ANTE LA LEY

«—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a Cerrarla.»

Ante la ley, Franz Kafka

Decirle a esa otra mujer que se sentó a su lado, en la mesa contigua, que le recordaba mucho a esa otra mujer que después de dos años aún no conseguía olvidar, se le hizo una tarea gigantesca, teniendo en cuenta el estado deplorable en el que quedó luego de todo. Pudo pensar que ese sentimiento de inferioridad e irremediable fracaso, estaban directamente vinculados a ella y a su desaparición. Pudo, porque por más que lo intentaba, le era imposible culparla de cualquier cosa. Viciaba su dolor de humanidad. Una humanidad que corroía la intención de ver en sus actos lo negativo, lo evidente, lo real. La libraba de sus errores mintiéndose con que él, en su lugar, hubiera actuado igual. Esa idea le permitió seguir junto a ella muchos años, cerrando los ojos a los embates dañinos de su egoísmo. Años en los que sintió, en corazón propio, qué tan devastadora llegaba a ser la imposibilidad. Pero se quedó y eso, así lo negara o no lo mencionara, lo llenaba de orgullo. Se quedó pasando por encima de sí mismo, del instinto de supervivencia de que se asevera que cuando el dolor supera a todo lo demás, es momento de huir, resguardarse, dar un paso atrás. Se mantuvo firme. Le dijo que la amaba y que ahí estaría hasta que ella viera que le era imposible abstraerse a un amor como el que le ofrecía. Tarde o temprano, cederás y volverás arrepentida, le aseguró. El desenlace es evidente. Eso no era lo importante. No ahí, cuando encontraba al fin una salida, quizás una lástima de la vida. No, ahora era diferente, porque ahí estaba ella, tan parecida a la otra ella, tan limpia de mierda, tan al alcance, tan suya.

Fumaba, él también. Escondió los cigarrillos y le pidió uno. Ella se lo dio. Lo miró. Entonces pudo apreciarla por completo, hasta el color de los ojos y lo forma de mirar que eran los igualitos a los otros. La otra no fumaba, por lo que no tuvo cómo comparar la manera tan desenfadada con la que esta sostenía el cigarrillo; una extensión de su mano, pensó. Las ventajas de una novia que fumara se le aparecieron en lista, las repasó y una a una fue confirmándolas con un chulito en su imaginación.

  • Un cigarrillo después de hacer el amor.
  • Charlas extensas con vino, con café, en ropa interior, o desnudos, sin la culpa lastre de asesinar a alguien cada vez que se enciende un cigarrillo.
  • Cigarrillos gratis para cuando escaseara el dinero.

No se le ocurrieron más. Pero eran suficientes.

Tomó el cigarrillo. Esperó. Ella, al ver que lo seguía mirando, le pasó su encendedor notando el otro que seguía sobre la mesa, frente al hombre. No pensó nada. Él también notó el encendedor, el suyo, y rápido imaginó una serie de excusas con las que pudiera justificar la estupidez de su olvido. Ella le entregó el encendedor, no dijo nada. Él dijo gracias. Ella no lo miró. Quiso darle una de las excusas que planeó. Desistió al notar que ella concentraba su atención en alguna parte de la calle, por la ventana.

Si había permanecido inmutable a las puñaladas de un amor perdido, inamovible a cada embestida de indiferencia de esa a la que amaba con todas las fuerzas de su miseria, no pretendía desistir al primer rechazo de esta, su mujer soñada; a la que no amaba ni le era fundamental en ningún otro aspecto más allá del de llenar con su existencia lo intangible y fastidioso de su fantasma.

Caló hondo.

Agarró el cigarrillo entre los dedos y soltó el humo despacio proyectando su cara levemente hacia el cielo.

Si algo le sobraba —creía— a la hora de fumar era garbo y elegancia. Un buen fumador nota eso, se dijo esperando que ella lo mirara y se maravillara de ese gesto: parte sensualidad animal, parte refinamiento sibarita.

Ella seguía concentrada en la nada populosa que se movía apurada por la acera que se veía desde la ventana del café. Miró el reloj sacudiendo antes la mano y la muñeca. Acomodó la blusa sobre su escote que dejaba ver una línea apretada en medio de sus senos. Su cuerpo era delgado, el pelo largo, negro y ondulado en las puntas. Las piernas gruesas estaban cruzadas bajo la mesa y terminaban en un minúsculo pie, que él imaginó enfundado en unos tacones negros brillantes y no en esas baleticas de adolescente que usaba.

