AHORA QUE ESTAMOS SOLOS (completo)

Nadie podía negarlo, menos ahora, ese hombre minúsculo de hombros estrechos y pelo abundante, era su padre. Su imagen en el espejo, no tenía mucho que ver con aquel homúnculo mal vestido que esa mañana le dijo: «hijo». Entonces, la palabra le sonó mucho más diciente, más compleja y abundante en posibilidades. Ahora, no paraba de sonreír cada que el pequeñín, levantando mucho los ojos, lo llamaba de ese modo con un afecto inconsecuente con el tiempo perdido.

Existía, sí, una leve marca en su memoria. Una huella poco profunda —¿una pisada suya, quizás?—. Algo que el pasar había ido haciendo una hendidura indefinida que era a veces un abrazo, un regalo siempre tarde, que pudo o no venir de él. Su mamá se esforzó en que lo recordara. Le mostraba fotografías donde un hombre de bigote y saco cuello tortuga, la sostenía de la cintura mirando a la cámara con una sonrisa como puesta ahí, en su rostro, por error. De ese error ya no quedaba nada. Su papá, Alberto, prefirió, no sobresalía mucho por su alegría. Dijo que lo sentía y agachó la cabeza como si no fuese suficiente vergüenza tener que mirarlo siempre en contrapicado. Él le palmeó el hombro, quiso responder algo que abarcara siquiera el sentimiento nacido en el reencuentro, esa alegría sosa maximizada, en apariencia, por la sorpresa de verlo otra vez después de tantos años. No es casualidad que la realidad parezca mucho más rica en detalles cuando la memoria es insuficiente para redibular lo trivial, esas pequeñas cosa que ayudan a que el decorado empate con lo que se siente de ese instante. No es cierto, nunca, el ornamento con que se engalana lo que fue, porque el recuerdo siempre es más perfecto en el recuerdo

No habló.

Tenía todas las palabras, un abrazo añejo.

Guardó silencio y retiró rápido la mano de su hombro. Un gesto de quien toca algo que arde.

Alberto levantó los ojos. Ambos notaron una sonrisa incompleta que se completó en, otra vez, la cabeza gacha y un estrujar nervioso de manos del recién llegado.

—Es increíble que alguien como  tú, haya nacido de mí… ¿nunca lo has considerado?… bueno, no nacido, no tanto así; mejor, que alguien como tú lleve algo mío. Pareces hijo de alguien más, ¿no?… alguien más…

Lo miró como buscando en él la palabra que le faltaba.

—… digno. No me mal interpretes, es que… no sé cómo decirlo… quizás no es el momento… es como de alguien que, mejor dicho…

—…está bien, papá, déjalo así. Te entiendo.

Fue la primera y la última vez que le llamó papá. La palabra se le hizo pegajosa en la boca y no quiso salir más. Alberto después; Alberto, siempre Alberto.

Estaban de pie bajo el dintel de la puerta. A su lado, la maleta de viaje más que evidenciar la llegada, insinuaba lo corta que esperaba él que fuera la visita. Uno frente al otro, en la casa donde él vivía solo desde que se quedó solo. Por eso vino Alberto, para que él tuviera quien le ayudara con esa nada que se había hecho pesada de tanto rumiarla en la necesidad de imbuirla de sentido.

—Mamá murió.

—Lo sé. Me avisaron tarde. Cuando llegué, ya era tarde. Vi su lápida recién tallada. Aún podía verse el polvillo que dejó el torno cuando escribieron su nombre. La fecha, también mucho antes de que llegara la noticia… Es decir, la fecha de su muerte, era lejana al día que me dijeron. ¿sí?

—Sí. Entiendo.

Se quedaron callados. Él notó cómo Alberto se tomaba una mano con la otra y miraba hacia adentro. Repasaba cada objeto, se detenía en ellos, como si leyera algo —que él desconocía— escrito en sus superficies.

—Ese sofá lo compramos juntos. ¡Aún está perfecto! Tú no habías nacido, aún. No queríamos tener hijos, no en ese momento en el que decidimos vivir juntos. Éramos jóvenes, teníamos sueños, amor de sobra. Hasta compramos un lote para enterrarnos juntos. Pero… pues… no, no era el tiempo de tener hijos. Al menos no para mí.

—Tú sí cumpliste los tuyos, eso es válido.

—No entiendes. Nadie te ha contado. Tú mamá decía que eras muy pequeño para entender. Por eso no te contó- Y sí, claro, no estuve para contarte… pero es que a mí no me tocaba… Ven, ¿quieres tomar algo? Estoy cansado aquí de pie.

—Sigue. Al fin y al cabo, de una u otra manera, esta también es tu casa.

—No, aquí no. Hace rato tienes edad para un bar, para una cerveza… para saberlo todo. Aquí no, en la casa es más difícil.

—¿Difícil?

—Cuando tengas mi edad entenderás. Ahora todo es un mirar hacia atrás. Es decir, ya no se piensa hacia adelante. Es como si con el pasar del tiempo, la vida se diera la vuelta, o quizás es que siempre ha funcionado así y sólo cuando se llega a cierta edad se reúnen las suficientes experiencias par entender, ¿sí? La niñez es un futuro continuo, no hay más que lo que será… cuando sea grande quiero ser… decimos de niños y entonces se vive inventando, actuando el teatro de la posibilidad, soñando con el momento en el que podamos parecernos a nuestros padres, a quien admiramos y queremos superar… ¿sí?

