PARA SIEMPRE

Puso la última polea, la aceitó. Se recostó en la cama y haló las cuerdas: una aquí, a la derecha; otra aquí, a la izquierda; una allá, abajo, como el pedal de una bicicleta celestial que sólo se movía hacia abajo. Tensó todas las uniones del mecanismo que se activó con ruido de metales que se rozan. Él vio su rostro satisfecho, invertido, extraño, en cada uno de los espejos de los que se rodeó para no perderse ni un segundo de su muerte. Una agonía en el reflejo como un último, brevísimo, corto cinematográfico que no sería visto nunca más por nadie.

Él, pensó entonces, en cuánto tiempo de su último tiempo le tomó construir el artificio. El médico le dijo que tenía seis meses, a lo mucho ocho o diez, pero no más. Él supuso que si era tan dilatada su certeza, quizás le quedaban doce. Fijó la fecha de su muerte el 14 de agosto del año siguiente. Lo hizo animado por el momento previo a la salida del consultorio, cuando pudo ver en el ojos del médico un resplandor que entendió como una esperanza prohibida. Los médicos, sabía Él, suelen ocultar la esperanza porque no es de buena educación sembrar tiempos alongados en las enfermedades terminales. Doce meses, se dijo con resignación y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y encendió un cigarrillo pensando en que ya no importaba, pero sintiéndose culpable. Metió otra vez las manos en los bolsillos. Llovía. Era invierno, siempre llovía. La lluvia no lo hizo sentir ni más ni menos melancólico o triste; sí consiguió que le dieran más ganas de fumar. Qué importa, se dijo.

***

Pasado mañana era 14 de agosto del año 2013. Era porque eso ya fue, así para Él aún faltaran dos días. Él tenía 41 años, soltero, vendedor de oficio e inventor por afición. Una afición para la que antes no tenía tiempo y para la que ya no tendría vida, ahora que le sobraba el tiempo. Pasó unos dos minutos probando el aparato, cerciorándose de que todo funcionara bien y de que al momento último, no fuera a fallar, se atascaray perdiera una imagen trascendental para el resto de su muerte. Pasó dos horas mirándose en los espejos con los dedos y los pies enredados en el mecanismo perfecto, sin falla, acorde con su meticulosidad y dedicación. Dos horas en las que, pensándolo luego, no sabe bien qué hizo, qué recordó o qué anticipó o qué destruyó. Dos horas en las que le dolió la espalda, tosió mucho y fumo mucho y se vio junto a sí, movido un poco a la derecha. Qué importa, se dijo.

 

***

Siempre es tarde. Antes, no pensó con detenimiento en esa palabra que anteponía a casi todo: siempre lejos, siempre solo, siempre en el mismo lugar, siempre solo. Ahora el siempre parecía tan falaz. Se detuvo bajo un alero. Vio el agua hacerse más gruesa, tornearse como una bala y estrellarse en el suelo. El torrente que corría por los bordes de la aceras arrastrando basura y colillas de cigarrillos que quizás un día Él fumó. Siempre es un quizás, un quizás lejano que no consigue moverse de tanta esperanza que lleva de lastre, pensó con palabras distintas.

Cruzó la calle y llamó. Tuvo que revolver papeles viejos, pequeñas tarjetas que sacó del bolsillo de la camisa para encontrar el número. Al menos una última esperanza.

Repicó.

Dos, tres veces: buzón de mensajes.

Dudó. Llamó otra vez.

Al segundo tono, un hombre respondió. No supo qué decirle, había pasado tanto tiempo desde la última vez. Las palabras se le atragantaban en la garganta.

«Pasa rápido el tiempo, ¿no?»

Se esforzó por parecer tranquilo. En vano. Tan pronto el hombre al otro lado, le reconoció la voz, Él sintió cómo las palabras se le hacían de agua sin conseguir asirlas para que sonaran a algo más que a balbuceo gago.

Él escuchó su alegría sincera, su balbuceo de hielo y la pregunta indiferente que no quería recibir, pero que anhelara escuchar.

