necesarias para paliar la melancolía; agréguenle un poquito, una pizca, de silencio y de mordaza y tendrán la receta perfecta para, como por arte de magia y de cansancio, mirar hacia el único lugar donde quedaba algo para ver, oír, o romper o elaborar, todo depende desde la nada desde que se le mire: dentro, al fondo de mí.

Cerré los ojos.

Dentro la oscuridad destellaba con visos tornasolados de pasado, luces que aparecían y se apagaban y tenían el rostro de lo que abandoné, de lo que leí, de lo que amé. Despacio, con paciencia, fui mezclando las luces procurándome una salida a la oscuridad cada vez más negra; las unía para hacer una luz grande como un faro con la que consiguiera iluminarme dentro. Y en ese revolver de destellos, terminé por no saber con seguridad qué rostro era cuál, qué pasado era pasado y cuál era una promesa de amor difuminada por un corazón roto. Un palimpsesto de los añicos y los futuros, en el que no se podía leer nada. Así los días, no sé cuántos, se iluminaron dentro con ese entretejido de centelleos que duraban lo suficiente para estar, pero no lo suficiente para reconocer. Un teatro de sombras sobrepuestas se oponían en luz y, tal como sucedió, iluminaban el objetivo que estaba perdiendo de vista y que ha timoneado todo desde que entendí que no hay mito que soporte este aguacero de pecho [Véase un poema que no recuerdo] que es estar aquí, solo para soñar con estar allá, dejando de ser para ser: regresar no es ser, era mi estandarte, útil para seguir con los ojos puestos en la confusión de luces y sombras idóneas para seguir vaciándome, sin importar cuánto del camino andado desapareciera en el empeño de no fluir con todo.

Lo lejos que estés de ti mismo es la medida de todo, y yo estaba, gracias a la tozudez mecánica de los médicos, más cerca de mí que nunca. La medida de todo era ese haz —instante— que me separaba de mí y que era yo misma obligándome a no desfallecer. Un espacio tan pequeño en el que extrañamente sí cabía un todo apretujado, enredado, pero posible.

Luego del grito de la del 202, con la luz que entró por la puerta siguiendo el cuerpo flaco de la mujer, comencé a sentir la pesadez que antes del señalamiento no sentía. La sombra sentada en mi pecho se hizo tangible justo después de que la mujer rompiera el aire con sus gritos y el sonido rompiera mis tímpanos y me empujara a alzar la cabeza y a no poder ver mucho porque la corporeidad de la sombra estaba atravesada. La respiración se me hizo entrecortada, dificultosa por el peso, no me era posible mover mucho la cabeza hacia los lados porque me lo impedían las correas. Apenas podía ver un fragmento de su cuerpo, el dedo de su mano izquierda señalando y tapándose la boca con la mano libre.  

No sabía cómo contestarle,  no podía más que proferir gemidos porque la mordaza se enterraba mucho impidiéndome mover la luengua. Como tampoco entendí si se refería a mi sombra con «eso», recosté mi cabeza en el camastro pensando que así me sería más fácil respirar. Pero, como era obvio por su peso, proporcional a la tristeza y bajada de ánimo, estuve respirando con vehemencia, expirando con cuidado  para que no me hundiera el pecho hasta el punto de que no consiguiera inflarlo otra vez. Cabe aclarar, ahora que ella hace parte de mi vida, que no sentí sorpresa por su presencia. No sé a qué se debiera mi tranquilidad ante el hecho, ciertamente desconcertante, de una sombra posada en mi pecho. He construido muchas conjeturas; no las contaré aquí, simplemente, porque ninguna de ellas  resuelve la incógnita y sería llover sobre mojado en la mera especulación.

