AHORA QUE ESTAMOS SOLOS

Nadie podía negarlo, menos ahora, ese hombre minúsculo de hombros estrechos y pelo abundante, era su padre. Su imagen en el espejo, no tenía mucho que ver con aquel homúnculo mal vestido que esa mañana le dijo: «hijo». Entonces, la palabra le sonó mucho más diciente, más compleja y abundante en posibilidades. Ahora, no paraba de sonreír cada que el pequeñín, levantando mucho los ojos, lo llamaba de ese modo con afecto inconsecuente con el tiempo perdido.

Existía, sí, una leve marca en su memoria. Una huella poco profunda —¿una pisada suya, quizás?—. Algo que el pasar había ido haciendo una hendidura indefinida que era a veces un abrazo, un regalo siempre tarde, que pudo o no venir de él. Su mamá se esforzó en que lo recordara. Le mostraba fotografías donde un hombre de bigote y saco cuello tortuga, la sostenía de la cintura mirando a la cámara con una sonrisa como puesta ahí, en su rostro, por error. De ese error ya no quedaba nada. Su papá, Alberto, prefirió, no sobresalía mucho por su alegría. Dijo que lo sentía y agachó la cabeza como si no fuese suficiente vergüenza tener que mirarlo siempre en contrapicado. Él le palmeó el hombro, quiso responder algo que abarcara siquiera el sentimiento nacido en el reencuentro, esa alegría sosa maximizada, en apariencia, por la sorpresa de verlo otra vez después de tantos años. No es casualidad que la realidad parezca mucho más rica en detalles cuando la memoria es insuficiente para redibular lo trivial, esas pequeñas cosa que ayudan a que el decorado empate con lo que se siente de ese instante. No es cierto, nunca, el ornamento con que se engalana la que fue, porque el recuerdo siempre es más perfecto en el recuerdo

No habló.

Tenía todas las palabras, un abrazo añejo.

Guardó silencio y retiró rápido la mano de su hombro. Un gesto de quien toca algo que arde.

Alberto levantó los ojos. Ambos notaron una sonrisa incompleta que se completó en, otra vez, la cabeza gacha y un estrujar nervioso de manos del recién llegado.

—Es increíble que alguien como  tú, haya nacido de mí… ¿nunca lo has considerado?… bueno, no nacido, no tanto así; mejor, que alguien como tú lleve algo mío. Pareces hijo de alguien más, ¿no?… alguien más…

Lo miró como buscando en él la palabra que le faltaba.

—… digno. No me mal interpretes, es que… no sé cómo decirlo… quizás no es el momento… es como de alguien que, mejor dicho…

—…está bien, papá, déjalo así. Te entiendo.

Fue la primera y la última vez que le llamó papá. La palabra se le hizo pegajosa en la boca y no quiso salir más. Alberto después; Alberto, siempre Alberto.

Estaban de pie bajo el dintel de la puerta. A su lado, la maleta de viaje más que evidenciar la llegada, insinuaba lo corta que esperaba él que fuera la visita. Uno frente al otro, en la casa donde él vivía solo desde que se quedó solo. Por eso vino Alberto, para que él tuviera quien le ayudara con esa nada que se había hecho pesada de tanto rumiarla en la necesidad de imbuirla de sentido.

—Mamá murió.

—Lo sé. Me avisaron tarde. Cuando llegué, ya era tarde. Vi su lápida recién tallada. Aún podía verse el polvillo que dejó el torno cuando escribieron su nombre. La fecha, también mucho antes de que llegara la noticia… Es decir, la fecha de su muerte, era lejana al día que me dijeron. ¿sí?

—Sí. Entiendo.

Se quedaron callados. Él notó cómo Alberto se tomaba una mano con la otra y miraba hacia adentro. Repasaba cada objeto, se detenía en ellos, como si leyera algo —que él desconocía— escrito en sus superficies.

—Ese sofá lo compramos juntos. ¡Aún está perfecto! Tú no habías nacido, aún. No queríamos tener hijos, no en ese momento en el que decidimos vivir juntos. Éramos jóvenes, teníamos sueños, amor de sobra. Pero… pues… no, no era el tiempo de tener hijos. Al menos no para mí.