Y lo dijo como se lo dijera el médico: con un poco de conmiseración a la miseria de Él y mucha concisión robótica; como no quería decirlo pero como no había otro modo de pronunciarlo.

«Me voy a morir».

Silencio.

La lluvia.

El para siempre.

 

***

Cuando se le ocurrió lo de los espejos y el artificio, estaba tan lejos de sí mismo que empezó a reconocerse un poco a la derecha de propio reflejo, un poco dislocado, como una sombra en colores vivos. Recordó ese libro donde un hombre contemplaba su reflejo y el reflejo del reflejo que lo miraba culpándolo de todo. Buscó en todos los ojos algo que luciera como un reclamo; no pudo encontrar nada, absolutamente nada. Él, se dijo entonces, que estar lejos de sí mismo es la medida de todas las cosas, de todos los amores y todos los pesares.

La voz al cubo.

No importa, se dijo y encendió otro cigarrillo.

Eso fue seis meses antes. Antes del momento en que todos los espejos que rodeaban su cama devolvieran el mismo reflejo como de sombra en technicolor. No se dio cuenta, no prestó mucha atención, de su imagen multiplicada al infinito. Por fortuna, todo su interés estaba puesto en la funcionalidad de mecanismo y en su pasado vacío de todo acontecimiento digno de ser recordado.

Lo despidieron de su trabajo a los tres meses de tratamiento y permisos. Su jefe, pensó ―por un momento cortísimo―, en la injusticia que significaba dejar a un hombre sin algo en qué ocupar su tiempo tan ocupado en rumiar la muerte. Con toda la compasión que le quedaba en su corazón fervientemente creyente, católico, bla, y romano. Ofreció pagar el costo del seguro médico por el tiempo que tardara en llegar… tú sabes… el encuentro… la partida… Dios padre, dijo. Él aceptó. En su vida, la caridad fue un talante, no era momento para ser orgulloso.

Él buscó un abogado, quien lugo de escucharlo, le devolvió un gesto de lástima y le respondió ―con toda la delicadeza de la que es capaz un abogado―, que antes de que ganaran algo, Él ya estaría muerto.

«Acepte, es un buen trato. Muérase lleno de morfina y listo»

Pero aún faltaba una lástima más.

El día en que recogió su escritorio, desconectó su teléfono y se dio cuenta que no tenía mucho qué llevarse, regresó a la oficina de su jefe y le pidió un último favor. No tenía nada, lo poco que pudo ahorrar, lo gastó buscando una salida en la medicina extraña cuando aún le quedaba esperanza. Podía trabajar desde su casa, sólo hacía falta conectar el teléfono y empezar de nuevo. El pago sería por comisión por venta, por favor, suplicó solapadamente.

Su jefe corroboró el tiempo para… tú sabes… el encuentro… la partida… Dios padre y dijo que era imposible. Pero que no se afane, amigo, para todo hay solución. Extendió una hoja rectangular en la que escribió una cifra que abarcaba siete meses de sueldo y la firmó abajo.

Gracias, dijo él y salió de la oficina llevando bajo su brazo una caja vacía que todos sabían estaba vacía, pero Él simulaba que pesaba mucho.

Sus compañeros le dieron un pastel, una botella de vino y cantaron esa canción de no es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós, conteniendo las la risa o las lágrimas porque todos sabían que era más que un para siempre, era un eterno adiós.

Él sonrió y comió pastel, bebió vino y levantó su caja con más esfuerzo falso que ganas de bajar las escaleras e irse para siempre con un papel con los ceros suficientes para morir de enfermedad y no de hambre.

Usó el dinero para reacomodar su dislocación metafísica. La comida era secundaria, lo importante era, si debía morir, al menos morir completo, no dejar nada, ni siquiera una sombra tan vívida que sería la sorpresa de algún espiritista acostumbrado a los sepias eternos de la muerte y a los fantasmas confundidos.