—… la juventud es el presente y la vejez el pasado; sí, lo sé. He leído tus libros. Mamá los tenía todos. Me los dejaba sobre la mesa. No me dijo que los leyera, pero ya sabes… la veía leerlos todos las noches antes de dormir, luego de que cenáramos… la curiosidad me pudo. No sabía que los escribías tú, el nombre de la solapa era demasiado anodino para que me sonara a alguien… especial. Súmale la obsesión por que no te tomen fotos, lo que le huyes a las entrevistas… no eras nadie, no para mí.

Se arrepintió de la última frase. No se retractó ni intentó explicar. No importaba. Le molestaba el dejo de disculpa que se entreveía en sus silencios. Le irritaba que, aún en ese momento cuando el desborde afectivo hubiese sido lo correcto, Alberto midiera todo lo que decía, buscara con tanto cuidado las palabras en lo que, a él le parecía, un intento por no resbalar en lo que hizo y tropezar con su propia culpa que, se le notaba, traía enredada entre los pies obligándolo a caminar con cuidado, a estabilizarse los vaivenes. Ese mirar al suelo, ese estrujarse las manos, todo en él le irritaba. Conforme le hablaba, construyendo las bases de su reivindicación, más pequeño e insignificante le parecía.

—¿Vamos? Conozco un sitio. No sé si exista todavía. Podemos ir a ver. Es cerca. Ahí tomábamos cuando teníamos tu edad y la plata era lo que nos faltaba. Al final salió bien, ¿no?

—Sí, salió bien, ¿cómo no? Te traeré una de mis chaquetas, hace frío y va a llover. Esa camisa no calienta mucho.

Por instinto, ambos miraron al cielo nublado. Allí las nubes parecían una masa esponjosa y pesada que no empujaba el viento recio que se sentía abajo. Él entró. Alberto esperó dando la espalda a la puerta abierta. Encendió un cigarrillo y metió sus manos en los bolsillos pantalón. Las sacó. Levantó el cuello de la camisa y sacudió la ceniza. Era cierto, iba a llover.

Caminaron uno junto al otro. Pensaban, cada uno para sí, en ella sin decir nada. La chaqueta que él le dio, le iba inmensa. Alberto la remangó. Dobló los puños hacia arriba. Buscó sus cigarrillos, ofreció uno a Nicolás. Él lo tomó porque sí, no tenía ganas de fumar. A diferencia de Alberto, era más un fumador de ocasión.

—No sabía que fumaras.

—Hay muchas cosas que no sabes. Algunas las sabrás, otras ya no hay cómo.

—Lo sé.

Levantó la maleta y metió la mano libre en el bolsillo. Apretó el cigarrillo con los dientes para obligarse a no hablar.

Alberto lo guió en silencio. Doblaron a la izquierda, luego derecho dos cuadras, después a la derecha, cruzaron la avenida y a la derecha de nuevo. El bar seguía con las mismas mesas, daba la impresión que ni los bombillos habían sido cambiados desde la última vez que fuera, ya hace varios años.

—Y hay gente que se atreve a decir que el mundo cambia… ¿cierto?

No hubo respuesta.

Se sentaron en la barra. Alberto dejo la maleta en el suelo. Un anciano en muletas se levantó de una butaca desde donde veía un televisor pequeño y a blanco y negro. Le costó ponerse de pie. Se apoyaba sin fuerzas en las muletas remendadas con cinta pegante gris o blanca, dependiendo de la antigüedad del remiendo. Vino hacia la barra. Se apoyó sobre sus palmas abiertas, dejando caer su cuerpo con pesadez y agitación.

—¿Qué quieren?

—Dos cervezas, por favor. Gracias, don Homero.

Arrugó en entrecejo. Echo su cuerpo más hacia adelante y fijó sus ojos  pequeños en la cara de Alberto. Lo escrutó con parsimonia.

—Qué viejo está, Alberto.

—La vida, ya sabe, no hay modo de no estarlo. En cambio usted sí está hecho todo un elefante…

—… arrugado y orejón —completó la frase. —Es la calva, me agranda las orejas —se quitó la gorra y se pasó la mano por su cráneo, del que colgaban desordenadas hilachas de pelo entre gris y blanco.

Giró sin soltar las muletas que sostenía debajo, con las axilas. Sacó dos botellas que goteaban y las puso sobre la madera gastada de la barra. Les dio un destapador que tenía el logo de una marca de cerveza, desaparecida del mercado hace muchísimos años. Regresó en silencio a su butaca y continuó viendo la televisión con atención.

—¿Qué le pasó?