—Tú sí cumpliste los tuyos, eso es válido.

—No entiendes. Nadie te ha contado. Tú mamá decía que eras muy pequeño para entender. Por eso no te contó- Y sí, claro, no estuve para contarte… pero es que a mí no me tocaba… Ven, ¿quieres tomar algo? Estoy cansado aquí de pie.

—Sigue. Al fin y al cabo, de una u otra manera, esta también es tu casa.

—No, aquí no. Hace rato tienes edad para un bar, para una cerveza… para saberlo todo. Aquí no, en la casa es más difícil.

—¿Difícil?

—Cuando tengas mi edad entenderás. Ahora todo es un mirar hacia atrás. Es decir, ya no se piensa hacia adelante. Es como si con el pasar del tiempo, la vida se diera la vuelta, o quizás es que siempre ha funcionado así y sólo cuando se llega a cierta edad se reúnen las suficientes experiencias par entender, ¿sí? La niñez es un futuro continuo, no hay más que lo que será… cuando sea grande quiero ser… decimos de niños y entonces se vive inventando, actuando el teatro de la posibilidad, soñando con el momento en el que podamos parecernos a nuestros padres, a quien admiramos y queremos superar… ¿sí?

—… la juventud es el presente y la vejez el pasado; sí, lo sé. He leído tus libros. Mamá los tenía todos. Me los dejaba sobre la mesa. No me dijo que los leyera, pero ya sabes… la veía leerlos todos las noches antes de dormir, luego de que cenáramos… la curiosidad me pudo. No sabía que los escribías tú, el nombre de la solapa era demasiado anodino para que me sonara a alguien… especial. Súmale la obsesión por que no te tomen fotos, lo que le huyes a las entrevistas… no eras nadie, no para mí.

Se arrepintió de la última frase. No se retractó ni intentó explicar. No importaba. Le molestaba el dejo de disculpa que se entreveía en sus silencios. Le irritaba que, aún en ese momento cuando el desborde afectivo hubiese sido lo correcto, Alberto midiera todo lo que decía, buscara con tanto cuidado las palabras en lo que, a él le parecía, un intento por no resbalar en lo que hizo y tropezar con su propia culpa que, se le notaba, traía enredada entre los pies obligándolo a caminar con cuidado, a estabilizarse los vaivenes. Ese mirar al suelo, ese estrujarse las manos, todo en él le irritaba. Conforme le hablaba, construyendo las bases de su reivindicación, más pequeño e insignificante le parecía.

—¿Vamos? Conozco un sitio. No sé si exista todavía. Podemos ir a ver. Es cerca. Ahí tomábamos cuando teníamos tu edad y la plata era lo que nos faltaba. Al final salió bien, ¿no?

—Sí, salió bien, ¿cómo no? Te traeré una de mis chaquetas, hace frío y va a llover. Esa camisa no calienta mucho.

Por instinto, ambos miraron al cielo nublado. Allí las nubes parecían una masa esponjosa y pesada que no empujaba el viento recio que se sentía abajo. Él entró. Alberto esperó dando la espalda a la puerta abierta. Encendió un cigarrillo y metió sus manos en los bolsillos pantalón. Las sacó. Levantó el cuello de la camisa y sacudió la ceniza. Era cierto, iba a llover.

Caminaron uno junto al otro. Pensaban, cada uno para sí, en ella sin decir nada. La chaqueta que él le dio, le iba inmensa. Alberto la remangó. Dobló los puños hacia arriba. Buscó sus cigarrillos, ofreció uno a Nicolás. Él lo tomó porque sí, no tenía ganas de fumar. A diferencia de Alberto, era más un fumador de ocasión.

—No sabía que fumaras.

—Hay muchas cosas que no sabes. Algunas las sabrás, otras ya no hay cómo.

—Lo sé.

Levantó la maleta y metió la mano libre en el bolsillo. Apretó el cigarrillo con los dientes para obligarse a no hablar.

