EL JUICIO

Esta noche también hay música. Dos jovencitas se contonean sobre sus sillas. Una me mira y me guiña un ojo. Siguen el bum, bum con sus palmas. Felices. Ajenas a los ojos que, de vez en vez, las miran entre divertidos y apenados. Pena ajena. Vergüenza a la extensión. Proyección de la imposibilidad del ridículo. El ridículo es más extraño de lo que parece. Quien hace el ridículo, no lo sabe. Si lo supiese, desistiría de hacerlo. A menos que se tenga un fin claro. Y las jovencitas lo tienen. Los demás clientes no lo saben.

«Recuerdo un mes de octubre tu cumpleaños»

Canta.

Todo comenzó con un teléfono que suena en la madrugada, como en las novelas de Auster.

«Papá, necesito que me ayudes. Hay algo que no te he dicho. Tiene que ver con mi abuelo.»

Dijo mi hija cuando le contesté. Sabía a qué se refería. Esperé que no fuera eso. No había que ser muy inteligente para intuirlo. No lo soy y lo intuí. Mi hija tiene 20 años y no es muy linda. Quizás un día pueda relajarse, mantener una relación salvaje y soez, pero no lo creo. Todo es culpa de Clara, le construyó una dignidad en desacuerdo con lo que es. Y bueno… sumado a lo otro… no sé. Una mujer fea, en cuestión de hombres, no puede darse el lujo de una dignidad exigente. Es mi hija, qué podía decirle. La quiero a pesar de todo, de no ser linda, de todo.

Clara es muy linda, hermosa. Tiene hermanas feas. Solía inventarle historias donde le contaba cómo una prostituta hermosa se embarazó de un dealer hermoso y nació ella. La dejaron en la puerta de una casa llena de gente hedionda. Su papá la recogió, descorrió el cobertor, miró su rostro y se enamoró de ella. Perdidamente. Literalmente. El papá de Clara la violó hasta que cumplió los 20 años. Grababa videos. Cuando ella tenía diez, Augusto se sacó el pene y se lo metió duro en la boquita de niña. Ella dormía. Se despertó atragantada y pegajosa. Augusto era precoz cuando de niñas se trataba. Diez años donde cada noche iba a su cuarto, hacía un simulacro de violación y se venía. Digo simulacro porque Clara me contó, llorando, que Augusto apenas si alcanzaba a rozarle la vagina y ya eyaculaba. Cuando me lo dijo, me reí. Estuvo mal, pero era divertido. Luego dijo que su papá la tenía grande y también ella rió, entre lágrimas.

Lo complicado no era la violación. Bueno, sí. Aunque lo que más preocupó a Clara y ofendió al juez, fue que la grabara, que le exigiera tocarse mientras de fondo se oía la voz de Augusto dar instrucciones entrecortadas: la voz trémula, la agitación de quién ve a Dios y no sabe si besarlo apasionadamente o arrodillarse con la boca abierta. Vendía los videos, obvio. En esa época, por un buen video de una niña mostrando sus tetas incipientes y su sexo lampiño y apretado y dócil, pagaban lo suficiente para vivir un mes con la nevera llena. De eso vivía Augusto. No le era difícil. Pertenecía a uno de esos clubs clandestinos de hombres viejos y gordos, ávidos de carne joven. Eran cinco, los hombres. Sólo conocí a dos. Pagaban puticas de doce años a las que vestían como a sus hijas o nietas y las rotaban como botella en navidad. Así me lo dijo Augusto. «las rotábamos como botella en navidad». No todos violaban, sólo tenía el potencial para hacerlo. Buenos católicos, algunos, se acogían al perdón del cura. Ejercían su derecho ciudadano de «si lo puedes pagar, es tuyo». Eso les daba cierta tranquilidad: ayudaban a familias pobres a vivir mejor en el pago a las hijas, que por su edad, eran aún improductivas económicamente. Los avezados del grupo eran Augusto y Carlos. Augusto era el único que tenía una hija, Carlos violaba a su sobrina de siete años. Decir, contar, cómo las amenazaban, no importa. Los violadores, más si son pederastas, usan el miedo y la culpa como estrategia de «conquista». La exhibición solapada de sus cuerpos a las niñas, la casualidad en un manoseo de tropiezos. La actitud paternal y la ignorancia de la víctima. «Víctima».

Una vez leí, no recuerdo dónde, que el acceso carnal a menores de edad, sólo daña al accesado en el reconocimiento de lo «malo». Es decir, la niña o niño «disfrutan» del sexo como si dieran su consentimiento para hacerlo. Hablo a nivel de lo inconsciente, mejor, de lo fisiológico. Piensen en esos países donde los hombres se casan con niñas de doce, o en tribus como la Jagertua de Polinesia, donde es común que las niñas, al tener su primera menstruación, sean desfloradas por el patriarca en compañía de su esposa, quien da instrucciones a la inexperta. Quizás a eso se refería Freud con que la psicología del «salvaje» concuerda con la psicología del neurótico. No es algo que esté al nivel de lo natural, sino que el trauma parece estar vinculado a lo cultural, a la ruptura de la norma simbolizada en el tótem que representa lo familiar. Así, sólo aparece el trauma cuando otro adulto le recuerda que eso está mal, que no se hace. Entonces la niña, o el niño, entra en un estado de culpa similar al del asesinato. Hay una sensación de suciedad, literal, y creen haber defraudado todo lo que representa el adulto que encabeza a la familia y mantiene el orden dentro de la misma, quien lo recrimina. No, no fue en una revista para pedófilos —«Más fácil que quitarle los cucos a una niña», lema publicitario— donde lo leí. Creo que fue en algún libro de psiquiatría o de filosofía antropológica o en uno de esos estudios psicológicos relacionados al sexo de alguna pareja dedicada. No estoy seguro. De lo que sí lo estoy, es de que era una fuente confiable, cono todo lo confiable que puede ser un estudio de lo voluble de la psique y de las relaciones humanas. Cuando le pregunté a Augusto si conocía esa «teoría», se quedó en silencio, puso su mano en su mentón, cruzó la pierna y dijo, al fin, que no, sonriendo. Agregó: «me hubiese sido útil saberlo al momento del juicio. Ahora es una anécdota hasta tierna». Se quedó en silencio todo el resto de esa primera entrevista, luego de la segunda condena. Carlos, cuando pude hablar con él por la misma época, me hizo repetirlo palabra a palabra mientras tomaba nota en una libretita, él estaba libre, nunca lo capturaron.