Caló el cigarrillo pensando una nueva estrategia.

Ella abrió su caja, tomó un cigarrillo. Lo metió entre sus labios sin pintar. Revisó la mesa. Levantó el bolso. Escarbó los bolsillos del abrigo. Hizo a un lado una taza humeante que podía o no contener café —desde donde él estaba sólo se veía el humo—. Abrió su bolso, lo revolcó. Lo cerró frustrada. Giró a verlo. Él se anticipó, tomó su encendedor de la mesa y lo prendió con un chasquido, uno solo, vigoroso. Escondió el otro, el de ella, el que supuso no recordaba haberle prestado. Ella aspiró tres veces seguidas con un sonido como de burbuja que se revienta: ¡pop!, ¡pop!, ¡pop! Sonriendo la miró a los ojos. Sacó el cigarrillo de su boca, lo metió entre sus dedos índice y corazón. Soltó el humo, gris, pesado y dijo gracias. Miró indiferente a la calle, por la ventana.

—Aquí lo dejo, por si lo necesitas.

—Oquéi.

No lo miró.

No importo. Ella dependía ahora de él. Debía, cada vez que quisiera fumar, voltear a su mesa, pedirle fuego. No era mucho, pero lo era todo. Esperó. Abrió un libro y leyó sin poderse concentrar, pues cuando ella se movía, así fuera poco, él levantaba los ojos, presto a ir en la ayuda de su vicio. Ella fumaba despacio. En el tiempo en que ella fumó su cigarrillo, él fumó tres. De vez en vez la alcanzaba a percibir con el rabillo del ojo moviendo la mano para ver su reloj. Cruzando y descruzando las piernas bajo la mesa. Pasándose la mano por el pelo o quitándole alguna pelusa al abrigo negro que tenía en el regazo. Girando la cabeza de la ventana a la puerta, cada que esta se abría y se cerraba sola por la acción del resorte en la parte de arriba.

Esperó simulando leer.

En una de sus idas y venidas con los ojos de la puerta a la ventana, pasó la mirada por el libro y se detuvo en la portada. Ladeó la cabeza leyendo, sus ojos saltaban de letra en letra.

—Es Julian Barnes.

—Sí, eso veo.

—England, England.

—Sí. También veo.

—¿Lo has leído?

—No.

—Es muy bueno. Tiene una excelente primera frase.

(Silencio)

—Espera, te la leo.

Se dispuso a oírlo volteando el cuerpo. Apoyó el codo en la mesa y se sostuvo la cabeza por el mentón, recostó todo el peso sobre el lado derecho. Cruzó la pierna izquierda sobre la derecha. El pantalón se le subió dejando ver un tobillo blanco, huesudo y surcado por venas azules, discordante con lo grueso de los muslos.

—¿Sabías que en una época te habrían acusado de inmoral y hasta metido presa por ese tobillo? —le dijo alternando los ojos de su pie al libro.

—Sí.

—Los pies son sensuales. Hay países, aún, donde te apedrearían por la inmoralidad.

(Silencio)

—Loco, ¿no?

—Pues a ellos les parece loco que las mujeres, aquí en occidente, usemos pantalón y exhibamos el cuerpo a desconocidos, eso les parece inmoral. Son culturas, ahí no hay nada que juzgar.

—Sí, veo.

Siguió pasando las páginas: adelante y atrás sin encontrar la frase.

—¿Y cómo estás?

—Bien.

—Ah…, ¿qué haces?

—Espero.

—¿Sí? ¿A quién? ¿Interrumpo?

—A ti.

—¡¿A mí?!

Se sorprendió. Se entusiasmó

—Sí, a que me leas la frase… pero déjalo, parece que la perdiste.

—No, no…, espera, ya la encuentro.

—Bien. Me avisas.

Se dio la vuelta regresando a la posición anterior. Miró otra vez por la ventana. Sacó de su bolso y se puso unos audífonos color rosa y negro de los grandes, de esos que cubre la oreja por completo. Él siguió pasando y regresando páginas. Leía los inicios de cada párrafo en el lugar de la hoja donde recordaba haber leído la frase que le quería recitar. Pues después de leer el primer párrafo del libro, se dio cuenta que no era esa la frase a la que se refería.

