HAY AMOR EN EL AIRE

 

La semana próxima, Santiago cumpliría doce años. Recorrió todo el centro comercial buscando el regalo preciso para su nieto. No tenía claro qué era eso que los niños ahora querían. En su época, un carro de madera o un muñeco tallado habrían sido el regalo ideal; o quizás uno de esos juguetes galácticos que llamaban, de los que venían de Estados Unidos y tenían marcianitos verdes dibujados con pintura de plomo. Sí, esa con la que se envenenaron algunos niños, según oyó. Preguntó en sitios de juguetes. Ahí le daban opciones estúpidas como muñecos plásticos que disparaban más plástico en forma de proyectiles imposibles. No, no sería él quien le regalara juguetes belicosos, no le veía utilidad. Se sentó en la plaza, cansado. Le dolían los pies y pensaba mucho en Amanda. Si ella estuviera, ya habría solucionado su problema sin tanto rodeo. Iría a la tienda grande y luego de recorrer un par de metros, diría: «Echa eso Fausto, no demos más vueltas, eso le gustará», él obedecería. Confirmaría luego que sí, efectivamente, a Santiago le gustaba el regalo. Así fue mientras estuvo viva.

Se secó el sudor de la frente. El espacio era amplio. Lo llenaban mesas metálicas cada una con cuatro sillas de mimbre sintético color marrón claro. Las personas tomaban café o granizados de café o maracuyá. El lugar estaba más lleno que vacío. Quiso un granizado de esos. Pero estaba tan cansado, que le fallaron las fuerzas cuando intentó levantarse y cayó de nuevo sobre la silla, pesadamente. Resopló. Una joven lo vio. Le sonrió. Sin levantarse de la mesa le preguntó si estaba bien. Estoy bien, dijo. Cansado, un poco, nada más, dijo. El calor, dijo ella. No charlaron mucho. Fausto era seco, le incomodaba sentirse débil y necesitado. Ella se ofreció a traerle el granizado, Fausto aceptó, más por cortesía que porque creyera que de verdad no podía ir él mismo. Pero no podía, esa era la verdad, el cuerpo no le daba. Le extrañó que mientras caminó, no se sintió tan cansado ni tan agitado. Sólo fue sentarse y la agitación y el sudor le vinieron de repente, como un vaso que se rompe.

Gracias, dijo al novio de la chica quien, al final, había traído el granizado. Ella se quedó hablando con él. Ella le dijo que él era su novio, que era profesor y muy buen tipo. Ella no era profesora, estudiaba y a veces hacía fotos, comerciales… modelaje, en todo caso. Lo entiendo, dijo él. Era muy linda. Podría ser su nieta, pero era muy linda. Sorbió el líquido frío por el pitillo plástico. Se sintió un poco mejor. Un gusto, don Fausto, dijo la chica. Él le sonrió y levantó su vaso a modo de saludo. Se quedó sentado pensando en a dónde ir a buscar el regalo. Balones ya tenía muchos. La bicicleta se la había dado de navidad, la que él pidió. No se atrevía a darle ropa, eso lo hacía Amanda, él no sabría qué darle. Sorbió otra vez y dejó el vaso sobre la mesa con un leve temblor de las manos al que ya se había acostumbrado de tanto verlo y no poderlo controlar. Miró a los novios que hablaban y reían de un libro, algo así, llegó a la mitad de la charla. Disculpen, dijo. ¿Señor?, le contestó ella con ese gesto molesto de condescendía geriátrica tan común ahora que estaba viejo. ¿Me podrían ayudar con una cosa más? Y les contó el dilema, el viaje, el motivo de todo. Una Xbox 360, le dijo él, o un Play Station 3, o una PSP, si no la tiene. Eso les gusta. Mis estudiantes matarían por cualquiera de esas, literal.

—¿Eso qué es?

—Videojuegos, don Fausto.

—Ah, yo de eso no sé nada. ¿Les molestaría acompañarme? Yo invito el próximo café.

Ellos se miraron. Comenzaron a levantar las cosas y el hombre apagó el cigarrillo que fumaba contra el piso de baldosa de la plaza. Ella lo tomó del brazo y lo ayudó a levantarse.

—Estoy bien.

