UNA PREMONICIÓN PARA MALENA

He supuesto muchas cosas a lo largo de la vida. Como aquella vez en que viendo los ojos de mi mamá, supuse el cáncer que la devoró cuando siquiera existía la posibilidad en una tos o en un dolor espontáneo. O esa otra en que por la forma en que Malena se sentó en la cama, supuse su infidelidad corroborada en el moretón en su seno izquierdo, cerca del pezón. A Malena siempre le gustó el sexo violento donde pudiese sentirse sumisa y tomada, entregarse, darse, ser poseída. Suposiciones teñidas de premoniciones. O… premoniciones tan simples y débiles que sólo llegaban hasta mí como suposición: un bombillo de luz mustia que apenas si deja entrever objetos en el rincón más apartado de la memoria. Y es que somos tan poéticos y esencialistas que vamos por ahí adjudicando símbolos a casualidades desnudas, adjudicación que se hace realidad a fuerza de paranoia. Tal vez es tanta la paranoia con la que abstraemos el mundo, que terminamos por empujar ―motivar― su transformación: de gesto equívoco y vacío, a certeza unívoca y real. Si no hubiese dudado por su forma de sentarse ―un gesto común―, no hubiese insistido en que se quitara la ropa con la simple y cotidiana intención, de olerle todo el cuerpo en busca de rezagos de un sudor ajeno.

No fue necesario el trabajo de sabueso minusválido; se quitó la blusa, el brasier dándome la espalda, me pidió que apagara la luz y yo me le abalancé antes fingiendo un deseo incontenible. La besé en los labios cuello, cara, orejas, nariz, siempre atento al lugar que ocupaban sus manos: firmemente asidas a sus tetas. Fingí cerrar con fuerza los ojos y me separé de su boca. Llevé mis manos desde su cadera por encima de su abdomen, me detuve en el ombligo donde metí mis dedos simulando una penetración, le gustaba. Siempre con los ojos cerrados. Subí, alcancé sus manos que no soltaban sus tetas redondas y grandes. Siempre con los ojos cerrados. Apreté mi cuerpo contra su cuerpo. Mi pene atrás del pantalón ―duro, enhiesto―, se clavó en su sexo atrás de su pantalón. Un gemido, las manos que se enredan en mi cuello, las piernas que se relajan y se separan. Claro, no hay duda, ya sabía dónde buscar mi certeza. Sus senos eran mi verdad. En ellos encontraría eso que dotaría de sentido pleno su forma tan infiel de sentarse en la cama. Si no, ¿por qué ocultarlas cuando las había visto por cinco años mecerse al vaivén de mis embestidas? No era lógico. Pedir la luz apagada, desnudarse de espaldas, no retirar sus manos; era una rutina rota, pues si algo disfrutaba Malena era que le mirara las tetas con avidez, que en mí cara fuera evidente la ansiedad y la excitación de sus pezones y su redondez, que le dijera que tenía las tetas mejor hechas que nunca hubiese visto. En todo el mundo, Malena, mi amor. ¿Entonces?

Abrí los ojos, los de ella cerrados con fuerza en el éxtasis del placer de mis dedos jugueteando con su humedad, allá abajo. Tuve miedo, no quería mirar. Pero del mismo modo como se cruza junto a un cuerpo despedazado por un carro en medio de la avenida, miré.

El resto, ya lo dije… ¿para qué repetir?

Lo que pasó luego se resume en que la rabia me duró lo que tardó la certeza de la soledad en regresar. Una certeza apabullante, como era mi soledad antes de Malena. Antes de ella. Como fue mi soledad estando con ella. Malena que no se fue porque me dijo que me amaba y me pidió perdón excusándose en una borrachera encaminada por las vías de la inconsciencia. A todas las culpas les cabe una copa, o dos o tres… ¿cuántas vamos?

―No fue nada, mi amor. Casi ni me acuerdo. Así de importante fue, ¿ves?

Lo fue todo.

No es que la infidelidad haya calado hondo. Lo infidelidad, cuando se anticipa en gestos previos y recurrentes, no horada tanto en la tranquilidad. Lo fue todo porque vi en la forma que se puso las manos sobre el vientre desnudo al terminar su frase, que me mentía. Una nueva premonición travestida de suposición, o al contrario, ya no recuerdo bien. Puse cara compungida, dejé rodar un cuarteto de lágrimas silenciosas porque sé que ese gesto se entiende, inconscientemente, como una tristeza profunda que no requiere gritos o vituperios para lastimar con culpa al otro. Llorar en silencio te dota de un aire de santidad, de placidez de estatua de yeso, de pasión crucificadora, de puñalada directa al corazón. Malena actuó en consecuencia lógica con mis lágrimas: lloró con ruido y mocos, se lanzó desnuda a mis pies pidiéndome perdón. Fue sincera, no hay duda. Sincera en el arrepentimiento. Tenía ese ademán suplicante de quien se siente abandonado por todos luego del primer clavo oxidado que atraviesa la palma. Jesús es el mejor ejemplo de un arrepentimiento inconforme y rabioso. Jesús dijo: «Padre, ¿por qué me has abandonado?» y con esa frase selló el legado de su arrepentimiento que solapaba la certeza de haber hecho algo mal y trastabillar en la aceptación del castigo; no hay justicia cuando se asume que los tamaños no se vinculan, es decir, un castigo el triple de grande que el error: justicia divina.

