LOS AMANTES

Solté mis llaves entre el tazón puesto junto a la puerta. El sonido del agua  llegaba desde arriba con claridad. La sala estaba oscura, apenas iluminada por la luz del zaguán proyectada por las escaleras. Subí.

—Pensé que hoy no saldrías.

Lo dije en voz alta, sabiendo que Viviana fingiría no oírme. Me recosté en la cama y encendí el televisor. Me quité los zapatos que cayeron al suelo haciendo un ruido de piel muerta. La habitación olía a la mañana: a ducha y a calor de cobijas. Imaginé a Viviana acostada toda la tarde viendo películas. No hacía más luego de arreglar la casa. Me dolía la cabeza, supongo que por las ocho horas que pasaba pegado a la pantalla del computador. Viviana no trabajaba. Decía que las mujeres no deben trabajar, que las mujeres se encargan de la casa, como había sido siempre. Apagué el televisor. Me quedé unos minutos mirando al techo, imaginando, por los ruidos que me llegaban del baño, qué hacía ella en ese momento. Sabía que cuando el agua paraba y corría unos minutos después, se lavaba el pelo o se depilaba el pubis. El día anterior se había lavado el pelo. Negué con la cabeza, sintiéndome un poco decepcionado.

Tomé una revista que estaba sobre la mesa de noche. La hojeé distraído, viendo algunos diseños de bordado en punto de cruz. Que yo supiera, Viviana no sabía bordar. Pero había tantas cosas que nos conocía de ella, que eso no era más que una tontería al lado de todo lo demás que me ocultaba. Me faltaba entusiasmo para indagar. No me importaba.

Viviana salió de baño precedida por una nube de vapor y el olor a jabón intenso. Llevaba el pelo recogido en una moña alta, seco, como lo supuse.

—No escuché cuando llegaste.

En su cara no había sombra de sorpresa. Caminó en puntas de pies hasta el tocador. Se sentó con las piernas abiertas sobre la silla sin espaldar, envuelta en la toalla. Soltó su pelo, comenzó a peinarlo mirándose las puntas.

—¿Me das plata para cortarme el pelo?, lo tengo hecho un asco.

Esa era la cuarta vez en ese mes que me pedía, y le daba, para cortarse el pelo. Saqué mi billetera del bolsillo de atrás de mi pantalón, puse sobre la mesita de noche un billete de cincuenta. Sin mirarme, pidió otro.

—¿No esperarás que le deje mi pelo a cualquier peluquera de barrio?

Puse otro billete.

—Pensaba que hoy no ibas a salir. Había hecho reservaciones para el cine. Hay una película que quiero ver y hoy la quitan de cartelera.

Mentí.

—¿Cuál?

—La noche difusa, es del alemán ese de El día líquido, creo que es la precuela.

—Ya la vi…. Las dos.

—Bueno, después pensaba invitarte a comer y a bailar.

Mentí, otra vez.

—Puedes verla en Internet. Buscas en el historia, creo que la vi el martes. Ahí está el link y la página, carga muy bien.

De todo lo que pasaba: sus salidas, sus llegadas tardes, la distancia, lo único que me removía la cabeza era conjeturar sobre dónde había conocido al otro hombre. Sólo comenzó a salir luego de conocerlo, suponía yo, algo más de cuatro meses.

Al terminar con su pelo, se levantó y dejó caer la toalla a sus pies; antes sacó de entre sus senos el celular, lo dejó sobre el tocador en un rincón, junto a sus muchos aretes. Los músculos de su espalda se marcaban mucho, muy lindos. Sus nalgas pequeñas, paradas y firmes, no mostraban marca de celulitis. Usaba una tanga negra muy pequeña que se metía entre sus nalgas, dibujando una línea fina por sus caderas. No llevaba sostén. No la recordaba tan hermosa, pero no me extrañó, pues llevaba mucho tiempo sin verla desnuda.

—¿Me ayudas ya que hoy llegaste temprano?

Me levanté de la cama. Fui hasta ella recibiendo el frasco con crema humectante para el cuerpo.

—Caliéntala un poquito antes, está haciendo frío.

Puse la crema en mi mano izquierda, solté el tarro sobre el tocador. Froté la crema entre mis dos palmas, la esparcí por sus hombros y su cintura, por toda su espalda. Tomaba más crema repitiendo la operación cada vez que era necesario.

—En las nalgas también, por favor.

Me puse en cuclillas porque de pie me era incómodo. Me cansé rápido de las rodillas. Le pedí que se acostara. Ella obedeció. Se giró. Puso sus rodillas y las manos en la cama y se acostó quedando en cuatro unos segundos, los justos para que viera los bordes de su entrepierna, totalmente rasurados e irritados por la maquinilla. Comencé por sus pies. Los masajeé lentamente, con dedicación. Subí por sus pantorrillas también rasuradas y en las que se veían los poros rojizos y un poco inflamados. En los muslos no le crecían vellos.