Pasaron más días. Los médicos venía y viéndome tan tranquila, en lo violento, y tan asfixiada, decidieron que ya era  hora de liberarme. Ellos, como si no existiera, no dijeron nada acerca de la sombra que, con las luces encendidas, tenía la forma definida con nitidez. Ahí estaba, aún sentada en mi pecho, mirando atenta los movimientos de los médicos, asintiendo con sus comentarios, siempre de acuerdo con todo. La sombra era mujer, un como fui antes de empequeñecerme tanto, con la textura que tuve recién llegué aquí; el pelo largo que se desprendía de la silueta en hilos negros, acorde con las leyes de la física que rigen el mundo de los que no son sombra, pero solo su pelo tenía cadencia , nada más en su silueta se movía. Como si estuviera desnuda, sin ropas que hicieran arrugas para alcanzar a notarlas. Me desataron. Al incorporarme, la sombra corrió como un gato. a cuatro patas, la cola al aire, y se aferró a mi espalda con manos y piernas, halándome un poco hacia atrás de nuevo. Tuve que sostenerme con los brazos flacos, amainados por la falta de uso, hacer un gran esfuerzo por incorporarme cargándola  a ella y a mí. La tranquilidad de respirar de nuevo, valía su nueva posición. Era de mañana cuando abandoné la celda, que no era celda según dijeron los médicos, sino una habitación de descanso y reflexión. En el pasillo el sol se metía por las ventanas, cortado por la sombra de las rejas que impedían los ímpetus de un suicida decidido.  Caminé el pasillo hacia mi habitación, seguida por tres médicos y dos enfermeros de los más grandes y gordos. Mi sombra era inmune a la luz de las ventanas, a «esa» luz, pero no a la alegría de verme otra vez libre de las manos y de los pies y de lo que fui. Con cada gritito de euforia, con cada sonrisa, la sombra iba perdiendo consistencia , se hacía más clara y de ese modo pesaba menos. La sensación por su liviandad no era de felicidad, era más la que se tiene al recordar de repente, que traías una maleta que ya no traes. Entonces, dejaba de alegrarme: Dejaba los paroxismos y adoptaba un gesto duro, serio como el del arlequín sin maquillaje que está seguro de que todos lo reconocen y decide anticiparse al odio con odio sin razón. Era imposible saber si estaba muy feliz o muy triste, mi cara era un bote de basura recién vaciado. No era mi intención que «eso» que había nacido como muestra «tangible» de mi resolución por no fluir quieta con el río, desapareciera. Pesó lo justo en el equilibrio. Fui a la sala de televisión, allá los demás se entretenían con juegos de mesa y con la voz de un presentador de concurso al que nadie le prestaba atención. Iba expectante de lo que dirían los otros, de cómo certificarían su existencia o de cómo la negarían permitiéndole ser solo para mí. Como secretamente quería que fuera. Sus caras de sorpresa. sus preguntas, me indicaron que también ellos la veían, y aunque quería ejercer mi egoísmo con descaro, me reconfortó saber que no estábamos solas, que era tan real como esa vida de la que me quería evadir.

Nos mantuvimos en silencio por más tiempo. Me esforzaba por que mi ánimo se mantuviera en equilibrio con su peso y su existencia. No la dejaba existir tanto, porque cuando eso pasaba, el dolor en la espalda me postraba en la cama y entonces ella, se posaba en mi pecho impidiéndome respirar.  Si por el contrario se hacía liviana, traslúcida, me invadía una sensación de abandono  y angustia que creía que mi objetivo se desmadejaba, la luz confusa se apagaba y perdía de vista mi cerebro y vivía como si me desconectarán el ser de lo que soy.  Extrañamente, esa sensación de abandono y angustia, aunque me daban algo similar a la tristeza, no retornaban la sombra a su oscuridad y existencia justa. De ese modo entendí que el abandono,. pero más la angustia, distan mucho de lo que llamamos tristeza. La tristeza, parece ser, que no es un estado en el que nos falte algo, es decir, la verdadera tristeza no admite la añoranza de lo que ya no es, sino que es por ella misma, como en un ciclo, como una ouroboros que se muerde la cola, quieta en el mismo lugar. Para la angustia sucede similar, solo que en ella no es un ciclo quieto, sino un ciclo que quiere avanzar, como la rueda de un carro, sin encontrar para dónde ir. Lo importante no es eso, lo importante fue el momento en el que me di cuenta que ya no podía vivir sin ella. Las razones de esa certeza, se vinculan, como ya habrán de intuir, con que esa sombra era al fin la realidad del vaciamiento, el no-fluir del río. Y aunque se me hace difícil verbalizar la seguridad de que en ella al fin podía ser, vacía de mierda, sin regresar, intentaré que nuestra primera charla (la sombra y yo), un domingo soleado sentadas en un café, den claridad al respecto.

