En cámara lenta

EN CÁMARA LENTA

 

Enciendo un cigarrillo. No sé por qué. No era necesario. Hace menos de una hora fumé. Mejor, no era pertinente. Un cigarrillo siempre es necesario. Termino de salir de la estación. Reviso la cajetilla una vez más: tres cigarrillos, cuatro con el que calo. Pienso a futuro. Es inútil, no tengo idea de cuándo reciba para comprar otro paquete. Uno alcanza, a mi ritmo, para unos cinco minutos. SI fumo medio en la mañana, aguantaría cerda de cuatro horas sin fumar; claro, si ocupo las manos, si no, la ansiedad me inundaría.  Después, lo enciendo otra vez: dos o tres caladas para calmarme. Lo apago. Guardo el pedazo que quede para la noche. Eso requiere que despierte tarde y rogarle a… bueno, esperar que sí pueda dormir. Supongamos que despierte al medio día: a las doce fumo cinco caladas, a las cuatro otras cinco y a las ocho, la últimas cinco. A las ocho cero siete me quedaré sin el primero de mis tres cigarrillos. Me quedan dos. Falta tanto. El problema está en qué hacer esas cuatro horas de la tarde y las otras cuatro previas a la noche justo antes de, ojalá, poder dormir temprano. Escribir está descartado de arranque. Escribiendo fumo, en promedio, dos cigarrillos cada cinco minutos. Doblaría la dosis, limitaría a la mitad mi dosis. No, imposible. Leer es una opción medianamente viable. Podría ir a una biblioteca, ahí está prohibido fumar. Pero… son tan aburridas las bibliotecas, tanto silencio, la gente que no cruza y casi que ni respira por respeto a la solemnidad del conocimiento. Los que son mejores en la lectura de Rayuela o en la apertura de esa puerta «maravillosa a los rincones más oscuros del corazón enamorado» que es ese Inventario gordo y soso. Hay que hacer sacrificios, al fin y al cabo, en la cruz tampoco se podía fumar.

Detesto el viento. Tanta cavilación minuciosa le permitió fumarse mi cigarrillo. Ahora tengo mitad ceniza y mitad cigarrillo apagado. Lo enciendo. Lo malo de reencender un cigarrillo son dos cosas: por un lado, el olor que se incrementa y va uno por ahí oliendo a cenicero de cantina; lo segundo, se pierden unas dos caladas por apagada. Debo fumar más rápido. Aspiro profundo y recuerdo a Ribeyro diciendo que se fuma porque somos tan precarios, que no tenemos ningún otro medio para entrar en comunión con el fuego. Los ritos alrededor de una fogata no cuentan. Ahí la comunión no es directa, en fumar uno siente la brasa entrar y llenarlo todo… el placer. Así debe sentirse ser mujer y que te eyaculen adentro, pero más frío. Recuerdo que el tabaco es producto regional y que en Japón, siglo XVII, era común ver a niños de ocho años aspirando de diez a veinte cigarrillos al día en compañía de sus padres. Debieron ser tiempos lindos esos. Entonces, imagino, ya no les pareció lindo ver niños de doce años lanzando esputos negros por las calles tan sanas de Japón y declararon un problema de salud pública. China estuvo por las mismas, pero a ellos sí les llegó la bendición del opio, que hizo del cigarrillo un pitillo sin sentido al lado de los rumores placenteros de un vicio que se podía explicar a los otros… fumar opio es como dormir mientras eyaculas por siempre… fumar cigarrillo es como… no sé.  Última calada, me quemo la boca con la brasa que derrite el filtro, sabe a plástico.Lo miro por última vez, expulso el humo que se confunde con el de los carros que corren y se detienen en la avenida. El semáforo está en rojo. Lo tiro. Una mujer se detiene a mi lado, fuma y yo respiro el humo que bota. Profundo, con los ojos cerrados. ¿Y si pidiera uno regalado?, tendría otra vez cuatro, las cuentas ampliarían a… siete y ocho caladas por vez.

—¿Señora?, qué vergüenza con usted. Perdí mis cigarrillos y la tienda está como lejos. Usted sabe, la ansiedad. ¿Sería mucho atrevimiento, por favor, si le pidiera que me venda un cigarrillo?

Me mira con desconfianza. Debe ser mi gabardina negra y el pelo largo y un poco grasoso. Las personas creen que me gusta el Metal. Pero no. Sólo me da frío y no me he podido bañar porque el baño queda al final del pasillo. Eso no importa.

—Claro que sí.