Abrió la libreta donde antes dibujara aparatos inverosímiles e inservibles. Novedosos pero inútiles. Dibujó el primer boceto de algo que, ahora sí, le sería indispensable. Ineludible en la intimidad de su muerte, útil solamente para sus preocupaciones de reacomodación metafísica y voyerismo transdimensional, que no tenían nada que ver con el futuro, pero sí todo que ver con el miedo a otra vez abandonar una parte de él, algo que era suyo y tener que resignarse a perderlo. Quedarse solo de sí.

Compró las poleas, las cuerdas y los espejos. Colgó ganchos del techo, de la pared junto a la cama. Movió el armario para allá, la mesita a este lado; abrió espacio y en menos de un mes todo estaba montado. Hizo varias pruebas y rompió algunos espejos y reventó cuerdas y aceitó demasiado las poleas. Dibujó otra vez. Compró nuevos espejos, más, no eran suficiente. La sombra viva seguía siendo muy inquisidora, necesitaba ocultarla más con su ilusión de mago de Vaudeville.

No quería otra vez un para siempre deambulando confundido, dando tres golpes en la mesa o encarnándose en una mujer muy gorda de voz chillona, perdido del lugar de la escisión sin saber quién era ni qué hacía ahí ahora que no se reflejaba en ningún espejo.

Para siempre, recordó.

 

***

Cuando terminó de hablar por teléfono, aún no dejaba de llover. Vio a lo lejos una mujer que le recordó mucho a esa que un día, hace tanto años, se fue usando un saco y una falda iguales a las que ahora vestía esa que, bajo su paraguas, esperaba poder cruzar la avenida. Todo hombre solo necesita un amor perdido, pensó.

La mujer cruzó dando saltos cortos para no mojarse los pies. Se resguardó a su lado y le sonrió con la camaradería que sólo da la calamidad de la lluvia.

Él quiso contarle que se parecía mucho a un amor perdido. Quiso decirle que tenía un hijo que nunca vio y con el que sólo habló tres veces por teléfono. Hace unos momentos, imaginó que enfatizaba. Quiso decirle que si tuviera una, daría toda su vida para que ella se enamorara de él por el espacio de tiempo que le quedaba aquí. Es poco, sería un amor de invierno, sonrío en la imaginación.

Quiso, pero no dijo nada.

Se limitó a encender un cigarrillo, calarlo profundo y pasar una mirada rápida a la mujer que seguía esperando.

«Me gusta tu saco».

Ella agradeció con una sonrisa cordial y lo miró unos segundo esperando su siguiente palabra. Él guardó silencio en medio del aguacero que no vio cuándo se hizo torrencial casi apocalíptico.

Su hijo le dijo que Ella había muerto en un accidente automovilístico viajando por una autopista de Francia hacia un país que no recuerda. Su hijo no dijo más. Apenas unas palabras impersonales, frías, que dejaban adivinar la distancia que Ella puso entre ellos desde antes de que él naciera.

Era su único hijo. Su único todo. Nunca lo había visto, ni una sola vez, ni siquiera en fotos.

Ella se puso una falda y un saco. Era muy temprano y Él aún dormía. No escuchó el alboroto de cajones, puertas que se abren y cierran, de la maleta que se llenó con la prisa de que el sueño no se espante. Ella arrancó una hoja, tomó un lápiz, no escribió. Vio la hoja en blanco y el lápiz recién afilado, y sin entender por qué, se sintió un poco reconfortado.

No sabía dónde buscarla. Se sentó en la cama y estuvo horas mirando el armario vacío. Tenía 25 años, Ella 22 y no esperaba cumplir 23. De no ser porque la noche antes de su partida se enteró que estaba embarazada, quizás esa misma mañana en que él se dolía de su huida, se hubiese lanzado por la ventana.

«No es tu culpa, Él; es culpa de ese algo que me devora desde adentro»

Le decía Ella cuando era descubierta llorando y Él adivinaba en su cara el gesto de ofrecerle sus venas abiertas como resguardo para el azar aciago. Ella creía que no era culpa de Él. Luego, cuando se fue y conoció a Otro, entendió que quizás mucho de ese algo tenía la forma de Él luchando por el día a día. Quizás sí era culpable de esas ganas irresistibles de volar muy hacia abajo tras un estruendo de vidrios rotos y un alboroto de sesos y sangre corriendo espesos por la avenida.

