EL PERRO, LA COMIDA Y EL AMOR

La voz se le quebró. Dejó de mirarme

—Y yo…

La voz no le dio. Supe que de seguir ahí, frente a él, se echaría a llorar. No podía soportar la imagen de un hombre llorando, más si es por mi culpa.

—No hables. Ya no tenemos más qué decirnos.

Tomó la cajetilla, con torpeza sacó un cigarrillo que sostuvo entre sus dedos con gesto ausente. Levantó la cabeza hacia donde yo estaba. Como si fuera transparente, sus ojos me atravesaron. Dos lágrimas incompletas le colgaban de las comisuras de los ojos. Sentí que también mi corazón comenzaba a romperse, despacio; incompleto.

—No lo hagas más difícil, mi amor.

Se reclinó sobre el espaldar de la silla, ya las personas nos miraban a pesar de que le había dicho todo en voz muy baja y de que él no había pronunciado palabras. Solo pedazos, insinuaciones de una oración que yo no quería escuchar.

—Diego, así son las cosas. Lo siento.

Pareció asentir, pero no estoy segura.

Desvié mi atención fingiendo mirar un perro que cruzaba, fuera de lugar, entre las mesas del café. Venía olisqueando el suelo, levantando el hocico en dirección a los comensales; suplicando, también. Diego siempre fue un hombre fuerte, no era grande o musculoso, simplemente tenía eso que te hace sentir segura. Su forma de hablar era entera, compacta como un pedazo de hierro. Su gesto siempre orgulloso y altivo, con esa soberbia hermosa que le daba saberse mejor que los demás. Las personas lo respetaban, pocos se atrevían con él, su inteligencia intimidaba. Y en ese momento, me era inevitable ver en el perro un gesto similar al que él se esforzaba por ocultar. Por eso no hablaba, para que no se le cayera lo que era a pedazos.

Un vidrio recién quebrado al que el más leve susurro de la voz, dejaría hecho pedazos por el suelo, pensé.

Acaricié la cabeza del perro con las dos manos. Diego seguía con los ojos puestos más allá de todo. Miró distraído al perro y le puso en el suelo un pedazo de bizcocho que yo no había terminado de comer. El perro lo devoró con avidez, salivando y jadeando con desesperación. Diego sonrío con tristeza.

—Creo que es mejor que me vaya. Espero me entiendas y no me busques más.

Silencio.

Y seguí sentada, no sé por qué.

Solo una vez, unos años atrás, había guardado el mismo silencio. Fue cuando supe que sabía de lo mío con Jonathan. Pensé que no se iba a dar cuenta, no tenía cómo. Jonathan era un compañero de trabajo con el que me metí por venganza. O al menos eso le dije a Diego, quien me creyó. Luego, pensándolo bien, y ante la posibilidad real de perder a Diego, me convencí también yo de eso; ahora me es imposible pensar en Jonathan más allá de como un erro motivado por un juego estúpido de una venganza tan tenue como para agarrarla completa. Quizás sí fue venganza, quizás no, eso no importa.

Cuando cumplí una semana saliendo con Jonathan, ¡solo una semana!, Diego me citó en la tarde para comer. En el restaurante, sentado en la mesa, abrió su maletín y sacó una agenda con hojas blancas.

—Sabes que te amo, ¿cierto?

—Sí, lo sé.

Le respondí queriendo parecer dulce.

Arrancó tres hojas de la agenda, en las que se veían apeñuscados los garrapateos minúsculos de sus letras. Me había escrito una carta, como nunca antes nadie me la había escrito, a la vieja usanza: la fecha en la parte superior, la letra con pluma y un doloroso «mi amor» como encabezado. Doloroso luego, no cuando lo leí.

—Y también sabes que mi amor implica respeto por ti. Y ese respeto, desafortunadamente para algunas personas, está atravesado porque mi mano no sostenga otra mano, porque no bese otra boca… o porque mi corazón funcione siempre a favor del tuyo., ¿cierto?

—Sí, lo sé. Pero no entiendo de qué hablas.

Aparenté enfado. Le dije que él nunca había confiado en mí, que siempre creyó que yo era una perra. Alcé la voz, manoteé.

—Nunca he dicho eso.

Me entregó las hojas.

—Lee, te espero.

Llegando a la segunda página entendí de qué se trataba todo. La primera página era una hermosa carta de amor, en la que me explicaba qué cosas de mí lo habían hecho enamorarse, sin qué no podía vivir de llegar a abandonarlo, cuánto y de qué manera, me había demostrado su amor.

«A veces, no importa nada de eso. El amor se hace un montón de palabras afanadas por la rutina. Y nos parece entonces que ese amor no es más que un compendio de ayeres que necesitan, a fuerza de algo externo, convertirse en un mañana disfrazado de promesas. Eso no está mal, mi amor, eso pasa. Eres libre de enamorarte, de entusiasmarte, de creer que tu futuro puede ser mejor si hay algo nuevo que lo motive. Eres libre de querer a quien tú quieras. Pero hay algo de lo que también eres libre: de romper el corazón.