Malena fue mejor en la aceptación. Solo debía aceptar su error, castigarse por eso y hacer las cosas bien de ahí en adelante. Mi silencio lloroso le dio a entender, que de mi parte no habría lanza en su costado. Le dio a entender que era más el dolor que la rabia. El dolor, hecho lágrimas silenciosas, no permite sospechar venganzas. Así que, como era de esperarse, ella sola buscó una lanza para dejarse caer sobre ella y que la fuerza de gravedad fuera su verdugo. De rodillas frente a mí, añoraba una bofetada o un escupitajo en la cara, al menos. Deseaba rabiosamente que yo le gritara, la llamara: «¡puta!» como manda la etiqueta en estos casos. Guardé silencio. Moví mi cabeza sin que ella me viera, la gravedad haló una de mis lágrimas que cayó en su boca que miraba al cielo, donde yo me sentaba a la diestra de Dios padre disfrazado con la santidad del mártir.

Malena se agarró otra vez el vientre y miró al suelo pegando su mejilla a mi desnudez flácida. Me mentía, pero aún no sabía en qué, debía averiguarlo. Haberme dolido por la infidelidad, odiarla porque prestó su cuerpo de resguardo a otro cuerpo, era la peor de las estrategias.

Le acaricié el pelo. Sobé su cabeza como la perrita que era.

―¿Volverá a pasar?

―No, lo juro.

Me miró a los ojos apretándose el vientre. Sonreí esbozado. Me eché un poco para atrás y me cercioré de su mano, otra vez, muchas más.

―Te perdono. Te amor. Pero, démonos tiempo. Déjame entender, asumir. ¿Período de prueba?

―El que quieras. Te demostraré que fue un error. Un error tonto, sin importancia ni trascendencia. Perdóname, te amo.

Su voz era suave, tímida, cansada y temerosa. Voz de quien reclama la violencia, de quien espera la agresión para sentirse mejor. Puso su mano en su vientre.

―¿Cómo? Repítelo.

―Te amo, te amo, te amo, te amo, mi amor.

Se inclinó y con sus dos manos se tomó como si le doliera mucho el estómago. En su cara vi el gesto de dolor de un cólico.

Me limpié las mejillas con el dorso de la mano. Ella no me miraba, mantenía su cara pegada a mí; con una mano me rodeaba cogida de mi nalga, la otra alrededor de su cintura.

Funcionará, me dije.

Ver el moretón en su seno, minutos antes, no fue doloroso. Diría mejor que fue gratificante por la certeza de no equivocarme. Miento. Fue doloroso, pero fue más gratificante. Tan pronto pidió perdón, mi cabeza sólo rumiaba el futuro. Mi futuro sin ella, que significaba una soledad como ya casi no la recordaba. Luego fue la suposición derivada de sus manos. Pidió perdón, me dijo que me amaba y como fichas de dominó que caen en fila, su mano alimentó mi paranoia. Entonces, ya no fue el futuro como la soledad; entonces fue el futuro como lo oculto y mi obsesión por develarlo.

Debía no permitirle anticipar nada, ser cauteloso. Por eso lloré, por eso actué la tristeza. No sentía más que orgullo de mí mismo. El dolor y la tristeza se hicieron a un lado con las manos en alto cuando el todo poderoso orgullo apareció: soberbia de la nimiedad.

Había sido traicionado. Malena rompió los consensos sociales de un sí, quiero ser tu esposa, que la obligaban moralmente a no dar su cuerpo ni su corazón a alguien distinto a mí. Cuando se vive midiendo el mundo por la suposición, alimentándolo para que se haga certeza y corroborándolo en la evidencia tangible, la traición sólo es una consecuencia lógica de la humanidad, del ser-humano. No se puede esperar nada bueno de nosotros: bípedos calvos, amantes del placer y de la felicidad mentirosa concedida por la sobreestimulación de las zonas ―reales o simbólicas― de la satisfacción. Así, el egoísmo y la traición ajustan perfecto en el espacio de lo humano. ¿Qué más se espera?