—Separa las piernas… ¡Más!

Metí mis manos untadas de crema por la cara interna de sus piernas, hasta arriba; hacía presión sobre su sexo al llegar ahí con la punta de mis dedos, simulando que lo hacía por error.

—Mmm…, es muy rico.

Con las palmas abiertas puestas sobre cada una de sus nalgas, las masajeé con movimientos hacia fuera. Las nalgas se separaban permitiendo ver su ano rosado, atrás de la delgada línea de tela de su tanga. Recordaba que eso le gustaba: sentirse abierta. Viviana gemía y respiraba con aceleración creciente. Estuve en sus nalgas, masajeándolas y separándolas con tal constancia y firmeza, que la tanga se metió también entre los labios de su vagina.

—Súbete un poco.

Me puse a horcajadas sobre sus piernas. Moví mis manos por su cadera, por los riñones, por las costillas y tomé sus senos, uno con cada mano, notando sus pezones duros contra mis palmas. Me recosté sobre su cuerpo. Le besé la nuca con mordiscos de los labios, aprovechando el movimiento con que ella se retiró el pelo a manera de invitación.

—Veo que te estás entusiasmando; más bien, siento tu «entusiasmo».

—¿Por qué nunca me había percatado de lo firme que es tu cuerpo?

—Debe ser por el gimnasio. He ido todas las mañanas desde hace algo más de seis meses.

La seguí besando sin indagar más. Recién ahí recordaba su olor y lo mucho que me gustaba. Besé sus orejas. Viviana giró la cabeza. Me besó echando incómodamente la cabeza para atrás. Su boca era cálida, suave, mucho más acogedora que la de Marcela. «¿Los últimos seis meses?», pensé.

—Quítate la camisa, te he extrañado.

Me erguí. Ella se dio la vuelta. Se sentó en la cama y besó mis labios acariciando con su mano mi nuca.

—Déjame, yo lo hago por ti.

Desabotonó lento mi camisa. Lamió mi cuello y mi pecho, con el mismo movimiento de mordiscos con los labios. Chupó mis tetillas, algo que a Marcela le causaba risa hacer y por lo mismo, opté por no permitírselo más. Sacó sus piernas de debajo de mí. Me quitó por completo la camisa. Me haló para que me acostara. Se arrodilló entre mis piernas abiertas. En el espejo del tocador podía ver su hermoso culo levantado al cielo, la tanga metida entre su vagina, cuando se hizo hacia al frente. Era una imagen excitante. Me desabrochó el pantalón y bajó mi cremallera. Mis manos acariciaban sus senos, descolgados.

—Uhmm… ya lo había olvidado.

Se lamió los labios y le habló a mi pene como si fuera un animalito muy tierno e indefenso. Nunca antes lo había hecho.

—Es que es tan lindo que hasta dan ganas de hacerle ropita y armarle una casita a los pies de la cama.

—Yo si sé dónde le gustaría dormir.

—¿Ah, sí? ¿Dònde?

Le dio besos desde la base. Tomándolo con las dos manos, metió la cabeza en su boca. Un escalofrío me bajó, o me subió, no estoy seguro. Gemía con la garganta metiéndolo y sacándolo de su boca. Yo le acariciaba el pelo. La imagen de Marcela en la misma posición, me venía de manera intermitente. Era rápidamente disipada por esa agilidad que no recordaba en la lengua de Viviana y que al compararlas, Viviana parecía una atleta de triatlón al lado de Marcela, que no era más que una oficinista regordeta. Era inevitable la comparación.

—Es mucho más suave y tenso, duro.

Dijo Viviana, dándome la certeza de que también ella comparaba.

—¿Te excito mucho?

—Como una puta que no me cobrara, mi amor.

—¿Qué dijiste?

—Que como una puta…

—No, no, al final.

—¿Mi amor?

—Sí.

Sonrió y continuó con un brillo que se ocultó cuando cerró los ojos. Soportaba con esfuerzo el placer de su boca. Debía retirarla gimiendo.

—Menos. ¿No querrás que acabe así?

—Lo único malo de que acabes así, es lo que no se podría hacer luego, de resto, no me disgustaría.

Me miró con lascivia.

—Eso sabe feo.

—El tuyo no.

Cerré los ojos. Me concentraba en sentir cada pliegue de sus labios, las presiones de su lengua y de su garganta. Así que había probado otros que sí sabían feo. No pude recordar una sola vez que ella hubiera recibido mi semen en su boca. No se encontraban muchas mujeres dispuestas a eso. Marcela una vez lo hizo, fue por el primer año juntos. Lo hizo como lo hacen las actrices porno, como parte de un juego que inventé en el que ella era mi puta y yo le pagaba cierta suma por cada cosa que le pedía. Cuando me vine, escupió sobre una toalla de papel que arrancó de un rollo, puesto convenientemente sobre la mesita del cuarto del motel. Luego de lavarse la boca, me dijo que nunca más lo volvería a hacer, que se sentía ridícula con esos juegos enfermos. Tomó el dinero, lo metió en su bolso y se vistió enfadada.

