Este es el lugar

Este es el lugar, José, aquí dejaron tu cuerpo. Te comieron las ratas, o los chulos o no sé, pero te comieron. Y fue tan duro, tan difícil llegar hasta aquí, tan difícil irse solo con la zozobra desencallada para seguir pausados sobre esa pesadilla que es saber que no estás. José, ya empieza a llover. ¿Por qué siempre llueve cuando se habla triste, José? ¿También llovió cuando te trajeron? Estoy segura de que sí. Yo le dije a tu mamá que estabas muerto. Ya sabes cómo son las mamás. Le dije porque no quería que te siguiera esperando. Me creí capaz de cargar con tu ausencia yo sola mientras le ayudaba a rearmar su vida y a ocuparse de Marianita, que se quedó tan sola, José. Marianita te escribió una carta, ya estabas muerto. No le dije, no te preocupes. Aquí la traigo, no es nada importante. Está mal escrita y tiene un dibujo de un papá con su hija, van de la mano. Cuando le pregunté  me dijo que no, que no eras tú, que era un papá genérico, como las pastillas, un papá como cualquiera, con una cara cualquiera y un bigote estándar y una hija que podría o no ser ella. Al fin y al cabo, nunca te había visto, nunca te vio y ya nunca te verá. En las fotos pareces otro, cometí el error de decírselo. Fue sin querer: veíamos esa foto del asado en casa de Maité y me agarró la nostalgia y mirándote dije al aire: es que hasta parece otro. Marianita me quitó la foto y te miró: el bigotito negro y esos sacos de hilo cuello redondo que estuvieron de moda cinco años antes de que los usaras y fuéramos al asado. Te miró, dejó la foto en su sitio y no dijo nada. Luego me preguntó que cómo eras cuando aún eras. No supe qué decirle, tampoco sé cómo eras cuando aún eras. O si en verdad algún día has sido. Ya no sé.

No creas que todo fue tal cual termina ahora. Pensé en ti mucho tiempo. Por años te busqué, no es recriminación, es solo para que no creas que fui mala. Te busqué, ¿qué más podía hacer? Te amaba, eso se hace cuando se ama. Marianita te amaba, ella te amaba porque sí, no tenía recuerdos, no tenía memoria. Para ella el pasado era ese lugar en el que un día estuviste y del que se dolía por no poder regresar. Marianita era inmortal, como sólo pueden serlo los niños. Habitaba un tiempo fuera del tiempo donde era imposible dolerse del pasado por memoria propia. Por eso la veíamos a veces llorar con nosotras, llorar de compasión y no de dolor real. A Marianita sólo le dolía que a nosotras nos doliera. A tu mamá y a mí que éramos las únicas que tenías y las únicas que te extrañaban de verdad, de mentiras, porque no había más opción, no sé. Pregúntale a tu mamá, ella debe andar por ahí cerquita. Se murió esperándote. Fue unas noches antes de que los noticieros anunciaran que habías muerto. Había llorado la tarde entera, me dijo que era porque se sentía sola, pero luego entendí que lloraba porque sabía que ya nunca te vería otra vez. Yo también lloraría si me dijeran que ya nunca más veré a Marianita. Tu mamá, lo sé ahora, sabía que ya estaba próxima a morirse. Me dijo que se sentía sola, como pude la abracé, pero era incómodo. Vivíamos las tres juntas, lo que no significa que los lazos se hubiesen estrechado, no creas. Compartir la casa sirvió para que nos odiáramos un poquito más. Teníamos la excusa de que todo era por ti, porque tú no estabas, eso nos daba cierto consuelo y nos llenaba de paciencia. Tu mamá era una hijadeputa. Igual la abracé, qué más podía hacer. Ella también me abrazaba y estoy segura que —si puedes pregúntale— dirá de mí lo que ahora yo te digo de ella. Éramos unas hijasdeputa, una con la otra, una contra la otra.  Marianita se salvaba, era inocente de nuestros dolores que de tanto añejarse en las lágrimas compartidas, se hicieron odios callados e indirectas de pasillo. Yo era una aparecida. La aparecida que te amaba, a la que tú amabas, la mamá de la hija que todos amábamos. ¿Qué más podía hacer? Era mi deber de mujer esperarte, te acepté, te di mi sí cuando me pediste que me casara contigo. Ese sí me comprometía, como quien peina las muñecas, a la espera del príncipe azul: con ridiculez y abnegación. La distancia me enamoró más de ti, por un tiempo. No verte por tantos años me hizo desear tu cuerpo con la premura de lo inexistente. Recuerdo: cuando era niña, mis papás tuvieron que vestir de unicornio el caballo de un vecino, porque yo no paraba de llorar por no poder montar un unicornio; tú eras mi unicornio, y él mi caballo disfrazado. Perdóname. ¿Qué más podía hacer?

Marianita lo quiere.