—¡La encontré!

Mintió.

La mujer no lo miró ni pareció escucharle. Inmutable.

Recordó a la otra ella que también se ponía unos audífonos —esos eran pequeños y blancos, de los que se meten en las orejas— cuando se hartaba de de escuchar sus reclamos respecto a los otros hombres con los que, estaba seguro, mantenía relaciones así ella lo negara con descaro.

Sonrío, pero inmediatamente se puso serio. Comprendió los alcances impersonales y evasivos que guardaban el uso de audífonos en las relaciones de pareja, en ella cuando fuera su novia. No le permitiría que en su presencia usara ese aparato negro y rosa, el cual, además, parecía mucho más amenazante que los pequeñines blancos. Si quería que algo funcionara, poder ser feliz con esta nueva relación, debía entrar pisando fuerte, sentando sus incomodidades, los puntos sobre las íes; no ceder y ser un macho con carácter que tenía suficiente capacidad de arriesgarse a perder por el bienestar, por el futuro juntos. Ese fue su error, antes, con la otra: ceder más de lo justo para con su dignidad. La otra, era obvio, perdió todo el respeto que pudo tenerle, cuando él no fue capaz de quitarle esos audífonos y ponerle la boca con la mano cuando ella cantaba alto para tapar con su voz sus palabras.  Lo creía un pelele, y al mismo tiempo le decía, en los buenos momentos, que él era toda la seguridad que necesitaba, que a su lado la imposibilidad de ser feliz en un mundo cada vez más voraz y cruel con las vicisitudes emocionales de las personas, era soportable y hasta superable, en apariencia. Le decía que de su mano, entre sus brazos, no importaba cuántas veces cayera en el fracaso de perder aún con todos los esfuerzos hechos, porque sabía con toda seguridad, que ahí estaría él dispuesto a levantar con paciencia los destrozos de la devastación de estar viva.

Te amo, sin ti no sé qué sería de mí, terminaba. Lo abrazaba. Lo besaba. Hacían el amor y él podía oler en cada poro el sudor que guardaba de los otros. Veía las marcas del amor fugaz y de afán que, como símbolos de su estupidez, aparecían en forma de hematomas azulados en sus nalgas, en sus caderas y en sus senos. Él cerraba los ojos. No quería ver, no quería apostar ese momento de plenitud. No se quería arriesgar a que desapareciera la posibilidad de volver a estar juntos, solos, sin esos otros sin rostro, cuya existencia sólo era palpable en las marcas que pudo hacerse al golpearse con el borde de la cama, en un tropezón mientras se bañaba, levantando algún mueble pesado.

Se convencía.

Otros como fantasmas que dejaban su huella de dedos fríos en un vidrio empañado, y no por eso era viable aseverar la existencia de un mundo más allá del real. Allá vivían las excusas y los reclamos mudos que obviaba penetrándola.

No. No sería otra vez el estúpido de nadie.

La llamó con un grito. Ella lo miró dándose la vuelta despacio. Se quitó los audífonos volteando la cabeza, indiferente.

¿Sí?, le dijo. ¿Te leo?, le preguntó.

Leyó cualquier cosa, un párrafo al azar con el que esperaba atraparla de nuevo y charlar y enamorarla y ser felices y estar juntos y nunca más separarse o estar solos.

—No me parece gran cosa. Bueno, pero no para toda la alharaca que hiciste.

—Es que está fuera de contexto.

—Tendré que leer entonces para entenderlo completo, bien.

—Pero escucha este otro, es mejor:

«Había pasado diez o quince veces. Yendo y viniendo por la acera, frente a su apartamento. Esperando a que Marianne se asomara a la ventana y lo viera cruzar triste, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Había llovido, temprano. Las aceras húmedas daban a su paso la música de un ahogado.Un chapoteo que lo hacía pensar en cuánto tiempo llevaba batiendo los brazos, luchando para no hundirse en ese mar calmo y sin brisa que era Marianne ahora que lo abandonó. No la culpaba, fingía. Pero ella nunca se asomó. En cambio sí contó trece hombres cruzar el umbral de su edificio, tardar unos momentos en subir hasta el tercer piso. Luego la sombra lánguida de Marianne levantarse de su cama, caminar hasta la puerta, regresar con otra sombra de su mano. Vio atrás de la cortina la silueta de un beso, de un abrazo, de la ropa que caía, del fantasma de la otra Marianne, de esa que ya no era la suya. El fantasma de un amor de pago.»