—No sé. Desde cuando venía, ha tenido muletas. Dicen que es filósofo, literato, historiador o muchas cosas, pero ni idea. Lo hemos oído hablar de cosas, anécdotas como esa que contó hace años sobre unos pintores que estuvieron aquí y le dejaron unos cuadros como pago de una cuenta. Pintores que no eran famosos entonces. Según él, fueron muy reconocidos mundialmente, después. Este cuadro fue pintado por uno de ellos, ese boceto a lápiz, por otro y el dibujo del reverso de la puerta, sí estoy seguro de que lo hizo  Caballero. Él mismo me lo dijo, Caballero, digo. Cuando se publicó mi primera novela, tuve que viajar a Buenos Aires porque iba a hacer el lanzamiento para el Cono Sur. Caballero vivía allá. Se me acercó y me dijo que había leído mi novela, que reconoció este sitio en mis descripciones y en el personaje de Aquiles, un anciano inspirado en Homero, dueño también de un bar como este. Yo pinté una puerta allá, una noche todo borracho, me dijo, quién sabe si aún exista. De los demás cuadros no sé nada, puede que sí o puede que no, sean de pintores famosos y valgan mucho.

—Es triste, deprimente, verlo así, tan viejo y que tenga que seguir trabajando. ¿No tiene familia?, ¿hijos?

—Que yo sepa, no. Supongo que el bar es lo que lo mantiene vivo. SI no tuviera esto, ya se habría muerto. Además, este es el único bar que abre desde las siete de la mañana. Para los estudiantes este es un buen lugar. ¿Qué fue lo que estudiaste?

—Derecho. No he ejercido, eso fue plata perdida. Me he encargado de la galería. Al final, a mamá no le gustaba mucho llevarla; los últimos años, digo. Pasaba el día entero encerrada en el taller pintando y rompiendo los cuadros. Ya sabía que estaba enferma pero no me lo había dicho. Tampoco se me ha dado la oportunidad de trabajar como abogado. Me han ofrecido cosas, pequeñas, como para arrancar, pero siempre hay una exposición, o recitales poéticos de La Nueva Generación de Poetas, una generación que cada semana es otra. O los narradores nacidos después del 85, que tienen la apariencia de viejos nacidos en el 35 y leen los mismos cuentos, todos iguales unos a los otros, con el mismo tono y los mismos arranques «garciamarqueanos». Luego toman vino barato en copas baratas y se halagan caro.

  —El hermoso in-mundillo literario.

Bebieron. Alberto un sorbo largo; Nicolás, apenas se mojó los labios. El bar estaba vacío. En silencio. La misma «rockola» antigua lanzaba su luz de azules y violetas sobre las mesas, al fondo del local.

—¿Aún funciona?

—Claro.

—¿De cuánto es la música?

—Un peso.

—¿Un peso? Sea serio, don Homero.

—No la recuerdo, de cuando venía antes —le dijo a Nicolás. —Ya no hay monedas de un peso… ¿entonces qué, don Homero?

—Cada cerveza incluye diez canciones.

Abrió un cajón de madera junto a la butaca y sacó un puñado de monedas plateadas, acuñadas cuarenta años atrás. Se estiró. Sin levantarse, las dejó con un tintineo sobre la barra.

—Así no le gana. Actualícela.

—Es que no la mande a traer por la plata, sino por las piernas.

Alberto caminó hasta las monedas, las tomó y fue hasta la «rockola». Desde su silla, Nicolás escuchó el ruido metálico de las monedas al caer. Contó diez. Luego oyó el chasquido de las teclas y el crujir del brazo mecánico que tomó el primer vinilo.

—Gardel… porque vale la pena —dijo Alberto regresando a la silla.

«Con la frente marchita…» recitó Alberto sentándose.

—Lo más difícil de irse es regresar, ¿no, Alberto?

—Lo más difícil de irse es regresar, sí, Nicolás.

Alberto cantaba en voz baja mirando la botella que sostenía entres sus dos manos haciéndola girar sobre la madera. Pensaba en la mejor manera de empezar a contarlo todo. ¿Por dónde? No era su intención hablar mal de Aída, no lo merecía. No le interesaba que Nicolás perdiera respeto o la juzgara, menos ahora que estaba muerta. No era digno. Era consciente del desprecio que Nicolás no disimulaba. Lo entendía. También él, de estar en su lugar, sentiría igual. Hubiese sido fácil comenzar contándole lo tonto que se sintió cuando lo llamó hijo. Explicarle que las circunstancias eran mucho más complejas que el odio o el desprecio. Que su culpa no era como él suponía. Que su culpa no era la del abandono, sino la del amor insostenible. Que sí, se equivocó, pero no yéndose sino enviando regalos que no le tocaban y dando abrazos que no podía respaldar. Ahora, tantos años después, pensaba —ya antes lo había creído— que le hubiese sido más fácil ser lo que Nicolás esperaba. Ser lo que esperó de él, sólo porque él mismo le hizo creer que eso era lo que debía esperar. Le fue tan difícil perdonar. Cada que quiso regresar, todas las veces que Aída lo llamó y le pidió perdón; cada que le dijo que un error, en tantos años juntos, no determinaba la intensidad ni la existencia del amor; cada vez que le dijo que lo amaba, pudo decir que sí. Volver cuando la «nieve de los años» no hubiese mermado tanto su ser. Regresar junto a ellos, ser el papá que Nicolás no tenía, el que se esforzó en suplir los primeros cuatro años de su vida. La familia a la que luego, por no sentirse estúpido, renunció.

¡Qué estúpida le parecía en ese momento la certeza que lo convenció de que debía irse!

