OTRA VIDA PARA BUSCARTE

Si alguna vez vinieras aquí, verías qué tan profundos se hacen los espacios reducidos cuando hay algo que los mantiene vivos. Entenderías que los muros blancos son menos dolorosos cuando se encuentra una forma de matizarlos con retazos. Si vinieras un día, si un día te encontrara, si un día fueras alguno de todos esos rostros congelados con los que tropiezo a diario, ésos en los que he creído encontrarte por un signo vedado que ocultan las miradas extraviadas, entenderías. Sé que mirarás a ninguna parte, sé que tendrás los ojos lejos del disparo y del mecánico «¿listos?» que acompaña el previo a la pose. Sé que me mirarás a mí que siempre me pongo de soslayo ante la imagen que aparece, que no participarás del encuadre, que estarás fuera como una persona que nadie invitó a estar ahí  y los demás se alejan para recodarle lo indeseado de su presencia. Habrá alguien, quizás un niño pequeño que sostiene algo con descuido en sus manos, con la mirada puesta en ti, en el extraño, en el que no es y no debió existir. Pero yo estaré ahí para devolverte el lugar que el azar te negó. Colgaré tu fotografía frente a mí, la pondré a trasluz para sopesar los colores, la luz que puse de más en tu rostro de hombre cualquiera. Estaré ahí para recordarte que ese Dios milenario que agoniza siglo a siglo, te determinó para mí. Te hizo el idóneo que perdí y que busco desde que decidí dedicarme al oficio reciente de hacer aparecer el mundo, de contenerlo para que la memoria no lo diluya como una imagen mal tratada y de fijación pobre. Porque tendemos ineluctablemente al olvido; así, de esa persona que un día nos hizo felices, solo nos quedan unas facciones difusas: las cejas, el color de los ojos, las líneas de los labios, pero nunca una imagen confiable de cómo lucía; también es posible hacer sonar la voz del otro antes de dormir. Hundiéndose en el sueño, aparece en el fondo del barullo de la inconsciencia esa voz profunda diciéndonos que nos ama o que somos su vida, y nos empuja a un llanto chiquitito de anciano y nos dormimos añorando el pasado, porque hace mucho no somos la vida de nadie, porque hace mucho nadie nos extraña, porque hace mucho que olvidé cómo tenías de pesadas las manos, cómo sabías abrazarme por la espalda recostando tu mentón en mi cuello, retirando mi pelo que se enredaba en tu barba para estar cómodos en ese abrazo en el que me sostenías del pecho y me decías que era para resguardar mi espíritu de los vampiros que comían corazones puros y de los peligros que cargabas por sólo ser tú, y yo te dejaba, te dejaba aun sabiendo que sólo era porque eras un niño solo que necesitaba asirse a mis tetas para encontrar un resguardo a la aguacero que era tu vida, siempre tan oscura, tan llena de fracasos, de juegos infructuosos, de amores perdidos, de pasos en falso. Yo fui tu amor ganado, en mí volcaste todos tus miedos, en mi recuperaste la fe en tus gestos y en la torpeza que antes considerabas un defecto. Yo te enseñé a regar el café sobre la mesa, a temblar mientras sostenías el cigarrillo, a insinuar la sonrisa pero no darla completa, a enamorar con todas tus carencias y mostrarte como un perro a punto de ser sacrificado para que ella decidiera que era hora de salvarte con su cuerpo. Te ungió con su sexo, como se unge la frente de un recién nacido para salvaguardarlo del demonio, te hizo su Dios y yo me quedé sin rito, sin ti, sin los dos.

Quizás fue que nunca supe de verdad quién eras. No hablo de conocerte o de tener la capacidad de adivinarte, sino de un simple saber. A veces, cuando vuelvo del trabajo, de mi pequeña sala donde todo es oscuro y teñido de rojo, me siento al borde de la cama entristeciéndome más a cada prenda que me quito, cierro los ojos y te busco. Vuelvo a llorar porque no sé quién eres, porque no sé qué pasó que no hay rastros de que alguna vez hayas estado. La habitación es lo suficientemente pequeña para poder escudriñarla toda con los ojos: la mesa, atrás de la lámpara, entre el cajón abierto, al rincón donde se apila mi ropa, en ninguna parte logro ver algo que me recuerde cómo eras en verdad. El espejo de cuerpo entero pegado a la puerta sostiene todas las fotografías donde he creído adivinarte, allí están de cara al reflejo y yo te veo desde mi cama con los ojos invertidos que miran a ninguna parte, con las múltiples caras que has decido usar para esconderte de mí, con las estaturas disímiles de un montón de hombres que eres tú evadiendo el designio de que nacimos para estar juntos.

