LE DIRÉ QUE SÍ, SI ES LO QUE QUIERE

El caballo plástico cruza otra vez con su galopar mecánico. La cuerda atada a su cuello lo mantiene dibujando un círculo sobre la tabla que le sirve de caballeriza. Una tabla raída en una circunferencia perfecta. Veo sus pasitos presurosos y rígidos que suenan casi como un caballo real en miniatura. Estiro la mano, nadie me ve. El caballito ocre cruza de vuelta. Hace calor. El sol está alto y casi que sientes que te araña la piel. La gorra es inútil. Hoy ha hecho más calor que otros días. Ayer, por ejemplo, tuve que esconderme cuando el aguacero se desgajó de repente. Me metí bajo el alero del banco, desde allí procuré seguir con mi trabajo, pero era inútil. Cuando llueve, el tránsito amaina conforme arrecia el aguacero. Las personas ya no van a ninguna parte. Solo corre por las aceras el agua hacia la avenida. Hoy tengo los volantes de ayer y los de hoy. Así funciona esto: si no termino, me quedan para el siguiente día. Me pagan cuando el supervisor, que sube y baja por la acera, dé el visto bueno al patrón de que sí se entregó todo, de que no los boté a las canecas o entregué de a tres a una sola persona. Doña Carmen es la que más tiempo lleva en esto, me dijo que antes no había supervisor, que se trabajaba más relajado porque uno podía parar, fumarse un cigarrillo o comer algo mientras extendía la mano. Ahora todo es con horarios, «desde que los sapos se creyeron dinosaurios». Los supervisores son volanteros como nosotros, o lo fueron, de esos que antes de entregar el pedazo de papel dicen buenos días o buenas tardes; de los que se ponen corbatas pasadas de moda a juego con camisas de cuellos raídos, percudidas de tanto blanqueador. Gente zalamera que «llega lejos» lamiendo el ego indicado. Yo prefiero ser de los otros, de los que estiran la mano en silencio, que visten de jeans y camiseta, saco de lana y gorra; de los que entienden algo de la dignidad de un oficio simple. De los que somos pobres sin pretender parecernos mal a nadie. Los supervisores son como caricaturas excitadas de los transeúntes habituales de esta acera: agentes de seguros, asesores bancarios, corredores de bolsa bien vestidos y que dejan una estela olorosa a jabón y a colonia costosa con su indiferencia. Gente común. Nosotros somos los extraños, los que no existen. No nos vestimos bien, algunos porque no pueden, como los supervisores; otros porque no quieren, como yo.

MI ropa:

Uso unos jean azules que compré a un hombre sucio que tendió una manta en el suelo y puso ahí cosas sucias mientras tomaba de una botella sin marca. Me costaron ocho mil pesos, luego de regateos, pues pedía diez mil. Los lavo los sábados al regresar, los tiendo junto a la ventana, sobre la cabecera de la cama de mamá y paso el domingo en calzoncillos. Es mi día de descanso. Ese día no voy a ninguna parte. Aunque quisiera y tuviera qué usar, tampoco tengo qué hacer o a dónde ir. Menos solo, si mamá pudiera, iría con ella al parque a rodar por ahí. Me recuesto en el piso, sobre unas colchas y trapos que quedaron de cuando mamá cosía. Leo mientras cocino algo. Almuerzo con mi mamá, ella recostada muda en la cama, yo sentado a sus pies soplando su cuchara porque no sé cuándo se quema y cuándo no. Antes le hablaba, le contaba cosas: lo que leía, mi día, por ejemplo, ella asentía y me miraba con los ojos abiertos. Asumía que me pedía que le contara más, pero no sé, quizás también dijera que me callara que la aburría. No hay modo de estar seguro. Los domingos comemos en silencio, yo soplo, le doy, ella casi no abre la boca ni los ojos ni habla, casi nada.