Inventó.

Quiso decirle que eso no estaba en el libro, que lo acababa de inventar porque estaba desesperado por atención.

—Marianne dejó al protagonista, aun cuando lo amaba, para volverse puta. No tenía dinero, él tampoco y el invierno se acercaba. La iban a echar de su apartamento y no encontró otra solución. No conseguía trabajo y se aprovechó de que era hermosa. Pasó por encima de Bernard, así se llama el tipo, de su amor. En otra partes de la novela cuenta cómo ella le repite hasta el cansancio que lo ama, le pide que la entienda, que él es todo lo que tiene.

—¡Qué aguante!

—Sí, en eso está el heroísmo del personaje: en persistir a pesar del dolor.

—No, hablaba de… ¿cómo se llama…? Marianne… ¿¡Trece en un día?! Debe estar resentida, la pobre.

Rieron. Él menos que ella.

—Es una buena novela. Una historia dramática, pero constructiva.

—Lo imagino.

—¿Te puedo decir algo?

—Sí.

—No lo tomes a mal, pero tienes los mismos ojos y la misma forma de mirar de alguien a quién amé mucho.

—Ajá… ¿o sea? ¿y cómo es esa forma de mirar?

—Ávida, con ganas de todo.

—¡Oh!

—Como si el mundo no les bastara y estuvieran todo el tiempo queriendo mirar más allá. Romper el velo de lo real y explorar todo del otro lado, en el revés de lo que la gente del común asume como verdadero, eso tan simple y falaz con lo que suelen conformarse.

—Como un gato.

—Quizás sí…

—… como un gato esotérico, médium… un gato que quiere ser vidente…

—… ehm… sí, supongo.

—Déjame decirte, sin que lo tomes a mal, que si esa es tu forma de conquistar, lo haces muy mal… bueno, no tanto, pero sí mal.

—No, no lo decía con esa intención…

—Fue lindo eso que dices de la mirada y etcétera, pero ¿quieres un consejo?, de amigos… no nombres a esa mujer que amas antes de construir un halago, menos ese, que debo aceptar, es extremadamente elaborado y hermoso, muy bien estructurado. Podría funcionar… ¡pudo!, claro si un día obvias la referencia a otra mujer.

—Perdóname, no quería que sonara a eso. No era mi intención que creyeras que te conquistaba o quería algo de ti… no, no me mal interpretes…

—¡ah!, y ahora que te escucho, una cosa más: cuando oses conquistar a una mujer, sea cual sea, no te devuelvas. Las mujeres podemos enamorarnos de cualquier cosa, menos de un hombre que mira para atrás, que se retracta, que no sigue. Te tomas el trabajo de esconder mi encendedor, de guardar tus cigarrillos para pedirme uno, de hacer comentarios lascivos sobre mi pie; rompes el escudo de mis audífonos… debo aceptar que en ese momento me sorprendiste y hasta pensé que valía la pena darnos la oportunidad de conocernos… y luego, hermoso, casi mágico, te inventas ese párrafo al vuelo y pienso que valió la pena esperar… un buen párrafo te digo… pienso que no eres como todos… te echas ese piropazo respecto a mis ojos y mi mirada, estoy obviando a la otra mujer, ¿para retractarte al final?

El cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Sacó el encendedor, el de ella, se lo entregó con el gesto de un niño pillado en la mentira.

—¿Sabes qué es lo peor? Que retractarse habla muy mal del carácter de una persona, del tuyo, amigo.

—Perdón… pero… bueno…

—No importa. Es un consejo, aplícalo.

—¿Me puedo sentar contigo? Yo invito el café, o lo que tomes. ¿Volver a empezar?

—¿Has leído Ante la Ley, de Kafka?, es un cuento… o algo así.

—…no, creo que no.

—Léelo.

Se levantó de la silla. Se puso el abrigo, guardó el encendedor en el bolsillo lateral. Se colgó el bolso. Salió dejando su aroma que se sobrepuso al aire enrarecido por el tabaco. Él aspiró profundo. Olía a la otra, pero mucho mejor, más profundo y persistente. La otra, esa que hacía dos semanas, ya no le pasaba al teléfono.

El resorte empujó despacio la puerta que se cerró tras de ella.

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