La noticia de tu muerte nos tomó a las dos por sorpresa. Tu mamá ya había muerto, los dolores se le mezclaron a Marianita, se encerró en esa división de madera que llamaba su rincón, desde afuera la escuché llorar, lo hacía tan suavecito que parecía un gato encima de un árbol muy alto. Pasaron unos días, dos a lo mucho, yo tampoco tengo muy presente cómo iba el tiempo. No puedo negarlo, José, tu muerte fue liberadora. Tu muerte me permitió quitarle el disfraz al hombre que se vestía del animal mitológico en el que te convertiste de tanto oír hablar de ti y nunca tener una prueba verdadera de que aún existieras: como BigFoot. Marianita al fin salió, lucía más tranquila y puedo jurarte que antes de que se escondiera aún no se le formaban los senos, cuando salió, sí. Vio a Manuel de pie en la sala, de pie frente a mí que lo miraba sin verlo. Manuel le preguntó que si estaba mejor, Marianita asintió y dijo que se iba a bañar. Manuel me abrazó y recuerdo que entonces no olía a ti, pero cuando me besó olía a cuando recién despertábamos y la cama estaba caliente de los dos y Marianita aún no existía. Supe entonces que hacía mucho había dejado de quererte, que nunca te amé de verdad, que lo nuestro era una tibieza alimentada por tu desaparición y mi fervor de recuperarte. José, ¿cuánto tiempo fue?, estuvimos juntos menos de un año, luego ya no estabas. ¿Cuánto tiempo pensaste en mí? ¿Cuándo tu mañana dejó de ser importante?.

Me sentí culpable por algo de 10 segundos, el tiempo que duró el beso y el abrazo de Manuel. A toda epifanía la precede una ausencia anegada en tristeza, leí que decía un hombre griego o algo así, y sentada en ese sofá entendí a qué se refería. Manuel aún no era importante. Estábamos tan solas. Tan solas aquí. Vinimos porque allá ya no nos dejaban estar. Ese fue el primer beso que me dio Manuel. Maité se murió, no alcanzó a salir. Me llegó el rumor de que la última vez que la vieron, corría por la plaza con la ropa rasgada y espantaba las palomas que ya habían muerto de miedo con los primeros disparos. Les decía que fueran libres, que volaran, le dispararon desde atrás. La violaron, obvio, con lo bonita que era. Menos mal mis papás los mataron hace tanto, mamá no hubiese aguantado verla moverse entre la fantasía y el delirio con la ropa hecha jirones. A su esposo lo obligaron a ver cómo la violaban. A ella la obligaron a ver cómo a él le cortaban las manos y los pies y le pedían que hiciera flexiones de pecho bajo amenaza de violar a Maité con un palo lleno de puntillas. Alvarito lo hizo, pobre; contó doña Aluvia que ella vio cómo Alvarito se dio la vuelta, como pudo, y se puso sobre el borbotón de sangre que parecía ayudarle a la subida y la bajada. Aluvia dijo que de Maité solo se acuerda que le tenían el fusil en la cabeza y el vestido por la cintura. No miró más, se dio la vuelta y se escondió a llorar como lo hacían todos los que ya ni para entrenar los machetes o las descuartizadas servían. Aluvia tenía como 78 años, tres hijos muertos, dos hijas desaparecidas que decían servían de concubinas a los jefes de algún grupo, de algún bando, de alguna guerra que no se veía porque a nadie le interesaba verla. El esposo de Aluvia estaba muerto, a ella la violaron cuando también era hermosa. Ahí fue cuando tu mamá nos dijo que agarrarámos las cosas, a la niña y fuéramos a la ciudad, para allá iban todos en procesión de burros y carros lujosos.

Y tu mamá se enfermó y lloró más y se murió y Marianita lloró y cuando todavía no se reponía de lo de enterrar a la abuela, saliste con la cara ensangrentada en el noticiero, acostado entre las yerbas secas de un lugar indeterminado de la vasta selva, así dijo la presentadora antes de lanzar los comerciales. Te vimos sentadas en el sofá tomándonos un té de manzanilla para las tristezas de ya no tener ni contra quien pelear o contra quien abrazarnos en fraternidad. Marianita dijo que eras tú, no le creí, cómo si sólo te sabía de fotos de hace años. Cuando te quité la sangre de la cara con la imaginación, te vi con tu bigotito que no usabas cuando desapareciste y con el saco cuello redondo de hilo, desgastado en el cuello. Y claro, eras tú; para Marianita sí estabas fresco en su recuerdo, estabas tan flaco como el día del asado en casa de Maité.

José, vino la procesión de la otra zozobra; espantada la primera, nos quedó el vaivén de la que aparecía con la noticia y la sangre y el recuerdo difuminado, o hecho presente, de tú hace tantos años. ¿Dónde estabas, José? El noticiero no dijo nada. Sólo nos pidió una entrevista en la que me pedían contar las cosas buenas que vivimos juntos, que dijera cómo eras tú de padre y de esposo y que lanzara alguna anécdota graciosa como cuando jugabas fútbol con tus amigos y yo te echaba porras en las gradas, o cuando viajamos y me hiciste reír, o cuando me diste un ramo de rosas para pedirme perdón, o cuando estrellaste el carro de tu papá o vimos las estrellas juntos recostados en la orilla de un lago de aguas ocres y vientos fuertes que ni sabía que existía. No pude. Nada de eso había pasado. De lo que sí pude hablar fue de esa vez en que quise que levantaras a Marianita para que soplara las velas de su quinto cumpleaños y no hubo quién para hacerlo. O esa otra que vi un vestido a juego con los zapatos, en la vitrina de una tiendita del pueblo, y pensé que a ti te gustaría que lo usara para ti, si estuvieras. O esa soledad larga y sostenida a la que se le adicionaba el no saber si estabas muerto o vivo. No dije nada igual, no le dije a la cámara, no me interesaba que me vieran llorando en primer plano porque hace apenas unas horas por las imágenes exclusivas transmitadas por este canal, esta mujer se enteró que su esposo desaparecido hace 10 años, está muerto en algún lugar de la frondosa selva tropical. Y fui, y no estabas. Hasta hoy en que sigues sin estar.

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