—Yo soy tu niña, tu niña chiquitica. Por favor, señor, yo hago todo lo que usted diga, pero no le cuente a mi papá.

Hablaba con voz infantil, como si leyera mi mente respecto a los juegos. Al oírla, me sentí temblorosamente al borde de acabar en su boca. Viviana nunca me había hablado así, yo no sabía lo mucho que me excitaba que adoptara una actitud de niña indefensa. La traje hacia mí tomándola del pelo. Viviana soltó un gemido como de dolor pueril. Se puso a horcajadas sobre mi pene. Movió la cadera hacia adelante y hacia atrás frotando su ropa interior metida sobre mí. Le besé los senos. Ella puso su pelo a un lado. Me miró tierna, alegre por mi avidez para chuparle los pezones, que alternaba o unía para poder chuparlos ambos al mismo tiempo. Siempre me han gustado las tetas del tamaño justo para chuparlas al mismo tiempo. ¿Por qué me había metido con Marcela? En la oficina tenía fama de mujer echada para adelante, trabajadora, juiciosa, pero me sobraba boca para sus tetas tan pequeñas. Las tetas pequeñas no se juntan.

—¿Así, señor? ¿Lo hago bien?, es que no sé.

Movió en círculos su cadera.

Dentro de mi saco, tirado en alguna parte en el suelo, mi teléfono comenzó a sonar. Ambos buscamos. Miré con disimulo el reloj sobre la mesa de noche. Era Marcela, había quedado en llamarla hacía una hora. Supuse que para ese momento, Viviana ya se habría ido con su amante. Sin decir nada, seguí en lo que me ocupaba.

—Debe ser Marcela, contéstale.

Viviana se estiró sin bajarse de mí hasta el suelo. Cuando encontró el teléfono ya había parado de sonar.

—Doctor Jiménez —dijo con tono burlón. —Ha de estar muy urgido el doctor, debe ser algo muy importante —se burló con una vocecita sarcástica.

Hice a un lado su tanga sacándola del todo de entre sus nalgas. De inmediato me anegó su humedad que sentí bajar lenta por mi entrepierna. Mi teléfono sonó otra vez, Viviana aún lo tenía en sus manos.

—Insisto, debe ser muy importante. Es el doctor Jiménez otra vez.  Si no le contestas, al doctor Jiménez, seguirá llamando.

La habitación se llenó con el timbre de los dos teléfonos. Sobre el tocador, también el suyo vibró, golpeteando contra la madera. Me entregó mi teléfono. Se levantó, se quitó del todo la tanga y fue hasta su teléfono moviendo insinuantes las caderas.

—He roto la promesa.

Dije sin esperar que Marcela hablara o dijera siquiera «aló».

—No voy a ir.

Dijo Viviana justo después de mis palabras, como esperando para que nos escucháramos. Su subió otra vez sobre mí cuerpo, me besó mientras escuchaba lo que le decían y yo oía a Marcela preguntarme que si me había acostado de nuevo con mi esposa.

—Lo siento, Marcela.

—Es mejor no vernos más, Iván.

Intercalábamos las frases, jugando a oírnos y corroborarnos uno en el otro.

—Sí, lo sé, soy un hijo de puta. Esto iba a pasar…. No, que se terminara. Lo sabíamos… Sí, estoy con ella.

—Ay, Iván, no seas tan bobito, de verdad. ¿Enamorado?, ja, ja, ja. Chao, no me llames más, por favor. Si llamas, te demandaré por acoso con la policía, ¿bueno?

—Adiós Marcela, no me busques más.

Para cuando dije eso último, Viviana ya le había colgado a Iván. Iván, ¡qué nombre más soso! Intenté imaginar a Iván como un hombre guapo de cuerpo musculoso, quizás un instructor del gimnasio, besé a Viviana, no valía la pena pensar en eso, no ahora. La abracé por la cintura, ella me rodeó con las piernas, le di la vuelta poniéndome sobre ella.

—Seis meses sin hacerme el amor es mucho tiempo, Camilo.

Me miraba con tanto amor que me sentí en un punto medio entre la estupidez y la felicidad. ¿Cómo pude obviarla tanto tiempo por esa otra, que nada me representaba a pesar de varios años juntos?

—Quiero que trabajes. Mejor dicho, tienes que trabajar. Me gustan las mujeres de falda y media velada.

—Como usted diga, Señor. Pero por favor, no le diga nada a mi papá.

La penetré despacio, luego muy, muy fuerte.

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4 comentarios en “LOS AMANTES

  1. Bello, y rico.

    Solo una precisión ociosa: la vagina es una cavidad con salida a la vulva. En la expresión “la tanga se metió también entre los labios de su vagina” hay un imposible, puesto que la vagina no tiene labios. Los labios están en la vulva.

    Disfruto leyéndolo.

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