Alberto lo guió en silencio. Doblaron a la izquierda, luego derecho dos cuadras, después a la derecha, cruzaron la avenida y a la derecha de nuevo. El bar seguía con las mismas mesas, daba la impresión que ni los bombillos habían sido cambiados desde la última vez que fuera, ya hace varios años.

—Y hay gente que se atreve a decir que el mundo cambia… ¿cierto?

No hubo respuesta.

Se sentaron en la barra. Alberto dejo la maleta en el suelo. Un anciano en muletas se levantó de una butaca desde donde veía un televisor pequeño y a blanco y negro. Le costó ponerse de pie. Se apoyaba sin fuerzas en las muletas remendadas con cinta pegante gris o blanca, dependiendo de la antigüedad del remiendo. Vino hacia la barra. Se apoyó sobre sus palmas abiertas, dejando caer su cuerpo con pesadez y agitación.

—¿Qué quieren?

—Dos cervezas, por favor. Gracias, don Homero.

Arrugó en entrecejo. Echo su cuerpo más hacia adelante y fijó sus ojos  pequeños en la cara de Alberto. Lo escrutó con parsimonia.

—Qué viejo está, Alberto.

—La vida, ya sabe, no hay modo de no estarlo. En cambio usted sí está hecho todo un elefante…

—… arrugado y orejón —completó la frase. —Es la calva, me agranda las orejas —se quitó la gorra y se pasó la mano por su cráneo, del que colgaban desordenadas hilachas de pelo entre gris y blanco.

Giró sin soltar las muletas que sostenía debajo, con las axilas. Sacó dos botellas que goteaban y las puso sobre la madera gastada de la barra. Les dio un destapador que tenía el logo de una marca de cerveza, desaparecida del mercado hace muchísimos años. Regresó en silencio a su butaca y continuó viendo la televisión con atención.

—¿Qué le pasó?

—No sé. Desde cuando venía, ha tenido muletas. Dicen que es filósofo, literato, historiador o muchas cosas, pero ni idea. Lo hemos oído hablar de cosas, anécdotas como esa que contó hace años sobre unos pintores que estuvieron aquí y le dejaron unos cuadros como pago de una cuenta. Pintores que no eran famosos entonces. Según él, fueron muy reconocidos mundialmente, después. Este cuadro fue pintado por uno de ellos, ese boceto a lápiz, por otro y el dibujo del reverso de la puerta, sí estoy seguro de que lo hizo  Caballero. Él mismo me lo dijo, Caballero, digo. Cuando se publicó mi primera novela, tuve que viajar a Buenos Aires porque iba a hacer el lanzamiento para el Cono Sur. Caballero vivía allá. Se me acercó y me dijo que había leído mi novela, que reconoció este sitio en mis descripciones y en el personaje de Aquiles, un anciano inspirado en Homero, dueño también de un bar como este. Yo pinté una puerta allá, una noche todo borracho, me dijo, quién sabe si aún exista. De los demás cuadros no sé nada, puede que sí o puede que no, sean de pintores famosos y valgan mucho.

—Es triste, deprimente, verlo así, tan viejo y que tenga que seguir trabajando. ¿No tiene familia?, ¿hijos?

—Que yo sepa, no. Supongo que el bar es lo que lo mantiene vivo. SI no tuviera esto, ya se habría muerto. Además, este es el único bar que abre desde las siete de la mañana. Para los estudiantes este es un buen lugar. ¿Qué fue lo que estudiaste?

—Derecho. No he ejercido, eso fue plata perdida. Me he encargado de la galería. Al final, a mamá no le gustaba mucho llevarla; los últimos años, digo. Pasaba el día entero encerrada en el taller pintando y rompiendo los cuadros. Ya sabía que estaba enferma pero no me lo había dicho. Tampoco se me ha dado la oportunidad de trabajar como abogado. Me han ofrecido cosas, pequeñas, como para arrancar, pero siempre hay una exposición, o recitales poéticos de La Nueva Generación de Poetas, una generación que cada semana es otra. O los narradores nacidos después del 85, que tienen la apariencia de viejos nacidos en el 35 y leen los mismos cuentos, todos iguales unos a los otros, con el mismo tono y los mismos arranques «garciamarqueanos». Luego toman vino barato en copas baratas y se halagan caro.

