«En el búnker c…

«En el búnker colgaba de la bóveda una cadena que corría por un rodillo y que, en su extremo inferior, tenía un gancho de hierro fuerte y curvo. Me llevaron al instrumento. El gancho encajó en el grillete que mantenía unidas mis manos a la espalda. Entonces me izaron con la cadena, hasta que quedé colgado a un metro aproximadamente del suelo. En esa posición, o así colgado por las manos atadas a la espalda, se puede mantener por breve rato, utilizando los músculos, una postura semioblicua. Durante esos escasos minutos, cuando ya se ha utilizado la máxima fuerza, cuando ya ha aparecido el sudor en la frente y los labios, y se jadea, no se responde a ninguna pregunta. ¿Cómplices? ¿Direcciones? ¿Lugares de reunión? Apenas se entiende. La vida congregada en una sola zona del cuerpo, limitada, concretamente en la articulación de los hombros, no reacciona, porque se agota por completo en el esfuerzo. Sin embargo, este no puede mantenerse mucho tiempo, ni siquiera cuando se trata de personas de fuerte constitución. Por lo que a mí refiere, tuve que renunciar bastante aprisa. Y entonces se produjeron crujidos y astillados que mi cuerpo no ha olvidado ni siquiera hoy. Los cóndilos saltaron de sus alvéolos. El propio peso del cuerpo causó una luxación, y yo caí en el vacío y quedé colgando de mis brazos dislocados, alzados por detrás y ahora retorcidamente cruzados sobre mi cabeza. Tortura, del latín torquere, retorcer: ¡qué clase de instrucción etimológica visual!»

(Más allá de la culpa y la expiación. Jean Améry)

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