Un Paseo

Una lluvia minúscula, casi un viento mojado, nos humedece las manos entrelazadas. Me siento tranquila. El ruido de los carros o el ladrido amenazante de los perros no dan miedo, ya no.

Pero. 
Entonces siento el tamaño y la forma exacta de las cosa en mi interior: mi corazón y mi riñón, mi preciado pulmón izquierdo. Más tarde su mano queda tirada en el suelo como un trapo húmedo. Más tarde quedé hecha un nudo. Más tarde papá no era más que un hombre desnudo de su pie en el piso de la avenida. El viento frío.
Yo soy la otra persona, la que escapó, la que está viva. Lo alcanzo a ver rodando al otro lado de la avenida salpicado de lodo, veloz, borrosamente. Me preguntó si ya descansará, o si todo sonido sigue siendo para él sólo el de los cristales rotos. Para mí sí, no hay más que el afilado quebrarse de todo.

La mano mía, alejándose en el viento a la par de sus últimas palabras.

Espero. Habla como cuando borbotea el agua al fuego. Las palabras espesas acalladas por todos los perros del mundo que cantan al unísono. Ese es tu coro, el que mereces por ser voz de lo que no debía hablar. Tú que tanto me amaste y me quitaste el miedo. Levanto el trapo para recordar. Lo estrujo para que no pese tanto. Se desliza tibio entre mis dedos. Ahí está mi corazón, lo siento, como un puño. Su latir confundido que empuja alguna cosa dentro. El aire me falta para gritar.

Antes, no hace mucho.

Papá me dice que llueve. Llueve. Inventa el agua que atrapa con su voz y nos humedece las manos entrelazadas. No es que nos falte la evidencia. Necesitamos del contacto para que todo sea. Me meto en su cuerpo para que no haga frío. Me recibe, no hace frío. Me señala un perro que duerme, uno negro. Levanta el hocico y olisquea lo que somos para confirmarlo. Siento los intestinos retorcidos y convulsos. Aprieta mi mano, le rasca la frente peluda y el perro sonríe y habla y canta y es un próximo. ¿Ves?, me dice.

¿Ves?, me digo.

Hay árboles que zumban. No nos resguardamos porque él quiere que un trueno nos alcance con su ruido. El trueno no muerde. El perro no muerde. Siento los huesos de su mano como si no tuvieran piel. Ese era el plan: caminar en medio de lo que duele. A mí. Mi vestido ondea con el viento, hace frío. No tiemblo.

 Antes, hace más.

La gente blanca me llevó lejos de los dos. Abducida al otro lado de la ciudad. Todo es santo como es santo el blanco. Silencio. Papá y mamá se asoman por la ventanilla. A sus espaldas crece un universo salpicado de ojos de luz. Es Dios que se esconde, me tiene miedo. Estoy adentro, aquí falta más el oxígeno. Respiro profundo, tanto. Mamá llora y las lágrimas son funámbulos en equilibrio fracasado sobre sus pestañas. Algo está roto y todos escapan. Saltan por la borda que me mira. Mamá me dijo que tocaba, quizás fue papá, quizás fue otra cosa. No recuerdo. En donde estoy no hay tiempo y las palabras no alcanzan a ser. Escuche, ¿ve? Ya nadie habla. No es silencio, es un huracán que se lleva lejos la palabra vaca, la palabra casa, la palabra mamá, la palabra papá; las mezcla hasta romperlas porque sólo así es posible este ventarrón que me zumba en los oídos. Entonces hay palabras que antes no eran. Caen como las hojas secas. Habla lo que siempre ha estado mudo. El perro dice: vaca, allá no hay casa porque no hay mamá-papá. Atrás del perro no hay nada, Dios no se oculta ahí, no existe ahí, no está ahí, no es ahí, no existe ahí. El perro miente y eso lo sé. Hay cosas verdaderas, el perro no, papá sí. Cosas como el trueno que no consigue reconstruir la voz quebrada y la inventa. El trueno es Dios que escupe, que se aclara la garganta para acunar las palabras que se mecen, para decir lo que no se puede repetir. Aunque cierto el trueno, lo sé, el trueno es cruel y dice cosas que no puede repetir.

De mi silencio depende que usted siga vivo.

Hoy hablo porque el trueno duerme. Duerme porque papá le dio palabras bellas cuando el viento voló con nuestra mano y la de él, trapo mojado, no voló. No hay que bajar la guardia. Más palabras bellas. Luego, cuando paren los vidrios de romperse y alguien limpie los frentes de ese auto, el trueno despertará y pondrá su voz en los ríeles del tren que pasa aquí junto. Volverá lo innombrable a darle forma a la soledad. Moldeará la ausencia con tal paciencia y dedicación, que tendrá usted que abducirme otra vez en esa superficie blanca que los de su mundo llaman camilla y que aquí conocemos como el aparato ese de En la Colonia Penitenciaria. ¡

¡Qué simple!  

En este antes no hay silencio. Solo las cosas rotas.

En otra vida.

Cuando éramos todos uno mismo, la gente me entendía y me besaba las mejillas. Esas manos húmedas y entrelazadas hacen parte del ayer de esta vida. Ya antes nací a sus ojos. Era entonces tan pequeña que aún los faldones del vestido barrían los vidrios rotos ajenos. Los pedazos de otras que, como yo, son de la estirpe de las elegidas para acallar el trueno —o escuchar el trueno— con palabras de despedida mortal.