  —El hermoso in-mundillo literario.

Bebieron. Alberto un sorbo largo; Nicolás, apenas se mojó los labios. El bar estaba vacío. En silencio. La misma «rockola» antigua lanzaba su luz de azules y violetas sobre las mesas, al fondo del local.

—¿Aún funciona?

—Claro.

—¿De cuánto es la música?

—Un peso.

—¿Un peso? Sea serio, don Homero.

—No la recuerdo, de cuando venía antes —le dijo a Nicolás. —Ya no hay monedas de un peso… ¿entonces qué, don Homero?

—Cada cerveza incluye diez canciones.

Abrió un cajón de madera junto a la butaca y sacó un puñado de monedas plateadas, acuñadas cuarenta años atrás. Se estiró. Sin levantarse, las dejó con un tintineo sobre la barra.

—Así no le gana. Actualícela.

—Es que no la mande a traer por la plata, sino por las piernas.

Alberto caminó hasta las monedas, las tomó y fue hasta la «rockola». Desde su silla, Nicolás escuchó el ruido metálico de las monedas al caer. Contó diez. Luego oyó el chasquido de las teclas y el crujir del brazo mecánico que tomó el primer vinilo.

—Gardel… porque vale la pena —dijo Alberto regresando a la silla.

«Con la frente marchita…» recitó Alberto sentándose.

—Lo más difícil de irse es regresar, ¿no, Alberto?

—Lo más difícil de irse es regresar, sí, Nicolás.

Alberto cantaba en voz baja mirando la botella que sostenía entres sus dos manos haciéndola girar sobre la madera. Pensaba en la mejor manera de empezar a contarlo todo. ¿Por dónde? No era su intención hablar mal de Aída, no lo merecía. No le interesaba que Nicolás perdiera respeto o la juzgara, menos ahora que estaba muerta. No era digno. Era consciente del desprecio que Nicolás no disimulaba. Lo entendía. También él, de estar en su lugar, sentiría igual. Hubiese sido fácil comenzar contándole lo tonto que se sintió cuando lo llamó hijo. Explicarle que las circunstancias eran mucho más complejas que el odio o el desprecio. Que su culpa no era como él suponía. Que su culpa no era la del abandono, sino la del amor insostenible. Que sí, se equivocó, pero no yéndose sino enviando regalos que no le tocaban y dando abrazos que no podía respaldar. Ahora, tantos años después, pensaba —ya antes lo había creído— que le hubiese sido más fácil ser lo que Nicolás esperaba. Ser lo que esperó de él, sólo porque él mismo le hizo creer que eso era lo que debía esperar. Le fue tan difícil perdonar. Cada que quiso regresar, todas las veces que Aída lo llamó y le pidió perdón; cada que le dijo que un error, en tantos años juntos, no determinaba la intensidad ni la existencia del amor; cada vez que le dijo que lo amaba, pudo decir que sí. Volver cuando la «nieve de los años» no hubiese mermado tanto su ser. Regresar junto a ellos, ser el papá que Nicolás no tenía, el que se esforzó en suplir los primeros cuatro años de su vida. La familia a la que luego, por no sentirse estúpido, renunció.

¡Qué estúpida le parecía en ese momento la certeza que lo convenció de que debía irse!

Aída no estaba. Se había sentado a escribir. Nicolás apenas empezaba a caminar y estaba junto a su escritorio, sentado en el suelo jugando a abrir y a cerrar un libro de esos, que al abrirse, despliegan un escenario de cartón en tercera dimensión. No conseguía escribir nada. Lo agobió el éxito de la primera novela que los editores se empecinaban en que repitiera tal cual pero con otra historia. Le decían que su acogida se debía a esas pequeñas cosas que ocupaban el subtexto y que permitían que el lector sonriera de ternura. Los detalles que hacen de la atmósfera un espacio por el que se intuye la melancolía y la soledad de la protagonista. Sentimiento que no nombré y que, según decían, construyó con la sutileza de un escritor consagrado, más viejo. Es como leer a Peter Weiss pero sin nazis ni autopsias, le dijo el editor. Él no sabía quién era Weiss, tampoco cómo podía vincularse su obra con él.