»Hay momentos donde se hace inevitable. Momentos en los que pones en riesgo todo, y lo mejor es decidir por lo que consideras será mejor para ti. Cuando eso se presenta, vienes —con el respeto implícito de mi amor y del tiempo juntos—, y me dices: ‘Mira, perdóname, quiero estar con alguien más’. Te mentiría si te dijera que decir las cosas antes de que sucedan, blinda contra el dolor de perderte. Me dolería de la misma manera. Pero al menos, tendría la certeza de que más allá de haber mirado hacia otra parte, más allá de querer compartir tu vida con alguien más, más allá del abandono, valoras todo lo que fuimos, te importa que te he amado sin falta, que te he cuidado y me has cuidado; que importan todas esas veces que solo nos tuvimos uno al otro.

»Jugar con el corazón de quien te ha amado, es jugar con la posibilidad del arrepentimiento. Del mismo modo en que un cualquiera se hace importante de repente, también deja de serlo. Y es ahí, cuando te das cuenta que te equivocaste, donde toma sentido ser sincero. Parada sobre la verdad, puedes mirar atrás, arrepentirte y procurar ser entendida y perdonada. Hasta para dañar a otro, se necesita dignidad, y tú la has perdido toda. Aunque sobre en este punto decirlo: sé lo de Jonathan, con más o menos detalles, pero lo sé».

La carta explicaba además cómo lo había sabido y lo triste que mis mentiras lo hacían sentir. Pero Diego no decía nada, comía en silencio mientras yo leía.

«Sabes que te amo. Y si me dices ahora mismo que quieres estar con él, lo entenderé y me haré a un lado.

»Lo prometo».

Ofuscada se lo negué. Le grité que para qué estaba conmigo si no iba a confiar en mí, que él solo quería sacarme verdades con mentiras. Diego, con el gesto triste, soltando los cubiertos sobre su plato, sacó el teléfono del bolsillo, buscó un número y llamó. Puso el altavoz. Cuando oí la voz de Jonathan sentí mucha más rabia, porque creí que había estado revisando mi teléfono celular.

—Cuelga, eso no tienen sentido.

Espero y le preguntó a Jonathan por su novia, él respondió: «Está con usted, Diego».

Quise pelearle por el número y por su atrevimiento y volví a gritar.

—Mi amor, —me dijo —un día me llamaste de ese número para pedirme que no pasara a recogerte porque estabas enferma y tu mamá te recogería.

El resto de la noche, no dijo más mientras yo lo gritaba, lo llamaba loco obsesivo, me arrepentía con lágrimas y manoteos por haberme metido con un tipo tan débil, tan enfermo como Diego.  Impasible, terminó de comer. Salimos del restaurante, en el taxi, también yo me había quedado sin palabras. Mirábamos cada uno por su ventana y el taxi corría veloz por las calles vacías en la madrugada. Diego iba llorando, ocultando sus ojos para que yo no lo viera, pero lo escuchaba.

Al día siguiente, en el trabajo, Jonathan me insinuó que si dejaba a Diego, seguiríamos juntos. Viéndolo entendí el hombre tan simple que era, mi estupidez. Lo dejé y busqué a Diego, lo llamé y él me contestó con dulzura. Le pedí perdón, me perdonó.

Quizás en el instante en el que Diego veía al perro comer, tan callado como esa vez en el restaurante, pensé en la carta y en Jonathan porque su actitud me insinuaba que también esa vez lo sabía. Solo que no podía escribirme una carta amorosa, porque con Manuel aún no pasaba nada. Y tampoco quería dañarlo más diciéndole que me iba con él, no era necesario, con terminar la relación era suficiente. En Manuel veía todo lo que creía perdido en Diego. Pero me engañaba, ahora es claro. Viendo cómo Diego se desmoronaba con mi abandono, recordé todo eso que amaba de él y que no le había dicho antes, esas cosas que Manuel no alcanzaba siquiera a rozar y que como lo decía Diego en su carta pasada, la novedad suele magnificar en el embuste de la conquista.

No podía dejar de verlo. Concentrado en la imagen del perro, sonriendo tristemente y acariciando el lomo del perro.

—Perdóname, Diego. Yo no quería que las cosas fueran así.

No me atrevía a decirle que me había arrepentido, que ya no quería dejarlo.

Al fin me miró, directo a los ojos con sus ojos llorosos. Acarició al perro que movió la cabeza y lo miró agradecido masticando.

—Te deseo lo mejor. Espero seas feliz, Ana María. Siento no haberte sido suficiente.

Se levantó de la silla, se secó los ojos con el dorso de las manos. Caminó unos pasos entre las mesas del café y de repente, le clavó una patada en las costillas al perro que aún no terminaba de masticar. Una patada con tal fuerza, que el café se llenó de un chillido ahogado, y el perro voló unos metros, intentó levantarse, pero la asfixia y el dolor lo tiraron otra vez al suelo.

—Pregúntale si le importa la comida que le di. O si recuerda su nombre, quizás se llame Manuel. Ahora sí, sin duda, somos iguales.

Sonrió llorando y se fue, para siempre.

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