UN ÁNGEL DE ALAMBRE

No doy limosna por la misma razón por la que no creo en Dios: no me place sentirme estúpido.

La mujer aborda el bus en una estación, su hija la acompaña. La niña tiene un aparato agarrado a su cara como un artrópodo metálico. Es un aparato de ortodoncia. Lo sé porque cuando era niño, mi mamá me llevó a una clínica universitaria, los practicantes de odontólogos dijeron que era belfo y que debía usar un aparato como ese. No era belfo, solo tengo los tienes torcidos, ahora también. Habría sido encantador haber sido belfo y que mi mamá me llevara por el servicio de transporte público como estandarte de la miseria. Nos hubiésemos ahorrado tantas noches de hambre y los zapatos rotos. Mi mamá no era de esas mujeres, prefirió lavar ropa ajena antes de usarme como foco lastimero.

¡Ah, las mujeres!

La mujer cruza a mi lado, hago como que no existe.

«La sonrisa de mi angelito es mi fuente de ingresos»

Nadie parece notar el dejo de explotación infantil y manipulación culposa que esconde la frase. La niña pega, en el pecho de los pasajeros, papelitos que son una cara sonriente: ojos y sonrisa en negro sobre fondo amarillo. Casi se monta sobre las personas que ocupan las silas para alcanzar sus torsos.

El bus se sacude, la niña tambalea. Es una experta, no se cae. Se mueve por el pasillo como si el bus estuviera estacionado. Algún «caballero» la sujeta del brazo, la niña intenta sonreír, decir gracias; el aparato parece clavarse en su frente y sus mejillas, desiste con un gesto de dolor. El caballero saca un billete de media denominación y se lo entrega. La niña sonríe, dice gracias. Ya no le duele.

Cierro el libro que leo. Miro a la mujer que viste muy normal, no parece tan pobre. Alguien debería decirle que su ropa podría ayudar al efecto de la conmiseración. No, no es cierto. ¿Qué más conmiseración, qué más pase de ingenio, que una niña a la que le basta su sonrisa alambrada para construir el truco y producir el efecto mejor que cualquier harapo sucio? Ninguno.

La niña intenta poner una de sus caritas amarillas en mi pecho. La bloqueó con mi brazo. No me gusta que los indigentes me toquen. No es por la suciedad o por el atrevimiento, es más asco. Me revuelve, literal, el estómago la indignidad y la mentira; más aún el engaño elaborado en exceso. Esa también es la razón de que deteste a los magos. Prefiero un payaso patético que se esfuerza en parecer feliz, que un mago ingenioso que me trata de idiota y debo aplaudirlo.

Mi mamá sí da limosna y le sorprenden los magos. Nunca ha visto uno en vivo, pero sí los vio en la televisión, cuando tuvimos una, años después. Le aterran los payasos.

Miro fijo a los ojos de la niña. Obvio el aparato que la adorna, para mí no existe. Ella me mira de vuelta, extiende su mano otra vez.

«No»

Insiste.

«No»

Insiste.

«¡Que no!»

Los pasajeros voltean a verme por el grito. Me miran con reprobación. Mueven sus cabezas a los lados. Balbucean frases que me recuerdan lo evidente.

«¡Es una niña cabrón, hijueputa, perro sarnoso… etc.»

Desiste y sigue su camino con paso de funámbulo por el pasillo. Pega caritas aquí y allá. Simula que le duele la vibración del motor a toda marcha. Los pasajeros, cuando ella ya no los ve, se despegan de sus pechos las pegantinas y las untan en el espaldar de las sillas de adelante. No decir que no, lo hace sentir mejor; deshacerse de los extraño, los libra de dar una moneda. La hipocresía de la consciencia. Cuando la niña cruce de regreso no tendrá nada que le indique a quién debe pedir y a quién no. Igual pedirá a todos, incluyéndome.

Mi hermano vendía conos en una bicicleta alquilada. Vendía helado barato puesto en cucuruchos de galleta a la salida de las escuelas. Tenía como once años, creo. Nadie lo mandaba a hacerlo. Nadie le decía que no lo hiciera, tampoco. En la habitación donde vivíamos mi papá, mi mamá, él y yo, nunca estaban mis papás, sólo estábamos los dos: yo matando el encierro releyendo los mismos tres libros y él por ahí jugando con cualquier cosa.

Mi hermano salía por la ventana porque la puerta estaba cerrada con un candado desde afuera. No íbamos al colegio, no había plata para ir, no en ese momento. Iba, alquilaba una bicicleta, compraba un tarro de tres litros de helado, una caja pequeña de cucuruchos de galleta y los montaba en una canasta atornillada al manubrio.  Se estacionaba frente a la escuela, a la que nosotros deberíamos ir, y con una cuchara común vendía conos por un valor consecuente con lo mal hechos que estaban. Se le ganaba, me dijo años después. El «plante» para el primer tarro y los primeros cucuruchos fue una plata que nos encontramos dentro de una billetera un día que jugábamos en un tubos grandes de cemento que luego serían el acueducto del barrio, o las cañerías, no sé. Dividimos el dinero, tomé mi parte y la metí en el bolsillo de mi sudadera, él tomó la suya y la recontó. Lo dudó un momento, meditó mirando al piso, me dijo que le prestara mi parte para un negocio, luego me la pagaría.