Malena chupó mi pene con los ojos aún húmedos. Los cerró y sus dos manos acariciaron mis nalgas y mis piernas.

―Es muy lindo. Me encanta.

Lo metió otra vez hasta el fondo de su boca y sus manos no fueron a su vientre. Era cierto. La penetré, sobre ella, con rabia. La golpeé en la cara con mi mano abierta, la palma y su envés alternados, suave pero firme. Le dije que era una puta mientras le hacía saltar las tetas, con todo y su moretón, al ritmo de mi cadera. Le escupí la cara. Malena soltó un gemido en crescendo que fue su orgasmo trepando hasta los confines helados de su cerebro culpable. No hay forma más digna de lastimar a una mujer que trepando por sus muslos con rencor. Así se puede destruir en la confusión y en la inconsecuencia de hacerle el amor a quien ―consenso social-moral― te rompió el corazón. Ellas intuyen que algo está mal, pero no lo entienden.

Eyaculé.

Dentro de ella.

Ella suspiró, cerró las piernas y se dio la vuelta entre gemidos. Metió sus manos debajo de la cabeza y se estiró sonriendo.

―Hierves. Estaba muy caliente.

Sonrió y ya no se agarró el abdomen. Lucía tranquila en mi ficción.

Seguimos juntos. A la semana, el moretón era apenas una mancha verdeazulada que casi no se notaba. Malena vivía, seguía, olvidaba. Yo la miraba. La miraba mientras preparaba el desayuno, mientras comíamos, mientras arreglaba la ropa o lavaba el baño; mientras veía la televisión o leía un libro. La mentira seguía ahí agazapada tras la tranquilidad farsante que yo puse en lugar del castigo. La observación meticulosa, lejos de permitirme construir una respuesta o develar algo, sólo metía más dudas y creaba más preguntas derivadas de ciertos gestos que no eran parte de su rutina diaria. ¿Siempre se recogió así el pelo? ¿Qué quiere tapar en el cuello para tener que ponerse todo lo tupido de su pelo justo en esa parte? ¿Por qué cambió de labial cuando el otro era aún utilizable? ¿Cuándo fue la última vez que usó la falda que yo le regalé, lo aretes o las gafas de sol? ¿Por qué siempre olía tan bien si sus paseos se limitaban a la tienda y a la casa? ¿Por qué cada vez que entraba de regreso en la casa, antes de sonreír y saludarme, se tocaba el estómago en un gesto cada vez más imperceptible, pero obviamente existente?

Dudas que aumentaban como una infección. No tenía opción, debía dar otro paso. Lancé preguntas extrañas, preguntas desligadas de la situación inmediata y que por eso sonaban a veces ridículas, provocando la risa divertida de Malena.

¿Cada cuánto te duele el estómago?

¿Crees que se pueda hablar de una psicosomatización de los secretos?

¿Cuántos secretos trascendentales tienes?

¿Los secretos hacen doler el estómago, como un cáncer que nos come?

Hablando de cáncer, mi mamá murió un mes después de la infidelidad. En ese mes, se confirmó el diagnóstico que yo había supuesto tres meses antes y que mi mamá no escuchó por estar metida en casa de Laura y en la mía, acosando a los respectivos yerno y nuera, con culpas y fracasos que ella se inventaba.

Malena, Carlos Andrés está muy flaco.

Juan Pablo, Laura necesita mejor ropita y aretes.

Malena, las camisas se planchan así.

Juan Pablo, que Malena le puede regalar unos zapatos a Laura, pues a usted no le alcanza para cambiarle esos vejestorios que eran míos.

Carlos Andrés, hay que tomar las riendas de esa casa.

Laura, consienta más a Juan Pablo y verá que la tiene como reina.

Un día leí que si lo deseas con todo tu corazón, se cumple. Lo que no decía el libro era si el deseo debía ser consciente o podría viajar como polizonte, escondido atrás del beso a la mamá y del amor de hijo. Así es, supongo. La fuerza de dos hermanos encaminada a un cáncer espontáneo y destructivo.

Mamá, todos queríamos que te murieras. No te rías, es en serio.

Y ¡pum!, le echábamos el cáncer como si fuesen polvos mágicos del mago, o polvo de hadas de Neverland mientras íbamos a nuestro lugar feliz y volábamos lejos de esa señora que nos dio una vida para no dejar que la viviéramos.

Mamá, te quiero. No lo dudes. Pero…

Mamá odiaba a Malena, Malena odiaba a mamá, todos odiábamos a mamá, pero sólo Juan Pablo, mi cuñado, lo hacía expreso. Eso no importa, lo recuerdo porque sucedió por la misma época. También, porque un día antes de morir, mi mamá me dijo: «Malena está rara. Creo que te dice mentiras. Yo he visto cómo se agarra el estómago, antes no hacía eso. ¿Lo viste, Carlos Andrés? Yo sé que sí».