Tecleaba inicios, frases sueltas que iban desapareciendo con cada empujar del carro de la máquina de escribir. Nicolás levantaba la mirada atento al ruido de las letras que agitaba el silencio. Veía. Cuando se detenía el traqueteo, regresaba al libro para seguir los contornos de las figuras con sus dedos. Nicolás se levantó y fue a su lado, puso el libro sobre las piernas de Alberto y señaló una figura.

—¿Qué es esto?

—Un cerdo con corbatín.

—¿Este es el cerdo o el corbatín?

Señaló.

—El corbatín. Tú ya sabes cómo son los cerdos, ¿qué pasó?

—Los cerdos no están parados, no tienen corbatín. Con mi mamá los vimos.

—Este usa uno y va en sus dos patas porque tiene una fiesta, una con todos los animales. Por eso el león usa esa capa y esa corona…

—¿Este?

—Sí, ese es el rey y van a festejar su cumpleaños.

—Ah, bueno. Gracias.

Volvió a sentarse en el suelo. Señaló las figuras recitando de memoria los nombres de cada animal y inventando los que no sabía. Después lloró sin razón. Alberto fue a él, se arrodillo a su lado, le preguntó, pero Nicolás seguía llorando. El niño lo abrazó por el cuello y metió su cabeza en el hueco del hombro. Alberto no pudo devolver el abrazo porque ahí la imagen de Aída, lejos de él, gimiendo sin él, jadeando en otro sudor, le llenó el corazón de rabia. Nicolás era la materialización de su imposibilidad para olvidar.

Cuando Aída regresó, Nicolás comía en la mesa y Alberto fumaba viéndolo sostener la cuchara con dificultad, derramando lo que quería comer. A cada cucharada se le iba haciendo más fácil, regaba menos y comía más. Aída besó al niño quien siguió indiferente concentrado en la tarea que ocupaba todos sus sentidos. Alberto movió su cara sin soltar el cigarrillo en la boca, para evadir el beso.

—Tenemos que hablar.

En la noche, luego de dejar dormir a Nicolás, Aída entró en la habitación. Lo encontró de pie con las maletas armadas, el abrigo puesto y la bufanda de siempre. No era la primera vez que amenazaba con irse, pero algo le dijo que esa vez sí era para siempre. Quizás fue el silencio, la falta de reclamos, comunes cada que a Alberto lo acosaba el recuerdo. Aída se sentó en la cama preocupada por lo atípico de su amenaza. Le pidió que por favor no se fuera. Le dijo que lo amaba y que no sabía cómo más pedirle perdón.

—Dime, ¿qué quieres que haga? ¿Qué necesitas para perdonarme? Dime, yo lo hago. Pero no nos dejes. Te amamos, los dos… a pesar de…

—… devuelve el tiempo, haz que mi espalda se acople a esta vida que no es mía. Devuélveme lo que es mío, el sueño que rompiste. No puedo, Aída. No puedo fingir que no me duele. ¿Para qué? Para qué si no consigo mirar a Nicolás a los ojos sin que me duelas. Es lo mejor, sé que lo sabes.

—…

—Búscalo. Cuéntale del niño. Nicolás no tiene por qué pagar por tus errores. Merece saber. No le digas cómo fue, o qué pasó, solo dile la verdad. No es justo que crezca creyendo lo que no es. Y yo no debo… aún estoy joven, puedo construirme una vida, un hogar del que sí sea yo…

—… lo eres, esta es tu casa, Nicolás es tu hijo…

—Te amo pero no puedo asumir el pasado, seguir adelante como si nada pasara. Lo intenté, me esforcé, no pude. Sï, quizás soy un imbécil; no, los soy, debí irme cuando todo pasó, no permitirme llegar a este cuando todo es más difícil.

—Mi amor, por favor, por favor.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s