Aída no estaba. Se había sentado a escribir. Nicolás apenas empezaba a caminar y estaba junto a su escritorio, sentado en el suelo jugando a abrir y a cerrar un libro de esos, que al abrirse, despliegan un escenario de cartón en tercera dimensión. No conseguía escribir nada. Lo agobió el éxito de la primera novela que los editores se empecinaban en que repitiera tal cual pero con otra historia. Le decían que su acogida se debía a esas pequeñas cosas que ocupaban el subtexto y que permitían que el lector sonriera de ternura. Los detalles que hacen de la atmósfera un espacio por el que se intuye la melancolía y la soledad de la protagonista. Sentimiento que no nombré y que, según decían, construyó con la sutileza de un escritor consagrado, más viejo. Es como leer a Peter Weiss pero sin nazis ni autopsias, le dijo el editor. Él no sabía quién era Weiss, tampoco cómo podía vincularse su obra con él.

Tecleaba inicios, frases sueltas que iban desapareciendo con cada empujar del carro de la máquina de escribir. Nicolás levantaba la mirada atento al ruido de las letras que agitaba el silencio. Veía. Cuando se detenía el traqueteo, regresaba al libro para seguir los contornos de las figuras con sus dedos. Nicolás se levantó y fue a su lado, puso el libro sobre las piernas de Alberto y señaló una figura.

—¿Qué es esto?

—Un cerdo con corbatín.

—¿Este es el cerdo o el corbatín?

Señaló.

—El corbatín. Tú ya sabes cómo son los cerdos, ¿qué pasó?

—Los cerdos no están parados, no tienen corbatín. Con mi mamá los vimos.

—Este usa uno y va en sus dos patas porque tiene una fiesta, una con todos los animales. Por eso el león usa esa capa y esa corona…

—¿Este?

—Sí, ese es el rey y van a festejar su cumpleaños.

—Ah, bueno. Gracias.

Volvió a sentarse en el suelo. Señaló las figuras recitando de memoria los nombres de cada animal y inventando los que no sabía. Después lloró sin razón. Alberto fue a él, se arrodillo a su lado, le preguntó, pero Nicolás seguía llorando. El niño lo abrazó por el cuello y metió su cabeza en el hueco del hombro. Alberto no pudo devolver el abrazo porque ahí la imagen de Aída, lejos de él, gimiendo sin él, jadeando en otro sudor, le llenó el corazón de rabia. Nicolás era la materialización de su imposibilidad para olvidar.

Cuando Aída regresó, Nicolás comía en la mesa y Alberto fumaba viéndolo sostener la cuchara con dificultad, derramando lo que quería comer. A cada cucharada se le iba haciendo más fácil, regaba menos y comía más. Aída besó al niño quien siguió indiferente concentrado en la tarea que ocupaba todos sus sentidos. Alberto movió su cara sin soltar el cigarrillo en la boca, para evadir el beso.

—Tenemos que hablar.

En la noche, luego de dejar dormir a Nicolás, Aída entró en la habitación. Lo encontró de pie con las maletas armadas, el abrigo puesto y la bufanda de siempre. No era la primera vez que amenazaba con irse, pero algo le dijo que esa vez sí era para siempre. Quizás fue el silencio, la falta de reclamos, comunes cada que a Alberto lo acosaba el recuerdo. Aída se sentó en la cama preocupada por lo atípico de su amenaza. Le pidió que por favor no se fuera. Le dijo que lo amaba y que no sabía cómo más pedirle perdón.

—Dime, ¿qué quieres que haga? ¿Qué necesitas para perdonarme? Dime, yo lo hago. Pero no nos dejes. Te amamos, los dos… a pesar de…

—… devuelve el tiempo, haz que mi espalda se acople a esta vida que no es mía. Devuélveme lo que es mío, el sueño que rompiste. No puedo, Aída. No puedo fingir que no me duele. ¿Para qué? Para qué si no consigo mirar a Nicolás a los ojos sin que me duelas. Es lo mejor, sé que lo sabes.

—…

—Búscalo. Cuéntale del niño. Nicolás no tiene por qué pagar por tus errores. Merece saber. No le digas cómo fue, o qué pasó, solo dile la verdad. No es justo que crezca creyendo lo que no es. Y yo no debo… aún estoy joven, puedo construirme una vida, un hogar del que sí sea yo…

—… lo eres, esta es tu casa, Nicolás es tu hijo…

—Te amo pero no puedo asumir el pasado, seguir adelante como si nada pasara. Lo intenté, me esforcé, no pude. Sí, quizás soy un imbécil; no, los soy, debí irme cuando todo pasó, no permitirme llegar a este momento cuando todo es más difícil.

—Mi amor, por favor, por favor.

Bajó las escaleras sin mirar atrás. En el rellano, frente a la puerta que daba a la calle, soltó las maletas y regresó al piso de arriba. Al escucharlo venir por las escaleras, Aída sonrió y salió a recibirlo. Él siguió sin mirarla, fue al cuarto del niño, lo tapó recogiendo las cobijas del suelo. Lo besó. Le acarició la cabeza.

—Adiós, amigo.