Tengo una camisa roja con un conejo bordado encima del bolsillo, el conejo es Bugs Bunny. Esa uso hoy. Pero tengo otra, una blanca con rayas azules claras, es que más me gusta y la uso poco, en ocasiones especiales. La guardo entre una bolsa, bien doblada, bajo el colchón de mamá. La bolsa es por si un accidente, los pañales no son tan confiables como mienten los comerciales, es mejor asegurarse. Tengo tres camisetas blancas, dos más con el logo de una empresa de cervezas y otra con un algo que no recuerdo. Las de los logos las uso bajo la camisa, para el frío. No se notan, entonces estoy bien. Las blancas son para uso exterior cuando me pongo el saco de lana azul. Mamá decía que me veía muy bien en camisetas blancas, por eso compré tres.

Mis zapatos son de cuero negro. Dos veces a la semana Ovidio me da betún y les pego una buena embolada, los lustro con saliva para que se vean perfectos. La única vez que hablé con mi papá, no es que nos hubiera abandonado o no estuviera, solo no hablábamos. Nos parecíamos mucho, cada uno por su lado, en silencio. Una vez sí me habló, como muestran las películas que hablan los papás con los hijos, fue recién pasó el accidente de mi mamá. Estábamos en el hospital. Fui tan pronto me avisaron, mi papá estaba sentado en la sala de espera, absorto arrancándose las costras de pegante de las manos. Trabajaba ensamblando muebles en apartamentos: clósets, cocinas, baños, etc. Me senté a su lado en silencio. Me miró y supe que había estado llorando, le quité rápido la mirada para evitar la vergüenza del silencio prolongado. Estuvimos un rato sin decir nada, él en sus costras, yo viendo a la gente ir y venir por la sala. Luego dijo: «Roy, es grave». No respondí ni pregunté nada, miré la irritación rojiza de sus manos en los sitios donde había estado quitándose el pegante. Sus manos eran pequeñas, como las mías; las de él tenían los dedos regordetes, heridos en partes y un coágulo negro bajo la uña del dedo pulgar.

Me es imposible pensar en sus manos sin esa mancha de sangre seca, parecía haber estado siempre ahí. Entrelazó sus dedos y metió las manos entres su piernas abiertas. Miró al suelo. «¿Cómo estás, Roy?», me tuteaba, aunque no es común que eso se dé entre padre e hijo, no en nuestro, cómo decirlo… nivel social. Papá era un hombre inteligente. De joven, según me mostró mamá, escribía poemas de amor-desamor. Usaba tinta azul oscura en hojas rayadas color ocre. Mamá me contaba que le encantaba leer y que mientras pudo, lo hizo todos los días. Luego ya no pudo, prefirió vestirse bien a seguir estudiando. No terminó el bachillerato por vergüenza, decía mamá. Vergüenza de tener que ir a clases usando unas alpargatas ―a veces descalzo― en una ciudad cada día más ciudad. Los otros niños lo llamaban «el campesino», aunque había nacido aquí. Los abuelos no tenían para comprarle más, no podían comprar zapatos de cuidad para que él fuera al colegio. Era colegio o zapatos. Abandonó el colegio y se puso a trabajar en cualquier cosa para comprarse buena ropa: trajes de paño a la medida, zapatos de cuero lustroso, corbatas y camisas que parecían siempre nuevas; el bigote recortado en barbería, el pelo corto en el mismo peinado que tuvo toda la vida. Entonces mi papá me preguntó: «¿Qué pasó con los zapatos?».

―Uno puede ser pobre, pero siempre debe estar limpio. Más los zapatos, a la gente se le conoce por los zapatos que usa.

Sacó un billete del bolsillo de la camisa. Me lo dio diciéndome que afuera había un lustrador. Al regresar de lustrar los zapatos, papá hablaba con el médico. Él le decía que mamá estaba estable, que no le quería mentir ni darle falsas esperanzas, que mi mamá no había quedado bien y que lo más seguro era que tuviera secuelas. Papá soltó el aire aliviado.

