SU SEÑORÍA, TODO ES CULPA DEL VECINO Y SU HIJO

No sé bien por qué le disparé a ese niño. Cuando digo que no sé, no quiero decir que matarlo fuera fortuito, tampoco que tenga problemas de memoria a corto plazo; no, me refiero a otra cosa. Lo vi darse la vuelta, intentar meterse entre las personas que miraban el horizonte móvil y le disparé. No fue tanto así. Hubo más. Cosas en medio. Siempre hay razones para todo, como el sol que esa mañana calentaba más que otros días o el ruido del motor o mi irritación por la mala noche. Sufro de insomnio, desde que era niño. Mi papá nos decía, a mi hermano y a mí, que el aprovechar la noche sería lo único que nos heredaría. Éramos pobres. Mi hermano y yo compartíamos la cama, mis papás otra igual de grande en la otra orilla de la misma habitación. Mi papá nunca tuvo nada a pesar de que era un buen tipo. No, mi papá no era un alcohólico que golpeaba a mi mamá y a mi hermano en medio del llanto desconsolado de un yo hecho ovillo temeroso de espalda a la pared. No. Era un hombre trabajador, juicioso, dulce y que cocinaba muy bien. Mi mamá era lo mismo pero sin el insomnio y la cocinada, ella no cocinaba nada aunque sabía. Nos heredó el insomnio.

Yo me puse a leer, mi hermano a andar las calles hasta muy entrada la noche, mi papá a esperarlo, regañarlo, fracasar y luego preocuparse mucho porque él ya no le hacía caso y llegaba a la madrugada. Mi papá lo esperaba sin pegar ojo, descorriendo la cortina cada tanto y saliendo a la esquina cuando algún ruido se parecía mucho a un disparo. Salía envuelto en una cobija, en chanclas, pantaloneta sin camisa y miraba a los dos costados de la calle. En ese tiempo yo era pequeño, tendría unos 8 o 10, mi hermano estaría por los 15 o 17. Cuando él salía nos despertábamos. Mi mamá fingía que le importaba poco, pero estoy seguro que la escuché sollozar algunas noches cuando ya el sol clareaba las paredes y mi hermano aún no aparecía. Ella siempre aparentó ser más fuerte de lo que en verdad era, su infancia fue difícil, menos que la de mi papá. Como para que se hagan una idea: mi abuela ―que Dios quiera haya sido debidamente olvidada por Dios como demanda su palabra― era una doblehijueputa… miento, era una triple, tetra, penta, dodeca… bueno, ya saben.

Mi abuela le pegaba a diario a mi mamá y a sus hermanas ―en el patio, con una manguera de las verdes― luego de mojarlas a chorro de agua fría a las 5 de la mañana… y en esta ciudad… donde hasta bien entradas las 6, el hielo sigue hecho bruma que opaca las calles. Les pegaba, según dijo un día, sólo para calentarse los músculos antes de irse a trabajar cargando bultos en la plaza o vendiendo chucherías a los que tuvieran más cara de pendejos. Cuando volvían del colegio, les gritaba que fueran a conseguir plata. Mi mamá tenía como once años, sus hermanas: nueve y siete. MI mamá me contaba que ella no sabía qué hacer, se sentía culpable por no poder conseguir plata y le daba miedo porque sabía que después del grito venía otra  golpiza… para descansar los músculos, supongo.

Mi abuela les gritaba que la plata se conseguía fácil, que caminaran cuatro cuadras para allá y se pararan en la esquina e hicieran lo que les pidiera el primer hombre que les ofreciera plata. A cuatro cuadras de donde vivían estaba la zona de tolerancia, el sitio donde las putas competían por el amor de pago de borrachos e indigentes. Y mi mamá dijo que ella sí se iba a ir a parar allá, que de no ser por el tío Edgar, habría terminado de puta. El tío Edgar murió hace poco, saben. Era alcohólico, pero no le pegaba a la esposa. Murió en su ley: recostado en una cama, con el hígado hecho mazacote adobado de aguardiente. Cuando se muere un tío, uno piensa en que ya van en la fila los papás y a mí me dio mucha tristeza. Quizás habría sido mejor que se hubiesen muerto los dos antes de verme en estas. Qué tristeza.

La abuela era una hijadeputa completa: las dejaba sin comer, las mandaba a otras casas a hacer el oficio por plata que ella cobraba, las ponía a vender en los buses y otras cosas que mejor me guardo por respeto a mi mamá que está por allá atrás y siempre ha defendido a la abuela. Es la mamá, yo la entiendo.

Bueno, esperen me ubico. Mi mamá lloraba por las noches porque mi hermano no llegaba. Por la mañana se hacía la que no le importaba y se limitaba a la afrenta del silencio y la indiferencia, pero mi hermano llegaba muy borracho o muy drogado para que le importara algo. Mi papá le preparaba de comer, lo acostaba y le dejaba una jarra con agua o leche para paliar la resaca.

Él ya no iba al colegio, yo sí.

Me bañaba, me ponía el uniforme y mi hermano vomitaba. Mis papás ya no estaban, se iban muy temprano. Mi hermano no me hablaba, yo no existía para él. Por esos años recordaba a mi hermano cuando éramos más niños y jugábamos juntos. Estábamos solos encerrados en una habitación con un candado puesto afuera. Jugábamos a cualquier cosa: dibujábamos carros en hojas y los hacíamos correr por las paredes, armábamos pelotas con ropa y nos turnábamos en los penaltis o nos recostábamos en el suelo a preocuparnos porque nuestros papás no habían llegado, imaginando los más atroces finales para ellos.