Abre su bolso. Sostiene entre sus labios el cigarrillo manchado de labial. Hace cosas a un lado. Ahí está. Lo veo: el paquete de veinte de Marlboro rojo. Lo saca, lo abre, diecinueve cigarrillos. Imagino que le doy un puño en la cara, le rapo el paquete y corro cruzando la avenida, por esa calle, conozco bien este barrio. Además, ella no me perseguiría, tiene tacones. ¡Tan fácil!

—¿Me podría vender dos? Las ganas, ¿sí?…

Me tiende el paquete del que sobresalen tres. Estoy satisfecho. Siempre hay que pedirle a una mujer, siempre. Ellas nunca dicen que no. Al menos a mí, nunca me han cobrado un cigarrillo. Un tipo una vez sí me pidió las monedas, me descompletó lo del pago del pasaje. Si hubiese sacado dos nada más, quizás solo habría tomado uno, no me alcanza para pagar el otro. Pero al sacar tres, me confirmó que me los iba a regalar.

—No se preocupe. Coja los tres, así no más, no, no, no…

Me dice cuando hago ademán de buscar plata. Finjo vergüenza, no, no, no, por favor. Doy las gracias y cruzo rápido al otro lado de la avenida.

Ahora tengo seis cigarrillos. Meto los tres que me regaló en mi cajetilla arrugada. Con los otros tres, los míos, que valen la mitad. Los nuevos miran con desprecio a los residentes antiguos; como alguien muy refinado que tuviese que compartir mesa con los miserables que le lavan el baño. ¡Claro!, ¿Calidad o cantidad? Una idea miserablemente, obviamente. Pero a quién le importa.

Animado tomo camino hacia mi casa. Llegando me detengo donde la señora Gloria.

—¿Buenas?

Desde atrás del mostrador la señora se levanta asomando primero su pelo canoso, alborotado como si apenas se levantara. Se seca las manos con una toalla sucia.

—¿Cómo estamos de cuentas señora gloria?

Sin responder nada, saca un cuaderno deshojado, desencuadernado y sucio de tierra y pegotes indescifrables.

—¿Al fin, don Manuel?

Me dice don, pero es de pura costumbre con los clientes. No soy don, apenas voy a cumplir 25 años. Hojea. Busca. Mi nombre con caligrafía infantil adorna el encabezado. Debajo, una lista de los mismos cuatro números llena la hoja hasta el último renglón, en dos columnas. En tintas diferentes, a lápiz, con manchas y chapuzas varias. Presiona ON en la calculadora. Cuenta los números: uno, dos, tres…, etc., Teclea los cuatro dígitos y multiplica por el número que contó hasta el último renglón de la segunda columna.

—Me debe un mes de mercado.

Intento sonreír, no me sale. La sonrisa suaviza, debo aprender a sonreír.

—Eso mismo le fío a don Alberto, ellos son cuatro y sí llevan comida. Todo le suma…

Me muestra el valor en la pantalla gris: números negros sobre fondo gris, número rectos, como eran los números espaciales en las revistas de ciencia ficción cuando aún existían. Aún me quedan algunas, deben estar en alguna parte en la repisa. Las buscaré.

—Muchas gracias. Quería saber porque la otra semanita recibo una platica y  quería programarme para pagarle toda esa deudita y quedar a paz.

Detesto los diminutivos. Pero debo. Más cuando hablo con una mujer que, no está mal decirlo así, me alimenta cuando no encuentro. Doy las gracias, otra vez. Abro la libreta que llevo siempre conmigo, un lápiz que ya me es útil de pura fe y malabarismo para sostenerlo; escribo el valor, lo encierro en un cuadrado, dibujo en letras grandes «¡IMPORTANTE!», con signos y todo. Finalizo el teatro con un ademán largo, amplio, con el lápiz en la mano y el brazo hacía arriba simulando marcar un punto golpeando ruidosamente sobre la hoja. Meto la libreta en mi bolsillo y hago como que salgo. No quiero que piense que le pediré fiado. Llegando al umbral, me giró 180°.

—¿A cuánto vende usted el Marlboro por unidad?

Me dice el precio. El doblo de lo que cuesta mi marca. Ya lo sabía, pero era necesario. Saco mi caja arrugada, escojo los tres cigarrillos ajenos.

—Mire, ahí para que gane. ¿Qué tal si me cambia estos tres Marlboros por seis de los que pido siempre? Sé, de buena fuente, que se sienten ajenos e incómodos junto a estos miserables.

 Le señalo los míos.