Papá murió de repente. Salió en la mañana, en noche nos llamaron. No estaba enfermo y aún era joven. Un paro cardiaco. Tardaron en encontrarlo en el piso de un apartamento donde ese día terminaba de instalar el clóset. Estaba solo, y como si lo intuyera, tenía puestos sus zapatos de siempre y no las botas de trabajo que siempre usaba con el overol. Empujé la silla de ruedas donde mi mamá era más tristeza que mujer. Me sostenía de la mano, me soltaba la mano y seguíamos el cortejo de compañero, vecinos, amigos y alguno que otro familiar lejano. Cargué su ataúd. Mi mamá balbuceaba cosas que sólo yo entendía. Me preguntaba por qué, yo no sabía qué responderle, me hacía el que no le entendía. Lo dejamos en el hueco que los sepultureros se apresuraron a cerrar con paladas de tierra. Imaginaba a mi papá con los ojos cerrados, su vestido impecable y sus zapatos que yo mismo lustré, acostado en la oscuridad. Como si fuera yo, podía escuchar el aguacero de tierra arremeter contra la madera. Soñé algún tiempo con que él era yo y los gusanos se me metían por las orejas y la nariz sin que pudiera moverme para evitarlo. Despertaba sintiéndome triste, no asustado.

Un par de meses luego de que papá muriera vino a visitarnos una tía que hace mucho no veíamos. Habló con mi mamá y yo hacía de intérprete. Desde el accidente de mi mamá, ella no podía hablar bien ni caminar. El derrame producido por el cambio de temperatura, la dejó así. Planchaba ropa en la casa de una vecina, salió en la noche rumbo a nuestra casa y quedó tendida frente al portón donde la encontró mi papá y la llevó al hospital. Mi tía preguntó tonterías, luego se fue para nunca más volver y abrazó a mi mamá. Ella se puso a llorar y balbuceó. «¿Qué dijo?», me preguntó. «No entendí», le mentí. Lo que había dicho era: «Lucía, me quiero morir. Yo también me quiero morir». Eso fue lo último que dijo, ya nunca más volvió a hablar, sólo abría los ojos y me miraba cuando yo le hablaba. No balbuceó más, no intentó decir más. Sus ojos abiertos tenían la luz de quien quiere llorar.

Estiro mi mano, la mujer sigue de largo sin mirarme. Como no hay mucho que hacer, me gusta contar a las personas. Uno, dos, tres… veinte. He hecho promedios con la conclusión de que, más o menos, de veinte personas a quienes tiendo el volante, tres me lo reciben, dos lo arrugan sin mirarlo, uno lo mira y lo mete en su saco. Mis cálculos son inexactos, no me gustan mucho las matemáticas. En el colegio me iba muy bien, tenía buenas notas y entendía fácil. Aun así, no me gustaban. Prefiero leer y escribir. Las matemáticas se me hacen simples. No es que sea un genio matemático ni nada por el estilo, solo creo que las matemáticas no dejan aserrín, la lectura y la escritura, sí. Escribiendo hay algo para limpiar. Después de todo el trabajo hecho, tiene uno qué mirar, qué tocar. Supongo que es muy sencillo apilar números, mezclarlos para seguir una línea muy bien trazada por otro y alcanzar un resultado que encierra en sí la verdad del proceso. El resultado es cierto, no hay discusión. Si se caminó bien el sendero propuesto, no hay discusión, el resultado es sin duda verdadero. Cuando escribo recuerdo a mi papá trabajando en casa. Lo veo sobre agachado sobre una tabla pasando con insistencia una lija por la superficie muy lisa, acariciando la tabla, soplando y volviendo a pasar la lija. Mucho tiempo más del que cualquiera lo hiciera. Pasa por última vez la mano, sonríe, sopla, barre. Trae una brocha, un tarro metálico con laca y pinta. Yo, que lo veo, creo que no pinta porque el color no cambia. La tabla es del mismo color, pero él espera, pinta, espera, vuelve a pintar. Sopla y barre otra vez.