«Mujer, 35 años, esbelta, blanca y voluptuosa. Complaciente y desinhibida. Busca al amor de su vida. Lo perdió en 1940 a manos de una mujer más entusiasta y menos agraciada. Llamar al *******. Antes me llamaba Virginia y tú Alberto. Ahora soy Violeta»

 

He escrito en todos los muros que me ha sido posible, en las puertas de los baños y en cuanta superficie he creído puedas mirar. He recibido llamadas, hombres que me ofrecen sexo sin compromiso, matrimonio sin sexo, amores de rato o que simplemente quieren «clavarme duro», pero ninguno eres tú. Lo sé tan pronto preguntan por Violeta, lo sé porque tu voz era como ninguna otra; era la voz que, si existiera, tendría Dios; nadie puede hacerse pasar por Dios, por más que aparente omnisapiencia.

La fecha quedaba grabada en cada fotografía que pasaba por mis manos, la máquina que terminaba el proceso de revelado la marcaba sin mi consentimiento. Era una fecha amarilla de números bien definidos que se ponía en la esquina inferior izquierda, una venganza del destino para que no olvidara cuánto tiempo llevaba sin ti: setenta años esperando. Una muerte y un nacimiento después y no venías por mí. Me gustaba creer que tú también me buscabas, que cuando llegaste a esa nada viscosa que es la muerte, tuviste el tiempo suficiente para darte cuenta que cometiste un error cuando me abandonaste. Te imaginaba pensando en los pasos que dimos juntos, en cuando te decía que más allá de tu mano el mundo era un lugar devastado y que sentir que me sostenías era suficiente para cerrar los ojos y construirme un mundo a la medida de los dos. Habrás recordado mi cuerpo bajo tu cuerpo, mis manos agarradas de tus alas para no caerme del vértigo que daba cada embestida de tu cadera. Habrás recordado que el amor sólo se hace una vez y con una sola persona, que de ahí en adelante llamamos amor a un juego de macerar las carnes en el paroxismo del deseo.

Hice una copia de una foto donde, como tantas veces antes, creí estabas tú. La guardé en el bolsillo de la bata y salí corriendo cuando dieron las 5. Caminé por la avenida con la sensación de que alguien me perseguía. Me senté en ese café que está en el mismo lugar desde la época de nuestro amor, en la misma mesa donde me dijiste por primera vez que me amabas y metiste tus dedos en mi copa y me diste de beber de tu dedo. Con la fotografía sobre la mesa, que ya hoy es otra, saqué mi lupa y seguí las líneas del rostro del extraño buscando el borde, al costado de su mejilla, que delatara el haz de sombra de la máscara. Pero nunca estoy segura, creí adivinar que ese eras tú, creí verte en los ojos que miraban a otra parte: tú que vivías mirando el mundo desde un lugar privilegiado que nadie nunca pudo entender, tú que nunca estabas en el encuadre de la foto porque siempre llegabas tarde a todo y cuando el fotógrafo ya había dicho «¿Listos?», venías hasta ahora arreglándote el nudo de la corbata y dañabas todos los recuerdos. Al menos así lo creían tu familia y la mía, tus amigos y los míos: eras el que no debía estar ahí, contrastabas con mi fascinación por salir hermosa y recibir el halago, contrastabas conmigo para hacerte perfecto, para ser mi mitad que acoplaba como si la escisión se hubiera hecho limpia cuando éramos un solo ser redondo y amorfo que rodaba por un mundo recién inventado. Llevé la fotografía a mi casa y la colgué de cara al reflejo junto con las otras que llegaron ahí gracias a la duda. Me senté al borde de la cama y cerré fuerte los ojos. Antes de quedar desnuda, ya te había llorado otra vez por todas las vidas que me faltan aún para encontrarte.

El ruido del teléfono me despertó a la madrugada. «¿Virginia?», dijiste del otro lado, con la misma voz cansada y ansiosa que tenías siempre que hablábamos a la madrugada. «¿Virginia estás ahí?», volviste a decir. En silencio comencé a llorar, un minuto, a lo mucho, permanecí callada escuchando cómo insistías con tu voz hermosa. «Soy yo, soy yo», te dije. Me preguntaste mi dirección, viniste a la madrugada mientras me vestía sentada al borde de la cama sintiéndome más feliz con cada prenda que me ponía. Tocaste con los mismos tres golpes que acostumbrabas cuando no usábamos otra piel. Cuando abrí la puerta y te vi tan alto como no te recordaba, tan masculino como supuse siempre que serías, no eras ninguno de los que creí. Me empujaste dentro de la habitación y cerraste tras de ti con miedo, pusiste tu oreja contra la puerta y tomándome de la mano me llevaste hasta la cama. No sabía qué hacer, la felicidad me aquietaba. «Como has de saber, nada cambia. La esencia es la misma», dijiste al fin. Te acercaste despacio y me tomaste de la cara, «nunca he dejado de buscarte, mi amor» y antes de que pudieras poner tu boca sobre la mía, un estruendo quebró el silencio, no sentí nada, no vi nada, sólo tu cuerpo cayendo sobre el mío, un golpe seco en mi pecho y la tibieza de nuestras muertes mezclándose otra vez. Siempre fuiste un pergamino indescifrable. Nunca pudiste mirar el mundo de frente, ahora lo recuerdo todo, nunca pudiste.  

 

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