Se fue. Vivió en un hotel algo más de un mes. No llamó a Aída ni avisó a nadie dónde estaba. Todos los días pensó en ellos. La rabia y la decepción enrarecían el recuerdo de la familia feliz. Terminó de escribir la novela, como quiso, sin pensar en qué esperaban de él. La entregó. Se fue para Europa, allá trabajó mesero en un restaurante de Madrid. Luego fue celador de un parqueadero de casas rodantes en un pueblo entre Suiza y Francia. Un año después de irse de abandonarlos, llamó. Le dijo a Aída que le iba a enviar unas cosas, unos regalos para Nicolás que le había ido comprando casi sin darse cuenta. Quizás es la costumbre, se excusó. Antes de colgar, Aída le dijo que lo amaba y que lo estaban esperando. Colgó sin responderle.

Así lo hizo por mucho tiempo. Aún cuando ya había vuelto al país, seguía llamando, enviando regalos, negándose a regresar o siquiera permitir que el niño se pusiera al teléfono. Creía que era lo mejor para todos. Nicolás lo olvidaría, ella encontraría a alguien más que sí pudiera con lo que a él le quedó grande. Pero la casualidad lo llevó a tropezar con ambos una tarde en la que, solo, leía. Nicolás tendría siete y ocho años y fue él quien lo vio y soltándose de Aída, corrió hasta su mesa y lo abrazó como si el tiempo no hubiese pasado. Le dijo papá. Se equivocó, el niño no lo olvidaba. Lo abrazó fuerte. Lo besó en las mejillas. Le preguntó por el colegio, los regalos, la vida sin él. Pretendiendo ridículamente ocultar la alegría que sentía. Aída los miraba sin decir nada.

—¿Cuándo vuelves? ¿Dónde estabas?

—Por ahí… ahora no puedo, quizás después. Salgo de viaje esta tarde.

El niño lo abrazó de nuevo. Lloró bajito, como para que él no se diera cuenta.

—Bueno, papá. Te quiero.

—Yo también, amigo.

Se quedó viendo cómo se alejaban por donde llegaron. Es lo mejor, se dijo, anulando el deseo de correr tras ellos. Ahí se convenció de que lo mejor era no regresar. Ese llanto solapado fue suficiente. Siguió enviando regalos, pero no llamó más. Ella, en cambio, no desistió de su esfuerzo por que regresara.

 —Déjalo que me olvide. Algún día pasará.

Aída nunca le contó la verdad. Lo postergaba año a año con la excusa de que no era pertinente dada su edad.

Alberto desapareció como algo tangible y quedó solo como un regalo a destiempo o ese abrazo casual; se hizo viejo y el niño un hombre. Entonces fue la llamada. Aída dijo que estaba enferma, que no sabía. Esa fue la última vez que escuchó decirle que lo amaba, que siempre estuvo esperando, que la perdonara.

—Te perdoné hace mucho, Aída.

No le fue necesario decir que la amaba igual, no se casó, las mujeres con las que estuvo se fueron sin que pasara nada trascendente. Para ella fue obvio que no la había dejado de amar.

—Nicolás no sabe nada. Pero no llamé por eso…. No te mueras solo, amor. He intentado que él no te olvide, perdón. No quería que eso pasara. Fueran como fueran las cosas, para mí siempre fue tu hijo y sé que para él también eres su papá. No cree otra cosa. Te extrañó mucho tiempo. Obvio, con el pasar del tiempo, cuanto más crecía, fue entendiendo. Por más que me esforcé, no conseguí que no te tuviera resentimiento. Los regalos, al principio, me funcionaron para convencerlo de que lo seguías amando. Después, él mismo, él sólo construyó una imagen tuya que no conseguí cambiar. Y pues… no es una imagen buena.  Perdón también por eso.

—No te preocupes. No te vas a morir. Déjame ayudarte. Tengo dinero, podemos buscar alternativas.

—Ya es tarde, amor. No se puede hacer nada.

—Enviaré a alguien.

—Haz algo por mí si quieres ayudarme.

—Ya te dije, en una hora llega un médico amigo. Lo llamo ya, espera.

—No, no, no… ¿Aló?, ¿aló? ¡¿Aló!

—Dime.

—En serio, no es que no quiera, es que no hay cómo. Para eso es tarde pero no para lo demás.

—Aída, déjame llamar al médico.

—Mejor ayúdame no muriéndote solo. ¿sí?

—No me moriré solo. Ya encontraré a alguien.

—Tú sabes que no será así. No te mientas… sabes qué hacer.

—Sí, enviar al médico.

—…

—Voy para allá. Llego mañana, estoy lejos.

—Sería lindo verte. Pero no quiero, no así… con todo esto.

—No me hagas esto.

—Ya sabes qué hacer. Imagina que es mi última voluntad. No me la negarás, ¿cierto?

—Aída…

—… te amo, mi amor. Siempre te amé. No te culpo por nada, te entiendo. Te entendí. Ahora, prométeme que harás lo que te pido, que no te morirás solo… si no lo haces, no te lo perdonaría, eso no.

—Aída, déjame verte.

—¡Prométemelo!

—Perdóname tú a mí.

—Promételo y te perdono.

Aída sonaba calmada. Alberto, esa misma noche que colgó con ella prometiéndole lo que no se sentía capaz de cumplir, entendió que la voz no era de tranquilidad; quizás sí, pero era más la de la tranquila resignación tan común en los condenados a muerte. Una tranquilidad alimentada por la confianza de conocer tanto a Alberto y estar segura de que cumpliría su promesa.