Hay días en los que me ataca la dignidad. La indiferencia me llena de rabia, quiero perseguir al ignorador y recitarle en la cara ese poema de Vallejo que tanto me conmueve. Esperando que el transeúnte llore conmigo por la verdad absoluta que nombra sin nombrar. Pienso que podría tomarlo del hombro y explicarle las implicaciones políticas, económicas y sociales que han tenido cada una de las coyunturas históricas. Sujetarlo del brazo y decirle por qué Roma fracasó cuando Constantino se hizo cristiano de pura culpa irredimible por matar a su hijo. O decirle que no tendría el derecho de negarme como ser humano de no ser por la revolución francesa, esa misma que, en teoría, le hubiese cortado la cabeza por no mirarme y con eso obviar que también yo soy un ciudadano con derechos y deberes. Que cerrar los ojos no hace desaparecer el mundo. Un montón de cosas que si llegasen siquiera a mirarme, me darían el aval para existir. Si eso pasara, si la dignidad es más fuerte que lo que soy, recuerdo lo estúpido que me vería suplicando a unos desconocidos por que me den permiso para aparecer. ¿Aparecer a los ojos de quién, Roy? ¿Para quién si no es posible para quien importa, Roy? Tiendo mi mano, no existo.

Miro el caballito. Me gusta pensar que cuando no lo veo es congela en el tiempo esperando mi ojos para volverse a mover. Gira. Su galope chiquito se sobrepone al ruido de la calle y sus carros y su gente, al sol rojizo que ya anuncia la llegada de la noche. Sacudo el montón de papeles abanicando la prisa de los que cruzan de regreso. Estiro la mano, nada.

El problema es lo que publicito. Cuando debo dar volantes de algún adivino o chamán que amarra al hombre amado o revela guacas perdidas, es más fácil y acabo temprano. Los volantes de puteaderos son más difíciles. Ni siquiera la imagen de mujeres hermosas y falsas con los senos al aire y el ofrecimiento irrisorio de sexo a bajísimo precio es garantía. Tenemos que dar los volantes con la imagen hacia el suelo. Es una orden del jefe, el grande, el que pasa por los locales ocultos, marginados por la moral pacata para ofrecer visibilizar el producto o el servicio. Es más fácil con los chamanes o brujos no porque el amor y la riqueza fácil vendan más, sino por un hecho tan sencillo que parece estúpido. Como dije: no hay mucho para hacer, estirar la mano no exige procesos mentales complejos ni simples, es mecánico. Hay tiempo de sobra para pensar. La razón, las mujeres, ellas son más compasivas.

Tenemos que ser sinceros, este trabajo da lástima. Se ve un tipo todo el día, al rayo de sol, a lluvia, repartir un paquete inmenso de volantes que nadie recibe. Su gesto anticipa el fracaso y reparte volantes porque le toca, porque tiene hambre, para no matar a nadie, es bruto y no sabe hacer más, piensan. Las mujeres reciben el volante el doble de veces de lo que lo reciben los hombres. Los volantes de putas no se pueden dar a las mujeres, está prohibido. SI te ve el supervisor te despiden sin pagarte el día y al siguiente, no vuelves. Pagan quince mil pesos al día, al mes son trescientos sesenta mil pesos, doscientos mil menos que el salario mínimo sin afiliación a salud, ni cotización a pensiones de vejez. Si uno termina temprano, se va temprano luego de cobrar sus quince mil. Nadie termina temprano, ni aunque pudiera dar de a tres volantes a cada transeúnte que los reciba.

Son algo más de las cinco y media, el cielo oscurece. Aquí oscurece a la misma hora todos los ´días. He leído que hay lugares donde la noche y el día fluctúan por la época del año. Un sol radiante de nueve de la noche. Las personas viven más porque amanece antes y anoche tarde. Todos están cansados porque se duerme poco, pero el día es mejor. Se es más feliz, las sombras embotan la felicidad, traen miedo e inseguridad. Si fuera siempre de día, tendría tiempo de llevar a mamá a que se caliente un poco, está tan pálida, fría. La subiría a la silla, la empujaría las 10 calles que nos separan de la parada de buses, iríamos al parque y nos sentaríamos por ahí, uno al lado del otro, mi mano en su mano quieta sobre el brazo de la silla. Recostaría mi espalda, estiraría las piernas viendo cómo sus mejillas enrojecen con el calor dándole un semblante menos cadavérico. Sigue siendo hermosa, con esa belleza blanca que tienen los muertos cuando mueren bien. El día no me alcanza. Regreso y es de noche; noche fría de viento frío y nubes espesas y altas. Los domingos no cuentan, ese día no es posible salir, subirse al bus con una silla de ruedas. Lo siento, mamá.