Le conté a Laura lo que dijo mi mamá. Laura miró a Malena vestida de negro en la sala de velación. El ataúd en medio y los asistentes riendo animados y entrechocando sus tazas o sus copas. Laura me dijo que el vestido que usaba Malena, se parecía mucho a uno que le iba a regalar Juan Pablo. Al fin no alcanzó para comprarlo, se excusó. Luego de mirarla por un rato, mucho a petición mía, me dijo que no, que no veía nada raro en Malena. Le pedí que esperara. Fue hasta ella, giré atrás cerciorándome de que Laura me mirara.

―¿Te amo, Malena?

De nuevo la mano al vientre, la respuesta que tardaba y que me sorprendió mucho teniendo en cuenta todo lo que había pasado.

―Carlos, no hay que recaer en lo obvio. Decirlo le quita peso, a las palabras se las lleva el viento. Mañana te lo escribo para que lo guardes y siempre que te haga falta, lo saques y lo leas.

―Hay un secreto que nos acosa, Malena. Algo que no he dicho.

―Dime, ¿qué es?

Tranquila, pausada, desinteresada.

―Que contigo soy el hombre más feliz del mundo. You make me happy, como la canción.

Malena saludó a Juan Pablo que se acercó y la besó en la mejilla, soltó unos paquetes que vi como mi oportunidad y me extendió la mano. Juan Pablo sostuvo a Malena de la cintura poniendo su palma entera sobre el vientre de Malena.

―Estás hermosa.

Malena no se tocó el estómago, se tocó el pelo, lo puso atrás de sus orejas. Agradeció. Puso su mano sobre la de él que seguía puesta en su vientre, sobre la tela fina del vestido de funeral.

No fue en vano que antes no contara nada respecto al hombre de la infidelidad. No lo conté porque me gusta seguir la secuencia lógica de las acciones, repetir el pasado tal cual se dio, sin acciones a destiempo o flashbacks reveladores o prolepsis como gancho narrativo. No dije nada del hombre porque no me interesó quién era. Daba igual que fuera un compañero del trabajo, uno de la universidad, el tendero del barrio… daba igual. Daba igual que fuera Juan Pablo, al menos para mí, pero no para Laura. No dije nada. No tenía pruebas. Esa, sin embargo, no era mi suposición. No era mi secreto. Mi suposición revelada no era ver la cara del hombre de la infidelidad, mi suposición era algo más grande, de la que ya tenía una sospecha y para la que ya había tomado una última estrategia que me permitiría resolver el misterio y de paso, vengarme un poco con la ayuda del amante.  

Enterramos a mi mamá. Lloramos queriendo reír. Bebimos despidiendo para fuera y celebrando para adentro. Juan Pablo, Laura, Malena y yo, terminamos en mi casa.  El gesto de la felicidad de la muerte. Gesto extraño en el que la gente se tapa la boca y se seca los ojos.

Malena se fue. Estiré la mano a mi costado y la cama estaba fría. Alarmado me incorporé y miré la habitación. Fue fácil ver las señales: la cama fría, los cajones cerrados con excesiva delicadeza para no hacer ruido, la puerta del clóset ajustada hasta donde la madera no pegaba contra la madera, la hoja de papel amarilla junto al televisor.

«Perdóname, Carlos Andrés. Hay algo que no te dije y que no te diré. Debo irme, algo pasó y nunca me creerás si te lo digo. Entiéndeme. Perdóname, otra vez. Malena.

»Pd: Sí, te amo. Lo siento.»

Sonreí. Fui hasta el clóset, su ropa no estaba, todas sus cosas se fueron con ella y mi maleta de viajes largos. Metí la mano hasta el fondo del cajón donde guardaba mis calzoncillos. Saqué de la bolsa y extendí frente a mí, la ropita de bebé que tenía como última prueba para Malena. Dentro de la bolsa aún estaba la factura, Malena no se la llevó.  La ropita que dejé en ese mismo sitio, escondida atrás de mi ropa y que acompañé con esa nota que escribí yo mismo y que firme como si fuera Juan Pablo.

«Laura, ya está hecho. Malena confía en mí. Por fin tendremos un hijo, y Malena será nuestro instrumento de felicidad

En una semana fingimos que desapareció, luego viene la farsa tu embarazo y la felicidad.

Juan Pablo.»

He supuesto muchas cosas a lo largo de mi vida, he creado premoniciones a lo largo de mi vida, como esa vez en que Malena me fue infiel y no me importó.

 

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