4

AGONÍA

La palabra agonía tiene una raíz común con cosmogonía y con antropogonía. Aunque muchos metafísicos se empeñen en aseverar que la verdadera raíz de «agonía», está más del lado del agón griego, que del verbo gignomai que significa «llegar a ser», «devenir», y que es sustantivizado en génos, la forma que nombra los comienzos; yo soy de las que cree que los metafísicos siempre acomodan la etimología al antojo de sus arbitrios. Agón significa lucha, contienda, la lucha que se daba entre dos actores en donde el coro hacía las veces de juez en las representaciones dramáticas griegas. Así la agonía solo sería la lucha desesperada por la vida, otro pataleo por ser en el regreso, que es lo que quiero evadir. En contraposición, una definición más exacta de la agonía sería: los pródromos de la muerte, es decir, eso que está entre la vida y la muerte. Pero siendo aún más exactos, usando una etimología más acorde con la realidad, me atrevo a afirmar que «agonía» se compone de la raíz génos y del prefijo de privación a. A-génos, a-sin, génos-comienzo. Desde tal definición, me es difícil entender quién escribe ahora, en qué lugar de mí esté, si es que sigo estando. Quizás es que ahora vivimos alternándonos y estamos puestas, mi sombra y yo, sobre la A, y el génos solo se haya transformado en una imposibilidad. Me gusta pensar, motivada por la presencia de mi sombra, que en este punto somos una alternancia, una escisión dinámica: me gusta pensar que la sombra es A y yo soy génos, y a veces yo soy A y ella el génos, y que juntas formamos la palabra, alimentándonos mutuamente, alejándonos de la exactitud semántica (neologista en contra de los metafísicos) de «agonía».

Agonía es eso que precede a la muerte. Agonía es el tiempo en el que el cuerpo, cansado de ser, o víctima de una negación por parte de otro, desiste de seguir siendo. La agonía se caracteriza, principalmente, por una dificultad creciente para respirar y por una descarga intestinal que vacía toda la mierda contenida. La agonía sería perfecta para el vaciamiento y el ser sin regresar, si no estuviera viciada de esperanza. Nunca esperamos más que en el espacio de vida en que agonizamos. Nos vaciamos de mierda, pero nos rebosamos de esperanza, que igual es una mierda efervescente de pasado. Lejos de lo que la gente del común asume como definición de la esperanza, la esperanza solo da la impresión borrosa de un futuro. Es decir, la esperanza no nace de la posibilidad de lo que vendrá, sino la certeza apabullante de todo lo que fue, eso a lo que nos aferramos para soñar con que un día se repetirá.

[Cabe aclarar que la esperanza y su aferrarse a lo que fue, no implica una prexistencia real del pasado. Cuando hablo de aferrarse a lo que fue no asevero, necesariamente, que eso haya sido en lo real, pues lo que fue también existe  como un sueño roto, como un deseo que nunca se resolvió , como una posibilidad truncada. Entonces, la esperanza, del modo en el que la explico, también sabe asirse a cada una de las cosas que luchamos, prendimos y que nunca pudimos tener].

Sigamos.

Agonizando tenemos esperanza, teniendo esperanza soñamos cono que fue para que vuelva a ser, en resumen. Idea que ajusta perfecto con el regreso para ser,ya que dejamos de ser. La agonía, el momento del estertor, nos empuja a querer regresar. Conscientes de que el tiempo no va para atrás, recurrimos a los paraísos propios del mito que hemos profesado toda la vida, a su promesa. Vamos dejando de ser, tranquilizándonos, en la realidad  de que más allá tendremos otra oportunidad…

[Una oportunidad sin taras. No hay mito que anuncie un más allá en el que tengamos que esforzarnos por conseguir algo, ¿qué clase de paraíso sería ese en el que se nos niega la felicidad o se media por los esfuerzos? Eso no, pues ese sería un paraíso indigno con el mito y su visión totalizante y excluyente y obcecada].

Esa otra oportunidad, ese regresar o al menos su pretensión primera, como ya lo he explicado, es la razón de que me haya vaciado, ahora sí, para no fluir con la corriente del río de heces. Reitero: solo regresa quien no aprendió nada con su huída; añadámosle ahora un colofón: solo regresa quien desvirtúa su fluir presuroso, mejor, quien no reconoce en sí mismo que nunca pudo ser por sí mismo, irse en contra, para sí mismo, y tuvo que ser para algo que estaba lejos de él y a lo que temía y amaba y era el hogar y al mismo tiempo la condena.