Llamo a Ovidio que pasa sin verme. Le ofrezco dos mil pesos y muevo el pie insinuándole trabajo. Pone su butaca, alista las cosas y se sienta. Tiene la experticia de un artesano: embetuna, brilla, escupe, brilla; de un artesano borracho. Me gusta su brillo de saliva y trago. Pasa una bayetilla: «Listo, Roy». Le pago. Toma el billete y se persigna tocando su frente, pecho y labios con el billete. Saca la botella, se echa un trago, el último trago.

―Roy, ¿le puedo pedir un favor? ¿Me escribe una carta?, para mi mamá.

―Claro.

―¿Cuánto vale eso?

―Gratis. Para usted gratis.

Me cuenta que su mamá está enferma y quiere, antes de me que muera, ―que por lo que le escucho es muy probable― darle las gracias por la vida y por el pan y por el trago y por las mujeres.

―Bueno, no por todo eso, pero por la vida, sí.

Ovidio no sabe escribir ni leer, su mamá tampoco, pero una sobrina de él sí. La niña tiene 7 años y vive con los abuelos, es hija de una hermana que mató a puñaladas el marido.

―Un basuquero que se envideó en la traba y ¡pum!, mi hermana. La vieja no pudo con eso y la está matando la tristeza. Vera fue la única de los tres que hizo algo. A mi hermano y a mí nos agarró el vicio… y ¡pum!, pa’la calle. El man sí va con todo: basuco, pegante, carro, de todo… también empuja un carrito donde carga cartón y latas, anda sucio. Me pide plata y yo… ni modo, lo mío se va en trago y del barato. Al menos me la gano, jodido pero me la gano yo para mí. Mi hermano robó, ya no, la cabeza ya no le da para eso, siempre está muy trabado, muy llevado. Se quiere salir, me dijo una vez, pero eso es plata y de dónde si no tenemos. Y ahora con la vieja mala, ahí sí que nos quedamos solos.

Me dan ganas de hablarle del destino y de los griegos, sobre la imposibilidad de evadirse, contarle sobre La Iliada. Aplica: Ovidio y su hermano son los lotófagos que perdió Odiseo, ahí ya no hay mañana. Pero ¿quién soy yo para impedir la esperanza? Le pregunto por la niña.

―Ni idea, Roy. Si la vieja se muere, ni idea. No tiene a nadie. La familia del papá son todos bandidos, jíbaros, putas. Llevármela no. Mi hermano, menos, termina vendiéndola por un par de papeletas. Vuelve a la niña negocio, en el mejor de los casos, claro. La niña va a ser bonita, es ahora bonita y usted sabe. Se parece a mi hermana, bonita como la hermana y como el tío, ¿o no? ¿Me lo va a negar? ―le digo que no, que los dientes faltantes no le quitan hermosura. Se ríe. ―Cagada, Roy, lo mejor es que la coja el gobierno, yo mismo la llevaré cuando la vieja se nos vaya. Que si luego la niña se quiere hacer puta, que sea por decisión propia y no porque nosotros la jodimos.

Solo una vez sentí algo parecido al amor erótico. Ella tenía el pelo corto, las facciones duras y marcadas como las de un hombre. No me atraía sexualmente, creo, nunca he pensado en eso. No es asco o prevención, solo mi cabeza no contempla el sexo como algo placentero. Cuando pienso en sexo, me aburro y no me excito. Me gustaba porque era fuerte, me gustaba porque la necesitaba. Nada más. Fue recién murió papá y salí del colegio para mantener la casa. Estudiábamos juntos. Quería estar siempre a su lado, tomarle la mano o que ella tomara la mía, que me abrazara y me dijera cosas al oído. No sé qué quería que me dijera, no sé si lo que dicen las novelas del amor sea así, tal cual. ¿Qué se dice la gente cuando se gusta y quieren tener sexo? Mi papá le decía a mi mamá, todas las mañanas antes de irse a trabajar, Mija, la quiero mucho, le daba un beso en la frente y ella hacía como que se lo devolvía pero no podía. No era eso lo que quería que ella me dijera. Mi visión del amor es tan profunda como la certeza de que tengo un hígado.