Entraron juntos, Fausto en el medio. La chica lo había tomado del brazo, de gancho. Eso no le molestó, ni a Fausto ni al novio. Fue él quien habló en la tienda de videojuegos. Dijo cosas que Fausto no entendió, luego le explicó los precios, las ventajas y desventajas. Se decidió por la PSP. Le pareció cómoda, pequeña, portable. Al salir y regresar a la plaza del café, Víctor, así se llamaba el novio, la encendió y le indicó algunas cosas. Fausto vio, escuchó, presionó botones. Por un rato jugó a manejar unos carros lujosos huyendo de la policía. Le gustó mucho la PSP y se convenció de que a Santiago, le gustaría igual.

Justo cuando se despedía de la pareja, luego de cumplir su promesa de los cafés, ellos le dijeron que se quedara un rato más. Esperaba a unos amigos, podrían charlar más tiempo. Dudó. Recordó que nadie lo esperaba en casa. Se sentó y pidió tres cervezas. Para el calor, dijo sonriendo. Fue el centro de atención. Hacía años que no lo era. Se sentía bien. Sus hijos no estaban. La única que quedaba era la menor, la mamá de Santiago. Siempre ocupada para hablarle. Fausto no recriminaba, no sabía cómo. Prefería ocuparse de su nieto, recibirlo en la casa cuando iba a verlo y se quedaba con él. Era consciente de que se aburría. Allí no había mucho que un niño pudiera hacer. A veces lo encontraba leyendo en el estudio, eso le gustaba. Igual, se aburría. Víctor sugirió que se comprara un televisor grande, cincuenta pulgadas, una Play 3 y conexión WIFI. Le aseguraba que el niño no querría irse nunca de allá. La chica asintió. Pueden jugar juntos, a los carros, dijo ella. Sería divertido, pensó Fausto pero no dijo nada. Bebió la segunda cerveza que pagó el novio. El sol estaba muy fuerte. Se sentía cansado y un poco mareado.

—¡El colmo!, ¿con dos cervezas? —pensó en voz alta.

La pareja río y Víctor dijo que estaba tomando muy rápido.

—A todos nos pasa si nos aceleramos. Vamos despacio, don Fausto, no hay afán.

Bebió más despacio, por un rato. Luego lo olvidó y pidió la tercera. Ella no lo dejó pagar. Propuso que no pagaran con cada traída. Mejor al final, una cuenta repartida en tres, le dijo palmeándole la mano sobre la mesa. Ya no le importaba su condescendencia, no era momento para pensar en eso. Fausto, un poco borracho, les contó que Amanda había muerto.

—Hace un año me dejó. Cáncer, el cáncer nos matará a todos.

Se arrepintió de tocar ese tema. Era tarde para echarse atrás. No había hablado con nadie de cómo se sentía y le pareció un momento propicio para dejarse ir. Su historia desentonaba con el día caluroso, atípico en esa ciudad. Era lunes, dos días después del cumpleaños de Amanda, nadie lo había recordado. Sólo él, que llevó unas flores a su tumba y le dejó un beso en la lápida luego de darle tres golpecitos y contarle lo que solía contarle cuando estaba viva. Se fue del cementerio manejando despacio hasta su casa. Se quedó dentro del carro, frente a su casa, por mucho tiempo con las manos aferradas al volante. Miraba la puerta cerrada. No se lo dijo a nadie, ni siquiera a los recién conocidos, pero estuvo ahí por más de dos horas esperando que ella abriera la puerta como lo hacía antes. Qué estupidez, se dijo ese día mientras esperaba. Pero eso no lo contó. No quería acrecentar la idea de debilidad que el sudor, la agitación y la borrachera ya esbozaban de sobra. Sí les contó que preparaba postres de modo obsesivo.

—Un domingo, cuando regresé, había ido a visitar un amigo… iba a decir que un viejo amigo, pero a mi edad todos los amigos son viejos, en edad y en amistad. El caso es que ese domingo, cuando volví, encontré suficiente cheesecake como para alimentar una legión de gordas deprimidas. Fue raro. Ella estaba sentada en la sala, veía televisión y comía el postre con una cucharita que apenas si le dejaba agarrar bocado. Me dio un beso en los labios. Se detuvo en el beso como cuando teníamos sus edades. Con el tiempo, los besos, y todo, van perdiendo sentido. Ya uno no se besa igual, es más, casi ni se besa. La vida se hace pagar cosas, tener vueltas por hacer. Todos los días hay una nueva diligencia, un sitio al que toca llevar un papel o ir a comprar alguna cosa para el carro o la casa. En eso llevábamos 30 años: pagando el colegio de los niños, trabajando, los recibos de la luz o el agua, la cuota del carro… pero ese día, Amanda me besó y se quedó en mi boca como hacía años no lo hacía. Le respondí el beso, desconcertado de lo feliz. La tomé de la cara y pegué mi boca a su boca… con lengua y todo —se sonrojó—. El día anterior, el médico le había dicho que tenía cáncer y que ya no se podía hacer nada, se iba a morir.