La conversación con una sombra, no es precisamente una conversación. No hay en el acto de proferir palabras un entrelazamiento, ruptura ni movimiento hacia un momento en el que sea correcto decir que se construyó algo. Una conversación con una sombra, las pocas veces que es posible, gravita alrededor de lo que llaman, los de afuera: emerger. El lenguaje interno rompe la contención a la que se ve sometido por la vigilancia atenta del cerebro, se libera de la norma y se expande al azar, regándose. Si bien es cierto que la confianza de que sí existía mi sombra, avalada por todos los que se acercaron intentando entablar conversación con ella, me daba  tranquilidad en cuanto a mi salud mental, eso no era suficiente para que por momentos dudara de su estado aquí. Muchos de mis compañeros de la clínica, cuando tropezábamos por los pasillos, nos saludaban amablemente, hubo algunos hombres, zafados, quien es animados por su desnudez aparente, intentaron flirteos a los que mi sombra respondía —en silencio— con movimientos corteses de reclamo. Alguna vez el señor de la 106, me confesó que estaba perdidamente enamorado de «mi amiga», y que si debía amarme para tenerla a ella, así lo haría. Cortésmente, tal le aprendí a mi sombra, rechazamos sus avances. Aunque si hubiera dicho que estaba enamorado de mí, tal vez habría accedido a un encuentro de carácter sexual, solamente, no hay nada en el placer sexual que se oponga al vaciamiento como estilo de vida. Es más, el orgasmo es el vaciamiento por excelencia. Todas esas confirmaciones en la otredad, me llevaron una noche, mientras no me decidía a acostarme de imaginar la asfixia inherente al sueño desde que la sombra estaba conmigo, a por fin atreverme a dirigirle la palabra. Es terriblemente abrumado no encontrar una frase que rompa el hielo cuando debes hablar con alguien —algo— que pasa más tiempo contigo que tú misma. Es sencillo entablar conversación con una persona, un Hola basta para que se active el mecanismo y ruede, despacio o veloz, hacia una indagación mutua. No lo eso, pongamos por ejemplo, entablar conversación con un tumor.

Los días previos a esa noche medité seriamente sobre cuál podía ser mi primera palabra. No supe. Mi atención se centró en el intento de descifrar cuál era el mito que nos era común. Yo era parte del aquí, del mundo real , y ella… bueno, quizás parte del aquí y de aquí —me señalo el corazón y la cabeza—, de mi modo de adentro, nacido en un vértigo por no ser lo que todos iban a ser dejando de ser en el regreso [Véase Cosmogonía, apartado 2 de este texto].  Así, cualquier avance conversacional desde el mito tradicional, era como tener fe en que un avión se elevara desde el fondo de un pozo.

Pensé en mi sombra como mi Adán,  aparecido luego de que separa la oscuridad de la luz en ese confinamiento «por mi bien y por el de los pacientes», y todo lo que fue antes de ese momento, lo que podríamos llamar: mi vida real, fue la invención del universo en el que ella era viable. Imaginemos por un momento que para el mito cristiano existiera un antes, algo como un pregénesis que contara las vicisitudes de un Dios agobiado por el aburrimiento y por su poder infinito, por no saber qué hacer con él. En ese pregénesis, pre-génos, ese dios cavilaría. Se desaburriría, de destiempo en destiempo, forjando un planetita insignificante en una esquina de la nada y viéndolo consumirse como la flama de uan vela puesta muy cerca de la ventana. O tal vez, encendiendo un cometa y soplandolo solo para romper la quietud y poder verlo cruzar repetidas veces. Y así, de cosita en cosita, equivocándose o acertando, consiguiera inventar el lugar que Adán necesitaba, que su nada infinita necesitaba. Creo que la explicación ha quedado clara, ya no se hace necesario dar más razones a por qué consideraba a la sombra, mi Adán.

Entonces, la pregunta inicial, la que activaría la conversación, se desordena tendiendo a lo metafísico. ¿Cómo hablaría Dios con su primer hombre? La biblia da luces sobre eso. Allí se cuenta cómo Dios  habló con él y lo desterró y etc. Pero en ellos era posible el verbo porque compartían un mismo mito, por lo que un pacto [Véase Hobbes, Leviatán, Cap. XIII] era posible., totalmente razonable, además.