Otro era hijo de alguien que no sabía qué era luchar por el día a día, tampoco él lo sabía. Él y Ella vivían en una habitación pequeña por la que pagaban lo que se pagaba por un paquete de cigarrillos: por noche, sin derecho a ducha. Otro vivía en los bordes opulentos de la ciudad, a la afueras donde también se asentaban bordes no tan opulentos contrastando sus artesanías con las casonas iguales a las de la mamá de Otro.

Ella llegó allí luego de huir de Él. Llegó para ser la sirvienta y terminó siendo la prometida-nuera-casi hija de Otro. Otro que era muy bueno y la recibió embarazada de otro, su mamá que le contrató una empleada y una enfermera. Estuvo en esa casa hasta que el niño nació, pasó la dieta y se casó. Un cuento de hadas que tampoco soportó con la felicidad acorde a los sueños cumplidos. Muchas noches, antes de casarse, lloró agarrándose la panza que crecía. Recordaba a Él que siempre fue tan bueno.

Para siempre, le decía. Ella repetía: para siempre y luego el siempre lucía tan largo, tan lejano, tan infinito que temblaba ante la idea de algo que fuera eterno. Extrañaba la ansiedad del mañana, el despertarse con la necesidad de asegurarse la vida así fuera sólo por las próximas 24 horas. Él salía, conseguía, le llevaba algo de comer y Ella esperaba para no dejar descuidadas las pocas cosas que tenían: la cama, un armario, ropa pasada de moda, un lápiz, una libreta y un reloj de números rojos. Él la abrazaba, comían juntos y le pedía perdón con sus ojos azules que lanzaban una lucecita que no veía directamente ni mantenía, porque le dolía tanta tristeza. Lo único que estaba mal con ellos dos, con su amor de carencias, era el azar que nunca giraba su favor. Hubo oportunidades en las que creyeron que al fin era ese su nuevo comienzo, subían en la esperanza, caían en la desesperación. Ya no preguntaban por qué, ni se dolían o se culpaban del infortunio. Ambos llegaron, cada uno por su cuenta, a la resignada conclusión de que así era el mundo que les tocó. Volvían a comenzar, volvían a fracasar; tantas veces, que los pequeños fracasos inventivos de Él, no calaban tan hondo en los entusiasmos deteriorados.

Ella lloraba en la comodidad de su cama queen puesta al centro de una habitación con balcón, desde donde Ella creía ver la casona derruida en la que Él se pudría de tristeza y de porqués repetitivos y anodinos.

Aun así, a pesar de todo, nunca regresó. No encontró una sola razón distinta al amor que no llenaba ollas ni paliaba el hambre. La depresión sí regresó, quiso ahora saltar por el balcón sin abrir la puerta para hacer ruidoso el suicidio de puras ganas de acallar el rechinar de ruedas del pasado que no la dejaba acomodarse feliz en el abandono y la opulencia de Otro, a quien también amaba pero por razones distintas: más prácticas y menos lastimosas.

Una lástima más para el haber de Él. Una más que nunca supo. Él, hasta el momento en que colgó el teléfono, vio a esa mujer como un fantasma encarnado que apenas disimuló la piel, creyó que ella se había ido porque al amor con los bolsillos llenos no se le mueren las mariposas en el estómago.

Y la perdonó, porque eso se hace cuando se ama.

Le perdonó el agravio de querer volar, deseando con todas la fuerza de su impotencia, que ese sol que perseguía le derritiera las cera y pudiera ir a rescatarla de la mitad de un mar cualquiera luego de la caída.

Diez años después supo de su hijo. Ahí sí el azar giró a verlo. No entendió si enterarse fue algo bueno o malo; quizás lo mejor habría sido no saberlo, así no hubiese sumado una añoranza más a su vida llena de quiensabes y ojalás. El azar de escuchar a alguien decir que Ella vivía en Europa y que su hijo ya iba a cumplir nueve años.