—Ay, don Manuel. Ese vicio lo va a matar. Mi papá fumaba la mitad, no, menos, de lo que fuma usted y hace dos años se lo llevó el cáncer. Dios lo tenga en su gloria, alma bendita. Se los cambio por una panela y un paquete de pan. Me sale más caro, pero eso sí le sirve, yo le ayudo. A usted le falta es una mujer que lo ponga a caminar fino. Enamórese; mire que eso es muy duro quedarse solo. Que no le pase lo de Nubia, la de la vuelta, el marido se le fue con una zunga patialegre y esa mujer cada vez está más flaca de tanto llorar. Aquí viene y me llora con las papas en la balanza. Y, ¿yo qué le digo?, si ya tiene como 55 años. Esa ya se quedó sola y con dos niños. Así no hay hombre que la mire. Yo le digo que se ponga linda, que se eche un poquito de labial, que se suba la falda y se tape esas canas con tintura. El que no muestra no vende. Se lo digo para consolarla, para que no venga aguarme las cebollas; pero, aquí entre nos, usted y yo sabemos que a esa ya le tocó quedarse poniendo a san Antonio patas arriba, torturándolo, cortándole las piernas y esperando que algún feo y sucio al menos la busque para calmarse las calenturas. Porque amor, amor, está como jodido. Y esos dos niños, ya están grandes, aún se valen de ella para el colegio y las onces. Búsquese una, no sobra quien le caliente los pies. Llévese la panela y el pan, mire lo flaco que anda de solo fumar. Es que hasta aquí le huelo el chicote. Tome.

Me deja el pan y la panela sobre el mostrador. «El mundo es un infierno de salvadores», como decía el rumano afrancesado, yo le creo, al rumano no a ella.

—Doña Gloria, más bien anóteme la panela y el pan y cámbieme los cigarrillos. Venga…

—No, no, no… ¡¿cómo se le ocurre?!, la cuenta está cerrada hasta que pague, y eso…

Se estira y del estante de la derecha, toma la caja de los cigarrillos de mi marca. Es tan fácil manipular a las personas. Era obvio que no me fiaría más, hace semanas no lo hace. Todo era cuestión de ofrecerle una opción que no le representara mal comparada con la primera propuesta. Hacerla creer que gana.

—Venga a ver, le doy cinco… para ganarle alguito.

—¡Hecho!

Vieja hijueputa. ¿Qué son unos pesos más o menos al lado de mi dilema realmente vital? Avara. Ocho cigarrillos son más que seis. Tomo los que me ofrece, le entrego los rojos. Salgo sin decir nada. Puedo fumarme uno, al menos por esta noche. Lo saco y lo sostengo apagado entre los labios. Con el encendedor en la mano, no me decido del todo. No sé. Repaso.

Ocho cigarrillos dan para una semana siguiendo el plan trazado antes. En la mañana, tarde, noche, etc. Si todo sale bien, el miércoles Ana me está botando la clase ese en la que necesita el reemplazo. De aquí al miércoles son diez días; contando con que me pague el mismo día, eso me daría… tres cuartos de cigarrillo por día. Es cosa de guardar un cuarto antes de acostarme y fumarlo en la mañana. Significa que debo fumar un cuarto a la mañana, otro a las cuatro y el último, antes de acostarme, eso deja el cuarto restante para el día siguiente.

Guardo el cigarrillo que llevaba en la boca.

Llego a mi casa, a mi pieza. Ojalá la señora Martha no esté por ahí; este mes no se hizo sino para los cigarrillos, y eso, casi que ni para fumar. Meto la llave lo más silencioso que puedo, despacio. Aún es temprano, a esta hora está sentada en la sala viendo la novela. Entró. Cierro con cuidado, no enciendo la luz del pasillo. No me gustaría que viera la claridad por el resquicio de la puerta. Si encendiera la luz, la claridad del pasillo la alertaría. Camino como un gato pardo en la noche, en la oscuridad. Por poco tropiezo con unas canecas que antes no estaban ahí. Eludo la trampa. Quito el candado de mi puerta. La aldaba chirria, no lo suficiente para ser oída lejos. Empujo mi puerta. Vuelvo a cerrar con la misma parsimonia. Un ladrón no sería tan experto. No escuchó.