Yo me había sentado en la silla, frente al escritorio de madera vieja que tenía en mi celda. cuarto (el uso del pronombre es intencional). Ahí balbuceé letras sobre una hoja a la manera de los publicistas: lluvia de ideas. Per cada una de las frases que se me ocurrían adolecían de mundo real, es decir, de mito tradicional. La Sombra (la mayúscula es intencional), en perfecto equilibrio (des)existencial, abrazada a mis hombros, miraba atenta cada garrapateo de mi lápiz. Negaba con la cabeza añadiendo otra sombra que agrandaba mi sombra proyectada sobre el papel y el escritorio. Frustrada por mi imbecilidad como creadora de todo, quise tener una ventana por la que pudiera ejercer el fracaso, regodearme en lo que abandoné, para así encontrar como en un renglón invisible, la negación irreversible de todo, un punto de partida para nuestro verbo y nuestro pacto. Era obvio que Dios solo pudo hablar con Adán cuando intúyó que tal vez pudo equivocarse al negar esa nada tranquila y aburrida que destruyó para  inventar un mundo a beneficio de su soledad y su descontento con su famélica condición de todopoderoso. ¿De qué sirve el poder cuando nadie más lo padece? ¿Cuando no hay sobre quien ejercerlo? ¿Cuando no podemos deshacernos de él, rotarlo entre todos? [Véase Michel Focuault. Surveiller et Punir: Naissance de la prison]. Un rey sin súbditos no es más que un hombre triste en un castillo. [Véase mi cuento corto: El rey de todo].

Llamé a mi guardia-enfermero, le pedí que me acompañara a dar un paseo por los pasillos vacíos de la clínica, en los que la luz lunar de una sucesión infinita de ventanas, lanzaban su brillo sobre el suelo. Él aceptó. No tenía más adónde ir y era mejor caminar conmigo que seguir solo. Caminamos juntos, mi sombra, el enfermero y yo, con pasitos cortos. Él, unos cuerpos atrás de mí, atento a mi escape aunque no tenía ganas de escapar, al menos no para el mundo de afuera. Me detuve frente a una de las ventanas y miré. Recorrí distriada las luces de los postes que caían en chorro sobre los árboles y la grama verdísima del patio, un verde de campo de fútbol de estadio europeo. Más allá del verdor y la luz blanca, no se veía nada. Los muros altísimos, que casi rozaban las nubes algodonosas arriba en el cielo, anulaban el mundo convirtiéndolo solo en la imposibilidad de los muros, en el límite de nuestra cadena. La sombra se sobresaltó en mi espalda, el temblor de su oscuridad cosquilleaba en mis caderas y en mis hombros. donde sus manos y sus piernas hacían simbiosis con mi cuerpo. Pude ver entonces como vería ella, como si sus ojos fueran mis ojos.

Explicar cómo supe que ya no era yo la que veía sino que era ella, es confuso; aún no hay palabras que signifiquen su abstracción reciente de lo de afuera. Supe así que ella ya tenía un lenguaje para nombrar los objetos de nuestra limitada cotidianidad, pero no lo tenía para lo que la ventana nos ofrecía, a pesar de su estrechez de miras. Su temblor no era de miedo sino una alegre ansiedad, como la que tiene un niño cuando sabe que mañana verá el mar.

 

[Como ya han de saber la mayoría de los que por azar me leen, el lenguaje no es solo el de las palabras o las letras. Es lenguaje también la pintura, la música, la danza, porque el lenguaje no se reduce a lo que las profesoras de colegio explican, no es la facultad humana, netamente humana, de comunicarse y significar el mundo (significar, qué palabra más tramposa). El lenguaje, de un modo más acertado, es ese sistema de signos que entrelazadas significan y comunican. Significan por convención, por consenso, es decir, porque un grupo de personas comparten el significante, más claro: el concepto que representa el signo. La pintura es un lenguaje cuyos signos son las formas, colores, la composición, y quien no comparta lo que esos signos representan, no se podrá comunicar con el pintor, al nivel de su pintura.]