Tardó mucho en volver. No por la distancia, pues al momento de la llamada, Alberto asistía al Congreso de la Lengua celebrado ese año en Cartagena. Tardó porque la noche se le dilató tanto que parecieron cinco noches puestas una tras otra, unidas en la inexistencia etílica de los días, del sol, de la luz bochornosa y del mar que despareció solo porque él no tenía cabeza para escuchar su ir y venir indiferente. Era consciente, de sobra, que destapar la primera botella significaba desaparecer para lo que lo rodeaba, con todo y la tristeza de saber perdida, ahora sí para siempre, la oportunidad de repararlo todo, esa que el mismo se negó. Ahora sí que era tarde; siempre es tarde cuando se mira atrás; siempre es tarde para lo importante, pensó y apuró un tren de tragos.

El cuerpo se negó a la ebriedad. Rendido, se desplomó sobre la cama. No supo del tiempo que pasó, de quiénes preguntaron por él. La vida se le hizo un respirar entrecortado por las lágrimas, la borrachera y las arcadas. Algunos escritores o académicos, preocupados lo buscaron. Abrieron su puerta al no recibir respuesta. Lo llevaron en hombros a la clínica donde le lavaron el estómago y le llenaron de frío el pecho con la bolsita de suero que conectaron a su vena. Preguntó cuándo era.

—¡Jueputa!

Regresó. No a la ciudad sino al hotel. Abrió su laptop y escribió una semana entera, apenas dándose unos minutos para sacudir la ceniza del cigarrillo o ir al baño. Casi no durmió. Sí debía regresar, no lo haría con las manos vacías. Llevaría la verdad como estandarte de perdón y reivindicación. Su hijo, ya mayor, era un desconocido. ¿Leería? ¿Tendría que esforzarse en las palabras, escarbar hasta encontrar la mejor forma, la menos dolorosa? Estaba convencido de que esa era la mejor manera, entregando eso, dejándole leer eso que comenzó como un larga carta y terminó disfrazado de ficción.

Puso el punto final.

Fue para atrás en el documento. Insertó una página nueva y en negrita escribió: La espalda eclipsada. Una página más, en ella probó cientos de frases que cumplieran el cometido de dedicatoria, borraba, escribía, hasta que lo consiguió sintiéndose triste. Rogó porque él la entendiera.

En el aeropuerto no supo dónde ir. Recordó de repente es lote en el cementerio que compraron recién decidieron vivir juntos y que pagan mes a mes con el cuenta de la luz. Fue hasta el cementerio, más porque no tenía cómo buscar, que porque estuviera seguro de que estuviera enterrada allá, donde también él tenía un pedazo de tierra junto a Aída. Visitó la tumba aún con la maleta en la mano. Dio tres golpes en la lápida recién puesta.

—Quizás nos conocíamos más de lo que creí… aquí estoy, amor.

Rezó torpemente un Padre Nuestro, obviando parte e inventando otras, pues hacía tanto que recitaba un oración por él ni por nadie. No le incomodó. Un ventarrón movió las nubes —el cielo se hizo gris— que cubrieron las puntas de los cerros. Golpeó otra vez la lápida. Tomó un taxi. Fue hasta la casa de Aída. Nicolás abrió la puerta y lo vio tan grande, tan hombre, tan ajeno a su figura diminuta que supuso bastaría una somera insinuación para que dedujera que él no era su padre.

—Es increíble que alguien como  tú, haya nacido de mí…

Reconoció en su mirada el despreció. Le fue evidente en la forma en que Nicolás erguía el cuerpo para mirarlo desde arriba, con soberbia y una dignidad que supo imposible en sí mismo. Al fin y al cabo, huyó, intentó perdonar sin éxito, los había dejado solos… qué más indigno que eso. Pensó… «… digno», terminó su frase.

—Es muy triste esa canción. De pronto es por cómo la canta.

—No, la canción es triste.

—Todo suena triste si se le pone un bandoneón.

—Imagino que es una asociación.

—No, el bandoneón suena como un niño que llora.

—Es lo que usan los directores de cine de terror.

—¿Un bandoneón?

—Sonidos que asemejan el llanto  de los niños. Al parecer, tenemos una tendencia instintiva de protección por las crías. Un algo inconsciente que nos hace sentir desasosiego cuando un niño llora. Queremos que no llore, y al no entender de dónde viene el llanto, nos sentimos incómodos… esa sensación como de que olvidamos algo dentro de la casa luego de cerrar la puerta, o esa cuando nos equivocamos y estamos seguros de que alguien lo sabrá porque no somos lo suficientemente sagaces para ocultarlo y se nos nota en las torpezas, en la actuación pobre con que pretendemos ocultar la culpa de haber hecho mal.

—Lo único bueno de ser escritor ha de ser eso, ¿no?… de resto se me hace más bien inútil, tonto.

—¿Qué?

—Eso… tener las palabras para explicar cómo te sientes o cómo puede sentirse alguien sin saber en verdad qué es lo que siente.

—Sí, quizás es lo único bueno. Ahora mismo, me siento como un bandoneón… creo que soy un mal escritor, eso no es muy diciente ni explicativo —sonrió. —¿Vamos? Me duele la espalda de esta silla sin espaldar. Vamos a una mesa, digo.