―Espéreme Roy voy por otra botella. A secas, nada se hace bien.

¿Y si muriera mamá? Ella y papá son todo lo que sé del amor. ¿Qué se hace cuando se está solo? ¿Ser libre? No quiero esa libertad. A un esclavo le dicen que ya no es esclavo. Se alegra y corre por las plantaciones de algodón gritando su libertad. Al anochecer regresa para implorarle al amo por su grillete. El amo es ahora esclavo de la ley. Ya no hay grillete, esclavo, vaya sea libre, le dice. El esclavo llora, junta las manos: me llamo Jacinto, señor, Jacinto, le dice. Voy a soltar a los perros, Jacinto, a llamar a la ley. El esclavo se va, no sabe qué sentir, el mundo da miedo y es tan grande. Jacinto se ahorca con su pantalón de un árbol cercano. Debe haber un nombre científico para eso: síndrome del cimarrón, delirio de pájaro sin alas, no sé. Llevo años volando con las alas rotas, pero aún me queda el buen grillete de volver a casa y que mi mamá no diga nada.

Estoy de pie junto al caballito que vuelve a girar cuando lo miro. Nunca he visto el momento en que le da cuerda quien los vende. Así es mejor. Si viera el momento de la cuerda, algo se rompería. Ovidio vuelve y está llorando. Trae la botella que ya está por la mitad. No hay que saber mucho para leerlo a él. Pone su butaca junto a mí que sigo estirando la mano. Chupa un trago largo directo de la botella y se limpia los ojos con dorso de su mano sucia de betún.

―Roy, igual quiero que me escriba la carta.

―Con gusto.

Le pongo la mano en el hombro y la dejo ahí sin hacer presión, apenas puesta para que la sienta. No digo nada. Él pone la suya sobre la mía y la aprieta. Cierro mi mano sobre su hombro.

―De pronto así es mejor. Se muere y ¡pum!, deja de sufrir. Ya no sufrirá más por esos hijos de mierda que le tocaron. Roy, qué injusto. La vieja no merecía eso, no nos merecía. Merecía un hijo doctor y el otro abogado, una hija viva y una nieta con futuro para malcriarla. Y véame… y yo estoy decente, al menos parezco persona, una andrajosa pero persona. Mi hermano parece lo que queda cuando la persona se ha ido. ¿Me entiende?

―Como una casa vacía con los vidrios rotos, entiendo.

―Más allá, Roy. Como un cuerpo vacío que sigue preguntando cosas y esperando cosas, Muerto en vida, dicen, muerto pero de pie.

―Sí.

Anochece por completo. Las luces de los postes se encienden como si alguien esperar con el dedo sobre el botón. Aún tengo mi mano sobre el hombro del lustrador que llora sin ruido y mantiene los ojos puestos en los pies de los que cruzan. Mira al suelo. Me quedan todavía muchos volantes, los reparto con mayor insistencia, casi que suplico con los ojos, sin dignidad. Ovidio sigue bebiendo. Se acercan algunos de los que volantean por ahí, le preguntan pero él no responde. Bebe. Bebe. Lo abandonan con gesto de falsa preocupación.

―Que no se le olvide lo mío, Roy.

―No. Ya acabo y le escribo.

Y sí, Ovidio tiene razón, mamá tampoco se merece esto. Muerta en vida y ni siquiera está de pie. El caballito galopa atado a su cuerda, traza círculos que horadan la tabla. El poste minúsculo que lo deja salir, caer por los bordes, es tan firme en su pequeñez, tan consistente que parece falsa su delgadez. Entiendo qué debo hacer.

―Ovidio, le cambio la carta, todas las que quiera por el resto de su vida por su sobrina.

Levanta la mirada con tal ausencia, con algo tan parecido a la intimidad, que en vez de respuesta parece una insinuación, una súplica agradecida.

Esta noche, al regresar a casa, le diré a mamá que sí, que puede morirse si eso es lo que quiere.

Mañana será otro día. Giraré horadando la tierra sujeto a un poste que sí está de pie.

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