 

Fue una posesión, en el sentido etimológico de la palabra. De pie frente a la ventana, ella fue yo, me tomó en la necesidad de nombrar lo nuevo que se mostraba a nuestros ojos. Y como un niño plagado de asombro, lentamente fui desapareciendo en la necesidad de sentir, de habitar, de existir más allá de mí, que antes de ese instante, solo era una vara con la que ella tanteaba lo que era lo real, sin sentirlo de verdad. Pienso que no lo había hecho antes porque nuestro entorno no era rico en sensaciones. La permanencia en la clínica era una rutina que impedía el entusiasmo por sentir. Algo de afuero motivó en la sombra una fuerza por aniquilarme y yo quería ser destruida. En mi cabeza, que ya no sé a quién representa el pronombre, se sucedieron un sinnúmero de… objetos, imágenes, sonidos, colores, formas, luces y sabores que lo arrasaban todo. Se erigían en medio, con violencia, como un hombre hambriento frente a una mesa servida con manjares. La sombra hablaba un lenguaje que era un todo simultáneo atronador dentro de mí. Un todo que se mezclaba vertiginosamente, un remolino0 que lo halaba todo a su centro… y cuando lo hubo consumido todo en mi interior, hasta mi faro de luz confusa, explotó quebrándose en muchas y minúsculas partes, que inundaron todo dándome una sensación de paz, paz absoluta, con todo lo que de soso tiene lo absoluto.

 

[No hay forma de explicar la pa. Podríamos abocarnos a muchas comparaciones,a símiles vacuos que no alcanzarían a rozar la esencia del sentimiento. Era como… o como… o quizás como… y dada su futilidad, no entraremos en disertaciones inasibles, en sensaciones inefables. Paz es el estado de anulación y vaciamiento, una nada blanca donde no hay caminos que seguir en ninguna dirección; atrás o adelante, regreso o avance, no importan porque la nada clara, no empieza ni termina. La paz no es nadie, la no es dónde, la paz no es cómo ni es en el mito ni en la destrucción del mismo; la paz es no fluir. La paz es un instante donde todo es estático y nada cruje ni se siente el tiempo corroyendo el mundo].

 

Creo que nos desmayamos. Tenga en cuenta lector, usted que ha llegado hasta aquí, quizás entendiéndolo todo o totalmente sobrecargado, que como dije al inicio de este apartado, no hay forma de estar seguros quien escribe ahora. El pronombre es intencional. Y si he usado primera persona a lo largo de todo, ha sido más porque no es posible inventarlo todo despersonalizando los actos.

Sigamos.

Desperté en mi cama, la respiración entrecortada por el peso de la sombra que en su ansiedad de satisfacer el asombro,se había hecho más corpórea: oscura como el universo, salpicada de lucecita que eran mi yo desperdigado por ella luego de absorberlo todo y arrojarlo todo. Y ella me miraba y yo me veía a mí misma, y a ella, al mismo tiempo, como fuera de mí. Nos veíamos al mismo tiempo. Y ahí estaba su cuerpo, sus ojos marrones mirándome, su pelo corto y revuelto. las líneas de su cara definidas por la luz que se colaba débil por los resquicios de la puerta, sus labios rojos que empalidecían y se abrían procurándose un poco más de oxígeno. Su pecho subía y bajaba, meciéndome. Cuanto más se ahogaba, yo más pesada me hacía. Luego fueron sus ojos que se nublaron como si fueran a llover. Esperé, ansiosa, a que el vaivén de su pecho cesara con mi oscuridad clavada en su cara, mis manos aferradas a sus hombros y mis piernas rodeando sus costillas. Despacio, mis manos fueron abandonando su color de universo como un vaho que se levantan tibio de un suelo mojado, fueron tornándose del color de sus manos, que seguían inmóviles a sus costados sobre el camastro. Pude respirar al fin, sentir frío de mi desnudez, percibir la forma exacta de cada una de las cosas en mi interior, que latían y arrancaba.

Cerró sus ojos con una sonrisa en su boca. Caí en su cuerpo absorbiéndolo para mí y mastiqué con ganas su manzana, esa que ella descolgó del árbol para mí porque sabía que solo esta era la forma de terminar con todo y vivir el mito que inventó para poder fluir anulada en mí.

Dios ha muerto, al fin… y ni siquiera supe su nombre.

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