UNA PROMESA DE MUERTE

Una sonrisa verdadera se diferencia de una falsa por los ojos. Los pliegues externos se arrugan cuando quien sonríe es sincero. Eso no lo sabía Natalia, creo que si lo hubiese sabido, tampoco le habría interesado mucho, no en ese momento. Para mí era difícil imaginar lo exhaustivo y viscoso que podía ser un parto. Las sábanas manchadas de sangre, de algo del color de la melaza o del ámbar que no pude distinguir qué era, pero suponía era placenta o líquido amniótico. Levanté al bebé con las dos manos y sonreí falsamente dándole la espalda a mi esposa que aún jadeaba secándose el sudor de la frente con la mano.

Cuando oí los primeros gemidos y luego el llanto estrepitoso de mi hijo, caminaba de un lado para el otro por el pasillo frente a la habitación donde Natalia paría. En ese entonces todavía no se estilaba la desagradable costumbre de que el padre asistiera al parto. Hacía lo que haría un padre típico en una comedia romántica gringa, con excepción del puro, que aunque lo llevaba en el bolsillo interno de mi saco, la enfermera me impidió encenderlo. Era tan típico en la apariencia, que me quité el saco y remangue los puños de mi camisa fingiendo una excelente cara de preocupado. Al escuchar ese primer llanto, ya no me fue posible mantener la pose. No sentí nada parecido a la felicidad. Sentí apenas un vuelco, algo como una tómbola en la zona del diafragma, como si allí dentro también hubiese estado creciendo una vida que estiraba las piernas quitándome la respiración. Ojalá pudiera decir que sentí entusiasmo, o esa forma de la expectativa que es similar al miedo. No. Todo fue embotamiento, pesadez, como si Natalia me hubiese pasado un incómodo costal que a partir de entonces debía cargar, solo porque ella lo había cargado antes. Por nada más.

No estoy diciendo que mi hijo fuera ese costal, era algo más… no sé… profundo, con todo lo que de estúpido tiene esa palabra. Un facilista podría aludir al miedo. Yo, no sé cómo, estaba seguro de que no era eso. Tenía un excelente trabajo con un buen sueldo, vivíamos en un apartamento que pagaba cumplidamente cada mes, el amor no podía ser mejor y mi relación con Natalia era mejor que nunca. ¿Miedo? Entré en la habitación donde acababa de nacer mi hijo y besé a mi esposa en la frente, le dije que la amaba siguiendo el protocolo neófito paternal. Fui hacia mi hijo y lo levanté con las dos manos como si fuera a bebérmelo a sorbos. Tenía los ojos abiertos, movía las manitas hacia mí, como si desde tan pequeño ya supiera quién era y quién iba a ser yo. Él tampoco sabía de las sonrisas falsas; me sentí criminal fingiéndole a ese bebé que ahora dependía de mí y era mío. Por mí crecería, por mí sería lo que quisiera ser, se enamoraría,  sufriría por amor, estaría solo y entendería con dolor, como lo entendemos todos, que el mundo y las personas son cosas atroces y que habrá días en lo que creerá que los pequeños placeres, no bastan para festejar estar vivo. Llegará el momento en que me culpe en silencio por haberlo traído al mundo de puro egoísmo. No hay que mentirse, no tiene sentido, pocos hijos son deseados, y los que lo son, vienen como justificaciones de algo externo a su pequeñita vida, a situaciones fuera de ellos: una prueba de amor entre una pareja a punto de romper, un hijo que necesita un hermano para que no crezca y mate a sus compañeros del colegio, la sentencia de muerte de un padre con cáncer, que no merece irse sin saber qué es tener un nieto.

A papá le dijeron que le quedaba un año. Vivió cuatro. Murió en casa, como lo quería. Jacobo, mi hijo, estaba con él. Creo que Jacobo, en el fondo, sabía que a eso había venido. Soy hijo único y cuando papá le dijo a Natalia que ahora que iba a morirse, le agradecería mucho no dejarlo ir sin un nieto, ella le dijo que sí. Dos meses después estaba embarazada. Todo habría sido perfecto, hasta comprensible, de no ser porque yo no me enteré de la petición sino hasta mucho tiempo después de que papá murió. Natalia no creyó importante contármelo. Y, pensando desde hoy, no sé si lo hubiera impedido, no sé si haber dicho que no, habría cambiado en algo todo lo que nos vino luego. Evito pensar mucho en eso, es mejor.

Desde que nos casamos veníamos postergando el bebé. Decíamos en dos años, y otra vez en dos años, hasta que pasaron ocho años de matrimonio sin hijos. Y de repente, estaba embarazada y tampoco parecía muy feliz de estarlo, aunque lo disimulaba bien. Pasábamos la mayor parte del tiempo en casa de mi papá. Nunca conocí a mi mamá porque se fue cuando yo tenía tres años. La recuerdo, vagamente, como una mujer fría que tenía poco contacto conmigo y peleaba con papá todo el tiempo. Sé que peleaban por mi culpa, pero mi papá no lo aceptó ni quiso contarme. No recuerdo mucho de esa época, era muy pequeño; imagino que recuerdo a qué olía mi mamá, aunque no estoy seguro de si solo invento el recuerdo. Papá, antes del embarazo, evitaba hablar de ella, luego contaba cosas de cuando estaba embarazada de mí. Las contaba como anécdotas graciosas: cuando Amanda esto, cuando Amanda lo otro. Sólo se me ocurre creer que la certeza de la muerte lo reivindicó con su dolor, la tristeza de haberse enamorado de una mujer como mi mamá. Sobran las explicaciones para describir lo fría y miserable que era.