Hizo cuentas, era suyo. Lo sintió en los huesos.

Preguntó.

No le dieron respuesta.

Investigó. Indagó con vecino antiguos, en hojas sueltas, hasta que dio con la casa de Otro, donde aún vivía su mamá.

Una nueva lástima, una más.

Lloró en la puerta ante la mirada incómoda de la mamá de Otro. Le pidió solamente un único favor: que le hiciera llegar esa carta que escribió y reescribió, rompió y volvió a hacer con letra cuidada y clara para que Ella, allá tan lejos, no perdiera una sola de sus palabras por un tachón polizonte. Le dejó una dirección y una súplica más.

«Usted sabe qué es tener un hijo, ayúdeme, por favor»

En la carta le contó, para empezar, que todo estaba bien. Así leyó en las pocas cartas que leyó en la televisión que se hacía. Le escribió que la amaba aún y la entendía, que no se sintiera culpable, que él hubiese hecho lo mismo. Sólo déjame saber de Nosotros, que era como Él quería que se llamara su hijo desde antes de saber que lo tenía. Te extraño, Ella.

Con amor, Él.

Puso dos posdatas porque así vio que se hacía en la televisión.

Esperó.

Un año entero donde a diario, al regresar del trabajo, miraba al suelo.

Nada.

Un día, desgastada la espera, la carta llegó.

Con el sobre en la mano, quiso tener alguien a quien pedirle que la abriera y le censurara las malas noticias.

Rasgó el sobre.

Leyó sus palabras de perdón, con poco interés. Su hijo se llamaba Nosotros.

«Algo bueno debías tener para recordarte».

Junto a la carta venía otra más que escribió Nosotros y en cuyas palabras, se notaba la presión con la que fue escrita y la distancia insalvable de todo el mar que lo separaba, de todo el Nadie que eran uno para el otro.

Un número de teléfono, la promesa de que nosotros hablaría con él.

Hablaron, Él prometió visitarlo. Nosotros dijo que está bien.

Ahorró todos esos años para viajar a verlo, pero entonces llegó el dolor en el pecho, la tos seca, la pérdida de peso; la visita al médico; la enfermedad; la muerte, el encuentro… el tú sabes… Dios no-padre.

Ahí terminó el para siempre. Hasta ahí llegó el ojalá el próximo viaje.

Una lástima que no quiso ejercer.

 

***

La muerte llegó la fecha prevista. Ni un día ni una hora después, como una máquina que se programa a la espera de que termine un proceso muy importante.

Esa mañana se vio tan sano y vivaz, que consideró corta la insinuación médica. El azar nunca lo favoreció, así que consciente de su infortunio, se afeitó con cuidado, y a su sombra que lucía con más vida que el Él real. Se puso el traje nuevo que escogió con cuidado y rompiendo el presupuesto. Anudó una corbata, a la moda, al cuello torcido un poco a la derecha de su otro Él, que le seguía los pasos con un gesto de tranquilidad resignada. Se puso el saco. Acomodó unos billetes sobre la mesita, puesta al otro lado, y escribió en un papel: para el entierro; que pisó sobre los billetes con el reloj de números rojos que hacía años marcaba la hora que se albedrío electrónico le decía.

Se recostó.

Repasó la funcionalidad del artificio.

Y esperó el frío que suponía debía sentirse antes del… tú sabes.

Luego en se vio en colores vivos reflejado de pie en todos los espejos.

Luego se vio acostado con los ojos cerrados y su respiración apaciguándose como un murmullo que se traga el silencio estruendoso de la noche.

Era las once y cincuenta y nueve del catorce de agosto del dos mil trece.

De pie sonrió viendo la película vertiginosa de su vida, como suponía debía pasar.

Al final, no todo parecía tan malo.

Y ahí venía ella, con los brazos abiertos y un Te Amo que se tragó el silencio calmo de su luz al final del túnel.

Para siempre.

 

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