No le dije al juez lo de la teoría cuando defendí, recién capturado, a Augusto, entonces aún me quedaba un poco de respeto por mí y por los demás, ya no. Además, Clara era tan hermosa que la mejor estrategia para conquistarla era ser su héroe. Defender es una palabra ambigua en este caso, pues me limité a repasar los hechos, señalar a la víctima y decir: mi cliente se declara culpable, como en las películas. Ese fue el trato para que a Augusto le dieran una celda aislada, tenía cómo pagarla, como en las películas.

Clara vino a mí. Sola, como suelen venir todas. Soy un hombre hermoso, como el dealer papá de Clara, atractivo a las mujeres. Vino luego del primer jucio. Me dijo: gracias por no defenderlo y entonces me pareció aún más hermosa. Me pidió que le quitara el privilegio del aislamiento. Me volví su abogado. Me solapé en un recién graduado al que di instrucciones, a l que di la mitad de mis honorarios, ambos ganamos bien. Lo conseguimos: un segundo juicio, una segunda condena, una celda común en una prisión común. Clara tenía cómo pagarlo.

Nos enamoramos. Nos casamos. Tuvimos una hija… fea. Nos separamos. Las mujeres vienen a mí. Le fui infiel. Típico de un hombre como yo, dijo Clara, y se fue. No sé cómo son los hombres como yo, pero le creo. Sé qué no soportamos los hombres como yo. Quedamos en «buenos términos», sea lo que sea eso. Ella se volvió a enamorar de un hombre mayor. Un Electra un poco extraño y retorcido, quizás también le ponía el pene en la boca mientras dormía, quizás era precoz o impotente; eso la enamoró, quizás. Clara era una mujer extraña, dañada.

Augusto fue condenado por segunda vez. Mandado a una cárcel común donde espero, por la salud mental de la familia, haya sido violado dolorosamente. Carlos y los otros tres, nunca fueron capturados. Augusto salió hace unos meses, la buena justica de este país redujo su condena a menos de cinco años. Carlos escapó recién capturaron a Augusto. Augusto escapó al salir. Nadie los pudo encontrar. Yo sí. No es posible esconderse de un hombre como yo, Clara decía. Lo policía no se preocupa por buscar bien. Yo sí.

La música sigue, ya casi termina, parece. Las jóvenes siguen bailando.  Carlos es un hombre atractivo, él canta. No me ha visto. Fumo despacio y lo miro atento, no quiero que escape, no hoy. Ambos hemos cambiado desde esa vez. La música para, dan las gracias y aceptan los aplausos. No sé quién está con Carlos, quizás no tenga nada que ver, habrá que investigar. Las mujeres que bailaban animadas y risueñas, las que aplaudían, se levantan de la mesa, me miran y me sonríen, me hacen un guiño. Caminan contoneándose en sus tacones hacia Carlos, le ponen la mano en el pecho, en la cara, lo tocan, le coquetean; algo le dicen al oído, él sonríe. Cruzan de vuelta junto a mi mesa y Carolina deja caer un papelito en mi mesa, va de su brazo, leo: «Motel Eros». Carlos no me vio. Ellas me ocultaron. Salen. Suben al carro de Carlos. Los sigo en el mío… a distancia considerable, como en las películas. Quince minutos después, entran al motel. Adriana lo toma del brazo cuando bajan del carro, lo mete en el ascensor. Carolina se queda atrás, dice algo que no escucho a Carlos y a Adriana, habla con el vigilante, le pasa unos billetes y le da un beso en la mejilla sonriente. Viene hacia mí.

—Todo está arreglado.

Me dice. Espero en el parqueadero. Carolina entra al ascensor. Nos esperará arriba. Me quedo solo. Me desespero. La función de la esperanza no es otra que desesperar. No  pierdo la esperanza, funciona. Otro carro entra despacio. Dos hombres, uno alto, moreno y acuerpado y otro bajo y de anteojos, descienden del carro negro.

—Habitación 303.

—Listo.

—No quiero que muera.

—No pasará, no se preocupe.

El que habla es el acuerpado y moreno, le palmea el hombro al bajo de anteojos. El bajo lleva en sus manos un maletín; sus manos son blancas, grandes, muy bonitas y cuidadas.

—¿Todo está arreglado?

—Todo, no hay problema. Ya ellas lo arreglaron.

Vamos juntos al ascensor. Subimos en silencio. La música también ahora suena. Caminamos callados el pasillo. El hombre alto se acomoda a un lado de la puerta, toca. El bajo abre el maletín, me entrega un bisturí brillante.

—Yo le digo cómo. No quiero quitarle el honor.

Sonrío. Tomo el bisturí. Espero que abran la puerta. Augusto será el próximo.

«Te juro que trato y no he podido buscar el remedio para olvidarlo».

Laralalalá… canto.

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