Suelto el libro, la libreta, los pongo sobre la mesita que está junto a la puerta y a los pies de mi cama; me quedo en camiseta. Tan pronto encienda un cigarrillo, ella sabrá que llegué, vendrá y será esa charla incómoda donde le mentiré sobre un dinero que recibiré la próxima semana, como lo he hecho las últimas seis semanas. Ella no me creerá pero sabrá que no tiene más opción sino esperar, se irá puteándome y arrepintiéndose de alquilarle el cuarto a artistas sin talento, así me dice. Debo esperar a que duerma para fumar. Por lo que pago, cuando pago, no puedo pedir una ventana. Ese es un lujo vedado a los artistas sin talento. Exigir una ventana requeriría sumarle la mitad de lo que pago a lo que pago, cuando pago. Pero cómo me hace de falta. Aquí no se puede ni tener una melancolía decente. Nada más inútil que una melancolía sin ventana. Me recuesto en la cama. Repaso. Alcanzo la libreta sin levantarme de la cama, sólo basta estirar la mano un poco para alcanzar la mesita. No hay nada que estorbé. Me armé una repisa arriba de mi cama, sobre la cabecera. Ahí acomodé la vida que me traje cuando me fui de mi casa. Ahí puse los libros que menguan conforme los cigarrillos apremian. Un acto de heroísmo contemporáneo: vender los libros para comprar cigarrillos. Ya no quedan muchos que pueda vender, sólo queda basura, autores que se encuentran en todas partes y por el precio de una caja de cigarrillos. Aún así, tengo bastantes. También ahí están las revistas que leí cuando era niño, mi ropa, una gabardina, unos casetes y una grabadora grande y pesada que me regaló Ana cuando sus papás le compraron el Ipod; algunos CDs, un palo de agua que me regaló Sonia cuando fue al Caribe, las pesas con las que hacía ejercicio cuando supuse que me importaba hacer ejercicio, botellas vacías y un equipo de sonido grande y viejo que era de mi papá y que lo traje para hacer más vintage mi vida de soltero. Já. Cosas varias que llenan hasta el techo la repisa y que me impiden usar la cama como se debe. Duermo al contrario, con los pies en la cabecera; así, si llegasen a ceder las tablas que soportan mi vida, a lo mucho me parto una pierna. Una pierna es mejor que la cabeza. Ocho cigarrillos son mejores que cinco.

A ver:

 Imagen 

Ocho cigarrillos divididos en cuatro son treinta y dos cuartos. Tres cuartos al día son diez días y me sobran dos cuartos. Si me fumo uno entero ahora, me sobraría sólo un cuarto. Así, lo más lógico y sensato, es fumar uno entero hoy y uno entero el día diez. Si ese día Ana me paga, compro un paquete y todo será mejor por otro tiempo.

Enciendo mi cigarrillo, feliz. Aún no es tan tarde pero la señora Martha ya no saldrá. Los vecinos copulan. Hasta aquí me alcanzan los gemidos. Calo profundo.

«¡A su salud! A por el orgasmo, Margarita».

En voz alta, aunque no creo que me escuchen. La pared vibra con los empellones. ¿Quién será hoy? Me recuesto en la cama, miro la pared, se mueve con cada embestida del desconocido allá en la otra pieza. Estoy tan cerca que me siento parte de la acción. Saco mi pene que está duro de tanto gemido e imaginación. Suelto el humo. Me masturbo fumando; me masturbo despacio, fumo despacio. Este es mi cigarrillo entero, es mi deber disfrutarlo. Si me va bien el próximo mes, le pagaré una noche a Margarita, es barata. Con lo de tres cajetillas me lo chupa, con lo de cinco me da servicio completo. Cinco cajetillas… lo vale… lo valen esas tetas de tres hijos.  Será que si le ofrezco lo de otras dos, ¿me deja darle por atrás?  Tres hijos son tres hijos. Un tipo por noche, es un tipo por noche. Le diré que venga a mi pieza. No soy de los que disfrute el voyerismo infantil. Los ojos de niños confundidos sobre mis nalgas peludas. Acelero el movimiento de mi mano, sostengo el cigarrillo entre los labios. Recuerdo a Ana, sus piernas, sus tetas, sus medias de malla. A Margarita cuando lava la ropa y solo lleva ese vestido de flores que huele a sudor y a cama. Muevo mi mano al ritmo de la pared que cimbronea. Margarita gime más rápido, entrecortado. El hombre también. El golpeteo en la pared es cada vez más frecuente, se da más seguido. Escucho ruidos de quejas en el pasillo. Los vecinos que no saben de amor de pago. Cerca al orgasmo —el mío, el de Margarita, el de su cliente—, voy de rodillas y pego la oreja al muro sin soltar mi pene. La ropa me incomoda. El humo se me mete en los ojos. Me desnudo: me quito el pantalón, los calzoncillos, la camiseta y vuelvo a pegar mi oreja a la pared. La repisa no me permite estar bien sentado, así que me pongo a cuatro patas para oír mejor y masturbarme mejor. El humo sigue metiéndoseme en los ojos. Un crujido, el muro que ahora es un continuo pum, pum, pum, cada vez más rápido, frecuente, con menos espacio entre pum y pum. El crujido otra vez. El muro empuja en el gemido profundo y sostenido de Margarita. Otro golpe. El gemido del hombre. El crujido. Un rechinar de tablas que ceden, arriba, en mi cabeza. El humo se me mete en los ojos. Un último golpe contra el muro, un último crujido, un estruendo de cosas que caen.

Eyaculo.

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