Nicolás pidió dos cervezas más. Las sacó él mismo de la nevera, no quería exponerse de nuevo al espectáculo de Homero atendiéndolos. Alberto esperó con la maleta en la mano. Caminaron en medio del bar silencios por el interludio de la canción. Alberto soltó la maleta y se quitó la chaqueta prestada, la colocó en el espaldar de la silla. La máquina puso otro disco.

—Es raro que  haya bares cuyas rockolas tengan música clásica.

—Antes era común. Ya nadie escucha eso. Hay un dejo de pretensión. Se cree que sólo la escuchan personas afanadas en fingir de mejores personas.

—A mamá le encantaba, la escuchaba siempre mientras pintaba o lavaba la loza o planchaba mis camisas del colegio.

—La escuchábamos juntos: ella pintaba, yo escribía; la loza o la planchada las hacíamos escuchando a Silvio Rodríguez o algún bolero. Hacíamos todo de noche, luego de los trabajos…reales… los que sí daban para el arriendo.

—De artista no se vive…

—… se puede, pero toma tiempo y pulso.

—¿La amabas? ¿La amaste en algún momento?

—Siempre. La amo, aún ahora. Pero ese no era el problema.

—Lo sé, el amor se acaba, nada es para siempre. También me enamorado.

—¿Tienes novia?

—Sí, ya hace tres años.

—¿La amas?

—Supongo que sí. Me da vaina imaginarme sin ella, que algún día todo terminará. Imagino que eso debe significar que la amo.

—Es más que eso, pero es un bueno comienzo. Hay que temer perderla para que haya amor. ¿Y se lo has dicho? Es importante decirlo. A las mujeres les gustan los hombres que no tienen miedo de mostrarse indefensos. Hay que decirlo así eso signifique, como se dice por ahí, perder primero.

Nicolás sonrió llevándose la botella a la boca. Bebió un sorbo largo, de casi un cuarto del contenido.

—Perdimos al mismo tiempo, entonces.

Alberto lo miró. Sentados, aunque su espalda seguía siendo inmensa, lucía más indefenso, menos agresivo; resumió su percepción en la sonrisa y en cómo suavizó eso el espacio tenso. Le devolvió un gesto en el que quiso demostrarle complicidad, que entendía a qué se refería. Entrecruzó sus dedos sobre la mesa; se quedó en sus manos, con la cabeza agachada.

—Entonces sí, la amas.

Bebieron al mismo tiempo.

—¿Qué harás ahora?

—¿De qué?

—No sé, de todo… sin Aída. ¿Te casarás? ¿Cerrarás la galería? ¿Te irás del país? ¡Eso!, de eso hablo.

—Nada. Seguiré todo igual. Pensé irme a un apartamento, vender la casa.

—Te la compro.

—…

—Me gustaría tenerla.

—Aún no me decido, es una opción.

—Tu mamá siempre me pidió regresar. Yo no quise.

—Lo sé. No importa.

—Sí, ahora es cuando más importa…

—… antes sí. Mejor dejar ahí. No hablemos de eso, la estamos pasando bien. ¿para qué?

—Debemos.

Alberto sacó su cabeza de la mesa. Fijó sus ojos en Nicolás… dudó, al fin habló…

—Eres lo único que tengo, Nicolás. Lo único que he tenido siempre. Más con lo de la muerte de Aída.

—Nunca hemos estado. Nunca nos has tenido.

—Una vez, hace mucho, sí. Quiero volver a eso. Faltará Aída… pero algo se puede.

—Lastima. Búscate una esposa, aún no estás viejo. Sé que puedes. Confío en ti.

—No tienes por qué hablarme de ese modo.

—Un hombre como tú, tendrá más hijos. Búscalos antes de que sea tarde.

Se levantó de la silla, fue por más cerveza. Bajo la mesa, Alberto buscó su maleta. Escarbó entre su ropa mal empacada y saco el manuscrito de la novela que escribió en el hotel. Desarrugó las páginas, insertó en los anillos unas hojas sueltas y limpió el vinilo negro que servía de portada. La hizo a un lado para que Nicolás pusiera la cerveza. Bebió otro sorbo, ahora sí largo y profundo.

—Nicolás, no sé cómo decirlo todo. No quiero que… se mal entiendan las cosas. Si pudiera regresar el tiempo, no me iría. Lo único que tengo para hacer es pedirte perdón y esperar que estar a tu lado haga que algo se recupere. Dame esa oportunidad. Deja que me esforcé por recuperar algo de todo lo que rompí.

—Es tarde. No hay cómo.

 —No, Nicolás, aún hay tiempo. No hagas lo que yo… no te pido que me perdones ya, así de buenas a primeras. Soy consciente de mi condición de aparecido y a un aparecido es muy complicado asirse. Por eso te pido que me dejes construir algo que te permita entender que a pesar de todo… siempre te amé como a mi hijo… pero no podía volver… me equivoqué, sí, pero… bueno, no podía.