Éramos uno mismo: uno con dos senos y un hombre y una yo pequeñita que cabía en la palma de mi propia mano. Luego nos rompimos y fuimos tres que lloraban ocultando los ojos a los otros ojos. Antes nos llamábamos Familia. Quebrado, tuvimos que inventarnos nombres simples y comunes para no olvidarnos; antepusimos entonces los prefijos, así era fácil recordar: exmamá, expapá y exyo.

Yo me llamaba yo porque era más sencillo que llamarme como tú quieras, mi amor. Los Otros nombraban a exmamá, le ponían un nombre que correspondía con el deseo del tamaño imposible. Exmamá —entonces mamá, aún—, les decía como tú quieras, mi amor. Los Otros le ponían nombres complejos que eran una clave, un santo y seña, para su puerta. Como un «Ábrete Sésamo» que descorría las piernas-piedra y dejaban una cueva negra y espesa dispuesta para el allanamiento. Ahí yo cerraba los ojos y me escondía bajo las vibraciones del festín. No quería ver cómo se llevaban todo dejando a mi mamá vacía. Cuando ya todo estaba vaciado, Mamá se llenaba otra vez de sí por el brazo. Se cansaba y sonreía y gemía y ya no era hasta que papá la regresaba con bofetadas que eran pájaros borrosos. Volaban y llevaban a mamá en sus picos rojos y la dejaban caer desde muy alto. ¡Pum! ¡Crash! Como una hoja seca.

Papá lloraba porque mamá estaba vacía o muy llena de lo que no. Decía: ¿Qué te falta, amor? Pero ella no decía nada. Se iba. Papá y yo nos quedábamos solos en medio de una casa gris con ventanas por donde se veía el campo. Hablábamos a las vacas afuera y yo les entendía claras las palabras. Papá sonreía y respondía cualquier cosa. Si la vaca decía azul; él decía mañana es hora de otra vacuna. Nos rompimos ahí y fuimos un prefijo grande y multiusos. Yo vomitaba seguido, diario, creo. Los faldones del vestido servían de antena y ahí escuché por primera vez al trueno. Centelleó el cielo con su fulgor y una llovizna de sonidos separados, cayeron como hojas secas hasta los oídos de nuestros tres perros: uno amarillo, uno negro y otro gris.

Me quedé sola. Crecí, pero aún, con esfuerzo, hubiera cabido en nuestra propia mano de haber tenido manos. Vinieron los perros, me rodearon solemnemente: daban pasitos, levantaban sus hocicos y atrapaban con sus orejas los sonidos fragmentados del trueno para unirlos. Tradujeron.

Lloré. Corrí. Papá lloraba. No le conté nada porque lo que los perros decían era para lavarles la boca con jabón. Me escondí bajo el sitio del festín que ya no temblaba y nadie me buscó. Antes nos sentíamos, nos intuíamos, pero ya no.

Pasaron tres ayeres; dos mensajes del trueno.

Cuando salí, no había nadie en casa. Afuera las vacas agonizaban trémulas sobre la hierba seca. Los perros arrancaban pedazos azules de un interior escarlata. Los sacaban del fondo. Los faldones de mi vestido huían espantados del suelo gris y polvoriento. Ya no cabría completa en mi mano, nunca más, si nos quedara mano.

Un quiénsabe después, Papá vino. Estaba como estaban los perros: traía el hocico manchado de sangre y de sus manos colgaba algo azul que, sé, también sacó del fondo escarlata de mi mamá. Eso azul tenía brazos y ojos morados cerrados. El trueno. Lo azul abrió sus ojos que no eran ojos muy bien ojos. Como unos ojos que pretenden, sin conseguirlo, ser ojos. Abrió la boca que sí era una boca en el sentido plano de lo que es una boca: una gruta rosácea desdentada.

Me dijo:

«Soy como tú me llames, mi amor. (Chillido inaudible). Vengo del fondo vacío donde quedé solo. (La mano azul se abre y se cierra). Soy la promesa de seguir siendo uno. Un hermano de otro y de los mismos senos. (Trueno impronunciable). Exmamá somos tú y yo. Expapá, cualquiera. (Cerró los ojos y la boca y la mano y cayó con un ruido de calabazas que revientan).»

Grité que no. Grité mucho. Papá se lavó bien las manos y el hocico, resucitó a mamá. Esmamá, expapá, exhermano, exyo. Vino la nave blanca, la En La Colonia Penitenciaria y en la nave crecí hasta que los faldones de mi vestido gritaban como tú quieras, mi amor. El deseo mi miraba y yo quería la clave para darme como mi mamá. Todos hablaban extraño. Menos papá, quien luego de acariciar la frente peluda de un perro negro que pudo o no ser el mismo que comió vacas trémulas, se iluminó con el trueno. El trueno en el cielo, sus palabras que nos mojaban las manos entrelazadas. Papá dijo: Fernanda, no tengas miedo, no hay qué temer. Fernanda era el como tú quieras, mi amor. Subí los faldones de mi vestido y le dije: entra, alláname, déjame vacía que los que me abducen ya me tienen rebosada de mí. Papá era ahora los perros, los ríeles del tren que pasa aquí junto; el intérprete del trueno. Y esto sí se lo puedo contar, porque cuenta como absolución, más a usted que llama las cosas con el nombre que quiere, el trueno dijo: empújame.

El carro no alcanzó a frenar a tiempo, gracias a Dios.

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