«Es cosa de dos semanas.»

Sonó tan grande, tan adulto, tan emprendedor, que se la entregué. Al fin y al cabo, yo no sabía en qué gastarla. Al día siguiente, me pidió permiso para salir. Soy el hermano mayor. Le recordé el candado, él me enseñó la forma de escaparnos sin ser vistos o castigados. No me importaba, le dije que sí pero que regresara antes que lo hicieran mis papás. Regresaba muchas horas antes que ellos, tan pronto finalizaba la jornada escolar. Nunca salí por la ventana. No me interesaban la calle o las personas, ni siquiera ver o jugar con otros niños. Estaba cómodo en el encierro donde me aprendía de memoria los libros que leía y volvía a leer. No teníamos televisor. No teníamos nada.

Ahora que la niña me induce el flashback para recordar a mi hermano, siento más asco de la señora y de ella. Meto la mano en mi bolsillo cuando la niña va regresando con la mano extendida y la señora sigue con su discurso de voz chillona: suplicante y repetitivo.

«La sonrisa de mi ángel es mi fuente de ingresos.»

Repite como una letanía sosa para un Dios que, estoy seguro, ve en esas palabras el arte de su obra: como una mujer que creyera inspirar el más profundo de los poemas y solo inspirara la más lábil de las sátiras.

¡Ah, Dios padre!

Saco unas monedas enredadas en un billete de denominación media. La niña me ve y se para a mi lado. Espera.

Empuño las monedas.

«Cualquier cosa que traigan de comer, un yogurcito, un juguito, un pancito, sirve a la sonrisa de mi ángel.»

—¿Qué vendes?

Pone cara de dolor cuando pretende responderme. Finge, ahora estoy seguro. La mamá me mira atenta y sigue recitando.

—Nada… caritas con sonrisas, ¿sí?

Mira a su mamá esperando aprobación. Espera no haberse equivocado y ahora sí su cara es de preocupación sincera, de dolor a futuro. Abro mi billetera, sin abrir el puño, y sacó un billete de la más alta denominación.

—¿Qué vendes? ¡Mírame!

Está confundida. Repite lo de las caritas. Su gesto es cada vez más asustadizo.

—Vendemos la sonrisa de mi ángel, señor.

La mamá ha venido en su ayuda, así parece, pero no. Habla fuerte. Los pasajeros me miran otra vez. El bus hace un movimiento brusco, va a detenerse, la niña se cae. La mamá sigue conmigo, sus ojos en mis manos, sonriente. Desarmo mi puño, me levanto de la silla, abro la ventana, le muestro el billete de alta denominación, el de media y las monedas sobre mi palma, los lanzo por la ventana.

Los pasajeros me insultan, de nuevo. El aparato de la niña rueda hacia adelante con la frenada. La puerta se abre, dos policías entran y paran el alboroto de vituperios con gritos de autoridad. Toman a la mujer del brazo, ella también me insulta, ella sí no deja de hacerlo, levantan a la niña del suelo, quien de la mano de un policía, sale del bus. De pie en la estación de parada, me sonríe sin dolor y sigue con la mirada el bus que retoma la avenida. 

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4 comentarios en “UN ÁNGEL DE ALAMBRE

  1. Me gusta este cuento sobre esa porno miseria que tiene lugar en un espacio de mucho caos y afinidad con muchos. Ese teatro improvisado es interesante. El flashback, aunque siento que sobra o es excesivo, es lo más humano de este personaje tosco, pero no alcanza para que uno logre alguna afinidad con él, seguramente no será tu objetivo. En general me gustó.

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    1. Varios me han dicho que el flashback sobra, pero para mí es fundamental. No pretendía que sirviera para hacer empático al personaje, era más como una justificiación a eso que usted llama “personaje tosco” y a lo que hace al final. Gracias por leer, por sus comentarios, me place mucho tenerlo por aquí.

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  2. Voy a tocar un asunto meramente periférico, dejando aparte el tema central de tu publicación: ¿no el ser Belfo tiene que ver solamente con los labios? Los aparatos de ortodoncia son sólo para dientes. No me explico cómo un aparato que modifica la posición de los dientes puede combatir un labio que es demasiado grueso sin que para eso haga un daño mayor, como lo sería modificar la mordida.

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    1. Creo que el ser belfo también tiene que ver con que la mandíbula se proyecte hacia afuera y para eso sí son útiles los aparatos de ortodoncia. Si usé la referencia en el cuento es porque de niño, como lo dice el cuento, me sugirieron usar un aparato dizque porque era belfo. El belfo lo usaban como referencia a que el hueso de la mandíbula tendía hacia afuera más de lo normal.

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