La inminencia del nieto transformó a papá en un hombre meloso que llamaba todo el tiempo a Natalia, que siempre la quería tener cerca, comprarle cosas, acompañarla al médico. Llegó a pedirme que le permitiera asistir con ella al curso profiláctico. ¿Y cómo negarle algo a un moribundo?, más cuando es tu papá y la única familia que conociste. Natalia estuvo de acuerdo en ir con él. Él la recogía y la traía de vuelta. Y pues a mí no me importaba, era mi papá. Solo una vez fuimos los tres al curso y papá se mostró tan acaparador que no quise volver. Natalia parecía preferirlo a él, le parecía divertido, tierno y comprensivo.

Papá también estaba en el hospital el día del nacimiento, estaba afuera en la sala de espera general. Aunque insistió, no lo dejaron entrar. La enfermera se mostró implacable: «Sólo el papà». Luego pudo ver a Jacobo en la sala cuna atiborrada de camitas llenas de bebés todos iguales. Mirábamos, yo aún con la misma sensación de antes. Escuché algo a mi lado y cuando miré a papá, noté que lloraba en silencio con la cara pegada al vidrio.

—Cuando naciste, te parecías mucho más a mí que a tu mamá. Él también se parece a ti.

Miré al bebé y no se me pareció a nadie. solo a los otros bebés. Pero le dije que sí.

Jacobo quiso más a su abuelo que a mí. Estaba seguro de que cuando creciera, no lo recordaría mucho. Si acaso algún olor, o algo así, como me pasó a mí con mi mamá. Al morir papá, Jacobo preguntaba por él. No sabíamos cómo se le explicaba a un niño de tres años la muerte. Le decíamos que se había ido para el cielo. Nos insistía en que teníamos que ir al cielo a visitar a su abuelo, no le respondíamos y cambiábamos el tema. Con frecuencia encontrábamos al niño mirando las fotografías donde estaban juntos, con mi papá. Nos contaba qué habían hecho ese día, hacía berrinches por ir al cielo y ver a mi papá. Natalia lo abrazaba, lloraba en silencio con él diciéndole que por el momento no se podía, pero que un día, todos iríamos al cielo para reunirnos con su abuelo.

Jacobo creció siendo un niño triste que parecía siempre a punto de llorar. Sus ojos apagados y gachos me rompían el corazón. A pesar de esa primera sensación, que no se fue nunca, procuraba ser el mejor padre posible. Lo amaba y quería que fuera feliz. Me esforcé todo lo que pude, le di todo de mí, y él solo se mostraba entusiasmado cuando le hablaba de papá viendo sus fotos. Ahí sí sus ojos se iluminaban y parecía otro niño, uno como todos los demás. Natalia, angustiada, le hablaba mucho de papá, de todo lo que hizo por ella cuando estaba embarazada, de todo lo que lo amó.

Pero el niño solo sonreía de verdad cuando hablaba de su abuelo. Las líneas en sus ojos no aparecían cuando le sonreía a Natalia o a mí. Cuando entró al jardín, los profesores nos sugirieron llevarlo con un profesional para que le ayudara con su actitud, pues también allá era retraído y silencioso. Sus calificaciones eran buenas, no él. Natalia no estaba de acuerdo, no iba a llevar al niño con ningún psicólogo ni psiquiatra. «Él es así, eso no le hace daño, ni a él ni a nadie. Es un niño normal». Estoy seguro que de haberlo llevado no habría cambiado nada. Un psicólogo es tan inútil para la mente y el espíritu, como lo es una bicicleta para un pez.

Jacobo murió a los nueve años, lo atropelló un carro cuando se separó a toda carrera de Natalia, regresando del colegio. Los meses que precedieron al accidente, parecía más triste que de costumbre. Se encerraba en su cuarto y subía todo el volumen al televisor. Nosotros sabíamos que lo hacía para que no lo escucháramos llorar. Intentaba que no estuviera así, lo llevaba al cine, a partidos de fútbol, jugábamos videojuegos y su actitud siempre era ausente. Me sentía devastado e impotente. No conseguía que cambiara, que estuviera mejor, que  sonriera al menos. Era obvio en sus ojos que la tristeza se lo llevaba cada vez más.

Me intento convencer de que fue un accidente. Lo pienso mucho, le doy vueltas en mi cabeza y me culpo y me redimo, muchas veces. Como lo imaginarán es inútil. Es extraño, pero lo que más me pesa —más allá de lo que pude o no hacer— es la certeza de que toda su vida, no hizo más que devolverme esa sonrisa que quizás sí entendió, la primera vez que lo vi. 

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Un comentario en “UNA PROMESA DE MUERTE

  1. Puede resultar inexacto lo que uno pueda hablar sobre literatura, porque hay tantos autores que han escrito de maneras tan arbitrarias y han salido airosos, pero hay varios puntos en común entre lo que siento que es bueno o no de un cuento y aquí va mi opinión, Es un cuento terriblemente triste jajaja, algo que ya sabe pero que no está mal, y que cierra con redondez, retomando el inicio, aunque al principio cuesta hacerse a una imagen mental de lo que está pasando, porque la historia comienza con “Una sonrisa verdadera se diferencia de una falsa por los ojos” pero no sé quien lo dice, ni en qué circunstancias, entonces engancha muy poco y quizá uno tenga que volver a leer el primer párrafo para saber de qué iba lo que leyó. También me gustaría que escribiera un personaje que no fuese inteligente para que no tenga la excusa de ponerle pensamientos profundos que siento que necesita ponerle para sentir que está escribiendo algo bueno, sino que buscara conflictos que pusieran a un personaje en reflexión y que esa reflexión viniera de uno, es decir, dele al lector la oportunidad de tomar algunas conclusiones y que no sea el escritor el que le diga todo. No es más, espero que siga escribiendo mucho más. Saludos.

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