—Sí, podías. Te esperamos, mamá se esforzó en que volvieras, en que no te olvidara, en que te quisiera como a mi papá. Ella no entendía que uno no puede amar a un vacío, me costó entender que tampoco es posible olvidarlo, porque el vacío es ausencia de algo que una vez estuvo ahí y que pesa. Sí, ya sé, yo no sé decir las cosas tan bien como tú. No sé si me entiendas, o esté redundando. Es que no sé cómo hacerte entender que, así como tú no pudiste regresar, yo tampoco te puedo perdonar y abrirte un espacio en mi vida… como si lo merecieras.

—Regresé, no cuando esperaste, pero ahora sí, aquí estoy.

—Es que hasta llegué a pensar que era mamá la que compraba esos regalos que eran tuyos.

—Los regalos sí los enviaba yo.

—Sí, mamá me lo dijo. Puedes, si quieres, llevarte los regalos, nunca los usé. Están en el patio de la casa. Explícame por qué no podías volver. Es estúpido. ¿Qué te hice? ¿En qué me equivoqué?

—Perdóname… tú no hiciste nada.

—¡Oh!, gracias… qué bien se siente no tener culpa ya cuando vale mierda.

—Mira… no sé… es que… a ver, te traje un regalo.

—No quiero nada tuyo.

Alberto hizo a un lado su botella. Tomó el manuscrito y lo deslizó sobre la mesa.

—Es mi última novela. Aún no sabe ni el editor que la escribí. La escribí luego de enterarme que tu mamá había muerto. Por eso tardé en venir.

—¿Fue más importante escribir que venir al entierro? — Nicolás se rió. —Sigues haciendo méritos para que te perdone.

—Ahí está todo. Ahí te explico por qué no podía volver… la verdad de todo. Quería explicar todo y me pareció más importante venir y tener algo que decir. Sabía que no sería capaz de decírtelo de frente.

—Eres un cobarde.

Nicolás tomó el libro y lo abrió en la primera página.

—La espalda eclipsada.

Leyó en voz alta con un dejo de sarcasmo en las palabras. Pasó la página y leyó en voz alta la dedicatoria que tanto trabajo le costó a Alberto.

—«A mi hijo, sin duda, ahora que estamos solos.»

Cuando iba a pasar a la siguiente página, Alberto metió su mano en medio.

—Puedes leerla, enterarte de todo, estás en tu derecho. No aquí. Luego. Tómate el tiempo. Leerla significará muchas cosas, así que te doy dos opciones: la lees y no vuelves a saber de mí, o me perdonas y me quedo a tu lado.

—¿Por qué dice «sin duda»?

—La novela lo explica. Sólo te pido que me dejes terminar esta noche contigo. Mañana, si quieres, puedes leerla y me voy para siempre. Yo quisiera que no la leyeras, me perdonaras y me dejaras recuperar el tiempo perdido. No sé, quizás conocer a tu novia, vivir juntos, ir a ver algún partido, no me gusta mucho el fútbol, pero vamos… pagarte la boda y malcriar a los nietos… eso… eso quisiera.

—No entiendo. ¿Por qué no puedo leerla? ¿Acaso no es para eso que me la regalas?

—Te necesito, Nicolás. Haz lo que creas correcto. Por ahora, cuéntame de ti, ¿quieres? Si abres la novela ya, me levanto y me voy. Es lo mejor.

Nicolás se detuvo en la portada negra. Cerró la novela. La puso a un lado de la mesa, junto a la botella.

—¿Qué quieres saber? Si no te veré nunca más, es lo menos que puedo hacer.

—Todo. Te prometo que no sabrás más de mí luego de esta noche.

—Puedes llamar, de vez en cuando. Visitarme. Te avisaré si algún tengo hijos. No puedo negarte eso.

—Dime, ¿cómo se llama tu novia?

Alberto llamó a Homero, que desde su butaca respondió con un grito. Pidió una canasta completa de cervezas, que el anciano trajo a rastras con mucho ruido. Bebieron rápido, animados. Nicolás ya no lo miraba como antes.

—Agradezco que te hayas tomado el tiempo de escribir la verdad —le dijo un poco borracho.

—Es lo único que sé hacer, escribir. Pero por mí, que nunca la leas.

—Tienes novia.

—No…

Al terminarse las cervezas, Nicolás vio que Alberto estaba ya muy borracho y le impidió pedir más. Pensó que lo mejor era llevarlo a su casa, dejarlo dormir allí y que se fuera a la mañana siguiente. Se lo dijo. Se pusieron de pie y por poco Alberto se cae, él lo alcanzó a sujetar. Tomó la maleta y la chaqueta y caminó a su lado sosteniéndolo del brazo. En el umbral, vieron las calles empapadas y lo charcos que formó un aguacero que no vieron cuándo empezó o terminó. Era de noche. Nicolás abrió la chaqueta tomándola por los hombros, Alberto metió un brazo, luego el otro y Nicolás se la acomodó. Tomó los puños largos y los dobló remangándolos sobre el brazo de Alberto, lo sujetó otra vez del brazo.

 —Vamos papá. Con cuidado.

Homero contó luego, que esa novela que estaba ahí en la vitrina, era la obra perdida de un gran escritor del que se reservaría el nombre: «por motivos de seguridad», se excusaba cuando le preguntaban. Le había tomado copia para calmar la ansiedad de los curiosos, y para resguardarse de la exposición, sólo las prestaba bajo la condición de no sacarlas nunca del bar. 

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