Fausto no supo del cáncer sino dos semanas después. Lo supo porque el médico llamó para insistir en que Amanda se hiciera el tratamiento. Él simuló saberlo. Le dio vergüenza decirle al médico que ella no le contó nada. Colgó el teléfono y se echó a llorar en la mesa de la cocina. Ella regresó de visitar a Santiago que estaba pequeño aún. Lo encontró con las manos entrelazadas y una botella de un trago ámbar que él no recordó qué era, ahora que lo cuenta. Whisky o ron, qué importa. Amanda se detuvo en el umbral de la cocina y también lloró pidiendo perdón. Usaba esa combinación de falda y saco rojos que a él tanto le gustaba. Sólo hasta ese momento se lo dijo: «Me gusta mucho que te vistas así». Ella lloró más. Le contó que no había nada que hacer, que ya estaba muy regado. Es complicado, mi amor, no quiero morirme en la clínica ni calva ni inútil, les dijo Fausto que ella le dijo. Fausto la entendió, él hubiera hecho lo mismo y ella lo sabía, sabía que él la entendería.

Fausto terminó la tercera cerveza. Levantó la mirada de la mesa metálica donde estuvo mirándose las manos, recreando la escena de Amanda y él en la cocina. Los novios lo escuchaban atentos. Él fumaba y ella, con la pierna cruzada, apoyaba los codos en la mesa sosteniendo su cabeza entre sus palmas abiertas.

—Qué triste.

—Es la vida.

Dijeron cada uno a su vez sin saber muy bien qué decir. Había algo en el ambiente que no admitía la tristeza. Fausto movió la cabeza como espantando un animal fabuloso que se le hubiese pegado al cuello. Levantó la mano y pidió otra ronda. Los amigos no llegaban. Nadie miraba el reloj. Los tres se quedaron en silencio el tiempo que tardaron las cervezas en llegar. Se evadían en la superficie estrecha de la mesa. Cada uno viendo sin mirar a su alrededor o al cigarrillo que él fingía que se apagaba. Fausto quiso seguir contando. Decirles que ella murió tres meses después de ese día. Que no fue tan traumático como creyó cuando se enteró en la cocina. El tiempo sirvió para preparar la despedida. Pero habló de otra cosa.

—En los meses antes de que muriera y luego de que me enterara, comí mucho pie de limón, cheesecake de sabores varios: arequipe, limón, mandarina, etc. Yo creía que Amanda toda la vida había hecho postres así, digo, tantos y tan seguido. Pero por más que quise recordar y convencerme de que así era, me fue imposible. Me estaba engañando. No quería aceptar que los postres eran, quizás, su forma de dejarme algo. No sé si hayan leído a Proust, ¿lo da la Madeleine, la Magdalena, la memoria involuntaria…? Bueno, ella sí. Le encantaba. También me preparó magdalenas, pequeñas y esponjosas: de chocolate, nueces; redondas en su papel engrasado.

Víctor sí había leído a Proust, también a Walter Benjamin. Se deshizo en una sarta de explicaciones para la chica que no conocía a los autores ni qué representaban las magdalenas.

—Qué bonito — dijo ella y volvió a mirar a Fausto que escuchaba a Víctor.

Hay amor en el aire, dijo Fausto y se limpió el sudor de la frente. Ya no se sentía mareado ni agitado. Llevaba más de dos horas sentado en esa silla contando cosas como si hablara con amigos de años. Sus amigos de años quizás no lo hubiesen escuchado tanto, ni con tanta atención. Ellos tenían sus propias esposas muertas, sus propias añoranzas, sus añicos abundantes; el tiempo contado.

—Y qué dice, don Fausto ¿vamos por la play 3 y el televisor? —dijo Víctor echándose el último trago de la botella.

—¡Vamos! —Fausto comenzó a levantarse de la silla. Esta vez la chica no le tendió la mano. Despreocupada se levantaba también, recogiendo su bolso.

—Si quiere, yo se la ayudo a instalar, para que su nieto llegue de una a jugar. ¡Ya mismo! La compramos y vamos para su casa.

Caminaron los tres, Fausto al medio, la chica agarrada de su brazo. Entraron al centro comercial. Fausto, visto desde atrás, parecía un pingüino encorvado por el peso de la PSP en la bolsa de regalo.

—Si quiere también le enseño a jugar.

Dijo Víctor. 

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