Siempre llegaban.

No sé si mis papás, esa noche en que él al fin no regresó, imaginarían los finales más atroces para mi hermano. Quizás sí. No recuerdo mucho. Sólo sé que mi papá estuvo sentado en una silla envuelto en la cobija pendiente de los ruidos de la calle. Salió un par de veces y regresó con cara cada vez más preocupada. Se sentaba otra vez en medio de la noche. Desde mi cama veía su silueta, adivinaba sus ojos clavados en la oscuridad y, ahora puedo decir, que casi veía tangibles los monstruos de su preocupación proyectarse en la pared: eran sombras que pasaban veloces por ahí dejando un rastro de luz, un ruido lejano al que mi papá siempre prestaba atención como un perro guardián.

Tampoco pude dormir.

Me daba tristeza ver a mi papá ahí, sabiendo que al otro día trabajaba muy temprano. Él no miraba el reloj, me dijo que el reloj solo sirve para alimentar los miedos, un día, no recuerdo por qué lo dijo, pero no fue esa noche. Mi papá, esa noche, le respondió a mi mamá que no podía dormir, cuando ella le dijo que se acostara, que no fuera bobo, ya llegará. Le dijo también: no, María, ahora es diferente, algo le pasó… y se quedó callado. Quizás ahí era donde iba a decir que lo sentía como una madre o en los huesos, no sé. Cuando amaneció nos dimos cuenta que mi papá tenía razón.

Mi hermano alcanzó a llegar a la casa, justo en el momento en que mi papá iba saliendo para el trabajo. Me despertó el ruido de la olla del almuerzo de mi papá estrellándose contra el borde del andén. Me asomé. Mi hermano cayó de frente manchando de sangre la camisa azul claro de mi papá. Escupía sangre y decía: Papito, no puedo ver. Me dejaron ciego. Mi papá lo levantó y vio el borbotón de sangre, como si fuera una fuente, que le salía de la cabeza. Él le preguntaba que qué le pasó, mi hermano decía que lo iban a robar y que le dispararon, pero obvio, no era cierto… o bueno, no totalmente. La historia es más simple y más injusta. Mi papá gritó que lo ayudaran, pedía que alguien llamara a una ambulancia, intentó levantarlo pero mi hermano se le resbalaba de las manos porque ya no tenía parte seca y la viscosidad de su sangre impedía agarrarlo con firmeza. Era muy temprano, las calles estaban vacías, nadie tenía teléfono, porque por allá no llegaban los teléfonos y el teléfono celular sólo se veía en Star Trek.

Nadie se asomó, sólo yo que no sabía qué hacer y corrí para abajo hasta llegar a la avenida y convencer a un taxi de que subiera hasta mi casa. Cuando el taxi llegó, mi hermano ya estaba muerto y mi papá lloraba en silencio, sí, así, con las lágrimas bajando despacio por sus mejillas, sin estertor, sin aspaviento, sin nada… nada.

Me senté a su lado y le pasé la mano por la cabeza. Él sostenía el cuerpo recostado en sus piernas, la sangre cada vez era menos. Mi papá estaba manchado de pies a cabeza de esa que también era su sangre, como lo diría él mismo años después y la gente le preguntaba por cómo fue y yo le veía en la mirada el mismo miedo que le vi esa madrugada, cuando mi hermano al fin cumplió la preocupación de mi papá que salía a perseguir los ruidos que se parecían a disparos.

Todo se sabe, yo sí creo en eso.

Supimos quién mató a mi hermano y por qué. Fueron los vecinos que lo vieron llegar borracho, le dijeron que si tenía que les prestara lo que valía el pago de un pasaje y él dijo que no tenía ni un peso. Él los conocía, jugábamos fútbol a veces en la calle, éramos amigos, o eso creímos. Ellos se acercaron, le metieron la mano al bolsillo del pantalón y ahí estaba lo que valía el pasaje, ni un centavo más ni uno menos. El más grande de los vecinos, dos años mayor que mi hermano, sacó el revólver y le disparó diciendo que eso no se le negaba a un amigo. Y ya, por eso fue. Qué tontería, ¿cierto?

Mi papá aún no se repone y se despierta con pesadillas llamando a mi hermano. Pero qué tontería. Nunca nos mudamos. Los vecinos ya tienen hijos y mi hermano sigue muerto. Sus hijos se parecen mucho a ellos. Mi hermano no tendrá quién se le parezca.

Me desvié. No crea usted señoría que intento generar lástima o algo así. Eso no me importa. Sé que cometí un error, no le he contado cómo fueron las cosas. Mire, yo me subí al bus por la puerta de atrás, ahí donde todos los del barrio esperamos el bus, el bus iba muy lleno de gente. Iba tarde para el trabajo y no tenía opción. Ese día llevaba el revólver de dotación de mi puesto como guarda de seguridad. Mi jefe es un bacán y me deja tenerlo los fines de semana para ahorrarnos papeleo y planillas por firmar. Pero bueno, me subí al bus por la puerta de atrás, le pasé la plata a ese niño que me estiró la mano. Así se hace, señoría, para no irse hasta adelante y pagarle al conductor. Luego vi al conductor que me hacía señas y me insultaba porque no le había pagado. Busqué al niño y lo vi escabullirse entre la gente, esconderse. Saqué mi revólver, me metí entre la gente y cuando le vi la cara, le disparé en la nuca. Creo que ya todos sabemos por qué. No fue el calor, ni la mala noche, fue el recuerdo de cuándo jugábamos fútbol en la avenida. El recuerdo de lo que vale un pasaje.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s